En el ciclo Nuevas voces de la literatura mexicana, viene la lectura de los narradores. Será este domingo 24, a las 12:00 horas, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Participan Nadia Villafuerte, Vicente Alfonso, Mayra Inzunza, Édgar Omar Avilés y elgeney. Modera Pablo Soler Frost.
Bitácora de Geney Beltrán [χe’nɛi bel’tɾan], escritor mexicano (Tamazula, Durango, 1976).
lunes, agosto 18, 2008
Lectura en Bellas Artes
En el ciclo Nuevas voces de la literatura mexicana, viene la lectura de los narradores. Será este domingo 24, a las 12:00 horas, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Participan Nadia Villafuerte, Vicente Alfonso, Mayra Inzunza, Édgar Omar Avilés y elgeney. Modera Pablo Soler Frost.
sábado, agosto 16, 2008
Del monólogo del príncipe de Saurau
miércoles, agosto 13, 2008
Cita de autor polaco
«Con la muerte, Jurek ha visto truncado todo —se dijo—, se ha ido sin tan siquiera sospechar que cuanto hace y decide el hombre de modo consciente no significa nada, mientras que todo lo importante que realizamos a espaldas de nuestra voluntad queda en alguna parte detrás de nosotros, persiguiéndonos, y a veces, en el peor de los casos, somos nosotros quienes lo perseguimos».martes, agosto 12, 2008
miércoles, agosto 06, 2008
En la revista de mi alma máter
La Revista de la Universidad de México publica en su nuevo número (agosto 2008) mi relato «La celda en la Ciudad», en un dossier de literatura joven que incluye también poemas de Francisco Alcaraz, Mijail Lamas y Daniel Saldaña París, ensayos de Enrique Díaz Álvarez, Alejandro García Abreu, Mayra Luna y Paola Velasco y un relato de Vicente Alfonso.
lunes, agosto 04, 2008
Réplicas y contrarréplicas
viernes, agosto 01, 2008
Lentitud y víscera
La revista Letras Libres, en su número 116 (agosto de 2008), incluye mi texto de crítica «Lentitud y víscera», sobre la antología Grandes hits, compilada por Tryno Maldonado para la Editorial Almadía.
La Palanca, 9
El número 9 de la revista La Palanca (julio de 2008), dirigida por Diego José y Pablo Mayans, incluye mi texto de narrativa «Sonreía, desde la muerte».
jueves, julio 10, 2008
Réplicas

miércoles, julio 09, 2008
Siglo, de Hugo Alfredo Hinojosa

martes, julio 08, 2008
lunes, julio 07, 2008
Sobre Contraverano
Esta publicación que tanto aprecio, la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, incluye en la página 30 de su número de este mes (julio 2008, núm. 451 ) mi texto crítico «La difícil nostalgia del verano», sobre el libro Contraverano, de Mijail Lamas.
sábado, julio 05, 2008
Contra la ausencia de crítica

