miércoles, agosto 31, 2011

Fraguas de la nueva Tierra Adentro

El número 171 de la revista Tierra Adentro trae, en su sección de crítica, las colaboraciones de:
* Daniel Orizaga Doguim sobre El ocaso del Porfiriato de Pável Granados (coord.) (FCE/FLM
* Fausto Alzati sobre Las encías de la azafata de José Israel Carranza (Tumbona/UdeG); Papeles falsos de Valeria Luiselli (Sexto Piso) y Breve diccionario clínico del alma de Jesús Ramírez-Bermúdez (Debate) 
* Marina Porcelli sobre El mundo bajo los párpados de Jacobo Siruela (Atalanta)
* Mayra Luna sobre Fiebre de Daniel Krauze (Planeta); Enfermario de Gabriela Torres Olivares (Fondo Editorial Tierra Adentro); Tu ropa en mi armario de Bibiana Camacho (Jus) y La vida triestina de David Miklos (Libros Magenta) 
* Cecilia Eudave sobre La balada de los bandoleros baladíes de Daniel Ferreira (UV)  


La sección Estantería trae breves notas de: 
* Elisa Corona Aguilar sobre Canto de mí mismo de Walt Whitman (Libros Magenta)
* Leopoldo Lezama sobre La mesa del silencio (Círculo de Poesía)
* Joaquín Guillén Márquez sobre De la infancia de Mario González Suárez (Ediciones B) 
* Paola Morán sobre Un terrible amor por la guerra de James Hillman (Sexto Piso)
* Carlos Esteban Cuendia sobre La novela, el novelista y su editor de Thomas McCormack (FCE/Libraria)

martes, agosto 30, 2011

Él, su padre

El cuerpo de mi padre conservó hasta su literal último suspiro sus carnes fuertes y bien torneadas formas, ese día cumplió 85 años —en realidad 86 porque, alguna vez me comentó, su padre dio mordida para que le quitaran un año a su acta de nacimiento y no tuviera que enlistarse en el ejército polaco—, apenas si perdió nada de su cabello negro entrecano, su lozanía, y sin duda, me atrevo a conjeturar, porque desconoció su mal y porque le gustaba estar vivo con todo y depresiones. En otras circunstancias experimentó, al parecer, y no sólo cuando lo operaron de la rotura de cadera por ejemplo, su descenso al Tártaro pero su espíritu fugitivo fue devuelto pues no llevaba bajo la lengua la moneda de paso o, en su defecto, el santo y seña, seguro porque su tiempo no había llegado y aún le quedaban pendientes sobre la tierra, pendientes que no éramos mi hermana y yo sino, paradójicamente, la imagen de “su mujer” que terminó por rescatar impoluta de entre los terrosos aborrecimientos con que la tenía sepultada en el corazón.
Esther Seligson, Todo aquí es polvo

sábado, agosto 27, 2011

En Jerusalem

Yo, por mi parte, quisiera aprender a rezar. No contemplar como esteta a los que se acercan al Muro para elevar sus plegarias. Aunque a veces me ha consolado llegarme ahí, e incluso he pedido ser traspasada por una mínima dosis de humildad. Pero siempre me retiro dándole la espalda a las piedras —y no de frente e inclinada como hacen los devotos— para sentarme al fondo y mirar desde lejos a quienes son capaces de no rebelarse con razonamientos —de no rebelarse, punto— contra la evidente carencia de reciprocidad y de justicia.

Sé que muchos de los que se aproximan al Muro son también seres insatisfechos, almas perplejas, corazones amargos y contritos, que los hay soberbios; y he visto puños que se elevan amenazadores. La diferencia está en que esperan una respuesta, a corto o a largo plazo, no importa: esperan, y eso les da fuerza para argumentar el derecho a ser escuchados.
Esther Seligson, «Retazos jerosolimitanos (1981-1982)», en Escritos a mano.

viernes, agosto 26, 2011

Habla Ifigenia

…una vida que no termina por terminar de escurrirse pese a los intentos por deshabitarla de mis venas... Casi me atrevería a afirmar que la propia Diosa es quien la detiene y coagula igual al vano impulso de arrojarme contra los farallones escabrosos. Anclada estoy, mi propia lápida soy, piedra de sepultura sin nombre, sin fecha de nacimiento, sin origen, ignorada por padres y hermanos, huérfana, virgen estéril mancillada por miles de ojos ávidos, sedientos de la sangre que nunca fluyó, ni fluirá de mi cuerpo para satisfacción de la Diosa humillada en su divina vanidad... La detesto, y ella lo sabe, por haberme otorgado una gracia no pedida, singularizado en un convite donde soy la única agasajada, espectro en eterno soliloquio hambriento de contacto humano... Se diría que a mis piernas les han brotado raíces, a mis brazos ramas, mis cabellos están erizados de diminutas astas, y temo cada mañana encontrarme de pie sobre pezuñas, bramando... De la blanca túnica ha tiempo que no queda hilo, de vástagos flexibles he retejido mi rala vestimenta y yazgo entre la hojarasca en una cueva como cualquier animalillo... ¿De qué tendría que estarle agradecida a mi aborrecible Señora?...
Esther Seligson, «Voz sin sombra», en Cicatrices.

jueves, agosto 25, 2011

Qué tristes vidas las de esas muchachas

La revista Posdata de junio incluye mi texto crítico «Qué tristes vidas las de esas muchachas», sobre la obra teatral Ánima sola, de Alejandro Román.


Qué tristes vidas las de esas muchachas


Tenemos los monólogos de tres mujeres.

