domingo, junio 18, 2006

Once meses

Acabo de cumplir once meses en mi trabajo actual, como editor de literatura en una casa prestigiada. Un colega, a quien corrieron a la mala no hace poco, dijo en algún momento: "Geney no se ha enterado que aquí el editor es un achichincle, el último eslabón de la cadena". Bueno, ya me enteré. Pero no lo acepto, claro.
Se supone que esta editorial no se guía por criterios elementalmente comerciales. Es decir, se asume que esta editorial tiene un cometido con la cultura iberoamericana y universal, gracias al subsidio estatal que recibe, el cual, sin embargo, es cinco veces inferior al destinado al Partido Verde Ecologista, institución que ni de lejos ha hecho por los pueblos de Iberoamérica lo que en siete décadas ha realizado esta editorial para la cual trabajo.
Acabo de cumplir 30 años de edad, y entiendo bien que sería una arbitrariedad hacerle demasiado caso, en la conformación del catálogo de una editorial con 70 y tantos años de historia y prestigio, a un muchacho inexperto y de criterio bisoño como, según es fama, sería mi caso. Sin embargo, he caído en la cuenta, a lo largo de estos frustrantes once meses, que quizá uno de los pocos (y en esto he de sonar por fuerza arrogante) que tiene en esta casa por lo menos una pizca de congruencia e intuición editorial y otro tanto de honestidad intelectual c'est moi. Hay una lista de autores fundamentales del canon iberoamericano que, según yo, deberían ser recuperados y publicados por esta editorial que me paga tan poco por hacer el trabajo de cinco o seis editorcitos. Quizá sueno amargado; siento una frustración enorme, lo acepto. Pero a cambio de esos autores no incluidos aún en el septuagenario catálogo de esta casa, se me da la instrucción bien seguido de pedir contratos para una serie de escritores mediocres y gángsteres que, claro, logran ser publicados gracias a sus artimañas notoriamente exentas de ética.
Esta frustración tiene que conducir a un cambio, por supuesto. A más tardar he de irme en diciembre o enero; escéptico, no creo que esta editorial maravillosa y tan vulnerable a las bajas presiones de la política cambie si cambian sus dirigentes.
El aprendizaje, enorme, serviría a cualquiera para fundar una nueva editorial, como ha sido el caso de algunos ilustres antecesores. Necesito (ya saqué cuentas) cinco millones de pesos para los primeros diez años. Publicaría en mi nueva editorial (ya tengo el nombre; no lo diré) diez novedades al año, una al mes entre enero y octubre. Autores muertos o clásicos: brasileños, italianos, rusos, griegos, algunos de nuestra lengua. Contemporáneos, pocos o ninguno. Luego de diez años, la editorial se defendería sola. Tendría, claro, el prestigio que le daría la selección siempre meditada de su catálogo.
Aunque... no, en realidad no funde acaso ninguna editorial. ¿Para qué? Con esos cinco millones de pesos que, ojalá, algún pariente narco tendrá a bien facilitarme sólo por la coincidencia en los apellidos, me dedicaría a leer, vivir y viajar en el extranjero, con Andrea y Pati. Y escribiría, por supuesto, mientras alguno de estos políticos cara de mierda que hoy compiten por la presidencia de la república se encargará de lanzar al abismo a este país jodido y con vocación de perpetuo desastre.

sábado, junio 17, 2006

Máxima, siglo XVII

Il ne faut pas s'offenser que les autres nous cachent la vérité puisque nous nous la cachons si souvent nous-mêmes.

La Rochefoucauld

jueves, junio 15, 2006

Reflexiones de un patólogo sobre el abuso infantil

For the little girl of my first experience did not die “simply” as a result of a brain hemorrhage and a fractured skull. Behind the skull trauma was the fury (and at that time some of my colleagues were naive enough to say, the wickedness) of her mother. But behind the mother’s violence, the social history subsequently revealed, was a background of alcoholism and marital discord that, when discovered, added a measure of commiseration to the universal reproof. But behind this history of frustration and maladjustment was a history of victimization of the mother, who herself had been abused by her father when she was a child. Hence, guilt was split in half, for the father, by promoting maladjustment of the aggressor-daughter, seemed to share some responsibility for her acts. But behind this truculence there were too remote to influence the actions of lawyers and police officers handling her case. And behind all these miseries, there stood a violent North American society, which is but a part of a world that is, and has been from time immemorial, violent par excellence. Thus the pathologist who wishes to know the “causes of death” sees the chain of causality extended by new links, daily lengthened by research, but is never close to “the truth,” never really knows the etiology of a child’s death. The pathologist must be content to look at proximate causes, must be satisfied with externals while research continues to reveal causes behind the causes in an unending chain of causality, as when a man holding a mirror looks at his own image in a set of confronting mirrors, and sees a man holding a mirror, and in this mirror the image of a man holding a mirror, and so on, in infinite repetition. So the ideal autopsy report on an abused child, the only one that would do justice to the thorough correlations demanded by a scientific spirit, would be like a narrative containing a subplot and the subplot itself developing a subplot of its own. My colleagues, I am afraid, would not take kindly to the ideal format; for to read it would be like reading one of those literary works that preceded the novel as a genre (of which I believe Don Quixote is the outstanding example), one in which the various characters tell complex stories apparently unrelated to the leading plot, and which the reader must sit through until the leading plot, at long last, is reestablished.

Francisco González Crussí, “Reflections on Child Abuse”, en Notes of an Anatomist.

sábado, mayo 27, 2006

Pausanias en Platea

En la Batalla de las Termópilas, el ejército persa comandado por Jerjes derrotó a los griegos; la derrota terminó con la muerte trágica del líder espartano, Leónidas, cuyo cuerpo fue ultrajado con el beneplácito del rey de los bárbaros. El siguiente episodio, la gloriosa Batalla de Salamina, conoció el triunfo de las naves griegas, lo que propiciaría la retirada de Jerjes a Sardes, sus dominios seguros en Asia Menor. El persa dejó sus tropas a cargo de Mardonio, reiteradamente pintado por el parcial Heródoto como un hombre impío e impulsivo. La debacle final de los invasores habría de tener lugar en tierra, el otoño de ese año 479 a.C., en Platea. El espartano Pausanias, homónimo del muy futuro autor de la Descripción de Grecia, lidera la coalición griega.
El siguiente fragmento —que llega ustedes gracias al patrocinio libresco de mi amigo entrañable Roberto, a quien este blog y su autor rabioso le deben más de una— refiere hechos inmediatos a la caída persa y muerte de Mardonio. El traductor de la Biblioteca Gredos, Carlos Shrader, consigna en sus copiosas y eruditas notas cómo la fuente de este episodio tendría un prejuicio contra Egina, potencia marítima y rival desde siempre de Atenas. Además, buscaría limpiar la imagen del caudillo Pausanias, quien años después abandonaría Grecia para servir a los persas. Por lo demás, la
Historia del apasionado Heródoto, no hay que olvidarlo, se hacía partícipe del naciente y complejo orgullo panhelénico. Uno de sus valores, la piedad y el rechazo de la barbarie.

Por cierto que en Platea, en el contingente egineta, se encontraba Lampón, hijo de Píteas, que era uno de los principales personajes de Egina. Este sujeto, abrigando un propósito extremadamente impío, corrió a entrevistarse con Pausanias y, a su llegada, se apresuró a decirle lo siguiente: «Hijo de Cleómbroto, acabas de realizas una gesta de una magnitud y una brillantez colosales, y la divinidad te ha permitido salvar a la Hélade y conseguir, que nosotros sepamos, una gloria muy superior a la de cualquier otro griego. Culmina, por consiguiente, tu hazaña, a fin de te aureole una notoriedad mayor, si cabe, y para que, en lo sucesivo, a la hora de incurrir en actos incalificables contra los griegos, todos los bárbaros se abstengan de tomar la iniciativa. Como quiera que, a la muerte de Leónidas en las Termópilas, Mardonio y Jerjes ordenaron que le cortaran la cabeza y que la clavasen en un palo, si tú, en reciprocidad, haces lo mismo con el primero de ellos, serás elogiado, ante todo, por la totalidad de los espartiatas, pero también lo serás por el resto de los griegos, ya que, si mandas empalar a Mardonio habrás vengado a Leónidas, tu tío paterno». Esto fue lo que dijo Lampón en la creencia de que su sugerencia agradaría a Pausanias, pero éste le respondió en los siguientes términos:
«Extranjero egineta, agradezco tu deferencia y tu preocupación por mi persona, pero la idea que has propuesto no es atinada, De hecho me has encumbrado a gran altura, haciendo lo propio con mi patria y mi hazaña, y luego me has reducido a la nada al aconsejarme que ultraje un cadáver y al pretender que, si así lo hago, mi fama se verá acrecentada: tal proceder es más bien propio de bárbaros que de griegos, y es algo que les censuramos. Desde luego, ojalá que, si de ello depende, no cuente yo con la aprobación de los eginetas y de quienes toleran esos desafueros; a mí me basta con practicar la piedad, de obra y de palabra, con el beneplácito de los espartiatas. Y por lo que se refiere a Leónidas, a cuya venganza me instas, proclamo que ya ha sido sobradamente vengado: lo ha sido, tanto él como los demás que perecieron en las Termópilas, con el homenaje de las innumerables vidas de los aquí caídos. Tú, por tu parte, no vuelvas a darme consejo alguno; es más, debes estarme agradecido por no ser castigado.»

Heródoto, Historia, IX, 78-79

miércoles, mayo 17, 2006

El Fernando Vallejo affaire

En menudo problema tenemos al ensayista frustrado. Sergio Téllez-Pon ha escrito un texto, «Sobre la narrativa de Vallejo», en que ejerce una defensa del autor colombiano, frente al ¿ataque? del ensayista frustrado, el bloguero rabioso, el escritor novato. Hay ciertos aspectos que el ensayista frustrado habría de puntualizar, pero el escrito que tiene en mente exige más tiempo y dedicación del que, por sus burocráticas labores editoriales, puede invertir en estos días furiosos. En ese ensayo-ficción, el ensayista frustrado habría de insistir en su crítica de la misantropía intolerante del narrador de Fernando Vallejo. No una crítica de otros valores y recursos de La virgen de los sicarios y El desbarrancadero, muy bien reseñados por Téllez-Pon, sino una crítica de ese narrador protofascista que, no hay que negarlo, también deslumbra con su prosa vivaz, exacta e impecable.

Habría que, también, aceptar la polémica de la voz narrativa. A diferencia de Borges, Deniz o Nabokov, autores que proponen o exigen con su obra una definición estética y vital de sus lectores, puntos de partida para la reflexión y discusión a partir de los cuales pueden surgir inquisiciones creativas feraces, Vallejo —el autor y el narrador— es dogmático: no tolera en nada una exploración narrativa que no se halle estrictamente apegada a la primera persona, con el mismo énfasis lapidario con que Macedonio Fernández no aceptaba, ni de lejos, la novela realista.

Lo cual es una amputación suicida; habría que decir, sencillamente, que hay historias que se narran en tercera y otras en primera persona porque, dicho de una forma muy simplista, hay hechos que le pasan o podrían pasar a uno y hechos que le pasaron o habrían pasado a otros. ¿...Que llevamos milenios narrando en tercera persona? ¿...Que no hay manera de saber qué pasa en la cabeza de otra gente? Pues la disyuntiva, planteada en esos términos, peca de falta de sustento: primero, narrar es una actividad humana fundamental que se ha venido haciendo desde el origen de la historia y se hará incluso un segundo antes del fin de la especie, en primera o tercera persona, en forma oral o por escrito, sobre hechos reales o ficticios; y, segundo, la ficción —principio elemental— construye personajes y no sabe nada de personas reales cuya cabeza, en efecto, es bendita e ineluctablemente incognoscible. Y si hay narradores que, de manera genial, siguen narrando en tercera persona, se debe a que asumirán (yo pienso) que lo necesario no es la congruencia estricta con un cómo castrante y prejuicioso sino la efectividad estética y vital del qué.