jueves, julio 03, 2008
No narrarás

miércoles, julio 02, 2008
Historias para un país inexistente
Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
Juan Rulfo, «¡Diles que no me maten!»
I
El acta de defunción la levantó Juan Rulfo en 1955. No quedaban ya sino muertos, almas en pena, susurros de historias antiguas. «Este pueblo está lleno de ecos». Nada más. Juan Preciado era un huérfano en todos los sentidos: sin familia, sin terruño, sin futuro y sin vida. Sin tumba propia, incluso. Pedro Páramo nació, acaso, de la más íntima pulsación del autor —la muerte del padre—, pero puede también ser vista como una densa metáfora sobre la pérdida de una nación, es decir, la pérdida del sentido de pertenencia a una tierra protectora. Sólo quedaba escuchar y narrar la Única Historia Posible, la de un lugar y una gente que fueron pero que ya no son más.
Podría mencionarse de igual modo a Francisco Tario; en algunos de los relatos de La noche, de 1943, hace hablar no a gente común de la «realidad», sino a los féretros, las gallinas, los trajes y los locos, uno de los cuales advierte: «Y escribiré libros... Libros que expondrán con precisión inigualable... lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquier otra fe o mito. Libros, en fin, que estrangulen las conciencias... que sepulten los principios y trituren las verdades...»
Tiempo después, escritores como Sergio Pitol, Salvador Elizondo y Juan García Ponce se alojaron en la extranjería, la escritura y el erotismo como si se tratara de patrias posibles. Esther Seligson, Verónica Murguía, Pablo Soler Frost y varios más han reavivado la tradición fabuladora de la geografía y la historia extranjera, ya incipiente en los Infortunios de Alonso Ramírez, de Carlos de Sigüenza y Góngora.
Total: no había país, no hay país. La ficción de la literatura ha venido señalando que el cuentito de La Nación se derrumbó hace tiempo, que tal vez no existió nunca. La Historia es poco menos que sólo una historia, la invención de una comunidad falsamente unida en hitos y mitos inciertos y vacuos.
Pero no. Aún pulularon un buen tiempo quienes la nombraban, la pintaban, la psicoanalizaban. Desde la Revolución los pintores y literatos se lanzaron a la obra colectiva de dar forma simbólica a una identidad que fuera de los muros pintados de Palacio Nacional, los billetes y los libros de texto, las películas del Indio Fernández, las páginas de El laberinto de la soledad o La región más transparente no conocía sino un sostén demasiado endeble. México fue en último término la novela más exitosa y fallida de la literatura y la cultura de casi un siglo. Tan famosa, que las tehuanas, el día de muertos, el mole, el mestizaje, la Revolución, el no-vale-nada-la-vida, los dioses antiguos y tantas otras fábulas se convirtieron en la imagen del país que, a la manera de cuentas de vidrio, todavía siguen algunos exportando, a veces con éxito.
Desafortunadamente, esa novela no tiene interés para nosotros, los nietos de Rulfo, tan huérfanos de nación como él. México, sabemos bien, es eso: una ficción pétrea, malograda, inútil. Olvidable.
II
¿A qué viene todo esto?
Viene a que, al parecer, hubo en algún momento un país. Según se dice, el nacimiento de la idea de nación tuvo como causa el desastre de 1847, cuando México —que no existía sino en el papel— perdió la mitad de su territorio en una guerra contra su vecino poderoso. Este periodo llegó a su momento supremo en la celebración del Primer Centenario de la Independencia, cuando La Nación —blanquita, afrancesada y racista— se transustanciaba en la persona del dictador Porfirio Díaz, un mestizo renegado. Al estallar la Revolución ese mismo 1910, México se «descubrió» a sí mismo: la fase novelesca de la anagnórisis. Hubo artistas que se dedicaron a dibujar y a nombrar ese país, y lo hicieron con tanto éxito que fijaron los hitos de su historia y los mitos de su (supuesto) ser profundo en murales, libros de texto, ensayos y novelas, al grado de que los cachorros de la Revolución, entre 1940 y 1970, creyeron encontrar un mundo hecho. Tuvieron un país construido, confiado, próspero y munífico. Fueron los consentidos de un nuevo Porfiriato.
Mas no. He aquí la sorpresa: pasaron los años y la ficción se empezó a resquebrajar con ostentosa perseverancia. Más allá de los símbolos, crecía con feracidad una multitud circunscrita, por razones demagógicas, en un solo nombre.
¿Cuándo se acabó el teatrito en definitiva? ¿En 1968, 1971, 1976?
No importa. Lo que ya habían intuido literariamente Tario y Rulfo resultó la experiencia real para las generaciones nacidas a partir de finales de la década de 1960, que heredaron la nada de un país pesadillesco y terrible, con los problemas asediantes del fin del siglo: la explosión demográfica, la falta de democracia, la corrupción, la discriminación, la pobreza y la desigualdad, la violación a los derechos humanos, el crimen y la impunidad. Se trataba de un país multitudinario y asfixiante, corrompido hasta en sus actos más nimios por una casta —política, empresarial, delincuencial— y por una colectividad trepadora, injusta y cínica, una tierra y un futuro propiedad de unos pocos, un mundo sin más oportunidades para la mayoría que irse de mojados al patio vecino o ser empleados de Elektra, Wal-Mart o McDonald’s, ciudades donde tantas mujeres son violadas y asesinadas, los niños secuestrados por las redes de pornografía, prostitución y tráfico de órganos y los viejos abandonados a la indiferencia, el maltrato y la miseria a través de jubilaciones vergonzosas.
Ahora sí, por fin y sin folclorismos: un país donde la vida no vale nada.
Sólo queda esperar, si no el desmembramiento geográfico, sí la degradación social incesante.
III
Corolario: el principal o quizá único rasgo común a la amplia Generación de la Crisis, la No Generación de escritores nacidos a partir de finales de la década de 1960 es la constatación de que es ésta una tierra huérfana.
Se trata de una circunstancia reiterada: el aprendizaje del fracaso. Crecimos en un país en continua Crisis e irreversible debacle. Crecimos y nos dimos cuenta de que éramos muchos, demasiados los que heredábamos un país en ruinas. Ha sido una época de quiebre moral. Durante las tres últimas décadas del siglo se nos quiso dar un falso sentido de pertenencia a una nación de la que no había manera de sentirse orgullosos. Sólo existía —lo supimos pronto— el petróleo gracias al cual los bisnietos hacinados y empobrecidos de la Caricaturesca Revolución pudimos estudiar en las escuelas y universidades públicas (a veces ni eso). Lo que pervive ahora a la manera de emociones o lecciones fijas, quizá inconscientes, son el desánimo, el cinismo, la mezquindad, el escepticismo, la negación. Algo así como la clausura del futuro. Son nuestras las palabras de Octavio Paz: «Sabe la tierra a tierra envejecida».