Una de ellas, Adriana, vive en Tijuana con su hijo; trabaja de edecán y modelo; es secuestrada por narcos que la acusan de estarlos delatando con un comandante y quienes, luego de torturarla, la decapitan.
La segunda, Carmen, es de Veracruz pero vive en Ciudad Juárez, donde trabaja en una maquiladora; también tiene un hijo, de 12 años, a quien deja amarrado en su casa durante el día; es despedida a raíz de que, junto con otras chicas, decide organizarse para defender sus derechos. Al salir por última vez de la fábrica, es secuestrada por pandilleros.
La tercera, Érika, huyó de su pueblo en la sierra de Guerrero cuando su padre fue asesinado al oponerse a la tala de árboles; vive ahora en la Costa Grande y está embarazada de un sicario que tiene muchos enemigos en la región pero pronto se aliará con narcos de Sinaloa. Al ir a un bar junto con otras mujeres, Érika es identificada como la amante de Gabriel de Jesús, y ejecutada.
En este retrato del violento México de nuestros días, nada falta. En su obra teatral Ánima sola, Alejandro Román (Cuernavaca, 1975) pareciera querer documentar todo lo relacionado con la tragedia de las mujeres mexicanas de clase baja: la explotación sexual y laboral, el machismo y la infidelidad, la pobreza y la migración forzada, la condición de las madres solteras, el narcotráfico y su misoginia. Todo esto con el epílogo inevitable del feminicidio.
Es, por supuesto, la realidad de un país injusto y violento, donde las mujeres (como los niños, los ancianos, los homosexuales, los discapacitados, los jóvenes, los pobres) son siempre las primeras víctimas. Pero Ánima sola, al tiempo que pareciera forzarse a querer abarcar todo lo referente a un tema de la realidad, no muestra nada. Todo lo explica.
La obra no tiene progresión dramática ni la menor noción de espacio; el tono siempre va de lo solemne a lo patético. Consta de tres monólogos; las mujeres narran en presente lo que les sucede, con numerosas analepsis y una contextualización insistente. La obra abusa de la anáfora y una expresión pseudolírica de vate decimonónico, con variados lugares comunes: “Si no te hubieras ido, yo no estaría aquí al filo de la muerte”; “El mundo se pone más oscuro que la noche”; “Los sicarios se sincronizan en una macabra danza de la muerte.”
Hay una búsqueda de suspenso que extiende predeciblemente el relato en sus momentos brutales (cuando los sicarios están por cortarle un dedo a Adriana, por ejemplo, se llega a extremos ridículos), y la contextualización narratúrgica se vuelve disputable por el alterado estado en que se hallan las mujeres, que contrasta con la forma tan articulada como manifiestan sus desventuras: “Y aquí me tienen ya / en esta casa de seguridad del Águila / donde los perros les ladran enloquecidos a las almas que se han quedado penando.”
A la hora de hacer el recorrido rumbo a la maquiladora, Carmen consigna lo que se alcanza a ver por la ventana. Es esto: “un restaurante incendiado / el miedo me golpea el pecho / dos coches baleados llenos de muertos / esquinas llenas de muertos frescos / cabezas rodando por las avenidas / hileras de tanquetas militares / militares con la cabeza reventada a balazos / miedo constante / enjambre de policías federales / federales cayendo con el pecho agujereado por ráfagas / de cuerno de chivo / tanto miedo que cae del cielo / helicópteros volando bajo / miedo en el aire…”
Y así se sigue. ¿Hay una necesidad dramática para esta enumeración? ¿El personaje Carmen requiere convertirse en una cronista de su entorno para que su penuria nos parezca más verosímil? ¿A quién está dirigida esa descripción? Ánima sola todo lo explica, y de manera sobrada, asfixiando así el dinamismo psicológico de sus personajes. Esta abundancia de periodismo tiene que ver (eso me temo) con una operación política, no con un requerimiento textual. La obra incurre en la torpeza de no permitirse ninguna ambigüedad: tiene que quedar claro de qué lado estamos. Tijuana, Ciudad Juárez y Guerrero son aquí los escenarios definitivos del mal. Claro: acaso la realidad mexicana no es así como la muestra Román, sino peor. Pero la más criticable forma de traicionar la realidad, al querer verterla en la literatura, es serle tan fiel a un planteamiento (el oportuno panfleto de denuncia) de modo tal que se le termine quitando cualquier complejidad humana, cualquier matiz o fisura. Quiero decir: historias como las presentadas en Ánima sola pasan, y muy frecuentemente, en este país. Lo que no me parece sino tramposo es que ante esta obra la conciencia del lector/espectador sólo ha de conocer la indignación (“Qué tristes vidas las de esas muchachas”), y no verse tentada por el examen moral. Porque Ánima sola no hace preguntas (¿qué hay detrás de toda esta violencia?). Ya trae las respuestas: “Cuánto odio y sangre escurre por las faldas / de esta sierra herida”; “La risa de la muerte se escucha como música de fondo en toda Ciudad Juárez”.
Busco un arte literario que no tenga complacencias ni se permita justificaciones de una realidad atroz como la mexicana, pero la exigencia de un compromiso moral no debería derivar, por más que en términos políticos sea conveniente, en chantaje maniqueísta. En su aparente denuncia social, esta obra es un texto conservador, porque busca consolar, indignándolo, a su receptor: el mal está fuera de mí. Y nada más. Pero esto en ocasiones funciona para otros fines: Ánima sola obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Víctor Hugo Rascón Banda en 2010.

Alejandro Román, Ánima sola. Monterrey/México, Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010. 109 pp.

Le habla a su nieta

Imagino que en el otoño, o durante el invierno, se distinguirán con más claridad las otras construcciones a los lados de este departamento; pero eso no tiene importancia, pues no caerán dentro del ángulo de visión de las fotografías que tu padre te tomará (por cierto que ni él ni yo hemos mencionado, a propósito, las enormes paredes de ladrillos que cerraban la vista de su habitación de niño en aquella ciudad belga cuando se asomaba al balcón —tan similar— a contemplar el lento vestirse de los árboles al encuentro de la primavera), trozos de un instante de los primeros tiempos de las primeras huellas que quizá conserve tu memoria junto con algún trino, un olor, una apetencia que ahí se depositen. ¿Recordarás las campanas del carillón de las horas seis y doce y el alborozo de pájaros al amanecer? Cuentas de vidrio de un caleidoscopio al que sólo tú podrás dar movimiento y sentido, porque tu mirar de niña que descubre las cosas del mundo, sus matices, rumor y consistencia, nada tiene que ver con el mío de ahora por mucho que para mí también el descubrimiento del jardín y de tu ser sean una sorpresa inédita: sorpresa de vivir la misteriosa adecuación de esa centella que dicen es el alma a las, ahora, tenues capas de materia que la encierran —dicen que ella, voluntariamente, es la que escoge el cuerpo donde habrá de buscar arraigo para cumplir, una vez más, con otro ciclo de vida, con otra vuelta de tuerca, tantas como sea menester hasta alcanzar el ajuste perfecto con su fuente originaria. Y miro cómo tu escueta carne se estira y reajusta. Te escucho emitir gruñidos y voces que se diría son los reacomodos de la luz en los intersticios de la oscura cáscara que día con día irá engrosando, refinando su estructura, su paradójica cárcel. Está escrito que lo mismo que nos encierra constituye el camino de nuestra libertad.
Esther Seligson, “Luciérnagas en Nueva York”, en Toda la luz.

miércoles, agosto 24, 2011

Hay sábanas que no se manchan...

Hay sábanas que no se manchan, pero eso, ¿cómo podían saberlo ambos, tan jóvenes, tan llenos de reticencias y pudores? No eran ya épocas de mostrar a los parientes reunidos fuera de la cámara nupcial el lienzo con las huellas de la virginidad rota, sin embargo, la duda había quedado lacerante en el ciudadano, fruto de su ignorancia, y sobre ese malentendido, sobre esa fisura, se inició la suma de callados rencores en que iba a consistir su vida de casados. Nada tan secreto como la intimidad de una mujer, tan solitario —y a ella la madre no le fue hermana o amiga en quien verter su duda—, nada tan trunco como esa falta de ayuda idónea, ese depender de la necesidad del esposo y de la necesidad del hijo, ese someter la propia palabra a manera de una pieza de rompecabezas en el diálogo masculino, y el propio cuerpo a los reclamos de otro cuerpo, y la matriz a la exigencia de otra vida que grita su derecho a desgarrar y a violentar.
Esther Seligson, La morada en el tiempo.

CLVII

Esta enemiga forma de amar viene de lejos. Es la reiteración de un episodio en quién sabe qué vida anterior. No recuerdo si fui el condenado al paredón o el militar que gritó ¡Fuego! Acaso ambos (como ahora) simultáneamente.

martes, agosto 23, 2011

Sueña Jacob

«Sueña Jacob. La cabeza en una piedra a mitad del camino, de un camino: el de la huida. Y es una escalera que sube hasta el cielo. Ángeles van y vienen, ojos de pavo real en todo el cuerpo, largas alas negras plegadas hacia adelante. Alrededor se extiende el desierto, el cansancio, la fatiga del hurto, de la astucia. Porque Jacob ha robado y ha suplantado».
Esther Seligson, La morada en el tiempo.

Escritos a máquina, nuevo libro de Esther Seligson

A los 24 años Esther Seligson empezó a publicar ensayos y artículos en revistas y suplementos de México. A lo largo de 2009, mientras escribía su último libro, Todo aquí es polvo, y sabedora ya de la condición endeble de su salud, la escritora se dedicó a hurgar en su memoria, sus cuadernos y archivos y, amparada en su férrea autocrítica, que la llevó a destruir numerosos inéditos que no la complacían, poco antes de su muerte, ocurrida en febrero de 2010, confió a su albacea literario dos volúmenes compilatorios: Escritos a mano, publicado hace cuatro meses por Editorial Jus y la UANL, y en que reunió obra de creación (relatos, poemas, aforismos, fragmentos de diario, ensayos breves) y Escritos a máquina, con su reflexión crítica sobre diferentes ámbitos de la creación artística: dramaturgia, teatro, poesía, novela, pintura, traducción... Así, Escritos a máquina, que acaba de publicar la Dirección de Literatura de la UNAM y pronto estará en librerías, puede considerarse no sólo el último eslabón de la obra literaria de Seligson, sino también una excelente puerta de entrada a las búsquedas y los acercamientos ensayísticos —siempre exigentes y siempre generosos— de esta autora fundamental de la literatura mexicana contemporánea.

lunes, agosto 22, 2011

CLVI

Búscate un cómplice para tu destrucción. Ayúdale en su propio camino al desastre. A eso, llámalo amor. (Te dirán que has vivido.)