Ahora, sobre los géneros. Patalear contra su majadera existencia es tan infantil como aceptarlos acríticamente. Existen por razones muy claras y específicas: han respondido a necesidades expresivas de cada época y seguirán existiendo porque la literatura es forma, y toda forma habla de contornos, precisión, límites: transfigurados, problematizados —palabra que, según Margaret Atwood, tiene el defecto de no existir—, rebautizados o replanteados una y otra vez, los géneros son tres, acaso cuatro: asumen envases y etiquetas diferentes y Vallejo, con todo y su propensión a épater l’intellectualité, se inscribe fértilmente en las reglas y la tradición de… ajá, la ficción autobiográfica.

Vallejo, a no dudarlo, es uno de los autores más auténticos y poderosos de la lengua. Pero su narrador o, más concretamente, los dicta virulentos de su narrador —compartidos, según es fama, por quien le ha dado vida— no tienen que ser por fuerza aplaudidos por la universalidad de sus lectores. Más que nada, al ensayista frustrado le parece irrevocable que la empatía y la imaginación son dos atributos infaltables en su idea propia de lo narrativo. Ambos partirían de una postura ante la realidad en mucho diferente de la argüida por nuestro autor colombiano. Pues el narrador de Vallejo no se distingue ni por su empatía ni por su imaginación. Todo o casi todo en él es, en su relación con el mundo, belicosidad, juicio, intolerancia: punto final. No hay ahí incomodidad, incertidumbre, debate, introspección dudante: puntos suspensivos, germen para reflexiones futuras, extendidas, tenaces en el pensar de sus lectores.

Lo cual, insistamos, no excluye los valores fulgurantes de esa prosa no raramente perfecta.

lunes, mayo 15, 2006

Insistencia

No, no sé mucho de rebeldes. Acaso, que rebelde es hoy el nombre de un grupo musical y una telenovela estupidizante sobre hijos de papi, juniorcitos caprichosos, y Revolución sólo una avenida al sur de la ciudad de México, justo donde se hallan las oficinas del Programa Tierra Adentro. Triste el destino de la palabra rebelión en México, hoy en día.
Sé, sin embargo, que Marcos está diciendo lo que nadie más: desde hace tres años, desde hace cinco años y medio, ha dicho lo que hoy es más claro: la democracia mexicana ha sido traicionada. Ha señalado a la izquierda oficial, la del PRD, como una mafia política venal y veleidosa, prostituida y traicionera. Ha señalado la corrupción del sistema partidista en su conjunto, y ha insistido en las injusticias de la fallida transición democrática. Ha dicho estas cosas sin morderse la lengua, sin pisarse la cola: creo que tiene razón y que es necesario e importante que esto se siga diciendo, aunque de nada sirva ni servirá a fin de cuentas.
¿Hay lugar hoy para la violencia revolucionaria? De regreso de un siglo de mitos y dogmatismos, de revoluciones traicionadas, purgas y manipulaciones de la verdad histórica, no es dable creer en la posibilidad de la violencia revolucionaria. Tú, que conoces la historia de Marioralio, habrás entrevisto en esas páginas el miedo a ese futuro probable. Es miedo y no deseo. Reconocimiento y no esperanza de una posibilidad. Pero realmente, ¿cómo saberlo? Temo, presiento la amenaza de una guerra civil. Las circunstancias están dadas para una rebelión general, pero, y en eso tienes razón (una vez lo dijiste) a final de cuentas nada pasará, nada cambiará. Es ingenuo creer en la gente, ver en el pueblo otra cosa que no sea una muchedumbre oprimida, deseducada, corrompida también, inconstante, aprovechada y estúpida.
Hace doce años la moda era ser neozapatista, creerle todo a Marcos. Lo recuerdo, yo estaba en la Fac de Filosofía, muchos iban a Chiapas en las caravanas zapatistas, hacían colectas, todo eso. Desencantado desde entonces, acusaba yo entonces a Marcos de un iluso, un fanfarrón o un manipulador.
Hoy la moda no es Marcos. Hoy la izquierda arribista, la izquierda del votar-por-el-menos-malo, la izquierda cínica está con el autoritario, mentiroso, voluble, abusivo, cínico, trepador, irrespetuoso, fascista y exiguo de entendederas Andrés Manuel López Obrador, a quien se le perdona todo porque enfrente se halla el chamuco: Salinas, Falderón, Fox, Marta, Diego, Abascal, la ultraderecha, los tecnócratas, los lacayos de los ricos. Hoy la izquierda ingenua está con Patricia Mercado y su partido deforme, esos ejemplares parásitos del sistema de partidos, la minoría que, al no tener que perder sino el registro, toma las banderas del 2% de votantes: la legalización de la mariguana, la despenalización del aborto, la equidad de género, el matrimonio de homosexuales, aun sabiendo que, incluso con 5 diputados en el Congreso, sus propuestas liberales —por lo demás urgentes— no encontrarán el menor eco de nadie, ni de la sociedad ni de los demás partidos, para volverse ley y tal vez realidad; si Patricia Mercado tuviera el 30% de preferencias en las encuestas, ¿defendería esas banderas?
Hoy la moda es defender al Peje López Obrador, escoria en un medio de escorias, de los ataques sucios de la ultraderecha. Y a la ciudad de México ¿quién la defendió del despotismo del Peje, su falta de transparencia, sus amigos corruptos, su arbitrario uso de la justicia, su desprecio por la cultura, su desconocimiento de las necesidades verdaderas de los habitantes de la capital (mejores empleos, mejores opciones de vivienda, mayor seguridad, mejor transporte público)?
De regreso a Marcos. Él entendió que dentro de la democracia (y disculpa que no use comillas ni cursivas, pero esa palabra, hay que aceptarlo, ha sido siempre, desde la era de Pericles, un lobo con piel de oveja, si bien, quizá, el lobo menos malo de todos) la violencia revolucionaria se volvía por entero inefectiva, si es que alguna vez fue lo contrario. ¿Hay lugar para violencia revolucionaria, hoy en este país?, insisto. ¿Hay manera de despertar a las masas jodidas para que subviertan el orden inmoral y corrompido de nuestro tiempo? ¿Hay forma de que la rabia contenida, la humillación sufrida una y otra vez por los de abajo hallen expresión violenta y transformen la historia? No creo. La violencia se dará como en San Salvador Atenco hace dos semanas: estallidos de coraje súbitos, incontrolados, inefectivos, ante los cuales se usará, sin piedad, la fuerza policiaca de un Estado protofascista como el nuestro.
Más que un hecho, el rebelde habrá de volverse un testimonio. Eres muy serio, no te gusta la frivolidad. Eres más moralino que yo, en cuyo blog rabioso faltan la ironía y las fotos, como dijo Groucho. ¿Marcos se reduce a presumir sus piernas, a seducir con gracejadas a los reporteros europeos? ¿Eso es todo el neozapatismo? No peques de parcial. Marcos entendió que la única forma de dignificar la lucha rebelde era perpetuarla en la palabra, volverla cuestionamiento moral y así, entonces, hacer imposible, alejar, no volver prioridad la llegada al poder. A través de la sola palabra jamás derrocará nadie ningún sistema político.
No sé de rebeldes, cierto. ¿Remordimiento de pequeñoburgués? Ajá, pero no es culpa mía. Fue la cigüeña, es todo. Pero el remordimiento, la candidez, la desmemoria vienen no de quien compra baratijas en Liverpool: vienen de la envidia. Es el reconocimiento de la imposibilidad propia para, sin contemplaciones, romper con la sociedad corrompida y acusarla, hostigarla, confrontarla. No, no es una moda: hay el desencanto, hay la furia. Existe en mí esa obsesión de la búsqueda sobre el cómo cambiar el mundo: Darío Aspettani se va a la Sierra Sureña a repartir medicinas, libros, alimentos; Poza reescribe correspondencia para separar el mal del bien; Marioralio sueña con una Guerra. ¿Cómo cambiar la realidad? Buscando, quizá, la verdad. Inútil, terca, fastidiosamente. Significa el rechazo, entraña el disgusto de quien escucha. Así le iba a los incómodos profetas frente a los reyes impíos de Judea. Como el héroe imposible de Ibsen, el enemigo del pueblo —héroe del martirologio futuro— es quien dice la verdad. Y la verdad, acaso, sí existe; decimos que no porque es, cómo negarlo, intolerable.

Respuesta

Amigo,
¿cómo decirte que te equivocas? ¿Cómo decirte que una vez más eres un sujeto preso del glamour y la frivolidad? ¿Es acaso, como sostienes, que el autonombrado Subcomandante Marcos es el único líder moral de este país? ¿A qué le llamas líder moral? ¿Qué lugar ocupan quienes dieron su vida (y la cara, por supuesto) en una lucha por los pobres de este país? ¿Acaso Lucio Cabañas o Genaro Vázquez se ocupabande decir que eran las mejores piernas del sureste mexicano? ¿Dónde quedan los hombres de la FARP, del EPR, del ERPI, del CCRP-CJ28J? ¿Son invisibles? ¿Les tomarás en cuenta sólo si dieran entrevistas para EFE o la AFP? ¿Necesitas que el gobierno mexicano les otorgue el mismo reconocimiento que el EZLN? ¿Necesitas que den una gira por la UNAM y ciudades importantes? ¿Has sentido alguna vez el miedo de quienes son perseguidos y desaparecidos? ¿Has visto a tus conocidos desaparecer por estar vinculados a estos grupos? ¿Sabes acaso del horror de gente como los hermanos Antonio y Héctor Cerezo? ¿Has mirado un poco más allá de tu vida pequeñoburguesa?
Disculparás, Geney, que cuestione tu propuesta de inconformidad, pero me da la impresión de que la conseguiste en el palacio de hierro o en liverpool. Me da la impresión de que despertaste y sentiste que hablar del subcomandante Marcos era la moda. Me da la impresión de que tarde o temprano utilizarás ropa furor habana y camisetas con el rostro del che.
Perdóname, amigo, pero creo que muy poco sabes de un grupo rebelde.

domingo, mayo 14, 2006

Declaración (desencantada) de marquismo

El Subcomandante Marcos es el único líder moral en México. (El otro sería, en la esfera literaria, Gerado Deniz.) Es Marcos, también, el más lúcido y franco analista político. Lo defienden (y no sé qué tanto haya de candidez o desmemoria en lo que digo) su integridad y su congruencia. A diferencia de otros tantos «líderes» y «analistas», Marcos no tiene compromisos con los grupos de poder, no mantiene una hidden agenda que, como sucede en el caso de los políticos de todos los partidos o los articulistas de todos los periódicos, condicione y pervierta su postura de compromiso y lucha moral con los de abajo. Cualquier otro, como hay muchos en la izquierda oficial mexicana, habría ya negociado sus principios y habría aceptado prostituir su pasado de lucha guerrillera. Marcos podría haberse quitado el pasamontañas, y sería ya gobernador de Chiapas o candidato a senador de la república por el pseudoPartido de la pseudoRevolución pseudoDemocrática. A cambio, por supuesto, del silencio cómplice y la traición con los jodidos.
Pero no lo ha hecho.

Su lucha, sin embargo, fracasará. No llegarán sus palabras verdaderas a los oídos o los ojos de quienes deberían escucharlas, leerlas, los humillados y ofendidos de este país. Seguirán siendo manipuladas, tergiversadas por los aparatos de propaganda del sistema político. No habrá por lo tanto una respuesta general, un levantamiento, ni violento ni pacífico, para subvertir el orden inmoral de las cosas en nuestra sociedad.
Pero la lucha de Marcos es necesaria. Lo otro, callar, la indiferencia, son vergonzantes. Todos lo hacemos: somos cobardes, alegamos deberes, vocaciones, compromisos, hijos, la escritura, para no tomar la decisión visceral de romper con la sociedad, aislarse de ella, huir de ella y acusarla con la vehemencia intransigente de un profeta veterotestamentario. Marcos, mientras escucha las acusaciones que lo postulan de violento, fundamentalista, intolerante, payaso, títere tanto de la izquierda (según la derecha) como de la derecha (según la izquierda) o farsante que busca el martirio y un lugar en la historia como segundo Che, hace y dice lo que cualquier ser humano con dignidad tendría que hacer, inapelable e impostergablemente, ante la injusticia, la miseria y la corrupción. Prefiere la congruencia moral y la búsqueda de la verdad, antes que la popularidad y el aplauso, ya no digamos el poder o el dinero.