Y no, no creo que mi visión sea catastrofista en exceso, aunque sé que no todos de entre mis coetáneos compartirán esta noción del «aprendizaje del fracaso», esa sensación de envejecimiento y derrota prematura. Acaso exagero, sí, pero éste es mi punto de partida. No hay comunidad, no hay el formar-parte-de-una-nación, no hay la raíz válida de una sociedad benefactora y paternal. No hay nada, y entonces surgen dos cuestiones importante para quien se enterca, quién sabe cómo, en escribir.
IV
Primera pregunta. Ante la muerte de México, ¿qué nueva ficción escribiremos? Frente a la orfandad de la Patria (¡ah, esa mayúscula tan chantajista!), la narrativa de esta No Generación ha de hablar no del «ser mexicano», entelequia dudosa y demagógica, sino, como Rulfo, como Tario, de la Condición Humana, por más etérea o fanfarrona que a algunos les parezca esa frase. Los temas serán y son los de siempre, los de la literatura a secas: los territorios de la infancia, el amor, el desamor, el erotismo, la muerte, la identidad y sus destrucciones, la soledad, el arte, lo irracional, el otro, la violencia (hoy urbana), la ficción misma. Al librarnos de la idea y el compromiso de nación, podemos desatendernos de cualquier necedad ontológica limitada al gentilicio. La materia de toda narración estrictamente poderosa es lo humano, a secas.
Y si bien ningún escritor debe redactar una frase que contenga seguidas las palabras «el escritor debe» o «el escritor no debe», acaso se exigiría hablar de autenticidad, otro concepto huidizo y complicado. El escritor debe ser auténtico al mentir, al construir un mundo ficticio, al saquear la «realidad» (la interior, la «real», la fantástica, alegórica, erótica, memoriosa...) para dar forma a una irrealidad textual más inclemente y de mayor orfandad, y quizá sólo así habrá de trascender toda frontera del espacio o del tiempo.
El escritor debe ser inclemente con su mundo. Más todavía si ese mundo no existe.
V
Segunda pregunta. Si las narraciones más antiguas surgieron para dar cohesión y sentido de identidad —héroes, gestas— a un grupo humano, ¿para quién escribimos ahora, a quién le daremos sentido de identidad si el país no existe, si aquí la letra no vale nada? Con lectores o sin ellos, hay que concluir llanamente: la necesidad personal de la escritura es más impetuosa que la conciencia del escribir para una comunidad inexistente. Esta orfandad —contracara de la nostalgia, o forma desobediente de una nostalgia que no sabe mascullar su nombre— será el punto de partida más fértil. Se trata de otros lectores posibles: los únicos que importan, los que aún no están. La única comunidad viable para el escritor es la que él formará en torno de sus textos.
Porque toda narración refiere supuestos hechos del pasado con la perspectiva virada hacia el futuro. Todo narrar es hacia mañana, todo relato tiene como escenario de concreción posible el día que viene. Narramos el pasado o el presente porque lo que pasó en otro tiempo puede pasar mañana o incluso ahora, lo que sucedió en otro lugar puede suceder aquí, lo que le ocurrió a otras personas puede ocurrirnos a nosotros. Todo narrar del pasado es un atisbar las desasosegantes posibilidades del futuro, único tiempo real de la obra literaria.
El ejemplo de Kafka.
VI
No es del todo justo hablar de «generaciones». Las generaciones son las etiquetas que inventan los estudiosos de la literatura para justificar su salario y sus doctorados. Las otras, las elegidas por los mismos grupos literarios, existen porque entre nosotros todo pasa por el corporativismo: como medida de ataque para obtener puestos en la burocracia (los olvidables estridentistas) o de defensa (los cosmopolitas Contemporáneos).
Para los escritores de esta No Generación —Generación de la Crisis, grupo de narradores para un país inexistente, comunidad de soledades en la escritura— ni siquiera ese privilegio existe. El último grupo literario, el del Crack, ha anulado con sus procederes la validez siquiera de una propuesta parecida. Además, la pérdida del sentido de nación ha desarrollado un proceso importante: la descentralización. Siguiendo el ejemplo de algunos pioneros —en Sinaloa, Chihuahua, Baja California—, numerosos escritores se dedican a la carrera literaria en sus lugares de origen, sin mudarse a la capital de la república; algunos de ellos han incluso realizado estancias en el extranjero sin haber pasado por la aduana vivencial de la ciudad de México. Esta disgregación impide establecer una etiqueta única. Ahora sólo existe la perspectiva personal, desunida, libre y en soledad: y esto va desde la creación de un lugar múltiple y desafiante —el blog, periódico mural o diario público, bitácora de creación de una identidad literaria que se nutre del aforismo, el ensayo, la narrativa, la imagen, la agenda, la correspondencia, el artículo periodístico, la interacción inmediata con el lector y tantos otros elementos— hasta, por encima de todo, la ambición elemental de la obra maestra, justificación mayor para la escritura en cualquier tiempo, y sobre todo en medio de una comunidad ruinosa, expoliada, inexistente. ¿Para qué escribir si no es para emular a Flaubert, a Proust, a Rulfo?
Sí: la ficción de un país ha muerto. La búsqueda es crear otras ficciones —más poderosas, éstas sí universales.
lunes, junio 23, 2008
martes, junio 17, 2008
Novela de Vicente Alfonso
lunes, mayo 26, 2008
Autopsia a un copo de nieve
La obra Autopsia a un copo de nieve, de Luis Santillán, codirigida por Richard Viqueira y José Alberto Gallardo, está en el Teatro Santa Catarina de la Dirección de Teatro de la UNAM (Jardín Santa Catarina, Coyoacán, en la ciudad de México). Las funciones son los viernes a las 8:00, los sábados a las 7:00 y los domingos a las 6:00 de la tarde. Actúan Surya Macgrégor, Isabel Piquer y Marijo Fernández.viernes, mayo 23, 2008
Una de esas reflexiones serias que el escritor novato tiene al viajar en trolebús por el Eje Central
Los libros nacen de los libros y nacen de la vida. Uno escribe de la vida, al amparo de los libros que ha leído. Uno escribe de los libros, a partir de la experiencia de la vida que ha tenido. Pero eso sí: un libro que no está tocado por la vida, no es un libro. Es sólo papel y tinta.
miércoles, mayo 21, 2008
Soltero en el Bella Época
Mañana jueves, a las 18:30 horas, se presenta la novela Sus ojos son fuego, de Gonzalo Soltero, en el Centro Cultural Bella Época del Fondo de Cultura Económica (Tamaulipas 202, esq. Benjamín Hill, colonia Condesa, en la ciudad de México). Los comentarios serán de Sergio González Rodríguez, Daniela Tarazona y el autor. Modera elgeney.
jueves, mayo 08, 2008
Siberia, de David Olguín, en el nuevo Teatro El Milagro

