
El FCE acaba de publicar en un volumen las dos novelas de Josefina Vicens: El libro vacío y Los años falsos, en su colección Letras Mexicanas. Un acontecimiento. Ni más, ni menos.
Bitácora de Geney Beltrán [χe’nɛi bel’tɾan], escritor mexicano (Tamazula, Durango, 1976).

Habría que, también, aceptar la polémica de la voz narrativa. A diferencia de Borges, Deniz o Nabokov, autores que proponen o exigen con su obra una definición estética y vital de sus lectores, puntos de partida para la reflexión y discusión a partir de los cuales pueden surgir inquisiciones creativas feraces, Vallejo —el autor y el narrador— es dogmático: no tolera en nada una exploración narrativa que no se halle estrictamente apegada a la primera persona, con el mismo énfasis lapidario con que Macedonio Fernández no aceptaba, ni de lejos, la novela realista.
Lo cual es una amputación suicida; habría que decir, sencillamente, que hay historias que se narran en tercera y otras en primera persona porque, dicho de una forma muy simplista, hay hechos que le pasan o podrían pasar a uno y hechos que le pasaron o habrían pasado a otros. ¿...Que llevamos milenios narrando en tercera persona? ¿...Que no hay manera de saber qué pasa en la cabeza de otra gente? Pues la disyuntiva, planteada en esos términos, peca de falta de sustento: primero, narrar es una actividad humana fundamental que se ha venido haciendo desde el origen de la historia y se hará incluso un segundo antes del fin de la especie, en primera o tercera persona, en forma oral o por escrito, sobre hechos reales o ficticios; y, segundo, la ficción —principio elemental— construye personajes y no sabe nada de personas reales cuya cabeza, en efecto, es bendita e ineluctablemente incognoscible. Y si hay narradores que, de manera genial, siguen narrando en tercera persona, se debe a que asumirán (yo pienso) que lo necesario no es la congruencia estricta con un cómo castrante y prejuicioso sino la efectividad estética y vital del qué.
Ahora, sobre los géneros. Patalear contra su majadera existencia es tan infantil como aceptarlos acríticamente. Existen por razones muy claras y específicas: han respondido a necesidades expresivas de cada época y seguirán existiendo porque la literatura es forma, y toda forma habla de contornos, precisión, límites: transfigurados, problematizados —palabra que, según Margaret Atwood, tiene el defecto de no existir—, rebautizados o replanteados una y otra vez, los géneros son tres, acaso cuatro: asumen envases y etiquetas diferentes y Vallejo, con todo y su propensión a épater l’intellectualité, se inscribe fértilmente en las reglas y la tradición de… ajá, la ficción autobiográfica.
Vallejo, a no dudarlo, es uno de los autores más auténticos y poderosos de
Lo cual, insistamos, no excluye los valores fulgurantes de esa prosa no raramente perfecta.
HACIA UNA REESTRUCTURACIÓN
DEL SISTEMA NACIONAL DE CREADORES
1. Tal y como opera en la actualidad, el Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) presenta una clara insuficiencia: en términos temporales, sólo cubre una mínima parte de la actividad creativa de quienes lo conforman.
2. Desde un punto de vista estructural e ideológico, para pensar en una reestructuración del SNCA no es inapropiado tomar como referencia al Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Es del todo estimable que, en un país con las carencias sociales del nuestro, el Estado impulse la investigación científica. El SNI fue organizado por el Estado mexicano para “premiar” de manera permanente la actividad de investigadores adscritos a universidades y otras instituciones de educación superior, así como a organismos dedicados a la innovación científica y tecnológica. En el caso del SNCA, ese mismo Estado se limita a “apoyar” durante tres años a un conjunto de creadores que se comprometen a realizar determinados proyectos. Cumplido ese lapso, los creadores del caso quedan fuera del sistema y sólo pueden reintegrase a él, parcial y provisionalmente, bajo ciertas condiciones.
Este argumento ya es suficiente para demandar a las instancias del caso una reconsideración de la importancia de la cultura en nuestro país y, en consecuencia, un reconocimiento más decidido a quienes la producen con su ingenio y su esfuerzo cotidiano.