Marcos es un testimonio: más un testimonio que un hecho.

sábado, mayo 13, 2006

Otra rabia

Palabras del Subcomandante Marcos durante el mitin del 12 de mayo

Compañeros y compañeras de la otra campaña:
Hoy, como en otras ocasiones, nos convoca el dolor.
El dolor de ver a nuestras compañeras, a nuestros compañeros del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y de otras organizaciones, grupos, colectivos, familias y personas atacados por las policías de los malos gobiernos en San Salvador Atenco.
Los malos gobiernos del municipio de Texcoco, de filiación perredista; del estado de México, de extracción priísta, y el gobierno federal, que encabeza el panista Vicente Fox Quesada.
No fue, como dicen allá arriba, un operativo para imponer el orden.
Fue un ataque de destrucción y aniquilamiento, perpetrado con la impunidad de quien se sabe protegido por la ley de arriba, la ley del poderoso. La ley que justifica el asesinato de un joven, el empleo de armas de fuego en contra de población civil indefensa, la destrucción de viviendas humildes, las golpizas salvajes sobre todo lo que se moviera, la agresión sexual en contra de mujeres y muchachos, las detenciones arbitrarias e indiscriminadas. En suma, el fascismo.
Todo esto con una coartada, que apenas duró unas horas en los medios de comunicación, la del estado de derecho, la de la imposición de la ley.
El mismo estado de derecho que ha convertido la justicia en mercancía cara, cuyo costo sólo puede ser pagado por el que tiene dinero. Así hemos visto a Marta Sahagún, del PAN y esposa de Vicente Fox, comprar a jueces para cubrir el enriquecimiento ilícito de su familia. Y si alguien se atreve a denunciarlo públicamente, nueva compra de la justicia para acallar y penalizar a quien dijo la verdad.
El mismo estado de derecho que solapa y cubre a los legisladores que, como Diego Fernández de Cevallos, del Partido Acción Nacional, se dedican a usar su posición política para favorecer el crimen organizado. El mismo estado de derecho que no sólo permite, también promueve el uso de recursos de la nación para que el PAN invierta en el negocio redondo de los puestos públicos y la inflación de encuestas, como hacen con ese enano mental con aspiraciones de dictadorzuelo que es Felipe Calderón.
El mismo estado de derecho que da prerrogativas legales al brazo político del crimen organizado, el Partido Revolucionario Institucional, y a ese gánster venido a menos que es Roberto Madrazo.
El mismo estado de derecho que encubre la corruptela institucionalizada llamada Partido de la Revolución Democrática, y que alimenta y nutre, con los mismos embaucadores de siempre, la campaña de Andrés Manuel López Obrador.
Compañeros y compañeras:
Allá arriba, en algunos lados, están proponiendo orientar su ocio a la teoría de la conjura, de la conspiración, del complot ideado para arruinarles el negocio en el que han convertido las elecciones.
Pero acá abajo sabemos lo que pasó: la maquinaria represiva del Estado echada a andar sin importar dónde, cuándo, quién ni cómo.
Quieren que abajo nos convenzamos de que sólo es posible la política de arriba, con ellos y ellas, bajo sus reglas y tiempos.
“Pruebas”, piden los de arriba cuando se les señalan las violaciones a los derechos humanos con que aplicaron “su ley”. “Pruebas” repiten sus ecos amaestrados.
Como si allá arriba se hubieran tomado la molestia de reunir “pruebas” para hacer lo que hicieron.
¿Y los partidos políticos y sus candidatos? ¿Acaso les importa lo que acá bajo sucede?
No.
Se enteran por los medios de comunicación y van corriendo con sus asesores de imagen para hacer el cálculo de qué impacto puede tener en las encuestas el despotricar prometiendo, si llegan a la Presidencia, convertir todo el país en el Atenco del 3 y 4 de mayo (como hicieron Calderón y Madrazo); o quedarse callado, como hizo AMLO, limitándose a condenar la violencia, “venga de donde venga”, como si fuera equiparable la de los pobladores a la de los policías.
Atentos a las encuestas, a estos políticos no les interesa ni la democracia, ni la libertad, ni la justicia.
Porque ninguna de estas banderas, abrazarlas, hacerlas suyas con consecuencia, inciden en las encuestas.
Compañeros y compañeras:
Todo esto lo sabemos, y por eso también nos convocan hoy la indignación y la rabia.
La indignación y la rabia que provoca el saber que, para los de allá arriba, las mujeres son el botín de guerra prometido de antemano a las tropas del “orden”.
La agresión que recibieron y reciben nuestras compañeras por el hecho de ser mujeres.
El querer no sólo golpearlas y detenerlas, también humillarlas y destruirlas moralmente.
Y el mensaje no es sólo para ellas como mujeres que luchan por un país mejor, por otro México.
Es para todas las mujeres en México.
Para el sistema económico y político todas son el botín con que se paga a quien impone con la fuerza lo que no puede sostener con la razón.
Someterse de buen grado al desprecio, al maltrato, a la agresión sexual, a la violación; o ser obligadas a ese sometimiento con el uso legal de la violencia. Esta es la alternativa que, para todas las mujeres de abajo, humildes y sencillas, ofrece el sistema, independientemente del signo político que se simule allá arriba.
¿Quién puede enorgullecerse de aplaudir esto como símbolo de la modernidad democrática en nuestro país?
¿Quién puede ser honesto y guardar silencio frente a esta crueldad?
¿Quién, como mujer, como ser humano, en México o en cualquier parte del mundo, puede saber de lo que significó ser mujer en San Salvador Atenco, en el estado de México, el 3 y 4 de mayo de 2006, y seguir de largo, no hacer nada y seguir cargando la humillación propia, disfrazando de destino y mala suerte lo que han convertido en maldición?
¿Quién puede conocer todo eso y tomar el micrófono, la cámara, la computadora, el estrado, la mesa, el transporte, el lapicero, la herramienta de trabajo en el campo o en la ciudad, el libro, el cuaderno de apuntes, el juguete, encender la radio o la televisión, leer el periódico o una revista, y no ver y no oír, o, peor aún, ver y oír y pensar que tal vez se lo merecían, “quién les manda ser estudiantes, trabajadoras, indígenas, quién les manda ser pobres, quién les manda no ser diputadas, senadoras, gobernantes, funcionarias, empresarias; en fin, quién les manda ser mujeres”.
¿Qué mujer en México, sin importar sus ideas, puede honestamente quedarse callada?
¿Quién como joven, anciano, niño, hombre o mujer, puede saber lo que significó ser uno u otra en Atenco el 3 y 4 de mayo, y permanecer inmóvil?
¿Quién puede escuchar la historia de los dolores de esos compañeros y compañeras y no sentir la misma rabia y la misma indignación?
¿Quién puede escuchar la decisión de seguir luchando que sigue en su corazón, y no sentir la misma rebeldía?
No nosotras, no nosotros, no la otra campaña, no los compañeros y compañeras que somos de quienes sufrieron el ser de abajo y de izquierda en la larga jornada del terror de arriba los días 3 y 4 de mayo en San Salvador Atenco.
Ni indiferentes, ni callados, ni inmóviles.
Nosotras, nosotros, la otra, no dejaremos a nuestras compañeras y compañeros solos, solas. Ni en la cárcel, ni en su dolor, ni en su rabia, ni en su lucha.
No importan ni el tiempo que tarde ni la coyuntura que allá arriba decidan e impongan.
No importa si somos muchos o pocos.
No importa si se nos ataca o se nos alaba.
No importa si se nos comprende y apoya, o si se nos condena y persigue.
Cumpliremos el deber primero que adquirimos como parte de la otra: ser con los otros y otras, apoyarnos, no dejarnos solos.
Seguiremos gritando y seguiremos movilizando, todos, todas, en todo el país.
Si piensan que con la represión nos van a detener o a desanimar, que tomen el ejemplo de nuestros compañeros y compañeras detenidas el 3 y 4 de mayo.
Si es la represión, con la coartada partidaria o mediática que sea, con la que decidan enfrentar nuestra demanda de justicia, que de una vez vayan haciendo lugar en las cárceles, en los hospitales y en los cementerios, porque esto no se va a detener hasta que todos los presos y presas del 3 y 4 de mayo salgan libres.
Allá arriba no les importamos.
No les importa el horror que provoca el saber lo que le hicieron a nuestros compañeros y compañeras y a personas que ni siquiera sabían de qué se trataba.
Calculan que los golpes y amenazas, el tiempo, las mentiras y el silencio terminarán por mandarnos a un rincón olvidado.
Se equivocan.
Seguiremos con nuestras protestas y movilizaciones, en todo México y en el mundo.
Sabrán que acá abajo ni perdonamos ni olvidamos.
Y no será la nuestra una rabia como la de antes, como la de siempre.
No.
Ahora es y será una indignación organizada, otra rabia.
Apenas empezamos, no nos detendremos.
Que saquen a todos los presos, a todas las presas, o que de una vez nos metan a todos a la cárcel.
Desde la otra Ciudad de México.

Subcomandante insurgente Marcos.
México, Mayo de 2006.

jueves, mayo 11, 2006

Historia

Es la historia como sigue: un hombre que ha vivido desencantado de cualquier compromiso, cualquier llamado del mundo, cualquier urgencia o cualquier hecho ajeno. Hasta que la realidad lo llama; primero, como testigo, se adentra en los devenires extraños de personas a quienes ni conoce. Después, con el tiempo, hacia el fin de su juventud y estrujado por una acción inhumana, decide actuar y transformar el mundo. Para darse cuenta, finalmente, que nada puede hacer y que su furia y su fracaso no son el camino rápido a la resignación —ramera dulce—, sino a la amargura, la implacable, jamás saciada sed de venganza que desgarra con mayor fuerza cada instante, al infinito. Huye entonces.

miércoles, mayo 10, 2006

Indignación

Hay que manifestarnos.