miércoles, mayo 07, 2008
Desiertos, hoy

martes, mayo 06, 2008
Días de introversión

Al dejar el Parque Francisco Niebla —ese viernes de finales de febrero—, se topó de frente Marioralio con una papelería. Revisó la cartera y en el local pidió un frasco de pegamento. Después caminó a su casa. Al entrar a su cuarto levantó el colchón y tiró todas las cartas al suelo. Una a una las empezó a pegar en las paredes ya nunca más blancas de la recámara: toda la correspondencia de tantos meses habría de convertirse ahora en el diario tapiz que le recordaría sus deudas, su expectación, Omar, la niña, su padre, Beata María. Y la casera, ¿qué? ¿No diría acaso Está usted loco, señor Espósito, ésta es mi casa y por más que usted pague la renta de este cuarto no puede echarme a perder las paredes con ese cochinero, ese caudal de páginas absurdas? Pero ese pensamiento ni de lejos lo pudo inquietar. De alguna manera entendía, por lo demás, que la vida no estaba en esas cartas, sino afuera, en las calles, en las casas ajenas, en la gente como Lauro Gumersindo y Beata María, vidas rudas y lejanas que él no podría siquiera vislumbrar si seguía en su aislamiento de cartas leídas secretamente.
Esa misma noche tuvo Marioralio un sueño que habría de reiterarse una y otra vez con muy leves cambios. Estaban los tres (Lauro Gumersindo y Beata María y él) sentados a la mesa de una mañana soleada, en una sala grande de paredes blancas. Vivos y sonrientes, los tres comían y, como si nada hubiese pasado nunca en esa fastidiosa vigilia adyacente, hablaban de temas triviales e inmediatos, de ir al súper o cortarse el pelo, como si fueran ellos su amante y padre desde hacía ya tanto, y vivieran juntos y muy felices. Cambiaban cada noche en sus sueños uno o dos detalles: los temas de la charla, los lugares que ocupaban a la mesa, si acaso las prendas que vestían. Durante el día de repente —a media mañana en la Oficina, a la hora de la comida, mientras iba por la calle de regreso a su casa— recordaba Marioralio del sueño las preguntas y gestos y respuestas, y en esos momentos sentía una incómoda (por inmerecida) ola de bienaventuranza correr por su piel, justo en estos tiempos de gran soledad y desazón.
En la vigilia se dedicó pronto a buscar —como sucedió a partir del secuestro de su padre— una respuesta a su inquieta sensación de espera. Necesitaba la claridad de una señal: Haz esto, ahora. ¿Qué era esto? ¿Cuándo sería el ahora? Durante varios fines de semana se subió a los microbuses y recorrió las rutas completas de un extremo a otro de la gran Ciudad, llegaba a barrios remotos y aunque casi no hablaba con nadie en sus trayectos sí observaba los rostros de la gente, las fachadas de las casas y comercios, el pavimento, las banquetas, los perros y los autos, sin comprender bien a bien si acaso esta urbe degradada conocía no sólo una frontera geográfica —el comienzo del campo— sino, más aún, un límite a su violencia. Al atardecer o ya de noche regresaba a su cuarto cansado pero con un sentimiento de oxigenada y viva saciedad.
viernes, mayo 02, 2008
Narrar el norte