El miedo en Colombia

El suplemento Laberinto, del periódico Milenio, publicó el sábado pasado mi texto crítico «La guerra también contra nosotros», sobre la novela El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez. 

Aquí el texto íntegro:

La guerra también contra nosotros
Geney Beltrán Félix

Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer. Madrid/México, Alfaguara, 2011. 259 pp.


Es la Colombia reciente: se nos narra una balacera de 1996 en la que muere un ex presidiario, luego sobre los orígenes del narcotráfico en la década de 1970. Pero El ruido de las cosas al caer, nueva novela de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), vale menos por lo que menciona de bombazos y cargamentos de cocaína que por la guerra que contundentemente crea en el interior del protagonista: el propio cuerpo se le vuelve a Antonio Yammara, joven profesor de derecho, un territorio vulnerable a raíz de que el miedo invade su psique. El libro triunfa cuando hace ver el íntimo terror que trastoca la vida de su protagonista —y falla cuando insistentemente nos informa que la violencia de las calles ha venido acompañando a una generación.
Antonio Yammara vive en Bogotá. Se enreda en amores con Aura, una hermosa ex alumna; se han embarazado, viven ya juntos. Él conoce en el billar de las tardes a Ricardo Laverde, piloto y ex convicto que, una tarde, es asesinado a balazos —y Yammara mismo resulta herido en el incidente. Durante su estancia en el hospital, el hombre va advirtiendo cómo la violencia exterior ha empezado a hospedarse en su cuerpo. Y ese reiterado sismo de los nervios se deja ver gracias a una prosa de fraseo largo virada a los detalles, construida desde la carne alterada de un personaje cuya paranoia se vuelve una estética: el miedo le ha afinado la percepción, que se detiene en lo que no por nimio dejará de ser posiblemente adverso. Hay en esta escritura además un tenor reflexivo, con cierto aire de Javier Marías (“No hay nada tan obsceno como espiar los últimos segundos de un hombre: deberían ser secretos, inviolables, deberían morir con quien muere”), y una imaginería de lo físico de, a ratos, poética eficacia (“su cara era una fiesta de la cual ya se han ido todos”).
Hasta aquí tenemos novela y personaje. Pero lo que viene después: no lo creo tanto.
Si el siglo XX se convirtió en la hora máxima de la novela hispanoamericana, lo fue porque —y esto lo han dicho tantos antes— el testimonio interesado en lo social fue desatendido o, en otros casos, incorporado a una escala superior: la creación, siempre, de mundos ficcionales. Frente a esa jurisprudencia, advierto en El ruido un desistimiento. Sí, Vásquez ha reflexionado sobre la ficción —sus ensayos de El arte de la distorsión (2009) incluyen inteligentes tomas de partido— y ha vinculado su intuición fabuladora a la de nombres como Conrad, Naipaul y Bellow, no a la de novelistas de lengua española. Con todo, si damos espacio, por esa rivalidad que propicia el incesto de la lengua y la geografía, a una filiación contrastiva entre El ruido y ficciones hispanoamericanas sobre la violencia urbana (Los siete locos o Conversación en la Catedral o El obsceno pájaro de la noche), detecto entonces una disparidad: Vásquez, me temo, renuncia a la ambigüedad de la novela para dar paso a la claridad de la lección de Historia.
El prurito pedagógico del autor habría llevado a su protagonista a dejar de serlo: desde la tercera sección de la novela, Yammara se convierte en un pretexto para que, a través de la historia del joven Laverde y su pareja Elaine Fritts —idealista muchacha estadounidense que deja su país en 1970 para incorporarse a los Cuerpos de Paz en Colombia—, el lector se entere de manera oblicua de los orígenes del narcotráfico en el país sudamericano.
No quiero decir que ese relato hayamos de tomarlo como verídico en sí. Así como en Los informantes (2004), la anterior novela de Vásquez, el periodista Gabriel Santoro se apoya en sus entrevistas con una mujer alemana de nombre Sara Guterman para describir episodios de la historia de Colombia en los años cuarenta, en ésta Antonio Yammara hace una tarea similar luego de leer numerosas cartas y otros documentos. Así justifica su omnisciencia de los hechos antiguos, aunque omite los pormenores, de sí tan coquetamente posmodernos, del proceso cognitivo inherente al armado del rompecabezas (de Elaine se narran detalles íntimos que acaso no habría contado por escrito a sus abuelos). Esta escamoteo permite un relato ordenado y lineal de fácil seguimiento que, incurriendo en un timorato conservadurismo técnico, nunca considera enfrentarse a la sospecha fundacional, a La Gran Pregunta de Toda Ficción: ¿cómo podemos estar seguros de lo que se cuenta del pasado?
La historia de Elaine también pareciera llenar más bien un propósito informativo al no incluir ningún conflicto moral o psicológico o político que iguale la tensión cernida en el arranque de la novela: aunque Elaine se manifiesta contra la guerra de Vietman, lo suyo es un anticlimático dejarse llevar por su idealismo y su amor a Laverde, y cuando la dificultad empieza, con el encarcelamiento del esposo, su aparición termina. Tampoco Maya, la hija de ambos hoy dedicada a la apicultura, enfrenta una definición crucial. Rememora su furia cuando le fue dicho que su padre, a quien creía muerto, había estado preso; sufre escuchando la grabación de las últimas palabras cruzadas entre los pilotos del avión en que murió su madre, a finales de 1995; pero en el presente de la narración es un personaje dramáticamente inerte. La prolija visita que junto a Yammara hace al parque zoológico ya abandonado —vieja propiedad de Pablo Escobar— no añade nada a lo que ya sabemos: que el narco marcó su vida.
“Cientos de casos como éste. Cientos de huérfanos ficticios, yo era un caso solamente. Eso es lo bueno de Colombia, que uno nunca está solo con su destino”, contextualiza Maya al narrar que la prisión de su padre le fue ocultada. En otra conversación, hacen ambos —solos, sin un auditorio en torno suyo— el recuento de narcoatentados. Llegan a un bombazo contra un avión de Avianca: “«Ahí supimos», dijo Maya, «que la guerra también era contra nosotros. O lo confirmamos, por lo menos. Más allá de toda duda. Hubo otras bombas en lugar públicos, claro»”. ¿Cómo un narrador tan conocedor y consciente de las trastiendas de lo narrativo como es Vásquez se ha dejado llevar por el facilismo de Te lo cuento, personaje, para que te enteres, lector? (El mismo Vásquez escribió en El arte de la distorsión: “Contar cosas que ya se saben es cometer pecado de redundancia, el peor pecado que puede cometer un novelista”.)
Estos ejemplos —hay más— harían suponer que El ruido responde no al propósito de crear una nueva realidad en la ficción sino de informar de modo ejemplarizante sobre la Colombia real. No es la ficción de un profesor de derecho y una apicultora sino la historia de todos los jóvenes colombianos que crecieron en la era del narcotráfico: eso debe quedar claro.
O acaso estoy en un error: quizá he leído muy literalmente y los Cuerpos de Paz yanquis no tuvieron nada que ver con el comienzo del narcotráfico en Colombia, tal vez la “reconstrucción” que emprende Yammara de las vidas de Elaine y Laverde al leer las viejas cartas es un ejemplo del “arte de la distorsión” del pasado que Vásquez postula para un tipo de novela histórica cuyo modelo sería Cien años de soledad. O más aún: acaso El ruido sacrifica en dos terceras partes de su trama la vocación dramática y la ambigüedad de la ficción, para cumplir con una inequívoca tarea de civismo. Porque luego del fin de semana con Maya Fritts, el joven narrador regresa a su departamento en Bogotá: lo intuimos decidido a recuperar a su mujer y su hija, llevado acaso por el intento de no repetir la historia de la familia disgregada del piloto Laverde. Conocer “vidas” ajenas —potencialmente similares a la propia— le habría propiciado un crecimiento de la psique: he aquí el camino para decir adiós al miedo. Y ese fenómeno, cuando llegue a ser compartido por su violentada generación, podría impedir que, a raíz de los paralelismos históricos, Colombia vea iniciado otro ciclo de violencia.

