viernes, febrero 17, 2012

Cuándo traicionar a Rosario

En la revista Posdata publiqué el año pasado el siguiente texto crítico sobre la obra Prendida de las lámparas, de la dramaturga mexicana Elena Guiochins. Aquí lo incorporo:

Cuándo traicionar a Rosario
Hay dos disposiciones —no serán las únicas— de leer Prendida de las lámparas, la nueva pieza teatral de Elena Guiochins. Ninguna de esas dos habrá de depender de las habilidades intelectuales sino de los conocimientos previos del lector: una será la lectura de quien sabe ya mucho de la vida y la obra de la escritora mexicana Rosario Castellanos; y otra, muy diferente, la de quien conozca muy poco o nada de esta autora. Sucede esto: sospecho que mientras más se sabe de Castellanos menos interés tiene el texto —no me refiero al montaje— de Prendida de las lámparas.



Aquí tenemos tres papeles: Bella Dama Sin Piedad (Rosario embajadora), Mujer Que Sabe Latín (Rosario estudiante) y Lívida Luz (Rosario niña). Las tres actrices en distintos momentos se ven destinadas a desarrollar, de manera fugaz, otros roles (la nana, el ex esposo, la suegra, la poeta Dolores Castro, el traductor Raúl Ortiz y Ortiz, el psicoterapeuta De la Fuente, etcétera) a como los episodios se alternan. La obra inicia con la muerte trágica de Castellanos —cuando se electrocuta al conectar una lámpara— y, con una estructura fragmentaria y no lineal, incluye saltos de tiempo, evocaciones, prospecciones oníricas, que se apoyan en diferentes tiempos de la biografía de Castellanos, desde la infancia chiapaneca hasta el nombramiento de embajadora de México en Israel.
Guiochins se asigna una tarea difícil: hacer vivir en la escena a un personaje canónico de la cultura mexicana. Entiendo —por la recepción crítica que tuvo el montaje realizado en un teatro de la ciudad de México bajo la dirección de Alberto Lomnitz— que en la escena el texto de Prendida de las lámparas funcionó de manera notable. No entraré en la discusión de si la escritura dramática debe preocuparse sólo por ser efectiva en el escenario ante los espectadores, o si también ha de cumplir con la exigencia que, en términos de texto literario a secas, le plantearía un lector. Si acaso es dable que el crítico utilice su biografía como excusa para sus prejuicios, tendría yo que señalar que, por haber crecido en una ciudad con una actividad teatral muy escasa (Culiacán, donde lo único que valía la pena ver era la herencia de Óscar Liera, ya fallecido, en la Universidad Autónoma de Sinaloa), me habitué a leer teatro como literatura simplemente, esto es, a considerar que la dramaturgia tiene una identidad absolutamente equiparable a la de la novela, la poesía o el ensayo.
Con esa premisa, de entrada encuentro dos aspectos debatibles en Prendida de las lámparas. Primero: me temo que sin las extensas citas de textos de Rosario Castellanos, la obra de Guiochins no se sostendría. Una respuesta a esta objeción sería totalmente posmoderna: al llenar la estructura de su pieza con la transcripción de tantos fragmentos de Castellanos, Guiochins funge, más que como autora primigenia, como curadora de la escritura ajena —y alguien recordaría aquel poema de José Emilio Pacheco cuyos versos todos proceden de narraciones de Juan Rulfo—. Al usufructuar los escritos de su personaje —y esto lo hace honestamente, sin esconder el robo: en la edición del libro esas citas aparecen en cursivas—, Guiochins apelaría a la naturaleza viva que todo clásico literario comporta: es decir, Prendida de las lámparas, texto invadido que así renuncia a una exigencia de estreñida originalidad, sería un testimonio de la pervivencia artística de Rosario Castellanos. Tan enérgica sigue siendo su impronta, que no puede ser sustituida por un intento propio de Guiochins.
Pero por más malabares que se hagan para elevar el papel del “dramaturgista” al de un creador o co-creador, por más fuerte que haya sido la preeminencia del director de escena en los años sesenta y setenta en México, la lectura en seco de Prendida de las lámparas supondría un déficit: al quedarse en el papel de curadora, Guiochins hace una declaración de insuficiencia. Sin los fragmentos de Castellanos, ¿qué queda? Primero, se pierde la ironía y surgen la solemnidad y el lugar común en los parlamentos que sí son obra de Guiochins: “Voy a arrojar una red con mi amor y la arrojaré al mar de la eternidad”, dice Bella Dama Sin Piedad a Ricardo Guerra. “Vamos a quitarle piedras al pasado. Vamos a ponerle luz a su futuro”, adelanta en su consultorio el doctor De la Fuente. Estos ejemplos, y otros, traicionan a Castellanos como escritora, pues presentan al personaje y sus situaciones no con una nueva versión de su característica ironía sino con un patetismo pobre y esquemático, como se advierte en las escenas de celos entre Rosario y su esposo.
Un segundo reparo: para quien nunca ha sabido ni leído nada de esta escritora tan famosa, ¿qué tan autónoma y concreta y contundente es la Rosario Castellanos que sale de Prendida de las lámparas? Quiero decir: el desafío para quien se reta a deconstruir, como hace audazmente Guiochins con la lógica que estructura su pieza, a una gloria nacional, impondría la exigencia de, a lo largo del texto, crear una nueva Rosario, tan definitiva como para 1) hacer de ella, ante los ojos de quien la ha leído y sabe de su vida, un personaje que supere en “realidad” y persuasión a esa imagen que ya tenemos o 2) darle, ante la lectura de quien nada sabe de ella, el fuste que puede tener un personaje que carezca de ningún referente histórico (un clochard, un maestro de escuela, un ama de casa).
Como estoy contaminado por mis lecturas adolescentes de mucha de la bibliografía de Castellanos (esto es, me incluyo en el primer caso), tendría que decir que el texto de Prendida de las lámparas no me permitió ver esa nueva Rosario. Hay facetas de su vida que sólo se mencionan, sin desarrollarlas en términos escénicos, como sería lo que tanto se afirma de su deslumbrante inteligencia, o la compleja relación con su hijo. La Rosario que queda la veo con menos vitalidad, más pobre dramáticamente (la define por entero su inseguridad y, en su relación con Ricardo, sus celos) que la que uno puede ver por la lectura directa de su poesía y sus cartas. Y es aquí donde uno podría esperar que la dramaturga se hubiese atrevido a traicionar a Rosario Castellanos como personaje, a través de una elaboración ficcional que incluyera una paleta más amplia de virtudes y defectos, de sensaciones y emociones (habría lugar para la maledicencia, la sensualidad, el cinismo), más allá de las que corresponderían al casi cliché de la mujer-talentosa-pero-insegura. Pero no. Prendida de las lámparas podría resumir su docilidad dramática en  dos líneas que, al reiterar el lugar común con que asociaríamos a Rosario Castellanos, ya no dicen nada:

Bella Dama Sin Piedad: ¡Es lo que le pasa a una mujer por ser mujer!
Raúl: Es lo que te pasa a ti por ser quien eres.

Elena Guiochins, Prendida de las lámparas. México, Juan Pablos/Conaculta (Dirección General de Publicaciones), 2010. 141 pp. La Cigarra.

jueves, febrero 09, 2012

Itinerarios del alumbramiento

Ayer miércoles 8 se cumplieron dos años de la muerte de mi querida maestra y amiga Esther Seligson, una de las mayores escritoras de la lengua. Dentro de un mes se realizará una actividad de difusión de su obra, de la que aquí daré mayores detalles próximamente. Pongo aquí el enlace al texto crítico «Itinerarios del alumbramiento» de Samuel Espinosa, publicado ayer mismo en la revista virtual de crítica de poesía La Estantería.