Los que mandan, es decir, los grandes empresarios, quieren la «estabilidad social» y el «estado de derecho» que les garanticen la impunidad a sus abusos (evasión fiscal, contaminación del medio ambiente, pisoteo de los derechos laborales, lavado de dinero, etcétera): esa «estabilidad social» y ese «estado de derecho» tan cacareados consisten en que los demás nos callemos, en nuestra indiferencia y nuestro miedo.
Está en marcha la instalación de un Estado fascista en México. Se trata de un Estado policial que protege los privilegios de los ricos. Tienen como lacayos a los gobernantes y los legisladores, y como principales instrumentos a los medios de comunicación, al ejército y a la policía. Sus acciones son la brutalidad policiaca, las violaciones a las mujeres, la tortura «justificada», la demonización en los medios, el uso arbitrario de la administración de la justicia y el acallamiento de cualquier protesta o denuncia.
Hay que detenerlos. Hoy son las mujeres y los hombres de San Salvador Atenco. Mañana, demás está decirlo, será el país entero.

martes, mayo 02, 2006

Que regresen

Sí, que regresen. En este país se hallan la desidia y el desánimo, el talante corrompido y la juventud apática, vencida por la sensación de un futuro clausurado. Este país se cae a cachos cada día. Por eso, yo digo: que regresen. Necesitamos de su ímpetu, de su lucha enérgica para la rebelión que viene. Que regresen los paisanos para tumbar la injusticia en esta tierra, que se vuelquen sobre nuestras ciudades anémicas, que hagan la revolución por nosotros y quizá entonces despertemos.

domingo, abril 30, 2006

El ensayista frustrado

Por alguna razón, no le es fácil hablar en primera persona. Se siente incómodo y falso. En esta ocasión prefiere olvidarse de que el ensayo requiere la voz del yo, el compromiso del autor con sus ideas, la argumentación cálida e inmediata de una persona identificable.
Él desconfía del uso del yo porque desconfía de la postura que indica que la personalidad propia es una construcción definida, delimitable, identificable y precisa. Fernando Vallejo, el colombiano autor de la violenta El desbarrancadero, en varias ocasiones ha criticado el uso del narrador de tercera persona. «Si uno no sabe qué pasa consigo mismo, ¡cómo va a saber qué pasa en la mente de otras personas!» Este argumento, por supuesto, revela que Vallejo no es un tipo empático ni imaginativo. Al contrario, lees sus novelas y encuentras una egolatría (a ratos simpática, eso sí) que excluye la tolerancia y el interés por el otro (mientras no estemos frente a un perro, claro). Sin embargo, la ficción parte de un asumir la perogrullada no sólo de que el narrador no tiene que coincidir milimétricamente con el autor, sino también de que el autor siente una compleja pero cierta e inquietante empatía por sus personajes, los seres imaginarios que usurpan en esa ficción el lugar de los otros, del resto del mundo. En el caso de Fernando Vallejo, parece como que a este escritor sí le importa que quede bastante claro que toda la humanidad, salvo él, es culpable de una estupidez y mezquindad sumas, y de que por lo tanto la única materia de interés y novelable es él mismo, así sea que sus historias no tengan que ser demostrables, quiero decir, que importe un bledo si son ceñidamente autobiográficas o no.
Vallejo parece creer que su personalidad es un ente conocible y definido. Tal vez por esa razón no le interesa ponerse en los zapatos de los demás. A quien no le queda en nada claro que su personalidad sea una construcción finita y redonda, como le sucedía a Fernando Pessoa, le resulta más fácil imaginarse cómo piensa o siente otra persona. Por ejemplo: en sus viajes en el metro de la Ciudad donde vive, al ensayista frustrado lo inmoviliza detenerse a pensar en la vida de un muchachito de doce o trece años, moreno, de cara sucia, ropa rota y ojos asustados, que se sube en la línea verde del metro, como después de las ocho o nueve de la noche, y empieza a pedir una moneda a los viajeros. El ensayista se le queda mirando y apenas sus ojos coinciden con los del chamaco, él se imagina el hambre como una garra en el estómago, la agresión en las miradas de los demás, la certidumbre (no expresada racionalmente sino sentida en la piel misma) de que el futuro es negro y que en todo caso nada pero nada de este pinche mierdesco mundo importa. Se trata de una crispación momentánea: el muchachito se baja en la siguiente estación, pasa al vagón de al lado, y el seudoensayista, con todo y su rabiosa empatía, no fue capaz de darle una, por demás, inútil moneda.
¿Durante esos instantes dejó de ser él mismo, su personalidad se disipó o abrió para convertirse en la del otro, para contagiarse con los miedos y los rencores y el hambre y la desolación del muchachito? ¿Cómo explicar que durante esos segundos se olvidó de su circunstancia, su nombre, su pasado, sus ideas, para asumir en la piel la sensación inmediata, no razonada, de otra persona? ¿Es que acaso la imaginación y la empatía son atributos —o defectos— de quienes no son tan fuertes en el persistente proceso de la pétrea fundación de sí mismos?
Experiencias como ésa le hacen sentir que el yo no tiene importancia más allá de la utilidad de que indica la ubicación momentánea de las circunstancias en los cuerpos. El yo es un accidente de la naturaleza que ha sido institucionalizado por la gramática. ¿Cómo estar seguro de que el suceder de las circunstancias se da en él y no en otra persona? Durante esos instantes en que imagina o siente la circunstancia del niño de la calle que pide limosna en el metro, ¿quién habita el yo de él?
Ahora, esta repulsa al yo le impide escribir en primera persona. En el momento en que habla de sí como de otro, en el momento en que renuncia al arrogante yo, debe asumirse como un desertor del ensayismo. Y ponerse a escribir ficciones.

viernes, abril 28, 2006

Blablablá

Por una de esas cosas raras, me llega mucho mail del medio cultural: cartas abiertas, invitaciones de todo tipo (presentaciones, mesas redondas), noticias generales. Ahora me llegó esta, ¿cómo llamarle?, propuesta de reestructuración del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Me apena estar en desacuerdo con los promotores de este escrito. El SNCA debe desaparecer, el Estado no debe dar becas ni premios, y los artistas deben olvidarse de esa noción acrítica de que el arte es útil para la sociedad y, por lo tanto, de que el Estado debe apoyar a sus creadores. Es deshonroso plantear siquiera la idea, roughly speaking, de que el arte ayuda a la economía. ¡Qué servil el artista que quiere justificarse ante los tecnócratas! «¡Uy!, sí, mis creaciones son tan importantes para la economía como las exportaciones de jitomates!» No, el arte no tiene por qué ayudar en nada a la sociedad, el pueblo, la nación, ni a ninguna de esas monsergas tomadas del discurso de los políticos. El tiempo de los aedas, los juglares, los tlacuilos y los poetas cortesanos, debe quedar atrás. El arte, cuando mucho, puede servirle al individuo, desde una libertad extrema.
Fuera de eso, es saludable que la sociedad expulse a sus críticos (todo artista lo es) de la nónima. Únicamente de esta forma podrá el arte renegar de su ligazón con su época, desde el rechazo, la confrontación y el desconocimiento.



HACIA UNA REESTRUCTURACIÓN

DEL SISTEMA NACIONAL DE CREADORES

1. Tal y como opera en la actualidad, el Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) presenta una clara insuficiencia: en términos temporales, sólo cubre una mínima parte de la actividad creativa de quienes lo conforman.

2. Desde un punto de vista estructural e ideológico, para pensar en una reestructuración del SNCA no es inapropiado tomar como referencia al Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Es del todo estimable que, en un país con las carencias sociales del nuestro, el Estado impulse la investigación científica. El SNI fue organizado por el Estado mexicano para “premiar” de manera permanente la actividad de investigadores adscritos a universidades y otras instituciones de educación superior, así como a organismos dedicados a la innovación científica y tecnológica. En el caso del SNCA, ese mismo Estado se limita a “apoyar” durante tres años a un conjunto de creadores que se comprometen a realizar determinados proyectos. Cumplido ese lapso, los creadores del caso quedan fuera del sistema y sólo pueden reintegrase a él, parcial y provisionalmente, bajo ciertas condiciones.

  1. Nada justifica que el Estado mexicano actúe en el terreno de la ciencia y la cultura como si se tratara de una comunidad de primera, integrada por quienes producen ciencia y tecnología, y una de segunda, constituida por quienes generan arte y literatura. Se parte de la certeza de que la investigación científica habrá de redituar utilidades de importancia. En cambio, hay instancias que tienen la seguridad arbitraria –y falsa, en los hechos– de que la elaboración de buenos poemas, dramas, pinturas, fotografías y obras artísticas en general, no genera beneficios que justifiquen inversiones que la alienten y protejan. Al medirlo con la vara única de los rendimientos económicos, para las instancias mencionadas todo el mundo del arte es poco menos que inútil, sin tener en cuenta que la cultura es un bien del más elevado interés nacional.
  2. Desde la perspectiva de los amplios sectores que se niegan a reducir sus vidas a los límites de la ciencia, la tecnología y la economía, esta posición es inaceptable. Los bienes culturales son imprescindibles en toda sociedad. Pero, en el caso de las formaciones sociales complejas como la nuestra, lo son en un grado mayor, dado que sus repercusiones favorables alcanzan el plano de la economía y el desarrollo social. Diversos organismos internacionales (la UNESCO y el Banco Interamericano de Desarrollo, entre otros), han auspiciado investigaciones donde se demuestra que una actividad cultural seria es un factor determinante para el desarrollo económico y social, en la medida en que la producción editorial, audiovisual y artística favorece la confianza de los capitales, contribuye a la generación de empleo y fomenta las exportaciones.

Este argumento ya es suficiente para demandar a las instancias del caso una reconsideración de la importancia de la cultura en nuestro país y, en consecuencia, un reconocimiento más decidido a quienes la producen con su ingenio y su esfuerzo cotidiano.

  1. No es difícil constatar que en México, como en toda América Latina, los agentes implicados en la producción de capitales menosprecian la dimensión cultural de la existencia humana, al punto de ignorar sus potencialidades económicas. En el caso de México, estos sectores ratifican así una especie de histórica irresponsabilidad social. Ya desde el siglo XIX, las ambiciones meramente materiales de los principales actores económicos propiciaron un claro protagonismo del Estado en el desarrollo educativo y cultural del país. Pero la globalización en curso, vinculada a la aplicación de políticas neoliberales, actúa como una corriente que pretende arrastrar, incluso al Estado mexicano, hacia la orilla del desinterés y la falta de compromiso con nuestro pasado y nuestro futuro cultural. La avidez de los sectores que controlan los procesos económicos, estimula la creciente desvinculación del Estado respecto al arte y la cultura, tendencia que se puede calificar de suicida, en tanto que, como se ha dicho, sin un desarrollo cultural consistente ni siquiera funciona bien la economía.
  2. La constitución del SNCA es una de las manifestaciones más significativas del compromiso del Estado con la cultura. Pero algunos de los rasgos que caracterizan a este sistema, así como ciertas iniciativas orientadas a su reordenación, son expresiones de la tendencia opuesta: la propensión al “adelgazamiento” de la presencia cultural del Estado. El escaso reconocimiento que el Estado le otorga a los creadores y, sobre todo, la asimetría respecto al respaldo que le brinda a los investigadores a través del SNI, son una comprobación de lo dicho. Lo son, asimismo, las modificaciones que se han venido introduciendo en el esquema de admisión y permanencia del SNCA, destinadas a hacer rendir al máximo unos recursos empequeñecidos en términos reales.
  3. Por todo lo anterior, es inaplazable la reconversión del SNCA en un sistema coherente. Sin considerar que este organismo deba ser la copia al calco del SNI, apelamos a los principios de analogía y de simetría relativa. Si existen dos comunidades reconocidas, la de los investigadores y la de los creadores, es razonable esperar que las entidades alentadas por el Estado para estimular y proteger su desarrollo sean iguales en lo esencial. Dicho de manera más precisa, también el SNCA debe incluir de manera permanente a los escritores y artistas cuyas obras lo merezcan, de acuerdo al dictamen de las comisiones evaluadoras correspondientes. El SNCA, sin embargo, debe conservar su carácter de sistema abierto. Todos los creadores que cumplan con los requisitos exigidos deben tener derecho a solicitar su ingreso. El cambio de un sistema de integrantes temporales a uno de miembros permanentes se concretaría dando cabida a todos los creadores que hayan pertenecido a él, para lo cual deben presentar los proyectos del caso y someterlos a la evaluación de la instancia responsable. La admisión al SNCA, así como la permanencia en su seno, deben responder a criterios establecidos y aplicados de forma transparente. Tanto la normativa existente en el SNCA como los organismos que hasta ahora funcionan, se tomarían como antecedente de valor innegable, de modo tal que se aproveche lo que tengan de positivo en la nueva situación y se adopten las novedades del caso.
  4. La reconversión estructural del SNCA se reclama como un acto de elemental equidad. No es justo que una comunidad –la de los cradores de arte– reciba, por parte de un mismo poder público, un trato social distinto al que se le dispensa a su equivalente. Por supuesto, la nivelación que aquí se demanda jamás debe darse aplicando a los que están mejor las pautas que afectan a los que están peor. A este criterio de justicia por simple equiparación de comunidades equivalentes, se le suma el de la justicia basada en la valoración de un hecho incontrovertible: que los escritores y artistas que nos esforzamos por crear obras de calidad somos parte de las fuerzas que generan la riqueza nacional. Exigimos un reconocimiento suficiente y respetuoso, en el entendido de que ese trato tendrá como contrapartida una labor que fructifique en obras que sigan enriqueciendo el patrimonio cultural del país.