jueves, agosto 18, 2011

Formas de meter la pata

Si partimos del hecho que todo texto crítico es parte de un diálogo, de nada tiene raro que haya respuestas a lo que uno publica, en especial si se trata de reseñas de novedades literarias. Lo que sí es una curiosa forma de bajeza moral es que, en vez de usar argumentos, se lancen sospechas sin sustento. En el sitio de internet de la revista Letras Libres, como respuesta a mi texto crítico de Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, alguien llamado Guillermo Salazar no encuentra mejor manera de mostrar su discrepancia con lo que yo afirmo que suponiendo que le tengo animadversión personal a Zambra. A esto no debería dedicarle ni un minuto, pero prefiero puntualizar:
No conozco a Alejandro Zambra, ni he tenido ni tengo ningún problema personal con él. Ignoro qué pruebas tiene el señor Salazar para afirmar que la mía sea una lectura "malintencionada" o que me "molesta la sola existencia" de Zambra. Para argumentar eso se requiere algo más que impresiones, como son las suyas, refutablemente personales. ¿O lo dice sólo porque mi conclusión crítica es diferente? Él hace, en breves líneas, un comentario elogioso de la novela; está en su derecho (y yo de discrepar). Sería irresponsable de mi parte especular que él acaso tenga una relación amistosa con el autor y que por esa razón sale a defender un libro que, según mi lectura, es prescindible. Eso sí: no acepto que pretenda sugerir que el éxito de crítica que ha tenido o puede tener la novela en Chile es suficiente para ver la manifestación de un “problema personal” en lo que yo, o cualquier otro, afirme en sentido contrario. Tampoco me interesa que los temas sean nuevos para la sociedad o la literatura chilenas; no soy chileno: leo desde otras coordenadas. Lo estrictamente temático es secundario ante la pobreza estilística y técnica (¿qué libro leyó Salazar para no advertir estas carencias?) de Formas de volver a casa.

martes, agosto 16, 2011

Contra la tradición de los oligarcas

La revista Litoral e publica el texto crítico «Cartas ajenas: contra la tradición de los oligarcas» de Josué Sánchez Hernández, sobre mi novela Cartas ajenas.

Acá cito un párrafo:

Su lenguaje establece una crítica porque, si bien se inscribe en la tradición del XIX, pasa por el tamiz de nuestro siglo y denuncia las convenciones de nuestra lengua: la profusión en el uso de los dos puntos, el ritmo sintáctico deliberadamente alambicado, la morfología retorcida de algunas palabras y un pequeño juego tipográfico, son prueba de una conciencia plena en el manejo de nuestro idioma. En todo caso, Cartas ajenas es una obra donde la tensión que revitaliza al lenguaje sucede gracias al aliento y conciencia que les infunde su autor. 

miércoles, agosto 10, 2011

CLV

Déjate fluir. Si el cambio ya ha dado inicio, lo más que puedes perder es la obsesión con tu pasado.

lunes, agosto 08, 2011

CLIV

En los hechos del virtuoso se deja ver a menudo una forma de la megalomanía: el impulso de hacer el bien no sólo exige superar la bondad ajena sino concentrar el monopolio absoluto de la virtud.

domingo, agosto 07, 2011

Encuentro en Monterrey

Participaré esta semana en el III Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes, en Monterrey, Nuevo León. El jueves 11, a las 5.30 pm, estaré en una mesa de lectura de obra, con Ignacio González Cabello, Iris García Cuevas y Lorena Ventura. Y el sábado 13, a las 12.30 del día, leeré mi ensayo "De qué hablamos cuando hablamos de futuro", en una mesa de discusión en la que participarán Ignacio González Cabello, Érick Vázquez y Carlos del Castillo. Ambas actividades serán en el Museo de Historia Mexicana.

viernes, agosto 05, 2011

CLIII

Sufre por lo que no existe, para así no gozar de lo que tiene. No se ha perdonado el hecho de ser él (no su cadáver) quien existe.

jueves, agosto 04, 2011

CLII

Es mediocre y lo anuncia. Espera un premio por su sinceridad. Merece una patada en el culo por su impudicia.

miércoles, agosto 03, 2011

CLI

Es un gran inversionista de sus emociones. Todo lo que hace y dice lo hace y dice para tener después de qué arrepentirse.

martes, agosto 02, 2011

¿No sabemos perdernos?

«Estéticamente, aquí tenemos la seguridad de quien permanece en su biblioteca luego de dar un paseo por las ahora tranquilas calles de su infancia: Zambra ha mostrado un temperamento posborgesiano con el que sus libros son, hasta la intrascendencia, congruentes. Políticamente, es el fracaso no de quien algo intentó, sino de quien para no fracasar ha preferido Bartleby de cualquier ética ni siquiera intentarlo. Aquí veo el nuevo triunfo del poder sobre el escritor: ya no la censura ni la represión sino la elección propia de la insignificancia: como nadie lee, sólo hablo de mí y de lo que leo, con una sintaxis que fuera del hartazgo de dos figuras retóricas no se exige más».


En su número de agosto, la revista Letras Libres publica mi texto crítico «No sabemos perdernos» (de donde procede el párrafo anterior), sobre el libro Formas de volver a casa de Alejandro Zambra.

lunes, agosto 01, 2011

CL

Da igual que el crítico literario firme o no con sus dos apellidos, es decir, incluyendo el de su madre. Ni así tendremos la certeza de dónde (de quién) viene su mala leche.

domingo, julio 31, 2011

Fragmento IV

Cuesta trabajo enderezar el corazón, acá donde acaso se vive, acá donde la luz se arrincona. Cuesta volver a casa entre rostros borrados, entre el olor a derrota de cuerpos que se amontonan uno contra otro. Da rabia no encontrarte en casa, que no estés para apaciguar mi furia con tus manos y que con dos palabras cures mi pecho de tanto trajinar menesteroso. El tiempo es un compañero voluble, una manía en mi muñeca; la noche propone alguna evasiva, pero la Noche nunca es buena consejera.
Mijail Lamas, El canto y la piedra

sábado, julio 30, 2011

CXLIX

Para ir, ya de por de vida, de la ingenuidad a la misantropía, con un (mal) divorcio basta.

viernes, julio 29, 2011

CXLVIII

Escribe para expresar su alma y también para expandir su ego. Normal y respetable. Y así sufrirá el doble.

miércoles, julio 20, 2011

Fuerza narrativa

Alejandro de la Garza comenta la novela Por el lado salvaje, de Nadia Villafuerte, en la revista Milenio Semanal:

La voz narrativa de Nadia Villafuerte (1978) azora al provenir de un ser maduro curtido en las ásperas realidades de la vida, transmitir el espesor y la riqueza de quien ha leído todo, y fluir con elegante prosa rebelde al lugar común. Su hiperrealismo es capaz de expresar a la joven tullida Lía, carne de albañal y burdel, en la inversa dignidad de su viaje personal por el oprobio; el espíritu inquebrantable del fotógrafo italiano Bardem, degradado por la vida y el autodesprecio, o la entereza del biólogo Genaro al trastocarse en travesti para vencer a la infelicidad con la fantasía. Luego de un par de becas y cuatro años de esfuerzo, la narradora entrega una feroz novela dura, en recorrido de Chiapas a Honduras y Tijuana, de Monterrey a Nuevo Laredo y Playa Bagdad para desembocar en la libertad como un absoluto desamparo. Su factura es una cuantiosa apuesta por el lado salvaje.