martes, abril 22, 2008
Contraverano, de Mijail Lamas

viernes, abril 18, 2008
Encuentro de Escritores Latinoamericanos

“Pasiones y obsesiones”
Dedicado a Octavio Paz
24 – 26 abril de 2008
Sandra Lorenzano, Coordinadora
JUEVES 24
Inauguración. 10:30 – 11:00 hrs.
María Teresa Franco, Consuelo Sáizar, Jorge Volpi, Carmen B. López-Portillo, Alejandra Frausto, Mario Bellatin, Enzia Verducchi, José Ramón Ruisánchez, Sandra Lorenzano.
Mesa 1. 11:00 – 13:00 hrs.
Jorge Volpi
Anamari Gomís
Eduardo Antonio Parra
Enzia Verducchi
Daniel Link (Argentina)
Mesa 2. 13:00 – 15:00 hrs.
Santiago Vaquera (Estados Unidos)
Rafael Lemus
Rosa Beltrán
Claudia Guillén
Alexandre Vidal-Porto (Brasil)
Comida. 15:00 – 16:00 hrs.
Mesa 3. 16:00 – 18:00 hrs.
Nicolás Poblete (Chile)
Sergio González Rodríguez
Tryno Maldonado
Igor Barreto (Venezuela)
Claudia Posadas
Inauguración de “La persistencia de la mirada. 25 retratos del rostro de las letras”, exposición de Rogelio Cuéllar. 19:00 hrs.
VIERNES 25
Mesa 4. 12:00 – 14:00 hrs.
Jorge Fernández Granados
Martín Kohan (Argentina)
José Ramón Ruisánchez
Iván Thays (Perú)
Geney Beltrán Félix
Conferencia “Pasado en claro”, Adolfo Castañón. 14:00 –15:00 hrs.
Comida. 15:00 – 16:00 hrs.
Mesa 5. 16:00 – 18:00 hrs.
Sealtiel Alatriste
Álvaro Enrigue
José María Espinasa
Daniela Abade (Brasil)
Héctor de Mauleón
Mesa 6. 18:00 – 20:00 hrs.
Julieta García
David Medina Portillo
Darío Jaramillo (Colombia)
Ignacio Solares
Arturo Arias (Guatemala)
Heriberto Yépez
Espectáculo “Blanco”. Circo Raus. 20:00 hrs.
SÁBADO 26
Mesa 7. 15:30 – 17:30 hrs.
María Alzira Brum (Brasil)
Bernardo Esquinca
Mauricio Montiel
Mario Bellatin
Nicolás Cabral
Mesa 8. 17:30 – 19:30 hrs.
Mauricio Molina
Lina Meruane (Chile)
Pablo Boullosa
Roxana Elvridge-Thomas
Myriam Moscona
Fran Ilich
Inauguración de la exposición “Los indígenas mexicanos en la mirada de Octavio Paz”. Colección de Indumentaria Mexicana “Luis Márquez Romay”. 19:30 hrs.
Inaugura Marie Jose Paz
Coctel de cierre del Encuentro.
jueves, abril 17, 2008
Conferencia en Culiacán
lunes, abril 07, 2008
La Palanca trae «El Libro de Gabriel»
La Palanca, revista editada por Diego José y Pablo Mayans, publica en su número 8 mi texto de narrativa «El Libro de Gabriel». El número circula desde diciembre. Aquí los primeros párrafos del texto:En el exterior de los sobres se veía el nombre de ella, la destinataria: María Aspettani, luego la dirección. Cada día él recargaba la bicicleta en la verja, sacaba la carta del morral y se la extendía, sin verla a los ojos. Ella estaba ahí con una expresión cansada y un poco (también) expectante. Sin sorpresa, como si se tratara de un ritual exacto, María tomaba la carta, con los ojos lanzaba un «Gracias» mudo que para Sicrano equivaldría a un Cualquier carta, cualquiera me basta, y cruzaba el jardín hacia la puerta mientras rompía con ávido descuido el sobre, y él proseguía su ruta, sintiéndose, al principio, sagaz, satisfecho tal vez —y ya después débil, tembloroso sin duda.
Y pasaban los días: y pasaron los meses.
Luego de varias semanas había aceptado Sicrano su imposibilidad de hablarle a María Aspettani. Durante muchos días se planteó, como una inquietud recurrente y pecaminosa, lanzarle una pregunta, matar sin miedo este silencio cómplice e invencido que los separaba con mayores hierros que la verja negra. Deseaba saber más de ella, si estaba enferma, de qué sufría, sobre todo qué pensaba de su Libro, y en el mismo instante en que cruzaba la calle, sabía que nada saldría de sus labios, se imponía callar, mejor no hablarle, no tender hacia ella ni siquiera una sonrisa por el temor obtuso a causarle daño, a que a través de la verja sus labios con sus palabras vivas y llenas del afecto o la preocupación lo hicieran lastimarla.
Por lo demás durante las primeras semanas llegó a aceptar Sicrano ante sí mismo que su mudo nexo con María Aspettani era una ficción débil, un absurdo vulnerable. Muchas otras jovencitas podrían tener el mismo parecido con su personaje Marialba, quien a su vez no era sino —y él lo aceptaba— la refracción posible de sus hijas muertas en un solo cuerpo del presente, pero él entendía que esa vez de finales de marzo lo que vio en María fue, más que solamente el físico: fue la expresión enferma de Marialba en uno de los pasajes que algún día, más adelante, escribiría de su Libro pero que ya bullía en su mente: cuando el heredero Léster sube a buscarla a la Sala de Extracción del Ministerio... Eso había sido.
En todo caso, ¿cuál era su propia relación con la María Aspettani verdadera —la de carne y hueso, que habría de tener parientes, amigos, una historia tras de sí—, no con la figurilla esbelta de la muchacha silenciosa de todos los mediodías? ¿Qué era ella para él, más allá de la similitud escabrosa con su personaje? ¿Había tal vez exagerado al pensar que, más que de una enfermedad, de lo que ella sufría era de un estado de indolencia o depresión protosuicida?
Cualquiera podría pensar (llegó a decirse) que todo esto se trataría más bien del asedio de un viejillo calenturiento que se hace ilusiones con una chamaquita: Mete hilo —sus cartitas— para ya luego sacar hebra: echársela un buen día. No, eso no: era ridículo. Además, sería casi el incesto. Si bien el ejercicio diario en la bicicleta había logrado mantenerlo con una sana fortaleza, era su senil, sombría mente la que lo hacía sentir por dentro casi un moribundo. Y como tal, había renunciado al sexo. Y además, ¡no, María no! ¿Qué sentía por ella? ¿Cómo sentir algo genuino por alguien de quien se ignora todo, o casi todo? ¿Cómo alegar afectos —sí— filiales por una persona a quien no le hablas? Y sin embargo con las semanas llegó a ver el cartero en María Aspettani a una especie de hija, sobrina por lo menos. Debía protegerla. Quizá exageraba. ¿Qué podía hacer? Su impotencia ante sí mismo, su imposibilidad para hablarle era una suerte de barrera instintiva. ¿O acaso repetía con ella la frialdad distante de su padre, cuando él era niño, y su propio no-estar-nunca-cerca de sus hijas, antes de que ellas muriesen? ¡Pero cuánto era ya de eso!
Aun así, a menudo se imaginaba Gabriel Sicrano que la muchacha —ella— habría por fin de interrogarlo. Entre el temor y la alegría posible, trataba de no levantar los ojos al momento de extenderle el sobre, si bien a veces llegaba a hacer una mínima pausa antes de dar media vuelta y subirse de nuevo a la bicicleta, en silencio inviolado. Ella le podría preguntar —pensaba el buen cartero— no las cosas lógicas de ¿Por qué me escribe a mí todo esto? o ¿Qué quiere, qué busca en mí con tanta página ficticia?, sino, ya más profundo: ¿Cuál es su necesidad, la suya, la íntima, la ineludible, de narrar estas historias, no importa si es a mí o a quien usted desee? ¿Por qué escribe...? Y él no habría sabido entonces responderle, ¿cómo podría explicar tan fácilmente, ahí sobre la acera, que no hay razón ninguna que sustente o justifique el necio luchar diario con la inútil escritura, o que en todo caso ese Libro lo había venido escribiendo desde hacía ya seis años sin saber quién lo leería, que nunca se planteó siquiera —como ahora— que podría estar cerca de terminarlo? Lo había visto, sin decírselo del todo, como un Libro para el Resto de su Vida, una escritura sin fin que se confundiese con su propia existencia, su pensar, su piel, su cuerpo, lo que sea... ¿Para qué escribir? No, no era ésa una pregunta aceptable en ningún mundo. Quizá tan sólo su respuesta —parcial, injusta, escasa— sería que él buscaba imaginarse que así fuese una persona —una sola, ¿qué importaba?— quien leyera sus historias todavía inconclusas, ya él no habría de morir cuando muriese...
Nada más eso.
miércoles, abril 02, 2008
martes, abril 01, 2008
Sobre el autor de El arte de la fuga
Este mes se publica en la revista Nexos un texto mío sobre Sergio Pitol, con motivo de la publicación reciente de su antología Ícaro. Hace dos días se le hizo un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México, por sus 75 años. No sé si me equivoque, pero Pitol se ha convertido en el escritor mexicano vivo más valorado por las nuevas generaciones, por lo menos entre los ensayistas y narradores.
lunes, marzo 24, 2008
sábado, marzo 15, 2008
Hoy en Laberinto...
Pero ahora ando de vacaciones con mi hija Andrea, que manda saludos, y está impaciente porque ya quiere que dejemos esta compu prestada en un centro comercial y nos vayamos a una alberca.
lunes, marzo 03, 2008
Presentación
jueves, febrero 28, 2008
Decepciones del crítico ingenuo
miércoles, febrero 27, 2008
Aunque soy escasamente Palacio