Cito un párrafo:

Es pues Negro es su rostro/ Simiente un libro en el que, como en pocos, el plano emotivo, impactante y desgarrador, se mantiene siempre en mismo vuelo que la realización formal mediante una sensibilidad absolutamente congruente y, como Esther Seligson misma, siempre llena de luminosidad.

martes, febrero 07, 2012

CLXXIV

Tiempos eunucos de la ficción literaria: prescinde de la imaginación y la belleza y reduce todo a la inteligencia y la teoría.

lunes, febrero 06, 2012

Metamorfosis de la inmóvil

Recupero aquí otro texto crítico publicado en la revista Posdata, en este caso sobre la novela Moho, de Paulette Jonguitud Acosta.

Metamorfosis de la inmóvil

De ser una obra de teatro, Moho habría de llevar como título Constanza o la inmovilidad. Un híbrido entre tragedia griega y pieza del absurdo, esta novela respeta las unidades de tiempo (narra un lapso de 24 horas), de acción (el proceso de metamorfosis de una mujer en árbol) y de lugar (todo sucede en la casa de la protagonista).


En éste, el primer libro de Paulette Jonguitud Acosta (ciudad de México, 1978), el personaje central, Constanza, narra lo que sucede la víspera de la boda de su hija Agustina. Ella se ha separado recientemente de Felipe, su esposo, a raíz de que éste se enredó con una mujer. Pero no es cualquier mujer. Se trata de la otra Constanza, la joven: una sobrina adoptada casi en el papel de hija por la narradora, con la que ésta tiene una relación cruzada por la protección y el cariño (“Pasó con nosotros los primeros cinco años de su vida, sin tener muy claro de quién era hija, pero cuando aprendió su nombre y tuvo edad suficiente como para especular, decidió que yo era su madre”).
La novela, en su brevedad, crea un escenario asfixiante y desasosegador. A esto colabora no sólo el respeto a las tres unidades sino también la prosa al mismo tiempo afilada y tersa, de expresiva fuerza visual y en la que la voz misma de Constanza establece un tono de confesión de casi desahuciada: el reproche a la traidora y el escarnio de sí misma abren las puertas a la agudeza aforística (“No la llevé en mi cuerpo, no tuve sobre ella el poder de todas las madres, que es el de la muerte”) y a una percepción de lo “anormal” que da pie a expresiones que se acercan a lo poético (“¿Quién va a aceptar haber dado a luz un duende?”). Otro aspecto que contribuye a la presentación de un mundo ficcional claustrofóbico es la exploración de lo monstruoso a la que se dedica por internet la narradora apenas empieza a advertir los terribles cambios en su cuerpo, y que abre su mirada hacia esa diferencia y otredad que naturalmente se esquivan (“Si no se le comparaba con un cuerpo humano, podría incluso ser algo bello, yo qué sé: un tronco abandonado junto a un lago, una raíz gruesa de árbol viejo”). Esa apropiación de lo “anormal” termina convirtiendo la propia monstruosidad de Constanza en una oportunidad para la introspección memoriosa, que permite conocer la historia de Constanza la joven y tácitamente crear un efecto de fallido Doppelgänger al soltar algunos episodios de la propia (“Yo también tuve el dominio de mi cuerpo como sólo puede tenerse después de los treinta, cuando una ya sabe qué hacer con sus impulsos, con el olor, con la boca”), así como para una incorporación de lo fantástico, que habla de una degradación demencial de Constanza al notar la aparición de un feto abortado por la sobrina.
Hay que señalar que la inmovilidad progresiva de Constanza no oculta una trama de final sorpresivo no en lo que tiene ver con la boda de Agustina (el presente de la enunciación) sino con la confrontación con su doble, la joven sobrina que se ha vuelto rival (el presente del enunciado): el uso de la analepsis la lleva a escenificar los sucesos trágicos que resolverían el nudo dramático de la novela hacia una deriva muy compleja. Le ahorro al lector los detalles, para no sabotear su lectura, pero no dejo de mencionar que este suceso final le da a la narradora una consistencia de notable espesor psicológico: al final nadie, ni el monstruo ni su doble la hermosa y joven, pueden llamarse inocentes.


Claro que la metamorfosis de una mujer —en este caso, en un árbol— se enmarca en una tradición kafkiana que no es ajena a la narrativa mexicana (Los recuerdos del porvenir de Garro, La cresta de Ilión de Rivera Garza, El animal sobre la piedra de Daniela Tarazona) y que no se negaría a una lectura de cuestionamiento feminista. Pero no sólo echa luz sobre el modelo de vida de una mujer mexicana de clase media de la segunda mitad del siglo XX y su vulnerabilidad ante la naturaleza infiel de su pareja masculina; también, por el destino que le depara al cuerpo de Constanza la joven, Moho demuestra la indudable solvencia narrativa de Jonguitud Acosta, al resistirse a una sola y reducida lectura: en efecto, Constanza la mayor no se puede llamar tan libre de crímenes, y su metamorfosis hacia lo vegetal tendría que ver con el cumplimiento de una vocación: la de sellar el destino de una existencia duplicada. Quiero decir: así como la joven es todo lo que la convención social le veda a Constanza la mayor ser, la confrontación de la madurez y la juventud (una suerte de versión femenina del conflicto entre Saturno y Júpiter), del decaimiento y la hermosura, presiona al monstruo a emular por fin a su sobrina, a vengarse alimentándose del abono en que se convertirá su cuerpo, y eso la lleva, entonces, a revelar el moho que desde siempre, aunque invisible, ha sido su verdadera piel.

Paulette Jonguitud Acosta, Moho. México, Conaculta, 2010. 86 pp. Fondo Editorial Tierra Adentro, 420.

domingo, febrero 05, 2012

Todas estamos enfermas

En la revista Posdata se publicó, el año pasado, este mi comentario sobre dos libros de dramarturgia de Luis Santillán: El origen del kiwi enlatado y Autopsia a un copo de nieve.


Todas estamos enfermas

Dos aspectos son centrales a la hora de acercarnos a la dramaturgia de Luis Santillán (ciudad de México, 1976): la concentración del espacio dramático y la exploración de la psicología femenina. Aspectos que, por supuesto, van de la mano.
En La historia ridícula del oso polar que se quedó encerrado en el baño del restaurante —incluido en el volumen El origen del kiwi enlatado—, tres dúos de mujeres comparten el mismo espacio escénico, una cocina con un pollo a medio destazar, que sin embargo no corresponde al mismo sitio “real”. Las indicaciones del dramaturgo plantean un reto al montaje: que para interpretar los seis personajes sólo se recurra a cuatro actrices, de tal modo que los roles de dos de ellas —Sheba e Inuka— sean actuados de manera alternativa por las cuatro; así, la noción de identidad se construye y destruye con base en un cuestionamiento de lo teatral mismo que se encuentra en hechos cotidianos que rozan lo absurdo.