Por último, a las anteriores apelaciones a la justicia se suma otra que va más allá del ámbito inmediato de los creadores. Es harto conocido el hecho de que los recursos públicos del Estado mexicano ha despertado la codicia de grupos económicos trasnacionales, en detrimento de los sectores más necesitados. Los dineros de por sí exiguos que se destinan a la ciencia, la innovación tecnológica y la cultura, han venido siendo canalizados, en proporciones alarmantemente altas, en beneficio de proyectos ajenos al interés nacional. Esta grave realidad debe subsanarse cuanto antes, de manera que áreas parcial e inadecuadamente atendidas por el Estado, como el de la actividad cultural, cuenten con un mayor apoyo efectivo.
9. Un proceso de reestructuración del SNCA se daría mejor en un contexto de redefinición general de la política cultural del Estado. Sin embargo, sería un grave error supeditarlo a esta condición. El SNCA puede y debe reestructurarse sin necesidad de esperar a que se aprueben nuevas normas que regulen la actividad cultural en el país.
México, DF, febrero de 2006
Murió hace poco Salvador Elizondo. ¿Y ahora? Es cierto que su ejemplo de un terquísimo rigor literario para nada era seguido por la gran mayoría de los aspirantes a escritores. Pero servía para insistir en la exigencia: o Farabeuf o nada.
Desde esta privilegiada atalaya de editor sin voz ni voto, lo que yo veo es mucha urgencia por publicar. ¿Tan mal andamos que no hay sentido de autocrítica? ¿Por qué tantos confunden borradores con manuscritos?
Conozco, no he de negarlo, esta búsqueda urgente por darse a conocer, por publicar un libro pronto, por ser tratado como Escritor. Pero ¡ay! todo es tan falaz. Muchos relacionan su cantidad de libros publicados con el estado de su autoestima. No entiendo. Porque ni siquiera publicar sirve de nada bueno. Provoca, solamente, un sinfín de equívocos. Publicar, sí, debería ser aún más difícil. Es decir, los mismos editores deberían rechazar novelitas conyunturales, ligeras, facilonas, libros de poemas con dos líneas logradas y lo demás paja, y deberían ponerse en plan sangrón de exigir a sus autores: «O Farabeuf o nada».
Ayer domingo se publicó en La Jornada Semanal un dossier titulado «Macedonio Fernández contra sí mismo». Uno de los textos es el siguiente, de Miguel Ángel Quemain sobre mi libro El biógrafo de su lector. Lo incluyo aquí, apelando a tu indulgencia, porque he aprendido pronto que todo blog que se respete debe cumplir su papel de egoteca personal. ¡Qué decadencia, pardiez!
Miguel Ángel Quemain
Como en toda buena novela, sea la primera o la última, la ficción crítica de Geney Beltrán Félix (El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández, México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2003) arranca con una advertencia que en pocas palabras condensa y promete el desarrollo de una obra cargada con múltiples registros literarios: estamos frente a un escritor anómalo, secreto, un escritor para escritores, cuyas curiosidades, inclinaciones, perseverancias y variaciones lo colocan como un caso "interesante y contradictorio de la literatura hispanoamericana del siglo XX".
Geney afirma que Macedonio Fernández es un escritor para escritores, es decir, un autor que, queriéndolo o no, es un centinela de la tradición, un transgresor de la tradición, un continuador de la tradición, y es precisamente en ese punto que se torna fascinante la aproximación de Geney, porque la Guía... no sólo orienta al interesado lector, al posible lector, al imposible lector único, sino que también es un mapa en el que se encuentra muy sutilmente trazada la ruta del pensamiento crítico que da origen al libro.
Hay una preocupación constante en el libro: la actualidad y vigencia del pensamiento literario, las indagaciones y la literatura de Macedonio Fernández. Geney afirma:
En cuanto a la actualidad de sus ideas, se puede aseverar que el aspecto más importante de su obra, el cuestionamiento permanente del texto que se vuelve sobre su propia escritura, se halla presente en la novelística posterior a Macedonio de manera innegable: la obstinada conflictividad de los narradores argentinos de la segunda mitad del siglo XX con el género de la novela constituye por sí sola una prueba convincente y provocativa.