Por último, a las anteriores apelaciones a la justicia se suma otra que va más allá del ámbito inmediato de los creadores. Es harto conocido el hecho de que los recursos públicos del Estado mexicano ha despertado la codicia de grupos económicos trasnacionales, en detrimento de los sectores más necesitados. Los dineros de por sí exiguos que se destinan a la ciencia, la innovación tecnológica y la cultura, han venido siendo canalizados, en proporciones alarmantemente altas, en beneficio de proyectos ajenos al interés nacional. Esta grave realidad debe subsanarse cuanto antes, de manera que áreas parcial e inadecuadamente atendidas por el Estado, como el de la actividad cultural, cuenten con un mayor apoyo efectivo.

9. Un proceso de reestructuración del SNCA se daría mejor en un contexto de redefinición general de la política cultural del Estado. Sin embargo, sería un grave error supeditarlo a esta condición. El SNCA puede y debe reestructurarse sin necesidad de esperar a que se aprueben nuevas normas que regulen la actividad cultural en el país.

México, DF, febrero de 2006

jueves, abril 27, 2006

El valor de Juan Villoro

Alejandro Toledo

Con un título igual al de este artículo, una semana atrás Ciro Gómez Leyva publicó en Milenio una “historia en breve” acerca de la definición electoral de Juan Villoro y en donde, a manera de preámbulo, se traza un perfil del personaje como escritor que desde el punto de vista de la crítica literaria —y no en el plano cívico— podría ser discutible, puesto que plantea una “aclamación generalizada” por un talento que “dejó de estar a discusión entre críticos, editores y lectores en México, España y América Latina”, como si cada línea de Villoro generara una ola futbolera celebratoria en las varias gradas de la República de las Letras... cuando a ninguna obra le convendría un recibimiento así.
Lo interesante de los diálogos acerca de libros es que, como en la vida social, suelen plantearse distintas posiciones, e incluso en cuanto a las obras fundamentales (como las de Cervantes, Joyce o Borges, u otras que se propongan) hay la percepción de altibajos: para algunos, las últimas novelas de Carlos Fuentes, por ejemplo, son una sombra hasta involuntariamente cómica de sus narraciones más significativas. Pero Fuentes ha logrado que esto se considere secundario, ya que en el ejercicio social se maneja como un intelectual de prestigio notable, con aclamaciones generalizadas en Europa y América, pese a que sus acrobacias literarias no tienen ya la elasticidad de otros tiempos.
Es decir, el actor se impone al autor. El nombre está más allá de la obra, funciona incluso de manera autónoma. Si un escritor sabe colocarse socialmente, el que sus libros sean malos o buenos no importa, porque llegó a la cima de las figuras indiscutibles (porque “cruzó el umbral del olvido”, dice González Dueñas en Libro de Nadie), a veces por inercia o una cadena de malentendidos, pero también como la feliz conclusión de una estrategia personal bien planeada que implicó compadrazgos con editores y críticos, y el establecimiento de contactos adecuados. A los escritores se les conoce pero no se les lee, o sí pero de manera indirecta, por lo que aparece en la prensa, en artículos propios o a través de entrevistas: no lo que se crea sino lo que se afirma.
Salvador Elizondo lamentaba esto mismo: ser un autor conocido pero no leído. Se ha llegado a un punto en que esa es la máxima aspiración de las nuevas plumas: un estar, no importa cómo, y a sabiendas de que no siempre hay una correspondencia afortunada entre la fama mediática y la obra escrita que apoya esa fama, pero que fue, quizá, un escalón firme o simulado para conquistar, como fin último, el reconocimiento. Lo que descubre de nuevo, en el fondo de esta actitud, el ruego patético de Enoch Soames: “Trate de que sepan que existí”.
Lo intenta el escritor y lo intentan los críticos, que se están convirtiendo en meros publicistas de los autores y soportan su papel secundario en lo que Manuel Puga y Acal llamó, dos siglos atrás, “sociedad de elogios mutuos”, y que es, por desgracia, un enorme abismo dado que el resorte crítico (cuando es abierto y plural, no sujeto a represiones) puede impulsar al crecimiento de una escritura, y la conformidad o el aplauso unánime producen medianías: autores con porristas pero sin lectores, y quienes con sus primeros balbuceos, antes de haber madurado, consiguen encumbrarse.
Tampoco los premios son buen termómetro para definir el valor literario. Ocurrió hace muy poco en España que de un conjunto de 500 manuscritos entregados bajo seudónimo estricto, la editorial Alfaguara terminó por premiar a un autor de casa, el peruano Santiago Roncagliolo (colaborador del periódico El País, de la empresa Santillana a la que pertenece también Alfaguara), lo que según la ley de las probabilidades podría ser considerado casi como un milagro. Leñero nunca ha escondido que Los albañiles recibió en 1963 el premio Biblioteca Breve por así haber convenido a los intereses de Seix Barral, a la caza del mercado latinoamericano, y que el manuscrito no fue enviado por él y llegó incluso fuera del tiempo de la convocatoria. Lo mismo hace Anagrama: premia a autores con los que tuvo acercamientos previos, o cuyos libros son parte ya del catálogo de la editorial, que es exactamente lo que ocurrió con Villoro y su novela El testigo.
Estos asegunes nos colocan en un sano territorio de dudas, en donde la última palabra no la tiene el “cácaro” (como decía el gag televisivo) sino la lectura atenta, directa, de una obra. En las condiciones actuales de la sociedad cultural no se puede confiar en el crítico porque ejerce labores de publicista, y tampoco en el premio porque es fruto de recomendaciones o acuerdos extraliterarios; y menos en la fama, que es un diseño mediático, fruto además del “lo conozco”, “entiendo que ha recibido algunos reconocimientos”, “me han dicho que es bueno”...
El eslabón último es el lector porque en el diálogo que establezca con el texto no debe haber malos entendidos. Frente a la obra, éste definirá sus valores, los puntos altos y bajos de una escritura. Y cada experiencia será diferente, con lo que tal vez desaparezcan los encumbramientos sin soporte, las aclamaciones generalizadas o las escrituras que dejan de estar a discusión. La de Villoro lo está: es un autor que se mueve de manera extraordinaria en la crónica y el ensayo, pero con problemas serios a la hora de enfrentarse al relato y la novela, géneros en los que no muestra gran solvencia.

Abril 2006

Tomado de Riverrun.

miércoles, abril 26, 2006

El último día

Cuando salen del Ministerio, Marialba y Léster levantan la vista. El sol se hunde en el poniente como una bola viscosa y condensada en su cansancio. Abrazados, empiezan a caminar por la acera, hacia la izquierda, y observan los cuerpos de la neogente, inmóviles en definitiva, incapaces de siquiera recordar cómo se camina, cómo se mueve una mano, condenados a morir de hambre en una parálisis como cárcel de sus propios cuerpos. A veces Marialba y Léster deben rodear cuerpos tendidos sobre la banqueta, luego se detienen para mirar las ratas, los gatos, las moscas, los perros que, acaso sorprendidos por la indefensión de los cuerpos ¿ya no vivos?, los rodean, los huelen, algunos los lamen —o gruñen, desconfiantes—. Los autos y los camiones se han quedado inmóviles, sus conductores y pasajeros impulsados sobre el volante o con la cabeza echada hacia atrás en los asientos. Luego de haber caminado tres cuadras desde el Ministerio, hacia el poniente, Marialba se detiene: se hallan frente a una mujer recargada en la pared de un edificio, los ojos abiertos y ausentes, un mínimo hilito de saliva insiste en resbalar de entre sus labios, la blusa azul delata la forma del seno izquierdo que parece, oculto bajo la ropa, un ratón dormido, y entonces la muchacha le pone en las manos, como una ofrenda absurda, el Memorial inútil del Ministro.
Los dos muchachos se enfilan hacia quién sabe dónde.

miércoles, abril 19, 2006

Hybris y catástrofe

Verónica Murguía

Cuando voy al salón de belleza hojeo revistas que nunca leería en otras circunstancias: ¡Hola!, Tv notas, Kena y cosas por el estilo. Casi siempre, la bobería de los entrevistados combinada con la prosa brutal de los redactores se confabulan para que lo leído se olvide cinco minutos después de cerrar la revista; pero esta semana el destino me deparó leer varios ejemplares de una publicación donde a la mala escritura y la tontera se suman la arrogancia y el cinismo. Muy irritante. La revista es Caras. En ese catálogo de chabacanería pude constatar que la vulgaridad de ciertos sectores de la burguesía mexicana es algo colosal. Sé que generalizar es abusivo, así que subrayo lo de ciertos sectores.
Hay, por ejemplo, una columna dedicada a la corrección del lenguaje, escrita por un tal doctor Protokol, en la que se denuncian "las barbaries lingüísticas que las catacumbas de las clases populares, medias, nuevas ricas y wannabes expresan en su diario y ordinario comunicar". Como yo soy un ejemplar medio de la clase media, me puse a ver qué digo mal, aunque los renglones citados debían haber bastado para advertirme que el doctor Protokol no sabe redactar ni una lista de súper. Al terminar de leer me di cuenta de que el autor trata de ser simpático, pero sólo logra demostrar que no tiene ni la más vaga idea de cómo poner en orden sujeto, verbo y complemento.
Entonces recordé aquella escena de Annie Hall, la película de Woody Allen, en la que aparece Marshall McLuhan poniéndose como chancla a un pelmazo que peroraba sobre él en la fila del cine. Con la revista abierta sobre las rodillas, el pelo mojado y dividido en secciones, me imaginé a Dámaso Alonso haciendo polvo al doctor Protokol, en —tuve que copiar a Woody Allen, pues no se me ocurrió otro espacio donde estos dos personajes pudieran coincidir— la cola del cine. Pero es imposible. No sólo porque Dámaso Alonso murió en 1990; también porque, si la ignorancia del doctor Protokol es tan perfecta como lo demuestra su columna, no sabría qué hacer en una clase de redacción, ni aunque la dictara Dios.
Pero la ignorancia de esta gente es lo de menos. Leer las declaraciones de una señorita que afirma que es tan sociable que "puedo conocer a varios tipos de gente, desde mi chofer hasta quien quieras", o de una pintora que es además "poeta desde los doce años", puede ser divertido. Sólo que la misma impudicia que descubre la estupidez devela la arrogancia, y eso sí es repelente. A saber: el actor de telenovelas Jaime Camil afirma que "me gustaría ser billonario de un emporio así como el Virgin, ser como Richard Branson, porque luego en México hay el típico gato con tres varos que se cree…" (las cursivas y la pregunta son mías: y él, ¿qué se cree?).
Camil dice que su actor favorito después de él mismo —qué ingenioso— es Jeremy Irons. Me imaginé a Irons caracterizado como su personaje en La misión, regañando a Camil por clasista. Después de todo, Irons es patrocinador de una monja llamada Elaine McInnes, que hace trabajo social en las prisiones de Inglaterra y Filipinas. El actor asegura que su interés por la labor de McInnes se originó en conversaciones que sostuvo con ella durante un curso de meditación. ¿Acerca de qué platicaron? Según el Toronto Star, de la responsabilidad de los ricos con los pobres.
Otra perla: cuando le preguntan dónde compra su ropa, la "reportera" Marion Lanz Duret contesta: "Hecali, Electra, Suburbia (risas); no ya, en serio Soho, Nueva York."
Estas personas parecen ignorar dónde viven, y si lo saben, les vale. Lo digo porque en la sección Backstage aparece el ex presidente Salinas en una comida que le ofrecieron en la Hacienda de los Morales para que "platicara de su experiencia como presidente de México". Como si fuera el Benemérito de las Américas.
Hay una expresión griega que me interesa mucho: hybris. Es el exceso, la arrogancia, el pecado más generalizado en las tragedias clásicas, castigado implacablemente por los dioses. Pecado de héroes y de reyes, compartido en este caso con juniors mediocres y mujeres ociosas, combina muy bien con otra palabra que viene del griego: catástrofe, la puesta del mundo al revés.
Así, la señorita Lanz sería convertida en una empleada que desempeñara un trabajo duro en Hecali. Jaime Camil perdería totalmente el dinero que lo arropa, y tendría la obligación de ganarse el pan con su modestia y sensibilidad. O sea, morirse de hambre.