Por ejemplo, la joven Aranza llega a su casa, donde encuentra a su madre preparando pollo en pipián, y le manifiesta su preocupación: tienen que huir de inmediato porque, luego de participar en un concurso de dramaturgia y no ganarlo, sabe que la asesinarán. Una de las cláusulas de la convocatoria estipulaba que los autores no premiados “serán destruidos”. La literalidad fársica con la que Aranza toma esa cláusula, y la nonchalance con la que su madre se tarda en seguirla en su apresuramiento, se empareja con los diálogos igualmente vivaces y humorísticos de Sheba e Inuka —la primera alega estar embarazada aún siendo virgen, por lo que ahora debe cambiar de oficio y dedicarse a matar a sueldo—, y los de Eréndira y Elizabeta: la primera busca convencer a la segunda de guardar en secreto la muerte de su maestra y protectora, para seguir cobrando una beca.
Las situaciones, entonces, de sí tan ridículas, no habrían de ser analizadas bajo una lógica racional; estarían en función de una propuesta lúdica que, con una precariedad de recursos escénicos, exige una apelación a lo imaginativo en el lector, el espectador o el director mismo, para sugerir de qué forma la teatralidad rige la construcción de las identidades que damos por hechas o definidas. “Por si no lo sabes, chiquita, los osos polares no van a restaurantes”, le dije Amapola a su hija, quien responde: “Eso es lo importante de mi obra. Es una obra sin sentido, sin símbolos, sin…” “Sin pudor”, completa la madre, antes de pasar a darle una lección definitiva, violentísima y no exenta de “sinsentido”, a su hija, la “fallida” dramaturga.
Echo de menos en En griego regreso se dice ‘nostos’ y en El origen del kiwi enlatado, los otros dos textos incluidos en el tomo que lleva el título de esta última, la funcionalidad dramática de La historia ridícula… Quizá estemos, frente a ellos, ante dos ejercicios más literarios que teatrales aunque, eso sí, de muy diferente signo en su apropiación del espacio asfixiante y la psicología femenina cuestionada. En griego regreso se dice ‘nostos’ busca una dicción de tinte lírico para narrar la historia circular de nostalgia y separación de dos hermanas; El origen del kiwi enlatado juega, creo que con menor ímpetu resolutivo, con papeles femeninos que parten del desconocimiento de una situación de anormalidad (“Quizá sea algo muy enfermo, pero a estas alturas es difícil determinar lo sano de lo insano”).
En Autopsia a un copo de nieve, en cambio, tenemos de nueva cuenta los dos elementos básicos de la dramaturgia de Santillán explorados hasta el extremo. Las escenas todas ocurren en el baño de una familia compuesta por una mujer y sus dos hijas. Ellas ahí no sólo se peinan y desmaquillan y se bañan, sino que hablan, pelean y se destruyen. Aquí tendríamos el estudio de carácter de una madre insensible y su hija pequeña que, por una desoladora falta de afecto, es llevada al suicidio. La obra, muy escueta en sus elementos escénicos, concentra el énfasis del conflicto dramático en la manifestación de la violencia emocional a través de la palabra. Esa violencia tiene una devastadora repercusión psicológica, y pareciera más contundente por el hecho de no incluir abuso físico.



En una de las primeras escenas, Nicoleta, la hija mejor, le dice a un perro que ha adoptado a espaldas de su madre: “Para que veas que te quiero, yo voy a enojarme contigo”. La tensión del vínculo madre-hija es reproducida por Nicoleta en su mundo imaginario, asfixiantemente reducido a la bañera y expresado en la figura del patito de hule que ha perdido y nadie le ayuda a buscar.
Natalikova, la hermana mayor, acaso por su condición de puente entre la madre y la chica muestra unos rasgos más contrastantes, y si bien no deja ver mucho de su propia condición emocional en el presente, la vemos ir, con una maleabilidad encantadora, de la desidia y la vanidad al pesimismo. Incluso podría pensarse que es ella, más que la madre con su renuencia a decirle a Nicoleta que la quiere, quien detona el trágico final de la obra. “Todas estamos enfermas”, le dice a su hermana en uno de los momentos culminantes de la obra. “A cada una de nosotras nos duele un rincón. ¿Cómo se llama tu rincón?” Posteriormente, añade: “No hay futuro”. A esto, la hermana pregunta:

Nicoleta: ¿Entonces para qué voy a la escuela? 
Natalikova: Para que tardes más en volverte loca, Nicoleta. Si nos quedáramos aquí, de pie, con los ojos cerrados, con las palmas abiertas y no nos moviéramos por cien años, al abrir los ojos ni siquiera habría polvo en nuestras manos. He aprendido dos cosas: una, el futuro no existe; dos, no hay salidas.


La nulidad emocional de Catalina, la madre, tiene muchos rasgos del egoísmo: no puede mostrar amor a Nicoleta —es más, no le tiene la menor paciencia—, siempre está estresada y con mil ocupaciones, pero no delatan, estos rasgos tan monocordes, mayor raíz en situaciones concretas del pasado o el día a día, y lo que pesa más que nada es su arrepentimiento por haber dado a luz a Nicoleta, arrepentimiento que deja salir de manera sincopada y que parece tener como causa su choque temperamental con la pequeña, antes que en las consecuencias que en el resto de su vida (¿profesional?, ¿amorosa?) haya tenido el nacimiento de una segunda hija. Así, el personaje de Catalina se queda en lo muy plano: muestra tan pocas aristas que acaso ésta sea la única flaqueza de una obra, por lo demás, precisa y contundente en su capacidad de abordar un tema terrible. 

Luis Santillán, Autopsia a un copo de nieve. México, El Milagro, 2008. 38 pp. Teatro Emergente.
Luis Santillán, El origen del kiwi enlatado. México, Conaculta, 2008. 115 pp. Fondo Editorial Tierra Adentro, 367.

martes, enero 31, 2012

Las muchas travesías de Esther

Mijail Lamas publicó recientemente un comentario del libro Escritos a mano, de nuestra común maestra Esther Seligson, en La Estantería, nueva revista virtual de crítica de libros de poesía.

sábado, enero 14, 2012

Hijo de hombre de Miguel Ángel Hernández Acosta

La primera novela de Miguel Ángel Hernández Acosta (Pachuca, 1978) es un compacto, tenso relato psicológico sobre la búsqueda de las raíces paternas. Con una prosa áspera y seca, que no evitar incurrir, más de una vez, en agresiones al oído, Hijo de hombre se afilia a la deriva de Pedro Páramo pero sobre todo a la vieja raigambre bíblica tomada por Roa Bastos para titular su novela sobre la Guerra del Chaco. Es decir, el autor pisa peligrosamente terrenos habitados. Su aventura literaria contempla dos armas: la introspección en la conciencia del protagonista y la punzante, visualísima percepción de lo sensorial. Y en estos dos aspectos, Hernández Acosta exhibe precisión y potencia: Rodrigo Castelares —que viaja de la ciudad de México al pueblo de Real del Monte, en el estado de Hidalgo, para reclamar la herencia del padre que lo abandonó de pequeño— es exhibido en su densidad y sus contradicciones por un narrador en tercera persona que no lo suelta un segundo: más bien, lo exprime, lo acosa, hasta entregarnos un personaje mezquino, herido y dubitativo que enfrenta y sobrevive a una crisis identitaria. Si esto logra Hernández Acosta en 130 páginas, intriga saber qué no podrá conseguir en sus próximos libros.

Nota publicada en la revista Tierra Adentro.

viernes, enero 13, 2012

Tierra Adentro: número doble y despedida

Desde el número de agosto-septiembre de 2009, hasta el más reciente (diciembre de 2011-marzo de 2012), participé, junto a Mónica Nepote, Rodrigo Castillo y Mauricio Salvador, en la edición de Fraguas, el apartado de crítica de la revista Tierra Adentro de Conaculta. En este tiempo, se publicaron entre tres y seis textos críticos (ensayos o reseñas) por número, en torno a títulos de dramaturgia, cuento, novela, poesía, crónica, ensayo y artes visuales, de autores mexicanos y extranjeros, lanzados al mercado por editoriales españolas, argentinas y mexicanas. Entre estas últimas, se buscó también revisar la producción de sellos independientes, universitarios y gubernamentales, afincados tanto en la ciudad de México como en Oaxaca, Guadalajara, Xalapa, Monterrey, Toluca, y varias otras ciudades, y que usualmente no reciben la debida atención crítica o, peor aún, enfrentan elementales dificultades para distribuir sus títulos.
A lo largo de este tiempo, han participado en Fraguas, como colaboradores, más de media centena de escritores, la mayoría nacidos a partir de 1970, algunos pocos de generaciones anteriores. Ha habido oriundos tanto del Distrito Federal como de los estados; quienes trabajan en el medio académico y quienes se dedican primordialmente a la creación; quienes publican recurrentemente en otros medios impresos o quienes empiezan su andadura crítica en espacios digitales. Uno de los principales intereses de la sección ha sido identificar e impulsar nuevas voces de críticos en México —quien han podido expresarse con absoluta libertad sobre los libros reseñados—, así como la revista, y el Fondo Editorial Tierra Adentro, han sido un semillero de nuevos poetas, narradores y ensayistas desde hace ya décadas.