lunes, febrero 18, 2008
El mundo no existe

La comida siempre, o casi siempre, está fría. Los despiertan a las seis de la mañana, salvo los domingos. Se bañan dos veces a la semana. Se quejan (no todos) de que el agua está helada. La prefecta —le dicen La Chancla— tiene una voz chillona, que los demás sentirán como un trapo rasposo en los oídos. Toman clases en la mañana: un mismo maestro atiende tres grados (y cada grado tiene cosa de diez o quince alumnos). Los maestros como que gustan de gritar. Seguido lo hacen. También usan la vara. Los niños —algunos— extienden las manos, o se hincan. Los demás escuchan: entonces hay gritos y quejas rezongadas. Transcurren sin estruendo ni conciencia las semanas y los meses. Las paredes grises del dormitorio, del salón, las paredes grises del patio que en las tardes de lluvia se llena de lodo, las paredes perduran.
Paulatinamente llega el momento de elegir. Otros ya lo han hecho, sin darse cuenta: el odio rojo contra el mundo o la indefensa lástima de sí mismo. Él decide, también sin saberlo: ni odio ni lástima. Pone atención en las clases, se interesa —sin exceso— en la historia, el español y las ciencias naturales. Así llega a saber que nada importa, nada queda, no habrá de quedar nada después de millones de años de futuro. En algún momento tendrá que desaparecer todo. Los demás... bueno, los demás ya hablan de culear. Esconden y se intercambian revistas con viejas tetonas y peludas de la panocha. Hay concursos en los baños. El Toro —el más robusto, el bravucón— lanza el esperma mucho más lejos. Se ha escapado en dos ocasiones y cuenta historias de navajazos y de putas.
Él —él— ya ni se interesa en acercarse a escucharlos. Los mira como de lejos (y luego ni los mira siquiera). Habla muy poco. Nadie lo molesta —lo intentaron alguna vez—: él parece no entender lo que ellos dicen o no enojarse o no sentir patada alguna en las espinillas. Dicen que siempre tiene cara de güeva o de mongol. Una vez los oye decir Ha de ser marica, y él los observa con la impasibilidad del que intuye que dentro de millones y millones de siglos esas palabras no importarán, no se quedarán. Ni ésas ni otras. Hasta que un día, al final del curso de tercero de secundaria, un maestro —se apellida Tirado— le entrega un libro. Se titula No hay ningún reborde del Ser por donde caer a la nada.
martes, enero 29, 2008
Operación Bolaño
No he tenido mucho tiempo libre los últimos tiempos (la novela avanza muy bien, y la editorial lanza sus primeros dos libros en abril), pero sí he leído parte del dossier Operación Bolaño que, ideado por Vivian Abenshushan, aparece en el número doble 149-150 de la revista Tierra Adentro. Jóvenes narradores fueron invitados a ponerle final a algunos relatos inconclusos de El secreto del mal, del autor chileno. Acabo de leer el de Berenice Vázquez a "El secreto del mal" y creo que da fe de una escritora con un temperamento literario vigoroso: en vez de hacer el pastiche de la veloz prosa bolañiana, Vázquez se destila por la morosidad y la concentración emocional. Al apropiarse con independencia de una historia ajena, Vázquez hace el mayor homenaje posible a un autor: no el dócil seguimiento de un estilo ajeno, si no el riesgo de engarzar su voz propia con el fin de proseguir el interrumpido concierto de un clásico.
martes, enero 22, 2008
Blanco Móvil, 106