La Palanca, 17

El nuevo número de la revista La Palanca, que dirigen Pablo Mayans y Diego José, incluye textos de Kenia Cano, Nadia Villafuerte, Gabriela Conde, Verónica Gerber y Verónica Bujeiro. La ilustración del número se compone de obras de Rodrigo Ímaz, con los comentarios de Monserrat Hormigos Vaquero y Catalina Restrepo.

martes, julio 19, 2011

La ciudad sin Racine en El Universal

El periódico El Universal publica hoy un reportaje  de Yanet Aguilar sobre nuevos ensayistas mexicanos, por donde ando yo. Y también le incluye textos de los autores entrevistados; el mi ensayo se titula "La ciudad sin Racine".

domingo, julio 17, 2011

CXLVII

Divisa del famoso a quien lo admira: Quiero verte viéndome, pero no quiero ver tu rostro.

sábado, julio 16, 2011

CXLVI

En su gran astucia, el diablo nos ha hecho creer que no existe. Igual lo viene haciendo la derecha: ha querido convencernos de que las diferencias entre izquierda y derecha ya son cosa del pasado. Así han convertido el presente en este infierno.

viernes, julio 15, 2011

Lo que perdiste en el camino

Alexis de Ganges publica en la revista Acequias (número 55, primavera-verano de 2011, páginas 57-58) su texto crítico "Habla de lo que perdiste en el camino", sobre mi libro de relatos Habla de lo que sabes.
Cito aquí los dos últimos párrafos:
“El cuerpo de Sicrano”, el relato más largo del volumen, casi una novela corta, es una historia de redención con tines de Onetti, y una alegoría de la decadencia del cuerpo, al que sólo parece salvar la escritura (al estilo de la película El libro de cabecera). [...] Gabriel Sicrano y María Aspettani son los dos personajes angulares a través de los cuales se mueve la narración, ágilmente y con un lenguaje poético y de tono resignado y lento; la estructura del relato está conformada por varias fechas que no siguen un orden lineal, sino que, con saltos hacia el pasado o hacia el futuro, dejando ver diversos aspectos en la historia de los personajes. Así, nos enteramos que “veinte años y dos meses atrás, Gabriel Sicrano vivía en una pequeña ciudad de la costa ocèanica y trabajaba como gerente de ventas en una compañía de productos de carne, estaba casado y tenía gemelas de ocho años”. Al parecer, el personaje ha decidido no cuidar de nadie más, pero entonces conoce a María Aspettani y siente que debe ayudarla. La relación que entre ambos se establece es a ratos ambigua y por instantes tenue, pero siempre una especie de viaje hacia la salvación personal que no llega a concretarse, pero que, el cuento parece indicarlo, vale la pena realizar a pesar de lo patético que pueda ser el mundo.
Habla de lo que sabes se revela como un libro de relatos mayormente oscuros, pero con algunas zonas de luz que iluminan diversos aspectos de la condición humana. Sí, están la soledad y la alienación del individuo en un espacio en el que ya no se reconoce, pero también hay otros elementos. A fin de cuentas, ¿qué es un buen relato sino hablar de lo que uno sabe para, quizá, encontrar lo que uno no sabe? Como dice el poema de Pizarnik: “No hables de los jardines, no hables de la luna, no hables de la rosa, no hablas del mar. Habla de lo que sabes”. Es entonces en la desesperanza de la vida de clase media en una gran ciudad, en el odio a la otredad, en la corrupción del cuerpo, la fantasía jamás realizada, la vida cotidiana y su chato horizonte o los lugares comunes de personajes demasiado vulgares, o incluso olvidados de sí mismos, que este libro se nutre.

CXLV

Ey, amigo: te contrataron como funcionario, no como crítico literario. Quita tus sucias manos del trabajo ajeno si, en tanto escritor, no has hecho ni una quinta parte de lo que ahora, como gutierritos, buscas destrozar.

jueves, julio 14, 2011

CXLIV

Cuánto maquiavelismo en eso de elogiar al mediocre por miedo a la competencia si se elogia al excelente. ¿O más bien exagero y se trata sólo de instinto de supervivencia?

CXLIII

Estar al día significa sacrificar todas las demás esquinas del tiempo. Por la más fugaz.

miércoles, julio 13, 2011

CXLII

¿De cuándo acá es un mérito no hacer ni siquiera bien lo que los abuelos hacían extraordinariamente?

martes, julio 12, 2011

CXLI

Quien sólo se contenta con acatar —y no atacar— las leyes no advierte que así tan bajo se muestra a la altura de la astucia de quien las perpetró.

lunes, julio 11, 2011

CXL

Hay de fracasos a fracasos, pero el peor de todos, quién no lo sabe, es no intentar ninguna audacia para nunca fracasar. Curiosamente, ahí está el secreto para triunfar en esta época mediocre.

domingo, julio 10, 2011

"Personajes marcados por una carencia y un cúmulo de deseos irrealizables"

El suplemento La Jornada Semanal publica el texto crítico "Una Barbie tercermundista y manca", de Gerardo Bustamante Bermúdez, sobre la novela Por el lado salvaje, de Nadia Villafuerte.

CXXXIX

En épocas antiguas nos consolaba la existencia de La Verdad. Ahora que su desaparición ha resultado tan cómoda, nos parece ridícula, hasta irrespetuosa, cualquier aparición de la sinceridad.

sábado, julio 09, 2011

CXXXVIII

Ha de haber peores dogmatismos, pero uno que quiere seguir pasándose por invisible en nuestra época es el de quien tiene, ya no digamos la razón, sino el currículum para dar la apariencia de autoridad que le otorgaría la razón a sus exabruptos.

viernes, julio 08, 2011

La Tertulia

Estaré hoy en el programa La Tertulia, de Radio Red (1110 am, 700 en Guadalajara y 1540 en Monterrey), hablando sobre mi novela Cartas ajenas. La cita es a las 9 de la noche. Si siguen conectados pueden escucharlo en línea.

CXXXVII

La negativa del investigador literario a censurar o alabar una obra es incomprensible cuando se trata de la literatura contemporánea. ¿Qué función tiene encontrar redes de significación en libros técnica y retóricamente deficientes? ¿Por qué el crítico ha de renunciar a su trabajo de orientar al lector en esa avalancha de novedades, donde, sabemos bien, un alto porcentaje es basura, debido a que el interés de las editoriales (muy comprensiblemente) es mercantil y no de promoción del arte? El crítico que arriesga su palabra censurando una obra no se muestra mezquino con el colega sino generoso con el lector: dedica tiempo, reflexión y trabajo para llevarlo a lo que realmente lo enriquecerá intelectualmente, y ahorrarle el encuentro con aquello que sólo será una estafa.

jueves, julio 07, 2011

Dramatis personae




La izquierda mexicana se obstina en hacerla de personaje de una novela de José Revueltas. Los priistas son felices reciclando las páginas de La muerte de Artemio Cruz. Los panistas, al no encontrar una buena novela cristera que los hospede en 2011, se dedican a escribirla primero en la realidad, con un saldo de 40,000 muertos a la fecha. Los votantes, por su cuenta, aceptan ser la versión mexicana de Homero Simpson.

miércoles, julio 06, 2011

Ceder

La revista Letras Libres de este mes incluye mi texto crítico "Ceder", sobre la novela Hielo negro, de Bernardo Fernández, Bef.

martes, julio 05, 2011

CXXXVI

Nuestros abuelos exploraban selvas, nos traían árboles portentosos y lujuriantes. Nosotros cultivamos una mata de rosales en una maceta.

lunes, julio 04, 2011

CXXXV

El PRI no gana elecciones porque sepa gobernar, sino que gobierna porque sabe ganar elecciones. Y no se trata de la misma cosa.