El nuevo número doble (173-174), con el que termina mi participación como editor de Fraguas, incluye textos de Eduardo Huchín Sosa, Marco Lagunas, Gabriela Torres Olivares, Ana Sabau y Leopoldo Lezama, sobre libros de Guillermo Sheridan, Gregor von Rezzori, Javier Marías, Mario Bellatin y Antonio Colinas, respectivamente. Incluye también breves notas escritas por Rocío González, Antonio Riestra, Daniel Orizaga Doguim, Eduardo Antonio Parra y un servidor, sobre otros libros de poesía, novela y cuento recientemente editados.
Por supuesto, editar una sección de crítica literaria en México, buscando siempre mantener independencia ante expectativas político-literarias o mercantiles, no es fácil. Por eso, agradezco a Mónica Nepote, directora del Programa Tierra Adentro, su enorme confianza, y a su equipo el apoyo para la realización de esta encomienda. Aunque ya esto parece discurso de candidato a diputado, no quiero terminar esta entrada sin agradecer también a los muchos escritores que en estos dos años y medio aceptaron participar en Fraguas, dándole así pluralidad al tan necesario ejercicio crítico en México.

martes, enero 10, 2012

La geografía redundante

La revista Letras Libres publica mi texto crítico "La geografía redundante", sobre la novela Norte, de Edmundo Paz Soldán.


viernes, diciembre 16, 2011

Proyecciones forzadas

La escritora Marina Porcelli publicó un texto crítico del libro El mundo bajo los párpados de Jacobo Siruela (Atalanta) en el número 171 de Tierra Adentro (pp. 111-112). 





Aquí el texto:

Proyecciones forzadas
Marina Porcelli

El tema es atractivo de por sí. Jacobo Siruela —Jacobo Fitz Stuart Martínez de Irujo, conde de Siruela— nació en Madrid en 1954, fundó y dirigió hasta hace pocos años la editorial que lleva su nombre, y ahora coordina el sello Atalanta, que ha publicado su último libro, un ensayo sobre los sueños: El mundo bajo los párpados. Con una prosa prolija, casi impecable, y una edición bellísima, Siruela se propone construir la historicidad y fenomenología del aparato onírico, y digo se propone porque, pese al cuidado de la narración, luego de los primeros dos capítulos, el libro se enquista justamente en ese punto: el de la propuesta, el de la buena intención. Y creo que, quizá, una de las premisas más confusas sobre las que se erige el planteo consiste en embanderarse como reivindicador de los sueños, con el supuesto de que este material —su ontología, sus mecanismos de representación, su capacidad cognitiva— son despreciados actualmente por las humanidades y el arte. Lo que significa negar, de alguna manera, no sólo los tratados vigentes de psicoanálisis, sino también la teoría literaria, los estudios religiosos y antropológicos, y hasta ciertas líneas históricas, amén de casi toda la poesía. Pero esto último dicho al margen. Porque lo que realmente quiero remarcar es que el relato de Jacobo Siruela adolece, por momentos, de cierta confusión teórica, resulta débil en determinadas conceptualizaciones, y recuerda, además, al ensayo de Alan Sokal, Imposturas intelectuales, donde se detalla el abuso de la jerga de las ciencias exactas aplicada a los estudios humanísticos. Concretamente ahora, me refiero a la vaguedad con la que el autor español utiliza términos como fenomenología o historicidad en el libro; al modo arbitrario con el que fundamenta el análisis proyectando analogías; a la imprecisión con la que define otredad; a las falacias que subyacen las citas filosóficas —falacias de autoridad—; y sobre todo, a una conclusión defensora del status quo. Agrego que la ausencia de autores latinoamericanos no es un demérito. O digo mejor: en realidad no lo sería, si no hubiera escritores en el continente americano con propuestas valiosas sobre el campo onírico. Pero los hay. Por lo que la falta total de referencias —sólo cita tres veces a Borges y casi para acotar que no supo leer cabalmente un tratado sobre el tiempo— da cuenta de una perspectiva sesgada, europeizante, que limita el objeto de estudio, lo torna vago y artificial. Así las cosas, resta preguntarse por qué, entonces, El mundo bajo los párpados se ubica entre los primeros puestos de venta en México y España.
Soñar participa de la historia. Esta cita de Benjamin encabeza hermosamente la primera parte del libro, donde se establecen los propósitos teóricos: concebir los sueños dentro y desde de su dimensión histórica. Tanto en el sentido que remite al concepto sueño, o sea, advertir, como asentó Bajtin, que todo término se carga y se descarga de significado de acuerdo a la época —y ahí está el extenso capítulo II para sostener esa idea—; como en el sentido que se cifra en las palabras de George Steiner: los sueños “se convierten en materia de la historia”. Vale decir, cada siglo y cada cultura tiene su propio estilo para soñar. Sin embargo, a pesar de que Siruela subraya “la insólita capacidad de trascender el carácter individual que tiene el onirismo” para convertirse “en una simultánea experiencia colectiva”, no ahonda más que en esta premisa, por lo que estos capítulos resultan, al fin y al cabo, un valioso compendio de datos más que la creación de herramientas y patrones nuevos.
Pero a partir del capítulo III, el libro se desinfla y expone toda su fragilidad. Al indagar cómo funciona el espacio y el tiempo en el sueño, Siruela presenta el ejemplo de Saint-Denys, e introduce la categoría de sueño lúcido, que implica una conciencia despierta capaz de observar el sueño mientras se sueña. Capaz, incluso, de ir modificando lo soñado. Sin embargo, esta hipótesis —conocidísima, verificable— no mostraría fisuras en su enunciación, si el autor no hubiera rematado: “las investigaciones de la física cuántica hallarían en las partículas microscópicas la misma ley, esta vez aplicada a la realidad subatómica…” En este punto, el libro da un giro, se entrampa. Comienza a recurrir a la analogía de las Ciencias Exactas para sostener sus hipótesis e, impunemente, va más allá: establece una oscilación desconcertante en la que la realidad-onírica es proyectada con arbitrariedad sobre la realidad-física, y viceversa. El resultado es una articulación verbal que no alcanza a edificar claramente los problemas matemáticos ni a fundamentar sólidamente las proposiciones oníricas. Por ejemplo: desde la idea de que el tiempo en el sueño es una “dimensión totalmente indeterminada” se concluye que los sueños son premonitorios del mundo real —sin reparar en que toda profecía tiene también puntos de disidencia con la realidad—. O, con esta misma sentencia, se defiende una especie de status quo, la negación de cualquier cambio, ya que todo se encuentra presente en la psiquis. Así, cuando el autor articula conceptos de Schopenhauer, Jung o Pauli parece no importarle más la temática de los sueños: ahora se ha lanzado sobre la relación intrínseca entre mente y materia. El colapso es inevitable. Juicios como “durante muchos años, Jung pudo confirmar psicológicamente la existencia de un puente entre el mundo externo y el interno, pero no se atrevía a sacar una conclusión teórica de ello”; o “aunque suela considerarse que gracias a Freud los sueños tienen un significado fue Jung el que descubrió realmente cuál era su significado” demuestran la fragilidad teórica que referí al comienzo.
Resta decir que otredad, en este libro, a veces refiere al mundo onírico; a veces, a una realidad-desconocida; a veces, como incongruentemente reza la contratapa, a la literatura fantástica; el caso es que si la intención del autor era revalorizar, incorporar al mundo-despierto el campo onírico, dada su inmensa capacidad perceptiva, cognitiva, etcétera, quizá el término otredad no resulte el más adecuado para bautizarlo. Como sea. El mundo bajo los párpados recopila material raro y valioso sobre este tema, pero no articula —ni ensayística, ni filosóficamente— una mirada sólida sobre nuestros sueños, o sobre aquello que hace que las pesadillas narradas en La Ilíada, por ejemplo, también sean hoy nuestras pesadillas.