lunes, enero 07, 2008
...y ese editor soy yo

Editor es —por lo menos en estas páginas, pues no es así siempre en la realidad—el laborioso e inquieto artesano de un catálogo: es decir, hablamos de quien decide qué publica una editorial, quien fija y defiende una línea específica y reconocible. Su función es configurar, a través de ese catálogo, un canon particular de obras en que se identifique, postule y —acaso, muy ambiciosamente— dé forma a los rasgos y las pulsiones elementales de una sociedad y una época.
El editor es un protobibliotecario: pone en manos de los distribuidores, los libreros y los lectores esos libros que, pasado un tiempo, habrán de hallar su sitio necesario en las bibliotecas —no en las librerías de viejo, esos lastimosos cementerios de papel, receptáculos de los volúmenes que nadie quiere ver ni en sus estantes—, y al decir «bibliotecas» se entiende cualquier biblioteca: la pública y la personal, la universitaria y la extranjera: se trata de los títulos que habrán de expresar y moldear las inquietudes intelectuales de la siguiente generación.
El editor es, idealmente, un héroe cultural de su sociedad y su época. Idealmente: la realidad es otra, grosera casi siempre, insultante a ratos, sólo en muy pocos casos esperanzadora.
Una industria sin soberanía
La industria editorial mexicana, en no pocas instancias, no es ni lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero. Donde es industria no es editorial, donde es editorial sólo raramente es mexicana.
Cuando es industria, produce libros como si fueran latas de conserva o pares de zapatos: en serie, obedeciendo a un patrón del best-seller, de lo que la gente (se supone) espera y compra; esta industria no tiene editores, y así no puede llamarse industria editorial: quienes deciden qué se publica son los gerentes de ventas, como bien ha señalado André Schiffrin y lo comprueba cualquiera que se acerque a las mesas de novedades de las librerías. Basados en estudios de mercadotecnia o, más corrientemente, en los prejuicios derivados de una dócil fijación a los números negros, estos gerentes apuestan (es un decir) por títulos que durarán una temporada, venderán acaso bien y dejarán su lugar muy pronto a otros libros igual de olvidables.
Cuando es editorial, es decir, cuando una editorial vende en México obras de calidad, sólo en pocos casos nos hallamos ante sellos mexicanos: Valdemar, Anagrama, El Acantilado, Siruela, Gredos, Salamandra, Castalia, Trotta, Cátedra, Pre-Textos, Hiperión son sellos editoriales españoles que han, en mayor o menor medida, penetrado el mercado mexicano presentando un catálogo —usualmente— muy sólido. Pero estas editoriales contratan, traducen e imprimen sus títulos en Barcelona, Valencia o Madrid; el mercado hispanoamericano significa un universo de compradores receptivos a un canon definido en la metrópoli. Es decir, importamos y leemos un canon fijado allende el Atlántico. No creo que las consecuencias de esta realidad sean insignificantes.
Otros sellos, como Tusquets, Mondadori, Alfaguara o Planeta, que publican varios de sus títulos en México, forman parte de empresas españolas muy fuertes que han tenido la capacidad para colocar en nuestro país filiales o subsidiarias: éstas funcionan como oficinas de intereses, que reimprimen aquí los best-sellers (Saramago, Mankell, Marías, Muñoz Molina) cuya publicación se decidió en España —lo que abarata los costos pero no necesariamente los precios—, y cuando publican un autor mexicano lo distribuyen y promueven sólo en suelo mexicano. Así, no es infrecuente observar cómo a la ciudad de México llegan autores españoles con una trayectoria muy corta, a cacarear sus títulos publicados por una editorial de la península, mientras que lo contrario —que un joven autor mexicano vaya a España a promover sus primeros libros— es más que una rareza.
Cuando es mexicana, la industria editorial enfrenta graves problemas. La dificultad para exportar los títulos es uno de ellos: el amplio mercado hispanohablante no está a disposición de las editoriales mexicanas, salvo en el caso del Fondo de Cultura Económica y, en menor grado, Siglo XXI y Sexto Piso. La distribución nacional tampoco está exenta de obstáculos: la reducción en el número de librerías atenta contra la misma supervivencia de estas casas, que cuentan con una menor fuerza financiera que los sellos españoles como para cruzar una larga, muy larga temporada de vacas flacas. Como resultado, ante la falta de compradores de libros las editoriales mexicanas tienden a vivir del erario: a través de coediciones, subsidios para la traducción, compra de libros de texto o de títulos infantiles y juveniles para las bibliotecas de aula, el cliente principal de las editoriales mexicanas es el caprichoso estado mexicano.
¿De qué independencia editorial podemos hablar entonces? Es la nuestra una industria sin soberanía.
Pero pienso que este escenario puede cambiar si se comprende de una vez por todas que el fortalecimiento del mercado editorial y librero es una prioridad no sólo de un sector sino de todo el cuerpo social. Digo esto porque el que me ocupa —estoy convencido— no es un asunto estrictamente comercial cuya regulación debe dejarse en manos del mercado. Es cierto: el editor es un empresario. Pero sus productos son bienes culturales cuya resonancia en la sociedad no es inocente, mínima ni tampoco perecedera. Por esto, crear una industria editorial mexicana es una cuestión básica de soberanía cultural: hablamos de la posibilidad de crear, en cuanto comunidad, un registro y una interpretación plurales de nuestra realidad —a través de las ideas, materia medular de todo libro—, así como una relación directa y fértil con la cultura universal. El canal es el conglomerado de editoriales, cuyos catálogos, de clásicos y contemporáneos, de autores nacionales y extranjeros, condensaría este abanico múltiple de interpretaciones y relaciones intelectuales con la tradición propia y la universal. Y esos libros, al llegar a su destino ulterior en las bibliotecas, serían centrales en la formación de una cultura humanística sólida de las siguientes generaciones de lectores. Hacia ese punto se dirige la producción de los sellos editoriales. No es poca cosa.
Hoy nada de esto es posible.
La utopía del catálogo
Ahora, hablemos de las utopías.
Para un editor, el catálogo es o debe ser un dogma. ¿Qué significa crear un catálogo? Editorial Sexto Piso lo ha definido con una metáfora libresca, sin duda muy clara: «La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos puramente comerciales, intentando, en cambio, ir tejiendo los distintos títulos que la conforman a la manera de una novela, es decir, que cada libro publicado sea un capítulo».
¿De qué manera puede un editor mexicano tener toda la libertad para dar forma a un catálogo innegociable, para escribir título a título esa novela total que sería su catálogo? ¿Cómo evitar que las coyunturas —políticas o comerciales— lo obliguen a traicionar su postulado inicial de un catálogo definido, uno que se vuelva reconocible para un cierto tipo de lectores, casi una marca registrada para una secta fiel?
La única respuesta es: con dinero. Puede tenerse un gran conocimiento, intuición, criterio y muchas lecturas, dominio de varios idiomas, una sacrificada vocación de trabajo editorial, pero sin dinero no hay independencia posible.
Una editorial exige varios años para volverse autosustentable; algunos hablan de siete, otros de diez años. Durante ese periodo inicial, se precisa de una inversión permanente para crear un catálogo, que consiste en una nómina de long-sellers, libros que cinco, diez, quince años después de su primera edición sigan siendo vigentes, sigan siendo buscados por los lectores y exijan reimpresiones: pues son éstas las que darán al editor la solvencia económica para mantener su editorial luego de ese tiempo de comienzo.
Visto así, se comprenderá por qué el editor debe definirse como un héroe cultural: se trata de un empresario con perfil de filántropo, más atento al libro como arma intelectual que como sola mercancía.
El lector visto como posibilidad
El primer lector del catálogo de una editorial es el editor mismo.
Me explico. Un editor, para decidir la publicación de un título, debe responder al siguiente razonamiento: si encuentro este libro, publicado por otra editorial, en la mesa de novedades de una librería, ¿decido o no comprarlo en ese mismo instante? Si la respuesta es sí, hay que publicar ese libro. Si la respuesta es no, ese título no es entonces el adecuado para el catálogo.
Lo que significa crear al lector a imagen y semejanza del editor. Éste debe publicar aquellos libros que el posible comprador no espera encontrar en una librería: pero que los comprará si los encuentra. Las editoriales comerciales publican lo predecible: no arriesgan. Sin embargo, esta tendencia lleva a la uniformidad de la oferta editorial. Fuera de esas expectativas dóciles, existen otras, en ciertos lectores, que no son satisfechas por los sellos predominantes.
El editor es un aventurero. Su riesgo mayor consiste en lo siguiente: el lector de una editorial de catálogo no existe hasta que no exista ese catálogo. Lo que una editorial de este tipo vende es, antes que nada, una idea de catálogo; su prestigio es su valor principal. Difícil de construir, título a título, el prestigio se puede muy fácilmente derrumbar: una mala elección puede hacer que el lector pierda su confianza. Un caso extremo: Alfaguara publica buenos y muy malos libros. ¿Cómo estar seguros, ante una nueva publicación, en qué categoría se encuentra?
Considerado una posibilidad, el lector de una editorial de catálogo es, además, integrante de una minoría dedicada a la resistencia intelectual. Podemos quejarnos todo lo que queramos de la industria del best-seller, pero ésta existe desde siempre y existirá acaso ídemmente. Una editorial de catálogo apuesta por pocos pero fieles lectores: una secta que crecerá con el tiempo. Una elite buscadora de ideas y belleza, exigente y leal.
Medio millón de dólares para la Editorial Utopía
Llegado a este punto, paso a la verdadera finalidad: pedir medio millón de dólares para fundar una editorial. Si entre los lectores de Literal existe uno a quien le sobre ese dinero, y sin el menor compromiso acepte financiar el proyecto de una editorial de catálogo, debe creer que estaría contribuyendo a la creación de un sello canónico. Todos los detalles los tengo resueltos: publicar entre 15 y 20 títulos al año (no más), una selección de obras clásicas y de grandes autores del siglo XX —europeos, iberoamericanos, mexicanos, norteamericanos— poco conocidas, ediciones baratas en rústica, nuevas traducciones realizadas por duchos escritores mexicanos, una distribución eficiente en España y Sudamérica, y al paso de diez años: una editorial prestigiada, con un catálogo selecto y, sobre todo, autosustentable. No será una empresa boyante, no convocará a premios internacionales de novela con montos altísimos de premiación, no será utilizada como un trampolín para el poder o los reconocimientos en el medio cultural. Tengo todo resuelto en la cabeza: pero no tengo el dinero. Así, esa editorial es, como todo lo que he planteado en estas páginas, sólo una posibilidad. Con medio millón de dólares esa Editorial Utopía tendría otro nombre, y sería uno muy real.
lunes, diciembre 10, 2007
Episodio real, en Luvina

jueves, diciembre 06, 2007
La novela de conocimiento

lunes, noviembre 26, 2007
Nellie regresa

Acaba de salir de las prensas el volumen Obra reunida, de Nellie Campobello. Lo edita el Fondo de Cultura Económica y le incluye Cartucho, Las manos de Mamá, Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa, sus poemas y un texto autobiográfico. Es un gusto muy grande ver publicado este libro porque Nellie Campobello es una escritora de primera fila y Cartucho una de las obras mayores de la literatura de nuestra lengua en el siglo XX.
martes, noviembre 13, 2007
Crítica de fin de año