Tres noticias

Después de la elección de ayer, tenemos tres noticias, una buena, una mala y una pésima. La buena: Con todo y que ganó la gubernatura del Estado de México en 1999 y 2005, el PRI perdió la presidencia de la república en 2000 y 2006. La mala: Perdió la presidencia ante dos panistas. La pésima: Esos dos panistas fueron Vicente Fox y Felipe Calderón.

Así no se puede

El enemigo de la democracia no es el PRI, sino el votante que, voluntaria, amnésicamente, le sigue dando el poder al PRI, su verdugo histórico.

México, 2011

Estamos hartos de la clase política mexicana. Congruentemente, le damos el poder a los peores ejemplares de la clase política mexicana. ¿Cómo se llamó la obra?

domingo, julio 03, 2011

Estado del tiempo

Ah qué belleza de lluvia: torrencial, desatada. Como aquellos chaparrones de agosto de mi infancia en Sinaloa. Hasta parece que Tláloc me leyó el sentimiento.

sábado, julio 02, 2011

EdoMex

Tláloc ya dijo por quién no votará el domingo en las elecciones del Estado de México. Pero los votantes mexiquenses nomás no entienden el náhuatl.

CXXXIV

La traición, al ocurrir, la sentimos como si siempre la hubiéramos padecido. Como si fuera un solo hecho ya inscrito en la cadena de la eternidad, repetido en nosotros en la forma de un ritual. Lo que viene a nosotros en ese instante es un recuerdo: en la época de las cavernas, recién abandonado por su clan, el solitario alcanzaba a comprender que en esas condiciones no tenía la menor posibilidad de sobrevivir.

jueves, junio 30, 2011

Fraguas del verano

La revista Tierra Adentro, en su número 170 (de junio-julio), trae en Fraguas, su sección de crítica, textos de:

* Karla Marrufo, sobre los libros de dramaturgia Santificarás las fiestas o el amor perfecto de dos paraguas disfuncionales de Conchi León, Cuerdas de Bárbara Colio (El Milagro), Revolución III o la última afrenta de Luis Ayhllón (Conaculta) y el volumen colectivo Teatro de la Gruta X (Tierra Adentro).
* Enrique Padilla, sobre La naturaleza ama esconderse de Giorgio Colli (Sexto Piso/Conaculta).
* Gabriela Conde, sobre Los restos del banquete de Gabriel Wolfson (Libros Magenta).
* Alejandro Gaspar, sobre Riña de gatos. Madrid 1936 de Eduardo Mendoza (Planeta).
* Ignacio Sánchez Prado, sobre El oro ensortijado. Poesía viva de México (Eón).
* Claudina Domingo, sobre Poesía reunida de Joaquín Vázquez Aguilar (Unicach/Juan Pablos).
También se publican notas críticas breves sobre:
* Los últimos espectadores del acorazado Potemkin de Ana Teresa Torres (FCE), por Eduardo Antonio Parra.
* Perturbaciones atmosféricas de Rivka Galchen (Almadía), por Joaquín Guillén Márquez.
* Tijuana: crimen y olvido de Luis Humberto Crosthwaite (Tusquets), por Brenda Valdivia.
* La esposa del rey de las curvas de Alfredo Bryce Echenique (Anagrama), por Carlos Esteban Cuendia.
* Los gansos salvajes de Paulina Vindermann (Posdata), por Balam Rodrigo.

martes, junio 28, 2011

«Una literatura compleja, palpitante...»

El escritor Vicente Alfonso comenta mi novela Cartas ajenas en el periódico El Siglo de Torreón. Éste es el enlace.
He aquí un párrafo:

Un hombre que se cartea con su amante muerta (y recibe respuestas), una repartidora de cartas capaz de predecir la muerte de sus seres queridos y una mujer que descarga su dolor escribiendo a desconocidos, son sólo algunos de los personajes entrañables de esta novela, y que confirman la pericia que Geney mostró en Habla de lo que sabes, su primer libro de narrativa. Aunque su prosa fluida hace que escribir parezca fácil, hay mucha carpintería literaria en esta novela: si la historia avanza muy rápidamente es gracias a que está contada en párrafos breves, precisos, en los que vemos reflejado el convulso y violento México que habitamos estos días.

lunes, junio 27, 2011

Mouawad en Villalongín

Bosques es la tercera obra de la tetralogía La sangre de las promesas del dramaturgo libanés-canadiense Wadji Mouawad. Está en cartelera en el Teatro Benito Juárez de la ciudad de México (Villalongín 15, en la delegación Cuauhtémoc), con dirección de Hugo Arrevillaga, viernes y sábado a las 7 pm y los domingos a las 6, de aquí a finales de julio.
Cierto que Mouawad tiene debilidad por la construcción prolija, al grado de que enfatiza muy melodramáticamente, hasta con grandilocuencia, el sustrato doxal de sus piezas. Sin embargo, y por lo menos en este caso, la obra sobrevive y se impone con suficiencia. La primera parte de Bosques es de una profunda emotividad, con un trabajo actoral y de dirección de primer nivel. Se trata de un extraordinario montaje.

domingo, junio 26, 2011

CXXXIII

El Google, esa versión mejorada, todavía imperfecta, de Dios: a toda pregunta él sí tiene una respuesta, pero, ay, no siempre satisfactoria.

viernes, junio 24, 2011

jueves, junio 23, 2011

CXXXI

Ciertas leyes parecen haber sido hechas sólo para garantizarle una gran satisfacción a quienes de antemano saben que podrán pasar impunemente por encima de ellas.

miércoles, junio 22, 2011

CXXX

El sedentario es un ser de tierra, y el gitano, de fuego. La nostalgia es propia del agua. Y la desmemoria es del aire.

martes, junio 21, 2011

CXXIX

Se muestra siempre inexperto e ingenuo en tantas cosas de la vida. No hay otra explicación: en su existencia anterior, murió siendo niño.

domingo, junio 19, 2011

El último escondite

Poema de Audomaro Ernesto Hidalgo

A esta hora los vecinos toman cerveza y ríen,
escuchan música de vecindario.
No quisiera
llorar esta noche en casa
pero me ha conmovido tanto la noticia
que tengo ganas de permanecer
solo, meciéndome en la hamaca.


Pensaba hablarte por teléfono,
preguntarte por tus cosas,
tu próximo viaje,
sin embargo la línea ha preferido el silencio
que comunicarme contigo.

Quisiera que todo esto fuera mentira.
Quisiera creer profundamente en la felicidad.
Me gustaría ayudarte a cargar las bolsas de la despensa
y caminar juntos hasta la puerta de tu casa.

Trato de controlar estas ganas de quebrarme
por esta puñalada repentina en un costado,
porque lo tuyo se parece mucho a una herida honda.
Busco la manera de defenderme del mutismo que me rodea
a pesar de que se escuchan autos y bailan los vecinos,
pero el problema de uno es adentro,
en esa parte oscura que también somos,
y que es necesario mirar aunque nos duela.

He preferido no preguntar.
Quién podría conocer mejor que tú
el olor del té esa mañana,
el sol que dora las plantas,
lo que debías hacer ese día
y los siguientes.

Alguien podría darme detalles.
No quiero saberlos,
odio las especulaciones,
no tolero a quienes hablan por hablar.

Apenas si podía creerlo, leí varias veces tu nombre
para ver si se alteraba el orden de las letras.
No. Nada. Es cierto.

Caminaré por la colonia,
entraré a la cafetería en frente de tu edificio,
imaginaré verte salir de casa o llegar de tus clases.
Voy a contar hasta diez
y luego
jugaré a buscarte como a una niña que ha elegido
el último escondite.