lunes, diciembre 12, 2011

La Palanca del invierno

El número 19 de la revista La Palanca, cuya versión impresa pronto empezará a distribuirse, viene dedicado al género de la novela. El índice incluye: una entrevista de Alfonso Macedo con el autor argentino Ricardo Piglia; ensayos de Luis Felipe Pérez y Héctor Iván González sobre la novelística del español Juan Marsé y el francés Pierre Michon. Además, cinco escritores mexicanos cuentan cómo escribieron su primera novela: José Mariano Leyva (Imbéciles anónimos, Mondadori), Verónica Murguía (Auliya, Conaculta, Era), Yuri Herrera (Trabajos del reino, Tierra Adentro, Periférica), Eduardo Montagner (Toda esa gran verdad, Alfaguara) y Paulette Jonguitud Acosta (Moho, Tierra Adentro). El arte visual es de Carlos Pérez Bucio, de quien se publica una entrevista con Gonzalo Ortega.

El Wolfson crítico sobre el Lizalde novelista

El narrador Gabriel Wolfson publicó recientemente en la revista Crítica un texpo juicioso, argumentado y perspicaz, como es su costumbre, sobre la reedición de la novela Siglo de un día, de Eduardo Lizalde.


domingo, diciembre 11, 2011

Héroe transgresor

Julio Flores publica en la revista virtual Cuadrivio un texto crítico sobre mi novela Cartas ajenas. Aquí un párrafo:

A mitad de la novela uno puede inferir que Marioralio no sólo es el regreso del famoso héroe problemático –que tan bien definido tiene Lukács como aquel que busca valores auténticos en un mundo degradado–, sino que es un héroe transgresor (y, por lo tanto, perverso) no conforme con buscar sus propios valores perdidos sino también los de la sociedad. Él sabe cuál es el padecimiento contemporáneo: «El mal es el mundo: vivir es resignarse de nuestra vileza cotidiana». Esta reflexión inspira al propio Marioralio a imaginarse un mundo nuevo en el que la gente será consciente de los problemas que lo rodean, así decide que la palabra sea ese instrumento revolucionario que despierte al mundo sonámbulo.

sábado, diciembre 10, 2011

Del desencanto a la crítica

La revista Parteaguas en su número reciente incluye la entrevista «Del ensayo a la narrativa: del desencanto a la crítica», que me realizó Roberto Bolaños Godoy en torno a mi novela Cartas ajenas.

lunes, diciembre 05, 2011

El candidato sin Racine

Un hombre que aspira a gobernar la república mexicana publica un libro dizque de su autoría. Viaja a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a presentarlo. Ahí, con su respuesta, deja ver que es un mentiroso: ni acostumbra leer ni podría haber escrito el libro que dice ha escrito. Como consecuencia, muchas personas hacen mofa, en las redes sociales, de la ignorancia del precandidato. Otros, o los mismos, se indignan de lo que se halla por debajo: la simulación de un político a quien los libros le importan un pepino pero que, sabedor de que la cultura letrada alguna pátina otorga de respetabilidad, pretende hacerse pasar por uno de sus practicantes. Pronto, sin embargo, algunos intelectuales afirman que no les importa que Peña Nieto lea o no lea. Que la lectura no garantiza nada en una persona. Que otros temas son más importantes, y no los hábitos lectores de un político. Respetable su derecho de afirmar tal cosa. Pero no me deja de parecer curioso que esa declaración venga de quienes leen: aunque en sus vidas la lectura es fundamental como para darse cuenta de que para los demás puede no serlo, no se percatan de que Peña Nieto no es un ciudadano común y corriente, sino alguien que pretende estar capacitado para tomar decisiones que afectarían a 110 millones de personas: y esas decisiones pueden ser más justas, sensatas e inteligentes, lo sabemos, si quien las toma tiene criterio, conocimiento, imaginación, inteligencia, atributos potenciados por la cultura letrada.  
Habría mucho que decir sobre el tema. No creo que sea un incidente nimio; es sintomático de algo enormemente preocupante. Por ahora, recupero mi ensayo «La ciudad sin Racine», escrito hace algunos años y publicado en la Revista de la Universidad de México y en mi libro El sueño no es un refugio sino un arma

Kindles ajenos

Ya se halla a la venta, en Amazon, la edición para Kindle de mi novela Cartas ajenas. El precio: 8 dólares con 39 centavos. El enlace es éste.

sábado, diciembre 03, 2011

Ciudad Francisco Tario

Aparece hoy en el suplemento Laberinto, del periódico Milenio, mi texto "Ciudad Francisco Tario". 


Aquí un párrafo:

La obra de Tario así no tiene un territorio realista porque dibuja una ciudad de contornos plurales: desesperanzada, existencialmente agónica, cínica y espectral, porosamente voluble en sus mutaciones anímicas y sensibles, y al mismo tiempo con un futuro hedonista: ciudad que, abandonados los dogmas, se entregaría al disfrute de los instantes porque sólo creerá en el cuerpo y en el presente. Así entiendo por qué lo hemos venido leyendo con entusiasmo: sin hablar de los hechos de nuestro tiempo, su ficción traía los mapas de esas movedizas regiones mentales que venimos encontrando ahora. Su obra nos es reconocible porque desde antes de leerla la hemos estado habitando.

"El silencio es mucho más que el lugar donde terminan los sonidos..."

El sitio Descarga Cultura, de la UNAM, incluye la grabación del relato "Eurídice", de Esther Seligson, leído en voz de su autora. El texto apareció en el volumen Indicios y quimeras, de 1989, y está compilado en el tomo Toda la luz, editado por el Fondo de Cultura Económica en 2006. Para escucharlo o descargarlo, sólo hay que darle clic a este enlace y, ahí, buscar el podcast por su título o el nombre de Esther.

viernes, diciembre 02, 2011

Maestro de lo humano

La revista Hermano Cerdo publicó hace poco un texto crítico de Luis Noriega sobre el «libro» Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción, del premiado «escritor» mexicano Jorge Volpi.


Aquí van dos párrafos:

Ningún eslogan es eficaz sin un rival. Y aquí lo tenemos desde la primera línea. Ese rival, por desgracia, es un hombre de paja, un novelista que al recibir un «importante premio» declara que le encantan las novelas porque carecen de finalidad práctica.
El escritor premiado es un hombre de paja no porque sea inexistente (el mundo está lleno de artistas dedicados a producir obras sin otra finalidad práctica que ganar premios, becas, nombramientos) sino porque lo habitual no es despojar al arte de funciones sino atribuírselas en exceso.

lunes, noviembre 28, 2011

Cartas desde una época sin heroísmo

También incluye, la revista Luvina de invierno 2011, un texto crítico de Enrique Padilla sobre mi novela Cartas ajenas
Aquí un breve fragmento:

La primera novela de Beltrán Félix exhibe la pena, el sinsabor de la anarquía institucionalizada; la sensación, tan en boga, de vivir al borde de cualquier anodino abismo. Ésta, una de las mayores apuestas de la novela, se ve ganada con creces, y en los capítulos finales del libro da pie a verdaderos alardes narrativos. 