Geney lee con claridad que la reflexión macedoniana es una forma de abolir el realismo imperante en su tiempo, y también en el nuestro, ya que "toda copia realista es inexacta o fallida, debido a que la vida posee ya por sí sola una variada riqueza de asuntos que el arte –cualquier arte– jamás lograría igualar".
Cito al autor del ensayo, en líneas que hablan de la novela realista: "su pretendida verosimilitud le hace creer [al lector] que está presenciando la Vida y no una ficción. A este tipo de novela el autor [Macedonio] la llama ‘novela mala’, pues ante ella el lector no necesita hacer ningún esfuerzo intelectual importante y, por lo mismo, no se involucra en la hechura del texto, el cual sólo propicia una identificación sentimental con la historia que relata". Me parece fundamental esta caracterización de la novela realista pues le permitirá al autor cumplir con uno de los propósitos del ensayo, que consiste en mostrarnos la biografía del lector que la lectura de Museo de la novela de la Eterna construye cada vez que es leída y mostrar los procedimientos a través de los cuales la Tradición es asimilada y modificada por un autor de la envergadura de Macedonio Fernández.
Geney no escatima el recuento de los recursos provenientes de la tradición para examinar esta novela y mostrar cómo se afirma una literatura a partir de la negación del realismo novelístico: "la técnica del personaje prestado, la técnica de personajes leyentes, el efecto conciencial en el ‘lector’, el comienzo impedido, el final abierto, la anulación de la verosimilitud ‘alucinatoria’, etcétera". Pero todos estos recursos, como bien acota el ensayista, "ya pueden encontrarse en Cervantes, Sterne, Diderot, Machado de Assis, incluso Unamuno... ¿dónde se halla, entonces la innovación radical de Museo...?" Y Geney responde: "fuera del texto", en el lector, "sin la participación activa, despierta, cooperativa del lector, Museo... no adquiere el menor sentido. El papel central del lector-personaje para seducir la complicidad del lector convierte a Museo... en una ‘biografía del lector’, en la obra en que el lector será por fin leído", y cita a Fernández que escribe:
reconóceme que esta novela por la multitud de sus inconclusiones es la que ha creído más en tu fantasía, en tu capacidad y necesidad de completar y sustituir finales. Exceptuando yo, ningún novelista existió que creyera en tu fantasía. La novela completa, que es la más fácil, la única usada en el pasado, aquella toda del autor, nos tuvo a todos como infantes de darles de comer en la boca. De esta omisión irritante y de pésimo gusto, tomáos libre resarcimiento en la mía.
Es preciso señalar este aporte porque en este cumplimiento se sostiene un aspecto fundamental del libro que consiste en la distinción entre tradición y novedad, continuidad y originalidad.
Por otra parte, hay por momentos un mimetismo de la prosa de Geney Beltrán con la de Macedonio Fernández, una voluntad de apegarse a su sintaxis, a un orden donde las preposiciones, los conectivos, los artículos han sido alterados sin que el significado de las oraciones cambie, pero sí su sentido hacia un viraje poético, altamente sintético. Leo este ejercicio y esta mimesis como una devoción profunda de Geney a su "objeto" de estudio, si es que podemos llamar "objeto" a la literatura de Macedonio Fernández que de tan viva late todavía, como un corazón fresco en las manos del lector del siglo XXI. También lo leo como un enamoramiento de esa prosa que ha sido descifrada y que se convierte en cuerpo, en el cuerpo que anima la mano de Geney que parece escuchar una especie de dictado que procede de "un ponerse en el lugar del otro", como si por momentos fuera el amanuense de un Macedonio que acepta seducido el desafío de reordenar la génesis de su pensamiento literario.
Si refiero estos detalles que me llaman tanto la atención es porque en muchos momentos me da la impresión de que la lectura de Geney sobre Macedonio es un lúdico pretexto para llamar la atención sobre las sombras y peligros que acechan el quehacer literario de hoy tan contaminado por la grandilocuencia, los falsos valores y autores hiperinflados por el comercio y la mercadotecnia editorial.