(Este poema de Audomaro Ernesto Hidalgo, escrito a la muerte de Esther Seligson, fue publicado en el más reciente anuario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. La fotografía de aquí arribita es de Esther y su hermana Silvia, de niñas.)

sábado, junio 18, 2011

CXXVIII

La infancia suele parecernos más bella cuando, ya de adultos, la atestiguamos en ciertos momentos de nuestros hijos que cuando, sin entender nada, la vivíamos por cuenta propia. Pero acaso creemos ver belleza en una cosa que, en sí terrible, por ajena tácitamente asumimos como tolerable.

viernes, junio 17, 2011

Las Aureolas

Mañana sábado, a las 12 del día, participaré, presentando mi novela Cartas ajenas y charlando sobre literatura, en el Club de Lectura Las Aureolas, en el bar El Hijo del Cuervo, en el centro de Coyoacán, en la ciudad de México.

Careo

Hoy es viernes, y para quien vive en la ciudad de México, una de las mejores opciones es ir al Centro Cultural Helénico, a presenciar, en el Foro La Gruta, el espectáculo «unipersonal anónimo» de Richard Viqueira titulado Careo. Es teatro y más que eso: circo y marona, psicoanálisis y stand-up comedy, todo a cargo de uno de los dramaturgos más brillantes de la actualidad en México.

miércoles, junio 15, 2011

35

¿Entonces a los 35 es cuando todos esperan que uno se empiece a volver un amargado?

martes, junio 14, 2011

CXXVII

Y cuando la sátira se aplica contra los de abajo, como hacen los comediantes de la televisión mexicana, no estamos hablando de entretenimiento, sino de fascismo.

lunes, junio 13, 2011

La casa junto al río

La casa junto al río, novela breve de la gran escritora mexicana Elena Garro, ha sido reeditada por Ediciones B en su sello Zeta Bolsillo, luego de que ya era inconseguible.

Dice el editor:

Luego de la muerte del dictador Francisco Franco, Consuelo regresa a España en busca del pueblo de sus raíces, del que recuerda muy poco. En tiempos de la Guerra Civil, cuando ella era una niña, su familia tuvo que emigrar a México. Ahora, sin embargo, al llegar al pueblo, Consuelo se encuentra con un muro de sospechas y mentiras, además de con los viejos rencores que aún despierta el recuento de las atrocidades que republicanos y falangistas cometieron durante la guerra. Consuelo irá descubriendo los hechos terribles que acabaron con su familia, se enterará de que hay una herencia no reclamada que le corresponde y entenderá por qué hay gente que la necesita ver muerta.

Esta estremecedora novela presenta el retrato de una mujer en una encrucijada de odios y venganzas, y demuestra por qué Elena Garro, la autora de Los recuerdos del porvenir (Premio Xavier Villaurrutia 1963), es la más grande escritora mexicana del siglo XX.

sábado, junio 11, 2011

La morada en el tiempo

La morada en el tiempo es la segunda novela de Esther Seligson. Se publicó originalmente en 1981. Ahora sale una nueva edición, en la quinta serie de Lecturas Mexicanas de Conaculta.


Cada que digo que La morada en el tiempo es uno de los secretos mejor guardados de la literatura hispanoamericana, me ha tocado ver caras de incredulidad. Esto viene de quienes no la han leído, y no sólo esta obra sino nada de lo escrito por Esther Seligson, o de quienes han intentado leerla y han dado marcha atrás. Porque, en efecto, se trata de una novela densa y exigente: es una prosa narrativa que se desentiende de la noción de trama y psicología para hacer una reescritura intimista del Antiguo Testamento y una revisión de la persecución del pueblo judío a lo largo de la historia y hasta el Holocausto. Y, más aún, se trata de una apuesta estilística de gran belleza y profundidad, en los linderos con la misma poesía, que busca instaurar en el texto la «selva espesa» de lo personal, con sus sueños, deseos, miedos. Un ejercicio que yo recomendaría para evitar «perderse», es leer La morada en el tiempo después de Todo aquí es polvo, último libro escrito por Esther, publicado en 2010.
Sobre esta nueva edición de La morada que anuncio ahora, tengo algunos reparos. Aunque la ilustración de la portada es excelente (la obra El evangelio según Francis Bacon, de Guillermo Arreola) no entiendo qué quiso decir (si es que quiso decir algo) el editor en el texto de la contraportada. Me da la impresión de que ni leyó el libro. También, me sorprende la decisión del diseñador gráfico (¿nadie andaba por ahí para llamarle la atención?) de dejar un lomo en el que el título es ilegible, y, sobre todo, esa variación tan uy, qué novedosa, de hacer leer la tipografía de arriba hacia abajo en las leyendas de la portada.
Sin embargo, sí tengo que mencionar que esta edición fue cotejada con las tres anteriores, y se incorporaron las correcciones que dejó Esther de su puño y letra. Y una última cosa: Esther confiaba en que habría de deberle la posteridad literaria a A los pies de un Buda sonriente (reeditado el año pasado en el volumen Negro es su rostro. Simiente, en el catálogo del FCE) y a La morada en el tiempo. Aunque yo añadiría varios otros textos en esa lista, creo que no andaba muy descaminada.

viernes, junio 10, 2011

CXXVI

La sátira (enseña Swift) se aplica al poderoso. En eso no hay corrección política que valga. Y si la hay, se llama cobardía.

CXXV

Lo mío no es vender, sino preguntar.

jueves, junio 09, 2011

Soltar el amor

David Olguín comenta el libro Todo aquí es polvo, de Esther Seligson, en su texto crítico «Soltar el amor», publicado en la Revista de la Universidad de México de este mes de junio.