La varia invención de Esther Seligson

La revista Luvina, en su número de invierno 2011, publica un texto crítico de Jezreel Salazar, sobre el libro Escritos a mano, de Esther Seligson. 
Aquí un breve fragmento:

Difícil disociar cada uno de los textos que componen el libro de un universo personal y elíptico: breves relatos que parecieran tener la cualidad del «esbozo», poemas que registran experiencias en fechas o lugares específicos, aforismos que remiten a búsquedas interiores, textos de análisis que no renuncian a la subjetividad, o incluso —y paradigmáticamente— entradas de un diario. Por la manera en que está estructurado el libro, pareciera que estamos ante el cuaderno personal de la autora, en el cual a un fragmento narrativo le sigue un texto lírico, y a éste una anotación ensayística. No obstante, en medio de esa heterogeneidad construida por fragmentos, se mantienen un estilo y una voz que se halla todo el tiempo en búsqueda de la revelación precisa, una revelación que pasa al mismo tiempo por las confesiones y los hallazgos de la escritura. Por decirlo de algún modo, el libro nos recibe con esta consigna: si escribir es exponer el mundo interior y fracturado a ojos espías, leer es buscar en la intimidad ajena el mapa que nos descifra, que pueda otorgarnos sentido, coordenadas.

martes, noviembre 22, 2011

El fabulador en octosílabos

Desde que leí Juguete de nadie, quedé deslumbrado. Me puse a buscar los demás libros de Daniel Sada, y así llegué a Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, una obra prodigiosa. En aquellos tiempos, yo creía querer hacer una maestría. Como originalísimo proyecto de tesis, propuse estudiar la prosa de Guimarães Rosa y Sada, pero aunque fui aprobado, no me quedé más de un semestre en la Universidad. Sin embargo, lo que sí hice fue escribir un ensayo sobre la prosa rítmica de Daniel Sada, a partir de un experimento: analizar estilísticamente la primera página de Albedrío. El texto lo escribí en 2002 y se publicó al año siguiente en la Revista de Literaturas Populares. La liga es ésta.

sábado, noviembre 19, 2011

Hasta siempre, querido maestro

Daniel Sada acaba de morir, luego de una larga enfermedad. Nació en 1953 en Mexicali. Publicó varios de los libros más importantes de la narrativa en lengua española de las últimas décadas, como Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, Casi nunca y Registro de causantes. Y además de un extraordinario escritor, Sada fue un maestro exigente, generoso y siempre divertido. Hasta siempre, querido Daniel.

El cuerpo y sus deformidades

En el más reciente número de la Revista de la Universidad de México, Nadia Villafuerte publica un texto crítico sobre la novela Moho de Paulette Jonguitud Acosta y el libro de cuentos Enfermario de Gabriela Torres Olivares.


miércoles, noviembre 16, 2011

Fraguas

La sección de crítica Fraguas, de la revista Tierra Adentro de octubre-noviembre, incluye textos críticos:
* de Jorge Solís Arenazas, sobre Los poemas de Maximus de Charles Olson (Mangos de Hacha);
* de Roberto Cruz Arzabal, sobre Lugar de residencia de Daniel Bencomo (Tierra Adentro), Crónicas del Minton's Playhouse de Jesús Ramón Ibarra (Conaculta) y Catábasis exvoto de Carla Faesler (Bonobos);
* de Claudina Domingo, sobre Verso y prosa de Luis Rius (FCE);
* de Joaquín Guillén Márquez, sobre Hombre de poca fe de Gilma Luque (Mondadori), Moho de Paulette Jonguitud Acosta (Tierra Adentro) y A ras de vuelo de María Antonieta Mendívil (Tusquets);
* de René López Villamar, sobre La versión de Barney de Mordecai Richler (Sexto Piso);
* de Daniela Tarazona sobre Flaubert, Joyce y Beckett. Los comediantes estoicos de Hugh Kenner (FCE); y
* de Guillermo Espinosa Estrada sobre Mudanza de Verónica Gerber Bicecci (Taller Ditoria).

También hay notas críticas de los libros:
* Antología de la poesía italiana contemporánea, compilación de Emilio Coco (La Cabra/Conaculta/UANL), comentada por Xitlalilt Rodríguez;
* La peste, de Armando González Torres (El Tucán de Virginia/Conaculta), revisado por Daniel Orizaga Doguim;
* La sirvienta y el luchador, de Horacio Castellanos Moya (Tusquets), comentado por Alejandro Gaspar;
* Alas de gigante, de Agustín Cadena (Ediciones B), leído por Elisa Corona Aguilar; y
* Prendida de las lámparas, de Elena Guiochins (Juan Pablos/Conaculta), comentado por Lucía Leonor Enríquez.

viernes, noviembre 11, 2011

En San Cristóbal y Tuxtla

La semana próxima viajaré a Chiapas, uno de los estados más bellos de México, para participar en el Festival Internacional de Letras Jaime Sabines. El lunes 14, a las 17:15, participaré con Víctor Cabrera, Jorge Fernández Granados y Mónica Lavín en una mesa de discusión sobre literatura latinoamericana actual. Esto será en la Sala de Bellas Artes Alberto Domínguez, en San Cristóbal. En ese mismo foro, a las 19:00 horas, habrá una mesa de lectura de obra en la que estarán Nadia Villafuerte, Mónica Lavín, Juan Álvarez, Víctor Cabrera, Yolanda Gómez Fuentes y Mikeas Sánchez.El miércoles 16, a las 17:15, en el Auditorio del Centro Cultural de Chiapas Jaime Sabines, en Tuxtla-Guitérrez, estaré en una mesa de lectura de obra con Víctor Cabrera, Yolanda Gómez Fuentes y Angelina Sayul. A las 18.30 habrá otra mesa de lectura, con Nadia Villafuerte, Enriqueta Lunez, Claudia Posadas y Héctor Cortés Mandujano.
El programa completo: aquí.

miércoles, noviembre 09, 2011

martes, noviembre 08, 2011

Al norte del absurdo

La revista Letras Libres, en su número de noviembre, incluye mi texto crítico "Al norte del absurdo", sobre la novela A la vista, de Daniel Sada. Aquí dos párrafos:
Quizá no advierto que Sada evoluciona aplicando reglas nuevas, y que ahora sustituye la tensión dramática con el absurdo. En Ese modo que colma (2010), lo inverosímil lucía funcional porque se trataba de cuentos: la distancia corta no exige la resistencia de doscientas páginas. En A la vista, este absurdo se apoyaría en un rasgo temático de toda la obra de Sada: la frialdad de los lazos interpersonales. Tal vez la clave se halle en un episodio: luego de la muerte de su madre, Noemí, la sobrina de Sixto, se muestra insensible y no lleva prisa por notificar a nadie ni hacer ningún trámite: deja durante la noche el cadáver a la intemperie, solo cubierto por cobijas. Su conducta no es regañada, ni siquiera advertida por los demás personajes. Episodios así –no es el único– hablarían de una percepción de lo deshumanizado en los motivos y las acciones individuales, y explicarían la inversión de los tempi narrativos: por qué se da mayor prioridad a asuntos “nimios” y, a cambio, se deja de lado lo que un narrador psicológico o policiaco explotaría de forma principal. Así cobraría sentido ver al de los libros de Sada como el narrador sintomático de la segunda mitad del siglo XX mexicano, la Era de la Pax Priista (que para efectos literarios nomás no llega a su fin): su talante chocarrero es el síntoma de una postura de evasión ante la política, como lo sugiere la monumental Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, novela que empieza con un fraude electoral en un pueblo del norte y que a lo largo de ochocientas páginas va diluyendo la densidad moral de ese episodio –y de la represión posterior– en una disolución hacia lo ficticio, que ilustraría la nulidad del individuo y la sociedad ante la violencia del poder.
La lección: no es que en este país no haya tragedias, es que de nada sirve que se narren. El narrador introyecta la resignación mexicana ante la impunidad de la Historia. En el caso de A la vista, la lectura podría ser no menos perpleja: un homicidio casi gratuito viene seguido por una retahíla de sucesos en sí triviales pero que, en tanto delinean la crónica de lazos afectivos ya inexistentes y de una justicia que no llega –y cuando lo hace viene violenta y arbitraria–, no resultan sino signos explícitos de una época terminal.

sábado, noviembre 05, 2011

CLXXIII

Nuestros bisabuelos tomaron las armas contra una represiva y asfixiante dictadura de ancianos. Nuestros padres marcharon y votaron contra una represiva y corrupta dictablanda de pícaros. Y nosotros apenas vamos entendiendo que nuestra lucha será contra una dizquelibre e ineficaz democracia secuestrada por ineptos.

viernes, noviembre 04, 2011

Tario furioso

Publiqué hace cinco años un texto sobre Aquí abajo, la primera novela de Francisco Tario que, se supone, acaba de ser reeditada por Conaculta, aunque no la he encontrado en librerías. El texto se incluyó en el libro colectivo Dos escritores secretos. Ensayos sobre Efrén Hernández y Francisco Tario (Tierra Adentro), compilado por Alejandro Toledo, y posteriormente en mi libro El sueño no es un refugio sino un arma. Lo recupero aquí, aunque sea un escrito aún bisoño y demasiado enfático.