Publicado en La Jornada Semanal el 9 de abril de 2006.

lunes, abril 17, 2006

O Farabeuf o nada

Murió hace poco Salvador Elizondo. ¿Y ahora? Es cierto que su ejemplo de un terquísimo rigor literario para nada era seguido por la gran mayoría de los aspirantes a escritores. Pero servía para insistir en la exigencia: o Farabeuf o nada.
Desde esta privilegiada atalaya de editor sin voz ni voto, lo que yo veo es mucha urgencia por publicar. ¿Tan mal andamos que no hay sentido de autocrítica? ¿Por qué tantos confunden borradores con manuscritos?
Conozco, no he de negarlo, esta búsqueda urgente por darse a conocer, por publicar un libro pronto, por ser tratado como Escritor. Pero ¡ay! todo es tan falaz. Muchos relacionan su cantidad de libros publicados con el estado de su autoestima. No entiendo. Porque ni siquiera publicar sirve de nada bueno. Provoca, solamente, un sinfín de equívocos. Publicar, sí, debería ser aún más difícil. Es decir, los mismos editores deberían rechazar novelitas conyunturales, ligeras, facilonas, libros de poemas con dos líneas logradas y lo demás paja, y deberían ponerse en plan sangrón de exigir a sus autores: «O Farabeuf o nada».

miércoles, abril 05, 2006

La necesidad de la audacia

Emmanuel Carballo

Comienzo por los defectos de nuestras letras no éticos sino estéticos. A mi juicio, el más grave es la falta de audacia.
El escritor mexicano tan apegado a escuelas y reglas no se atreve a dar el salto hacia lo desconocido. Y al no darlo, se inhibe en la tarea de romper con el pasado inmediato y las retóricas a la moda. Por ese motivo, sus obras recién salidas de la imprenta dan la sensación, una vez leídas, de que corresponden a etapas superadas de la historia de la literatura. Y una literatura anacrónica, que crea lo ya creado, no consigue el favor de la crítica ni del público lector.
Otros defectos: el mimetismo, el cultivo exacerbado del buen gusto (el buen gusto es la clase media de la literatura) y el santo horror por la cursilería. En su amplio espectro, la cursilería está presente desde las obras maestras de la literatura hasta los productos industriales como radionovelas y telenovelas. Al evitarla, se corre el riesgo de eludir las grandes obras, en las que caben como elementos necesarios y en pequeñas dosis lo ñoño, lo melodramático y lo vulgar.
Sus virtudes son de corta estatura. Las obras de nuestros escritores están bien construidas, su estilo suele ser "correcto" e incluso "elegante" (dos malas palabras en el lenguaje de la auténtica literatura) y, por último, cumplen los propósitos no vanguardistas que éstos se fijan al principar a escribirlas.
En pocas palabras, nuestra literatura carece de genios y tiene una especial capacidad para producir escritores, a escala del idioma, de segunda o tercera categoría. Eso sí, muy diestros en el oficio, muy susceptibles al halago, muy provincianos y muy aburridos.
Nuestros escritores no escriben únicamente para ser famosos sino para que los opulentos los ocupen como amanuenses. Dóciles hasta decir basta, la gran misión de su vida consiste en ser políticos, diplomáticos, funcionarios (de primera, segunda o última), ejecutivos, publicistas, maestros universitarios, gente de cine, radio, televisión y periódicos. Tienen tendencia a convertirse en asalariados y lo que es más grave, están desprovistos de conciencia de clase.
Para ellos la literatura es un trampolín que debe proyectarlos al mundo del éxito, en el cual no es difícil enriquecerse y es casi imposible conservar la autenticidad. Oscuros, maltrechos en su capacidad de creadores, suelen terminar sus días al servicio de las causas menos populares y más perecederas.
En sí misma, la crítica no es una actitud independiente. Ligada estrechamente a la creación (poesía, prosa narrativa, teatro y ensayo) posee las virtudes y defectos de una literatura precisa.
Si nuestra literatura es modesta y en algunos casos confidencial, nuestra crítica es asimismo modesta y confidencial. Existe para elogiar a los amigos y volver imposible la salud de los enemigos.
Se trata de una crítica sorda y ciega, elemental, sin bases ni propósitos, aldeana y picapleitera. Y algo peor, puesta al servicio de algunas editoriales que pagan el elogio y de ciertos grupos que han hecho de la alabanza una provechosa norma de vida.
Resulta curioso anotar que los desafectos a este sistema de valores protesten contra él cuando son jóvenes y desconocidos y lo practiquen y elogien en el momento en que dejan atrás el anonimato y la primera juventud. En literatura, fatalmente, la mayor parte de los escritores pasa de la violencia al conformismo. Si son ambiciosos, su sueño consiste en formar un grupo, y si son modestos, en pertenecer a uno de ellos. Dime a qué grupo perteneces y te diré quién eres.

Publicado en El Universal, 5 de abril de 2006.

jueves, marzo 23, 2006

Dejar la Ciudad

La Ciudad con mayúscula es ésta, el De Efe, la Ciudad de México, la Capital. No porque las demás sean ciudades menos importantes o ciudaditas, sino porque he vivido aquí doce años, desde 1993, salvo por el lapso de año y medio que dividí entre Toronto y Culiacán al final de la carrera, entre 1997 y 1999. Es una Ciudad hosca y grosera, sucia y ruidosa, caótica, entrañable y lastimera. Fabulo continuamente con dejarla: un doctorado en Barcelona, una casita en Real del Monte, el regreso a Culiacán, mi tierra apátrida. Y no lo he hecho, claro. Necesito sus libros, algunas de sus calles, su aura de sede fría del frío anonimato, muchos de mis amigos y las chelas con ellos en El Nivel o La Guadalupana, pero quizá deba decir que lo que más me ata a esta Pinche Ciudad es la colección de malos ratos solitarios y negras experiencias de profundo desánimo que me ha dado. Porque ninguno de esos ratos y ninguna de esas experiencias me han tirado a la lona, pienso, me han despojado del gusto raro de seguir viviendo en la única Ciudad con mayúscula, a la que hay que agradecerle tantas historias posibles que me regala, en mi imaginación, historias que suceden en mi mente a partir de que la he dejado, en algún futuro de tantos.

martes, enero 03, 2006

Natalia Ginzburg sobre la escritura

Quando siamo felici la nostra fantasia ha piú forza; quando siamo infelici, agisce allora piú vivacemente la nostra memoria. La sofferenza rende la fantasia debole e pigra; essa si muove, ma svagliatamente e con languore, con i deboli moti dei malati, con la stanchezza e la cautela delle membra dolenti e febbriccitante; ci è difficile distogliere lo sguardo dalla nostra vita e dalla nostra anima, dalla sete e dall’inquietudine que ci pervade. Nelle cose che scriviamo affiorano allora di continuo ricordi del nostro passato, la nostra propria voce risuona di continuo e non riusciamo ad imporle silenzio. Fra noi e i personaggi che allora inventiamo, che la nostra fantasia illanguidita riesce tuttavia a inventare, nasce un rapporto particolare, tenero e come materno, un rapporto caldo e umido di lagrime, d’un’intimità carnale e soffocante. Abbiamo radici profonde e dolenti in ogni essere e in ogni cosa del modo, del mondo fattosi pieno di echi e di sussulti e di ombre, a cui ci lega una devota e appassionata pietà. Il nostro rischio è allora di naufragre in un buio lago d’acqua morta e stagnante, e trascinarvi con noi le creature del nostro pensiero, lasciarle perire con noi nel gorgo tiepido e buio, tra topi morti e fiori putrefatti. C’è un pericolo nel dolore così come c’è un pericolo nella felicità, riguardo alle cose che scriviamo. Perché la belleza poetica è un insieme di crudeltà, di superbia, d’ironia, di tenerezza carnale, di fantasia e di memoria, di chiarezza e d’oscurità e se non riusciamo a ottenere tutto questo insieme, il nostro risultato è povero, precario e scarsamente vitale.

Natalia Ginzburg, «Il mio mestiere», en Le piccole virtú

miércoles, noviembre 09, 2005

La memoria según De Quincey

What else than a natural and mighty palimpsest is the human brain? Such a palimpsest is my brain; such a palimpsest, O reader! is yours. Everlasting layers of ideas, images, feelings, have fallen upon our brain softly as light. Each succession has seemed to bury all that went before. And yet in reality not one has been extinguished. And if, in the vellum palimpsest, lying amongst the other diplomata of human archives or libraries, there is any thing fantastic or which moves to laughter, as oftentimes there is in the grotesque collisions of those successive themes, having no natural connexion, which by pure accident have consecutively occupied the roll, yet, in our own heaven-created palimpsest, the deep memorial palimpsest of the brain, there are not and cannot be such incoherencies. The fleeting accidents of a man’s life, and its external shows, may indeed be irrelate and incongruous; but the organizing principles which fuse into harmony, and gather about fixed predetermined centres, whatever heterogeneous elements life may have accumulated from without, will not permit the grandeur of human unity greatly to be violated, or its ultimate repose to be troubled in the retrospect from dying moments, or from other great convulsions.

Thomas de Quincey, Suspiria de Profundis

sábado, octubre 15, 2005

Steiner sobre Flaubert y la moral de la obra literaria

Flaubert does no less than assert — an assertion the more trenchant for being wholly a matter of mountainous technical labour, of professional métier carried to the verge of personal breakdown — that artistic excellence, the high seriousness of the true artist, carries its own complete moral justification. Even as it comes to active being in a sphere strangely between truth and falsehood, the work of art lies outside any code of current ethical convention. It acts on that code, qualifying and re-shaping it towards a more catholic response to human diversity. But it lies outside, and its true morality is internal. The justification of a work of literature is, in the deep sense, technical; it resides in the wealth, difficulty, evocative force of the medium. Trashy prose, be it humanely purposive and moral in the utmost, merits censorship; because its executive means are inferior, because the way in which the thing is done diminishes the reach of the reader’s sensibility, because it substitutes the lie of simplification for the exigent intricacy of human fact. Serious fiction and serious poetry cannot be immoral whatever their force of sexual suggestion or savagery of communicated image. Seriousness —a quality demonstrable solely in terms of the fabric itself, of the resources of metaphor drawn upon, of the arduousness and originality of linguistic statement achieved — is the guarantor of relevant morality. Seriously expressed, no ‘content’ can deprave a mind serious in response. Whatever enriches the adult imagination, whatever complicates consciousness and thus corrodes the clichés of daily reflex, is a high moral act. Art is privileged, indeed obliged, to perform this act; it is the live current which splinters and regroups the frozen units of conventional feeling. That — not some modish pose of abdication, of otherworldliness — is the core of l’art pour l’art. This morality of ‘enacted form’ is the centre and justification of Madame Bovary.

George Steiner, «Eros and Idiom», en On Difficulty and Other Essays

martes, octubre 04, 2005

Y por eso al leer salen deseos de escribir

a 'text' is generated where the reader is one who rationally conceives of himself as writing a 'text' comparable in stature, in degree of demand, to that which he is reading. To read essentially is to entertain with the writer's text a relationship at once recreative and ritual. It is a supremely active, collaborative yet also agonistic affinity whose logical, if not actual, fulfillment is an 'answering text'.