Soltar el amor
David Olguín

Después de leer Todo aquí es polvo, el último libro de Esther Seligson, tuve la sensación de palpar, en esos pliegos de papel, en el objeto mismo, a la persona. Terminé la lectura y acaricié la cuarta de forros y me encontré diciendo en voz alta: “ay, Esther, maestra, amiga”. Y sí, estoy convencido: en este libro está plenamente esa mujer difícil, apasionada; toda ella, libre y honesta, entregada a la sabiduría de lo invisible y tan material y fugaz como el olor de la nata fresca que tanto evoca en sus páginas.
Esther Seligson nos invita, como en tantas otras incitaciones al movimiento presentes en su obra, a un viaje, pero acaso éste sea el más hondo de todos. En la portada nos recibe en una foto de Rogelio Cuéllar a la que ella le tenía particular aprecio. Larga, espiritual, bella, como si la hubieran sorprendido en el gesto de abrir una puerta atrancada, Esther nos mira a sabiendas de que su destino siempre sería abrir puertas y descifrar arcanos. “Éste que ves, engaño colorido/ que del arte ostentando los primores…” pareciera decirnos Esther, la bella, que en su nombre nomen est omen— invoca parte de su destino. Inevitable entrar al libro, a una casa, a un jardín, a un alma o, mejor dicho, usando sus propias palabras, a ese conglomerado de “almitas” que seducen rápidamente al lector en el caleidoscopio de sus contradicciones. Esther nos lleva de la mano a conocer a su madre, su padre, su hermana, su infancia con olor a nata fresca, la familia que pudo construir, sus amores, las búsquedas, viajes, España, Lisboa, Jerusalem, personas entrañables, y en el ejercicio de la memoria rescata los instantes de vida que la hicieron, deshicieron y reconstruyeron. Quedamos, a fin de cuentas, ante la presencia de una escritura que maduró en el tiempo y del tiempo mismo que se fuga en el intento por capturar en palabras la trama de una existencia. A un título tan barroco, tan ajeno al sentido de la vida según Seligson, le sucede un contenido que contradice la expectativa que crea el título; la contradicción sólo terminará por disolverse en los párrafos finales de un libro que transpira vida en cada detalle, en cada retrato y en cada paisaje.
Esther pretendía que Todo aquí es polvo fuera una novela, pero la escritura toma caminos misteriosos y, de cara a su partida, creo que fue el arribo del tiempo de los adioses lo que la ubicó en un sendero más radical, en una especie de ajuste de cuentas. No podía ser de otra manera. Ese hurgar en sí misma fue el sino de Esther. Recuerdo largas conversaciones telefónicas donde me hablaba cómo aquello que, en principio, estaba destinado a enmascararse en la ficción, finalmente adquiría matices más verosímiles y, a la vez, extraordinarios a medida que se acercaba más a la verdad o, mejor dicho, a su verdad. Le entusiasmaba haber desatado el hilo de la memoria, escribía con voracidad, recuperaba materiales de cuadernos, y notas y apuntes y jirones de palabras que cobraban un nuevo sentido desde el presente de su evocación. Las palabras como llaves que abren cerraduras, descubren e inventan; y toda Esther, conocedora de la tradición cabalística y del Talmud a fin de cuentas, de las verdades del Zóhar que sabe que “las palabras no caen en el vacío”, confiaba en la fuerza de esos sonidos y grafías capaces de convocar y reunir a los muertos y a los vivos, en el poder de la fugacidad como método de vida y de escritura, pero también en todo lo que permanece en un lector tras el gesto de cerrar, finalmente, la cuarta de forros.
Esther escribió en 2009 con una herida en el corazón, y no hay metáfora al decirlo. Las palabras cicatrizan, pero al cabo murió un 8 de febrero de 2010 tras un ejercicio de conciencia, de placer, de voracidad creativa. El resultado es un libro apasionante, más aún si pensamos que la autobiografía sigue siendo un terreno poco presente en nuestra tradición literaria, pues el peso del pudor hispano ha dejado en las sombras, o en la transfiguración de lo ficticio, la exposición pública de la intimidad. Cuando se escriben, en español, diarios, memorias y textos autobiográficos, arrastran cierta dosis de transgresión que no cualquier escritor se atreve a afrontar con plenitud.
Vivimos tiempos donde el espectáculo, desde los secretos de alcoba hasta los de familia y de Estado, pareciera dinamitar la esfera de lo privado. Pero al igual que las redes sociales han hecho de la amistad un plano extenso y superficial, el escándalo, en nuestros días, banaliza la auténtica exploración interior que se vuelve materia pública.
Dicen que hay que cuidarse de los diaristas, pero también el escritor de intimidades llega a un punto donde se teme a sí mismo y a veces se mortifica por quitar las hojas de parra del cuerpo propio y del ajeno, los velos del alma que, a fin de cuentas, se atreve a revelar con sus secretos. La autocensura es su castigo; la trivialidad y el chisme, otra forma de enmascararse. Esther Seligson sortea ambas orillas. Poder decir “esto soy, esto he visto, así he vivido” requiere de valor y honestidad. Y si la lápida del pudor pesa sobre el mundo masculino en sociedades patriarcales, la mujer que pulsa su propia intimidad convierte, en mayor medida, a la escritura en un ejercicio invaluable de libertad.
En Todo aquí es polvo asistimos al íntimo teatro de cámara donde se exhibe una vida hacia adentro, en lo profundo, bajo la mirada objetiva y subjetiva de una mujer que, entre muchas otras virtudes heterodoxas en nuestros días y en nuestro país, ejerció una honestidad que podía llegar al punto de la intransigencia, el conflicto permanente y la incomprensión. En este sentido, me parece admirable que éste sea el último libro de Esther, acaso el más entrañable, transparente y hondo, el autorretrato de una mujer inquietante, atormentada, pero también capaz de mirarse con la distancia que brindan la inteligencia y la frecuentación de las batallas con el yomismo. Si la joven Esther se fuga, el tiempo cala hondo en su ser y acaba por darle un sentido a la obsesión que recorre toda su obra: la fugacidad, buscarse en el tiempo, vivir el presente y sólo el presente en un intento de exploración que se revela en los mismos títulos de la mayoría de sus libros: A campo traviesa, Toda la luz, Sed de mar, La morada en el tiempo, A los pies de un Buda sonriente, Luz de dos y Simiente, entre otros indicios donde el cabalista podría confirmar la antigua sabiduría de que el destino se cifra en el nombre.
A diferencia de aquellos títulos, Todo aquí es polvo pareciera invocar las presentes sucesiones de difunto propias del horror vacui, pero no es así. Tampoco la bella Esther desmiente los elogios al retrato de Rogelio Cuéllar donde la muestra, dice el poeta, “en el apogeo de (su) belleza, como la rama cuando se viste de hojas”. El tiempo pasa, Esther lo sabe, pero es ajena al barroco de Sor Juana que la hizo decir de su retrato: “es un vano artificio del cuidado/ es una flor al viento delicada,/ es un resguardo inútil para el hado; es una necia diligencia errada, es un afán caduco y, bien mirado,/ es cadáver, es polvo, es sombra, es nada”.
Tu visión, por fortuna, querida Esther, es otra. Tu mestizaje cultural nos revela otros rumbos del viaje que siempre tuvo sentido para ti, a pesar de los pesares que te mordieron brutalmente el corazón. A través de la escritura, Esther, buscaste cicatrizar la mayor herida que te pudo infligir el tiempo. Alguna vez me enseñaste que en Met y Emet, una letra solamente convierte a la muerte en vida. Así, podemos pensar que tu búsqueda fue de luz en el río de las metamorfosis interminables, aun cuando la diosa fortuna te cobrara cuentas imposibles de saldar.
Ahora recuerdo la tarde soleada en que le regalaste a Laura Almela Todo aquí es polvo con sus páginas mecanografiadas en tu eterna Lettera 21. Nunca pensamos que tu partida era tan inminente. Apenas un mes después de la última revisión en la que “aumentaste” tu texto, te fuiste, según nos contara Gina Ogarrio, tu “alma gemela” como tú la nombras en estas páginas, en paz, mirando fijamente la luz de sus ojos, tras haber hecho respiraciones que llevaron aire a todo tu cuerpo que ya era de aire, un soplo concentrado en el cuarzo que pusiste en tu pecho y que te permitió desprenderte, de acuerdo con tus convicciones más profundas, y atravesar el umbral para iniciar otro viaje.
Por más que haya estudiado contigo, maestra, siempre he sido un racionalista demasiado apegado a los sensualismos de la tierra. De manera que me abrazo a tu libro con la convicción de los náufragos que ahí pueden encontrar una bitácora de viaje para sobrevivir a la zozobra. Tu relato está lleno de vida y, por tanto, de alegrías y desgarramientos, de anécdotas fascinantes, de una Ciudad de México que recibió emigrantes judíos que fortalecieron su sabiduría y su tolerancia, de amor y desamor, de tu entrega al teatro el más fugaz de los juegos, de observaciones de viaje y de todo el mestizaje cultural que tú representas. Al cabo del viaje, encuentras la fugacidad, tu anhelo de siempre:
“Todo aquí es polvo”, escribes al final de tu libro donde descifras el misterio de tu fe. “Pero justamente por ello vuelvo y retorno, y es ésta tierra la que cubrirá mi cuerpo… Abandonar la prisión del amor, se dice que dicen los que sí saben, sólo es posible por el camino del Amor: no hay otra puerta, no existe otra salida. Soltar el amor para amar aún más: he ahí la paradoja de la reparación el tikun y de la pureza. A final de cuentas, el mundo es lo que hacemos de él, y sólo se escapa a la muerte eligiéndola. Me habría gustado que mis cenizas fueran dispersadas en el Tajo, desde Toledo, para enlazar mis amores y acompañar su trayecto río abajo, fleco líquido entre las grietas de los riscos, caballo desbocado espumeando por los belfos, cascada liquen, vellón asperjado de estrellas y soles, corimbo de olas… La muerte ha de ser entrar en un mar infinitamente poroso, azul zafiro brillante, traslúcido…”
Llegaste a buen puerto, amiga, mujer que hiciste de la pasión una razón y también un acto de fe. Libre de ataduras, sin artificios, sin las inclemencias de los dimes y diretes cotidianos, tu prosa crece a la luz de una lectura sin tu presencia, pero a sabiendas de la generosidad con la que entregaste tu persona. Te seguiremos leyendo, querida Esther, con el mismo asombro con el que tu escritura nos lleva a tu jardín de infancia.