TARIO FURIOSO

No es un panfleto. Se trata de un manifiesto íntimamente necesario, como es la escritura para los autores de su carácter: los irreductibles, los impetuosos y soliviantados. Son líneas de las más vivas y encolerizadas de la literatura de nuestra lengua. El acaso más perturbador de los escritores mexicanos dejó dicho:
«Y escribiré libros. Libros que paralizarán de terror a los hombres que tanto me odian; que les menguarán el apetito; que les espantarán el sueño; que trastornarán sus facultades y les emponzoñarán la sangre. Libros que expondrán con precisión inigualable lo grotesco de la muerte, lo execrable de la enfermedad, lo risible de la religión, lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquier otra fe o mito. Libros, en fin, que estrangulen las conciencias, que aniquilen la salud, que sepulten los principios y trituren las verdades. Exaltaré la lujuria, el satanismo, la herejía, el vandalismo, la gula, el sacrilegio: todos los excesos y las obsesiones más sombrías, los vicios más abyectos, las aberraciones más tortuosas...»
Se trata del designio expresado por el personaje de un texto de ficción, pero —podríamos convenir en el punto siguiente sin escándalo de nadie— no se encuentra por mero e inofensivo azar en una página del primer libro de Francisco Tario. Como programa estético y vital, ese párrafo de «La noche de los cincuenta libros», del volumen de cuentos La noche (1943), vuelve a Tario —nacido en 1911 y muerto, si tal concepto es tolerable para el caso de un narrador de su aliento vigoroso, en 1977— un autor de nuestra época desencantada e iracunda.
La pregunta sin embargo no es sino una muy simple y a la vez injusta: ¿logró su fin Francisco Tario?
 
Tario en su futuro
 
Durante décadas su obra fue conocida por un puñado de lectores y no es sino hasta los últimos tiempos que críticos fieles lo han rescatado, invitando a las nuevas generaciones a acercarse a sus páginas. Pero hay más: apuesto a que el 2 de diciembre de 2011, al cumplirse el centenario del nacimiento de Francisco Peláez Vega, alias Francisco Tario, la maquinaria cultural de Los Rescatadores y Esculpidores Oficiales de Las Ovejas Negras de la Nación Mexicana se encargará de realizar un marmóreo Homenaje al antimarmóreo autor de Equinoccio (1947). Se harán mesas redondas y ciclos de conferencias en el Palacio de Bellas Artes y se publicarán compilaciones de ensayos críticos en torno de sus textos, además de que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes del gobierno federal mexicano sacará a la luz la convocatoria de la Beca Centenario de Francisco Tario, que se otorgará durante un año al ensayista menor de 35 años que presente «el más interesante proyecto de un libro crítico sobre Tario». Incluso, la Universidad Nacional Autónoma de México en contubernio académico con El Colegio de México perpetrará un simposio donde se leerán —y, ¿puede creerse?, aplaudirán— ponencias con títulos como «Tario y Rulfo, ¿pre-posmodernos negadores/trastocadores de la mexicanidad?», «La cuentística de Tario a la luz de la teoría carnavalesca de Mijaíl Bajtín», «Ecos góticos de Horacio Walpole y Édgar Alán Po en Jardín secreto, de Francisco Tario», además de que el Fondo de Cultura Económica, la editorial veloz del Estado mexicano, pondrá a la venta la voluminosa edición en pasta dura de sus obras completas.
Excesivamente dudaría en afirmar que al escribir sus relatos, novelas, piezas teatrales y aforismos Francisco Tario lo hiciera teniendo en mente o ansiando ese despliegue de incienso póstumo. El hecho de que sus textos se sientan hoy y estén más vivos que los de muchos escritores contemporáneos, suyos y nuestros, que cultivaron y cultivan la vanidad, los premios, las medallas, las publicaciones y los aplausos, podría ser la señal que proclame una realidad digna de difusión más diáfana: que la escritura verdaderamente viva y necesaria a veces tarde y casi nunca temprano conoce su destino fértil en el ánimo de sus lectores, habitantes todos de esa patria ajena, ingrata: el futuro.
Pero entonces la pregunta pervive: ¿ha logrado Tario por fin el propósito enunciado en esa página furiosa de La noche?