George Steiner, «Text and context», en On difficulty and other essays

jueves, septiembre 29, 2005

Dejar el blog

Llevo rato deseando, de veras deseando dejar este blog. Es una adicción. Mucho podrá decirse sobre la escritura bloguística, pero una de las más certeras ha de ser lo siguiente: escribir para un blog cambia ya para siempre la perspectiva propia frente al solo, común, prebloguero, «serio» escribir.
Lo fragmentario, lo anécdotico, la fugacidad, la interacción con los internautas, la manía de ir por la calle pensando en términos de «Voy a postear algo sobre tal cosa», la autoedición, el acecho intrigante del lector universal que fortuitamente llegará y puede adentrarse en nuestro blog sin la necesidad de pagar cien o doscientos como sucede en el caso de un libro — todos estos elementos (y otros) del bloguear propician un cambio fundamental en nuestro ejercicio y nuestro acercamiento frente a cualquier otra manifestación de la escritura: los textos narrativos de largo aliento, el diario privado, el ensayo, etcétera.
¿Qué cambio es ése? La Obra no existe. Es siempre un proceso, está en mutación constante y cualquier certidumbre respecto de su totalidad es falsa, se halla sustentada en una noción antigua —válida, fundacional, sí, pero en el fondo inexacta— de la escritura. Cuando mucho, podemos hablar de una sola Obra, un Libro para el Resto de la Vida, el Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio, el diario de Pavese que terminaría el día mismo de su muerte, El Libro de posibilidades mallarmeanas, el registro cotidiano e interminable de la reflexión y la peripecia, la incestuosa fertilidad del fragmento, la libertad y lo fugaz.
No, no hay Obra posible. Hay esbozos, hay aproximaciones, hay, sí, libros en minúscula, importantes, claro, unidades posibles en sí mismas, mundos válidos y siempre latentes, muestras vivas de la intersección entre lugar y tiempo en una mente humana, pero siempre incompletos, jamás realizaciones cabales y absolutas de este desasosegante ejercicio que es la escritura, siempre un hacerse a sí misma y nunca un contemplarse ya hecha frente al espejo de la finitud.

miércoles, septiembre 14, 2005

Primero de julio de 1947

In sostanza, perché si desidera esse grandi, esser genî creatori? Per la posterità? No. Per girare tra la folla, segnati a dito? No. Per sostenere la fatica quotidiana sulla certezza che quanto si fa vale la pena, è qualcosa di unico. Per l'oggi, non per l'eterno.

Cesare Pavese, Il mestiere di vivere

27 de junio de 1946

Aver scritto qualcosa che ti lascia como un fucile sparato, ancora scosso e riarso, vuotato di tutto te stesso, dove non solo hai scaricato tutto quello che sai di te stesso, ma quello che sospetti e supponi, e i sussulti, i fantasmi, l'inconscio — averlo fatto con lunga fatica e tensione, con cautela di giorni e tremori e repentine scoperte e fallimenti e irrigidirse di tutta la vita su quel punto — accorgersi che tutto questo è come nulla se un segno umano, una parola, una presenza non lo accoglie, lo scalda — e morir di freddo — parlare al deserto — essere solo notte e girono come un morto.

Cesare Pavese, Il mestiere di vivere

martes, septiembre 13, 2005

La discusión del sábado

Sí, tienes razón. Lo mejor es no escribir. Nada salva, nunca salva nada, y menos la escritura.
Conocí a Juan Almela, he ido a su casa dos veces a tratar con él asuntos de mi trabajo. Un escritor que exige de sus lectores una definición estética absoluta, un hombre de 70, 71 años enfermo y cansado, una persona afable y generosa con su conocimiento, condescendiente con la ignorancia de quienes se acercan a él porque no les queda otra, alguien que ha dejado una de las obras literarias más radicales y exasperantes de Hispanoamérica: pues bien, nada lo salva. Ni de la enfermedad, ni de la probable-cercana muerte, ni de la ironía aplicada a sí mismo con una modestia que a ratos, de parecer tan falsa, no puede sino llamarse, sencillamente, resignación.
Porque sí, amigo: de nada sirve escribir, la escritura en nada salva del espectáculo íntimo de nuestra mínima, corrupta, escasa dignidad, en nada salva de la dolida chingadera que significa respirar en esos lúcidos instantes en que no están adormecidos los nervios vitales.
Y sin embargo escribo, escribes.
Sin importar, claro, que a todos nos va a llevar la mierda cualquier día.

martes, septiembre 06, 2005

Literatura y destrucción

Este arte extrae su última inspiración del hundimiento increíblemente vertiginoso de los hombres; pero el imparable hundimiento pronto barrerá toda inspiración... salvo la de la destrucción. ¿Quién habla ahora de literatura? Registrar los últimos estertores, eso es todo.

Imre Kertész, Yo, otro

jueves, agosto 25, 2005

Personaje de Svevo

Chi può togliermi il diritto di parlare, gridare, protestare? Tanto piú che la protesta è la via più breve alla rassegnazione.

Italo Svevo, «Il vecchione»

martes, agosto 23, 2005

Macedonio Fernández o la escritura contra el miedo

En el mismo dossier macedoniano publicado el domingo pasado en La Jornada Semanal, apareció mi ensayo «Macedonio Fernández o la escritura contra el miedo». A continuación dejo aquí los primeros párrafos.

Uno de los aspectos más intrigantes en la figura del argentino Macedonio Fernández (1874-1952) consiste en lo que se podría llamar su condición de escritor renegado, antiescritor o escritor contra sí mismo. La suya es una situación paradójica: legó una obra valiosa, compleja y polifacética a pesar de su nulo interés, en vida, por construirse un nombre dentro del canon literario nacional o hispánico –y ya no digamos universal–. A diferencia de su discípulo Jorge Luis Borges o de Octavio Paz, que llegaron a hacer de su nombre casi casi una marca registrada, Macedonio Fernández fue muy descuidado, por decirlo con un eufemismo, en lo que concierne a la publicación y difusión de su obra.
La desidia editorial de Macedonio provoca el extrañamiento debido a que llega a parecer una irresponsabilidad de parte suya. Digamos: un escritor con la originalidad, tajante claridad e independencia de sus ideas filosóficas y estéticas, con su humor ilógico y sorprendente, su obsesión por el género de la novela y sus profusos 78 años de existencia, podría haber puesto un mayor empeño en domeñar su a ratos afásico estilo y, sobre todo, en promover y vigilar la publicación de sus textos. ¿Qué necesidad había de que el mundo esperase a 1967, 15 años después de su muerte, para conocer la primera edición de Museo de la novela de la Eterna, su obra mayor, la summa de sus inquietudes intelectuales, búsquedas estéticas y temas reiterados? ¿Qué habría pasado si su hijo, Adolfo de Obieta, se hubiese negado a hacerla de Max Brod porteño?
Sabemos que la indiferencia y el escaso reconocimiento amargaron los años de madurez de, por ejemplo, Felisberto Hernández y Luis Cernuda. El prólogo del Persiles revela a un Cervantes no del todo conforme con la imagen de escritor segundón que de sí tenía su época, él que sabía lo que había escrito. Herman Melville e Italo Svevo dejaron el oficio, el uno para siempre y el otro por muchos años, debido al rechazo de los lectores de su tiempo. En el personaje Karmazinov de Los demonios, Dostoievski hace una parodia despiadada de Ivan Turguénev, a quien envidiaba, entre otras muchas cosas, por su éxito de lectores. Incluso Thomas Mann, escritor de precoz fama, llegó a reflexionar en un momento sobre las diferencias que existían entre las obras de los autores que obtienen y en las de los que no obtienen el reconocimiento a lo largo de su vida. Se trata, pues, de un aspecto de no escasa importancia.
En el caso de nuestro raro escritor argentino, como señala Enrique Flores en la primera página de su libro Los tigres del miedo, «esa aparente indiferencia... pesó, sin duda, en el destino ulterior de su obra». Aunque también es cierto otra cosa: los ejemplos de Franz Kafka y Fernando Pessoa, contemporáneos de Macedonio Fernández, enseñan que las obras literarias fundamentales más temprano que tarde llegan a ocupar su sitio canónico en el panorama de la cultura universal, por encima del desinterés de su autor por entregar sus textos en la mejor condición a los lectores probables. Aun así, hemos de aceptar que en el devenir póstumo de los escritos de Macedonio ha imperado una justicia paradójica: su obra ha recibido los elogios y los estudios que, dada la complejidad diríase aristocrática –si no es que autista– de su obra, podrían esperarse. No es un Borges, pues, no es un autor –ni lo será nunca, me aventuro a decirlo sin gran riesgo– central en el canon. Pero su obra presenta elementos de interés y actualidad para la reflexión y la creación literaria. Se trata de un «escritor para escritores»... y gente de esa ralea. Entre ellos, ensayistas de la lucidez y rigor de Enrique Flores.

lunes, agosto 22, 2005

Sobre El biógrafo de su lector

Ayer domingo se publicó en La Jornada Semanal un dossier titulado «Macedonio Fernández contra sí mismo». Uno de los textos es el siguiente, de Miguel Ángel Quemain sobre mi libro El biógrafo de su lector. Lo incluyo aquí, apelando a tu indulgencia, porque he aprendido pronto que todo blog que se respete debe cumplir su papel de egoteca personal. ¡Qué decadencia, pardiez!

Miguel Ángel Quemain

Como en toda buena novela, sea la primera o la última, la ficción crítica de Geney Beltrán Félix (El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández, México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2003) arranca con una advertencia que en pocas palabras condensa y promete el desarrollo de una obra cargada con múltiples registros literarios: estamos frente a un escritor anómalo, secreto, un escritor para escritores, cuyas curiosidades, inclinaciones, perseverancias y variaciones lo colocan como un caso "interesante y contradictorio de la literatura hispanoamericana del siglo XX".
Geney afirma que Macedonio Fernández es un escritor para escritores, es decir, un autor que, queriéndolo o no, es un centinela de la tradición, un transgresor de la tradición, un continuador de la tradición, y es precisamente en ese punto que se torna fascinante la aproximación de Geney, porque la Guía... no sólo orienta al interesado lector, al posible lector, al imposible lector único, sino que también es un mapa en el que se encuentra muy sutilmente trazada la ruta del pensamiento crítico que da origen al libro.
Hay una preocupación constante en el libro: la actualidad y vigencia del pensamiento literario, las indagaciones y la literatura de Macedonio Fernández. Geney afirma:

En cuanto a la actualidad de sus ideas, se puede aseverar que el aspecto más importante de su obra, el cuestionamiento permanente del texto que se vuelve sobre su propia escritura, se halla presente en la novelística posterior a Macedonio de manera innegable: la obstinada conflictividad de los narradores argentinos de la segunda mitad del siglo XX con el género de la novela constituye por sí sola una prueba convincente y provocativa.

Geney lee con claridad que la reflexión macedoniana es una forma de abolir el realismo imperante en su tiempo, y también en el nuestro, ya que "toda copia realista es inexacta o fallida, debido a que la vida posee ya por sí sola una variada riqueza de asuntos que el arte –cualquier arte– jamás lograría igualar".
Cito al autor del ensayo, en líneas que hablan de la novela realista: "su pretendida verosimilitud le hace creer [al lector] que está presenciando la Vida y no una ficción. A este tipo de novela el autor [Macedonio] la llama ‘novela mala’, pues ante ella el lector no necesita hacer ningún esfuerzo intelectual importante y, por lo mismo, no se involucra en la hechura del texto, el cual sólo propicia una identificación sentimental con la historia que relata". Me parece fundamental esta caracterización de la novela realista pues le permitirá al autor cumplir con uno de los propósitos del ensayo, que consiste en mostrarnos la biografía del lector que la lectura de Museo de la novela de la Eterna construye cada vez que es leída y mostrar los procedimientos a través de los cuales la Tradición es asimilada y modificada por un autor de la envergadura de Macedonio Fernández.
Geney no escatima el recuento de los recursos provenientes de la tradición para examinar esta novela y mostrar cómo se afirma una literatura a partir de la negación del realismo novelístico: "la técnica del personaje prestado, la técnica de personajes leyentes, el efecto conciencial en el ‘lector’, el comienzo impedido, el final abierto, la anulación de la verosimilitud ‘alucinatoria’, etcétera". Pero todos estos recursos, como bien acota el ensayista, "ya pueden encontrarse en Cervantes, Sterne, Diderot, Machado de Assis, incluso Unamuno... ¿dónde se halla, entonces la innovación radical de Museo...?" Y Geney responde: "fuera del texto", en el lector, "sin la participación activa, despierta, cooperativa del lector, Museo... no adquiere el menor sentido. El papel central del lector-personaje para seducir la complicidad del lector convierte a Museo... en una ‘biografía del lector’, en la obra en que el lector será por fin leído", y cita a Fernández que escribe:

reconóceme que esta novela por la multitud de sus inconclusiones es la que ha creído más en tu fantasía, en tu capacidad y necesidad de completar y sustituir finales. Exceptuando yo, ningún novelista existió que creyera en tu fantasía. La novela completa, que es la más fácil, la única usada en el pasado, aquella toda del autor, nos tuvo a todos como infantes de darles de comer en la boca. De esta omisión irritante y de pésimo gusto, tomáos libre resarcimiento en la mía.