El primer Tario y su novela imperfecta


De los libros publicados por nuestro autor durante la década del 40 han sido La noche y Equinoccio los depositarios hasta hoy de un miramiento crítico más atento y entusiasta. No lo desmerecen, por supuesto, pero en estas notas dispersas quiero detenerme en el Tario poco apreciado, el de su primera novela: Aquí abajo, salida a la luz el mismo año que La noche. Este acercamiento —original, según entiendo— habrá de permitir una respuesta posible, un porqué tentativo a la pregunta de las líneas previas.
Habría que hacer, antes que nada, una precisión importante: el Tario de los años cuarenta no es siempre, no es de forma cabal un autor fantástico. Al lado de «La noche de La Valse» o «La noche de Margaret Rose», que pueden recibir sin hesitaciones el rótulo clásico de fantásticos, conviven en La noche otros cuentos, tal vez más escalofriantes y logrados, que, salvo por el narrador, son de vena casi realista. «La noche del féretro», «La noche del loco», «La noche del traje», «La noche de la gallina» narran historias enmarcadas en un entorno social reconocible como «realista», pero lo trastocan y representan bajo tonos casi amenazantes debido a que el narrador o no es humano (es un féretro, un traje, una gallina) o no es racional (es un loco). Esta perspectiva distorsionada, casi esperpéntica —y que, ya metidos en la tarea feliz de lanzar etiquetas, podríamos llamar irrealista—, tiene un nexo axiomático con una intención de condena moral de la sociedad, a la manera de las sátiras swiftianas, del Cervantes de El licenciado Vidriera o de El doble dostoievskiano.
En La noche puede repararse en una suerte de, digamos, «antecedente» de Aquí abajo: el relato «La noche del indio», que propone una sediciosa inversión de la narrativa indigenista de esos años posrevolucionarios en México: el indio de este relato es Todos Los Indios, es decir, Ninguno, es decir: El Único; no es un Juan Pérez Jolote —no tiene siquiera nombre ni apellido—, y la profecía del final: «¡La fuerza está en ti, indio!... Es preciso hacer la revolución, amigo...», se cierne sobre el lector como una posibilidad siniestra de violencia.
Aquí abajo podría definirse como el más «realista» de los libros de Tario (y se trata en efecto de un camino que el autor abandonará en definitiva). Si se pidieran equivalencias vagas pero útiles, yo habría de afirmar que Aquí abajo pudo haber sido escrita por un Roberto Arlt con resentimientos sociales menos agudos y un mayor sentido de la irrealidad, un Georges Duhamel más agresivo contra los convencionalismos, un Fernando Vallejo menos egocéntrico en la exhibición de su arrebato o un Kenzaburo Oé menos maduro y sobrio en el dominio de la estructura novelística.
En Aquí abajo, desde el título nace la angustia. Se trata de la historia de la existencia «aquí abajo», sobre la tierra, de Antonino, un pobre diablo casado con una mujer hermosa y sensual, padre de dos hijos pequeños, trabajador responsable pero sin iniciativa. El drama inicial es la indisposición angustiada ante su papel en la sociedad —empleado y padre de familia—, que detona al conocer la infidelidad de su mujer con un primo de ella, un joven militar manco y prepotente. La historia en sí, plagio trasnochado de una Madame Bovary de Peralvillo, es sin embargo menos importante que el tenor de angustia metafísica del personaje. Es una incomodidad radical ya no con su papel en la sociedad, sino con la pasividad que debe caracterizar la aceptación de la existencia, aceptación sentida por el lector incluso más vejatoria por la condición misma de la voz narrativa en tercera persona que, a la manera usual en George Eliot, no tiene empacho en tirar sus netas metafísicas, en última instancia racionalizaciones superiores del estado mental de su personaje. Antonino no encuentra un lugar en el mundo, y el final de la novela no puede ser menos disolvente: su hijo muere, él asesina a un sacerdote y se desentiende (eso asumimos) de su mujer e hija. Al matar a una figura de autoridad y tomar con indiferencia el abandono de su esposa, el «irresponsable» Antonino parece hallar el sosiego finalmente.
Jardín secreto, la segunda y póstuma novela de Tario, es más lograda, con una estructura dramática más tensa y juiciosa y una atmósfera de locura y encierro a la altura de los relatos de Poe. Aquí abajo, por su parte, es un libro desigual, ripioso. Pero en ese carácter un tanto inhábil del narrador encuentro yo la vivacidad de Aquí abajo, un latido más belicoso que el de Jardín secreto y que delata un mundo interior agrio y convulso que, acaso, exigía una expresión artística impaciente, irascible, inevitablemente sucia e imperfecta. Incluso, el retrato de la sociedad mexicana de su tiempo es tan oblicuo e irrealista que se vuelve evidente sólo por la mención de lugares y calles (Iztapalapa, San Ángel, la Alameda, Peralvillo), debido a que el primordial propósito del narrador de esta novela es traducir la distorsionada y agónica percepción de Antonino.
Es éste, pues, un sendero creativo —hablo de la narrativa realista de corte psicológico— nunca retomado por Francisco Tario. Su originalidad y su perfil de ermitaño de las letras le exigieron evitar cualquier cercanía con la tendencia narrativa de esas décadas: el realismo ubicuo de la literatura mexicana que llevó incluso a no caer en la cuenta de que el autor supremo del siglo xx, Juan Rulfo, andaba en 1955 publicando una novela de estricto corte fantástico.
Más allá de eso, podría enunciarse una pregunta concreta: ¿qué sucedió en la vida de Tario que pueda explicar el hecho de que la rabia radical de La noche, Aquí abajo y Equinoccio se haya difuminado y no aparezca en Tapioca Inn ni en Una violeta de más? Esos tres primeros libros nacieron en una coyuntura social de guerra mayúscula en el mundo y de radicalización política en el país a fines de los años treinta y principios de los cuarenta, aunada a posibles circunstancias personales depresivas o exasperadas propias de la juventud. ¿Fueron acaso entonces la llegada de la madurez y el inicio de una vida conyugal y familiar —al parecer feliz en Acapulco— los motivos de que este proto-Céline mexicano se haya vuelto un narrador ya no furibundo, más bien contenido de relatos fantásticos?

La rabia como categoría estética

Aquí abajo no ha sido reeditada desde su publicación, hace ya casi 63 años (el colofón habla de noviembre de 1943). La recuperación de esta novela permitiría, vaya si no, tener otra perspectiva de la primera etapa literaria de nuestro autor. Más todavía: pienso que una revaloración de este volumen duro y agitado habría de autorizar un acercamiento diferente al párrafo de «La noche de los cincuenta libros» con que inicié este ensayo. En efecto, Aquí abajo fue una de las creaciones con las que el escritor Tario buscó avanzar en su estrategia de guerra contra las convenciones del mundo —familia, religión, patriotismo, piedad—; fracasó, por supuesto, pues el libro sigue a la espera de sus lectores y, por su parte, el mundo... bueno, del mundo qué podemos decir.
Podría decirse, sin embargo, que Tario tuvo también la virtud de no perpetuarse en la púber exhibición de la rabia. «Tario fue consecuente consigo mismo y supo callar en su momento, además de que no aceptó tomarse en serio sus libros», escribe Esther Seligson. Quizá el endulzamiento de su prosa fantástica, perceptible en Tapioca Inn y Una violeta de más, haya tenido como razón la necesidad de no insistir en un combate perdido de antemano, es decir, en una disputa que ya no tendría que ser luchada por él sino por sus lectores jóvenes, cuando quiera que éstos llegasen, quizá incluso 30 años después de su muerte. Seligson conjetura: «Quizá Tario sabía que no es menester traicionarse a sí mismo pues el libro es un ente vivo cuya trascendencia... depende... de la fidelidad y pasión de sus lectores».
La hora del Tario radical y rabioso ha llegado. Una causa por la que Tario se ha vuelto un escritor emblemático para la nueva generación de lectores se debe en mucho a su exploración fecunda de lo fantástico en una tierra literaria, se supone, poco acostumbrada a divorciarse enfáticamente del realismo coyuntural y político. Me atrevo a sugerir ahora otro motivo, uno que se volvería evidente en caso de una revaloración del primer Tario y de Aquí abajo: la identificación de los lectores jóvenes con la expresión literaria de la angustia, la rabia y el desencanto perceptibles en aquellos primeros libros del autor treintañero.
«Facit indignatio versum», escribió Juvenal en su sátira primera. Contrariamente, en Sobre el estilo, Demetrio el desparpajado señalaba con particular naïveté: «la indignación no necesita del arte, sino es preciso que en tales invectivas las palabras sean en cierto modo espontáneas y simples». En cualquier sentido, podemos decir que no es, por supuesto, la furia —como la legible en Aquí abajo un valor estético necesariamente superior o siquiera indispensable para conferirle mérito a una obra. Pero si me interesa resaltarlo se debe a que cada lector se encuentra a sí mismo en los libros que lo apasionan e intrigan. El caso de quien esto escribe ha sido el de una relectura embrujada de los textos del primer Tario. Esto se debe (acaso) en mucho a que la circunstancia mía y casi genérica de los lectores jóvenes de principios del siglo xxi en este país tan lleno de ubicua mierda podría definirse como la de un visceral desaliento y desasosiego, frutos del rechazo ante la falsedad insostenible de toda convención, fe, discurso, dogma o mito, sean éstos de índole social, política, religiosa, intelectual e incluso estrictamente personal. ¿...Qué tenemos realmente?
Un caos. Y la desesperanza.
Pues la desaparición del Estado nacional, el entorno de pobreza, violencia e injusticia, el desmoronamiento de las nociones de comunidad y familia y la exhibición ecuménica del descaro, la corrupción y el abuso en el orbe público vuelven la prosa inicial de Tario un lugar reconocible, un espejo exacto y obligatorio para los lectores impacientes de 2006.
El primer Tario está vivo porque transcribió en sus textos la realidad de su futuro, este hoy nuestro ennegrecido por la barbarie, la irrealidad y la zozobra. Pienso que Tario habrá de cumplir una y otra vez, nunca de forma definitiva y sin embargo siempre fértilmente, su propósito de guerra moral contra el mundo, sus imposturas y sus dogmas, cuando los lectores de estas generaciones desengañadas del oscuro nuevo milenio se acerquen por fin a su primera y aún viva y muy poderosa —si bien imperfecta— novela Aquí abajo.