Es preciso señalar este aporte porque en este cumplimiento se sostiene un aspecto fundamental del libro que consiste en la distinción entre tradición y novedad, continuidad y originalidad.
Por otra parte, hay por momentos un mimetismo de la prosa de Geney Beltrán con la de Macedonio Fernández, una voluntad de apegarse a su sintaxis, a un orden donde las preposiciones, los conectivos, los artículos han sido alterados sin que el significado de las oraciones cambie, pero sí su sentido hacia un viraje poético, altamente sintético. Leo este ejercicio y esta mimesis como una devoción profunda de Geney a su "objeto" de estudio, si es que podemos llamar "objeto" a la literatura de Macedonio Fernández que de tan viva late todavía, como un corazón fresco en las manos del lector del siglo XXI. También lo leo como un enamoramiento de esa prosa que ha sido descifrada y que se convierte en cuerpo, en el cuerpo que anima la mano de Geney que parece escuchar una especie de dictado que procede de "un ponerse en el lugar del otro", como si por momentos fuera el amanuense de un Macedonio que acepta seducido el desafío de reordenar la génesis de su pensamiento literario.
Si refiero estos detalles que me llaman tanto la atención es porque en muchos momentos me da la impresión de que la lectura de Geney sobre Macedonio es un lúdico pretexto para llamar la atención sobre las sombras y peligros que acechan el quehacer literario de hoy tan contaminado por la grandilocuencia, los falsos valores y autores hiperinflados por el comercio y la mercadotecnia editorial.

jueves, agosto 11, 2005

De Perorata del apestado

Angelo diceva que la morte è un paramento di fumo fra i vivi e gli altri. Basta affondarci la mano per passare dall’altra e trovare le solidali dita di chi ci ama. Purché si lascino péste, uste, minuzie che conservano il nostro odore. Fu forse questo pensiero che lo spinse ad affidare a una suora una filza di lettere con date fittizie, da spedire una alla volta due volte l’anno. In esse narrava il romanzo futuro di sé, vantava paternità, impieghi, successi; annunziava indisposizioni da nulla che nella puntata dopo erano già guarite e remote. Sua madre —ci spiegava– sarebbe vissuta più a lungo, aspettando a ogni scadenza il posticcio messaggio in cui si prolungava indefinitamente l’eco della cara voce scomparsa. Sarebbe stato per lei come avere un figlio oltremare, a San Paolo, a Little Italy. Lei morì subito dopo di lui, tuttavia, e suor Tarcisia, se non l’ha saputo, continua certo ancora oggi a impostare queste inferie di un morto a una morta, che nessun postino potrà mai restituire al mittente (ma fra noi vivi che ci scriviamo, le parole servono forse di più? Ed è poi sicuro che sia suono la vita e silenzio la morte, e non invece il contrario?).

Gesualdo Bufalino, Diceria dell’untore

viernes, agosto 05, 2005

Y este siglo también

Ce siècle est un tel ciel tragique où les naufrages
Semblent écrits d’avance...

Verlaine, Sagesse, XIII

viernes, julio 29, 2005

De cómo el arte cambia el mundo

Por último, en mayor o menor medida, toda obra de arte cambia el mundo y cambia la vida. Puede empezar por solicitar a su autor a través de una oscura necesidad de aclararse la vida, pero acaba siempre por ser un esclarecimiento del mundo, una actuación sobre materiales que al organizarse nos acogen, se vuelven habitables. Y esto de un modo universal, con ganancias definitivas. La Tierra es más habitable después de Cervantes. Don Quijote nos hace habitable la situación quijotesca, le da sentido a una serie de situaciones que no lo tenían antes de Cervantes, y que por lo tanto prácticamente no existían. Cervantes las configura, las ilumina, las crea como una posibilidad permanente, como una tentación definida. Extiende las fronteras del mundo conocido de la acción, antes de las salidas del Quijote.

Gabriel Zaid, «La ambición de una poesía total», en La poesía en la práctica

miércoles, julio 27, 2005

Cuando Bird quiere matar a su hijo recién nacido

—Kafka, ya sabe, le escribió a su padre que lo único que puede hacer un padre por su hijo es acogerlo con satisfacción cuando llega. Usted, en cambio, parece rechazarlo. ¿Puede excusarse el egoísmo que rechaza a otro ser, basándose en un derecho de padre?

Kenzaburo Oé, Una cuestión personal

martes, julio 26, 2005

Otro choque

No fue grave, nadie salió golpeado, sólo fue el susto. Le pegué a un Sedan en la salpicadera, en el estacionamiento de Chedrahui aquí adelantito, por Picacho. Ya quedó claro que conducir no es lo mío. Es más, lo odio. Sin embargo, seguiré conduciendo hasta que la aseguradora me boletine como cliente peligroso. Eso por lo menos sí me dará orgullo presumir.

viernes, julio 22, 2005

Habla Samdeviátov

—¿Es usted un niño o se las da de inocente? ¿Ha caído de la luna o qué? Parásitos tragones han vivido a costa de los trabajadores hambrientos, y los tenían metidos en un puño. ¿Cree usted que iba a ser así por siempre jamás? ¿Es posible que no comprenda la legitimidad de la cólera popular, el deseo de vivir de acuerdo con la justicia, la busca de la verdad? ¿O le parece a usted que podía conseguirse una transformación radical en las dumas por los medios parlamentarios y que se podía dar esquinazo a la dictadura?

Borís Pasternak, El doctor Zhivago

miércoles, julio 20, 2005

Del mejor novelista vivo

What the times call for is quite different from goodness. The times call for heroism.

J.M Coetzee, Age of Iron

martes, julio 19, 2005

Manifiesto del escritor novato

La apuesta personal del escritor novato consiste en no negar, en el momento de la escritura, las pulsiones elementales que vienen de la realidad. La apuesta radica en el no evitar «ensuciarse» con los asuntos del mundo, pues la escritura nace de la imposibilidad de aceptar el mundo. Se trata de no tener miedo a que el compromiso moral con la época se confunda con una supuesta degradación de la aspiración fundamental de la literatura como belleza artística, de la ambición de la obra maestra. La búsqueda es entregarse a la escritura como la única trinchera que permitirá revelar la verdadera consubstanciación con la dinámica más íntimamente combativa de y ante la época, teniendo en mente siempre que la época existe para el escritor, no el escritor para la época. Es el no claudicar en la posibilidad de que —ilusa convicción de escritor novato— la literatura sí cambiará el presente, quizá, claro, cuando sea el presente de otros, ya no el propio, pues la única forma de cambiar el mundo con la que cuenta el escritor consiste en buscar cambiar la visión que el lector tiene del mundo —fenómeno inverificable e incuantificable, por supuesto— a través de una obra que exija la definición moral, estética o vital de quien la lee. La apuesta es, insisto, plantear la escritura como un hacer en el mundo, no como una huida contemplativa, cínica o apática del mundo. Se trata de comprender que la más poderosa manera de escribir para el futuro es hacerlo en ligazón visceral con el presente: en síntesis, aceptar sin hipocresías que escribir-para es al mismo tiempo escribir-porque, no su consecuencia.

martes, julio 12, 2005

El racismo mexicano

Digo que Memín Pinguín es una historieta racista por varias razones. La primera es sencilla: de todos sus personajes, sólo el protagonista es dibujado con rasgos caricaturescos. Él no es un niño negrito, sino la caricatura de un niño negrito. En segundo lugar, Memín, por más que sea un muchachito de «buenos» sentimientos, es también un niño limitado intelectualmente (lo mismo puede decirse de su madre), lo que refrenda una visión superior de los blancos e incluso de los mestizos. Tercero: si los negros estadounidenses (y no los llamo afroamericanos porque en español la voz negro no tiene el historial discriminatorio de nigger, y yo escribo en español) se sienten ofendidos por Memín, es insensible y estúpido culparlos de ignorantes o ridículos. Ellos no critican la trama de la historieta, y poco les interesará saber si Memín es un niño bueno o malo: lo que los ofende, y creo con razón, es el dibujo caricaturesco de alguien del color de su piel.
Por otro lado, me temo que esta reivindicación nacionalista de Memín habla muy poco bien de los mexicanos. La historieta de Memín Pinguín es tan nociva como las telenovelas: anulan la crítica al presentar los problemas sociales en una textura melodramática, clasista y autocomplaciente. Decir que nosotros sí entendemos la historieta de Yolanda Vargas Dulché y que los estadounidenses hacen un juicio apresurado e ignorante, nos lleva de nuevo a esa pretensión absurda de: «los mexicanos somos tan especiales que sólo nosotros nos entendemos a nosotros mismos. Lo que a los demás les parece racismo, nosotros lo vemos como una muestra muy mexicana de la cultura popular, ¡yepa yepa yepa! ¡Hay que defender a Memín de la intolerancia políticamente correcta de los gringos racistas! Se necesita haber leído a Memín de niño para apreciar sus bondades; si no, ni nos critiquen...» ¡Bah!, ¡pamplinas!
Además, el argumento de que «los gringos son racistas, entonces no pueden criticarnos a nosotros», es tan falaz como el precepto evangélico de que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. El racismo lo es en cualquier parte. O aquello de que Yolanda Vargas Dulché, la autora de la historieta, se inspiró en su querida nana negra para el personaje de doña Eufrosina, y de que ella en realidad no era racista, no revelan sino, de nueva cuenta, esa autocomplacencia permisiva hacia una visión conservadora y clasista de la realidad: hay que recordar en todo caso que las intenciones de los escritores son menos importantes que los efectos de sus textos en la sociedad.
Los negros estadounidenses han desarrollado una lucha por la igualdad de derechos como ningún grupo de entre los muchos discriminados en México ha emprendido. A fin de cuentas, el problema es que México nunca se ha planteado la cuestión racial: es decir, una muestra más del racismo no aceptado de la sociedad mexicana está en la alabanza de "nuestros antepasados", los habitantes originales de Mesoamérica, y en las supuestas bondades del mestizaje, tendencias ambas que buscan, sencillamente, esconder nuestra basurita racista bajo la alfombra de la exaltación de una particularidad mexicana, valiosa porque es mexicana, y ¡los demás se callan y nos respetan, carajo!

lunes, julio 04, 2005

Contra Memín

La historieta Memín Pinguín se nutre del racismo mexicano y a su vez lo refuerza. Numerosos intelectuales y periodistas se burlan de los líderes de la comunidad negra en México y Estados Unidos que han expresado su gran descontento con la decisión del gobierno mexicano de celebrar el éxito de esta historieta en las estampillas. Esta burla es, claro, otra muestra del no aceptado racismo de la sociedad mexicana, burla equiparable a la falta de sensibilidad de las autoridades del Servicio Postal Mexicano.
El hecho de que Memín Pinguín haya tenido tanto éxito durante las décadas pasadas no es justificación de nada. La cultura no es inocente, y la corrección política de aplaudir las tradiciones populares no puede olvidar que esas tradiciones populares, en la mayoría de los casos, revelan y festejan patrones sociales (de discriminación contra las minorías) inaceptables para nuestra época.