Arturo Garmendia, La literatura mexicana y el cine
Jorge Fernández Granados, Respuesta a Julián Herbert
Eduardo Chirinos, Teoría de la visión al pie de un poema de Seferis
Carlos A. Aguilera, Para una filosofía del servilismo
Virgilio Piñera, Los siervos
Claudia Posadas, Era el invierno
Gabriel Wolfson, Blanco
Juan Antonio Masoliver, Tabarca
Ígor Severianin, Apuntes sobre Maiakovski
Marco Tulio Aguilera, La historia completa de Ranita
Sonia Hernández, Tres poemas
Geney Beltrán Félix, Quedarían atrás y lejos tantas batallas, para siempre
Idalia Morejón, Dos poemas
Matías Serra Bradford, El arte de apuntar
Alejandro Badillo, La invención del invierno
Verónica Zondek, Marina T.
Miguel Campos Ramos, El mundo no es ancho ni ajeno
José Antonio Martínez Muñoz, Tres poemas
Alejandro Lámbarry, La Bicha
Iván Humanes Bespín, Tres poemas
RESEÑAS
Gabriel Wolfson, sobre Pierre Gascar, El reino vegetal. Traducción de Diana Luz Sánchez.
Rubén Porto Hernández, sobre Domingo Rivero, Yo, a mi cuerpo y otros poemas.
Antonio Ochoa, sobre Eduardo Milán, Sobre la capacidad de dar sombra de ciertos signos como un sauce.
lunes, noviembre 12, 2007
Sobre Efrén, en Cuaderno Salmón

He aquí el sumario de este número, en el que desafortunadamente se despide su director editorial, Rafael Lemus, quien al lado de David Miklos había venido concretando uno de los proyectos editoriales más valiosos de esta nueva generación.
La imaginación
La memoria y la mano, Edmond Jabès.
Dos muertes, Gustave Flaubert.
Poemas, Julio Trujillo.
Narraturas, Antoine Volodine.
Del malestar de las virtudes, Armando González Torres.
Cantátrix sopranica L., Georges Perec.
La voz
La vida es un gran sueño fracasado.
Entrevista con E. M. Cioran, Verónica Flores.
La reflexión
Leo a Biorges, Álvaro Uribe.
Perec, el escribiente, Vivian Abenshushan.
Edmond Jabès, una escritura inclasificable, Esther Seligson.
Donde la Nada se honra, Gabriel Bernal Granados.
Ortega y Gasset en Argentina: La colonia exasperante, Peter G. Earle.
La escritura como inoculación. La paranoia en William Burroughs, Mayra Luna.
Libros
Geney Beltrán Félix: Obras completas, I, de Efrén Hernández.
Guillermo Núñez Jáuregui: El ombligo del dragón, de Ximena Sánchez Echenique.
David Miklos: Finalmusik, de Justo Navarro.
Ricardo Pohlenz: Ravel, de Jean Echenoz.
Julián Etienne: Reading Writing, de Julien Gracq.
La rebaba
Viñetas de algunos editores franceses, Philippe Ollé-Laprune.
Musofobia, Jorge Harmodio.
Discurso y silencio del teléfono, Brenda Lozano.
Insectos adultos modernos, Óscar Benassini.
Despedida, Rafael Lemus.
Salmonela, La dirección.
La hueva del salmón: Manifiesto de los anónimos.
Ilustraciones: Minorities, de Iñaki Bonillas.
jueves, noviembre 01, 2007
Sobre Elizondo, el Grafógrafo

sábado, octubre 20, 2007
Blogs y literatura

Hoy en día un blog literario, bien administrado, puede conferir una identidad literaria en poco tiempo. Entre la egolatría y la propaganda, la confesión autobiográfica y la exposición de filias y fobias, un blog puede darle una personalidad identificable a su autor, lo que con el tiempo, cuando lleguen los libros publicados, se convertirá acaso en una extensión de la oficina de mercadotecnia. Esto no necesariamente está mal. Lejos de mí la tentación de pontificar puristamente. Incluso me causan una cierta ternura aquellos que descalifican los blogs como promiscuos receptáculos de todo lo malo, lo frívolo y lo perecedero. Una vez escuché a alguien decir que él no leía blogs porque confiaba en los mecanismos de la tradición para saber qué valdría la pena leer y qué no. Los blogs, bajo su óptica, no se contaban entre ellos. Sin embargo, me temo que él confiaba más en los mecanismos de la barcelonesa editorial Anagrama que en los de la uy, tan cacareada tradición.
Porque se olvida que leemos los blogs literarios no como leemos a La Rochefoucauld, a Marco Aurelio o a Ribeyro: los leemos como estrictos coetáneos, a muchos de los autores blogueros los conocemos incluso aunque sea sólo por el mail. La cómplice indulgencia no se finca en una flexibilidad poco provechosa del criterio exigente de lector curtido por la tradición, sino en la ventaja de contar con numerosos corresponsales de la misma época. Es decir: los blogs de hoy, y la comunicación epistolar que se produce a través de los comments o los mails, tienen la misma función que tuvieron los epistolarios de los escritores de antes, quienes necesitaban y buscaban ese diálogo fructífero con sus pares literarios. Así, aclaremos: el blog no es La Obra: es un lugar de diálogo. Y no hay un blog: son en su conjunto una comunidad de intercambios intelectuales (y de otro tipo, claro).
Por esta razón creo que los blogs literarios, aunque deben tener calidad de escritura —y la tienen aquellos que leemos con asiduidad—, nos interesan menos como expresión literaria que como registros y apuntes de las experiencias, gustos, ideas y deseos de los demás escritores con quienes compartimos la época. En los blogs, así, podemos aprender no de asuntos literarios sino de maneras de sobrevivir a nuestra pasión por la literatura. En este sentido, los blogs no son tampoco borradores en sentido estricto: son textos paralelos a la creación de libros. Son literatura, sí, pero leída con el morbo —esa mezcla de envidia y sano interés— con que siempre se lee a los contemporáneos, tan necesarios y difíciles.
viernes, octubre 12, 2007
martes, octubre 09, 2007
Dos blogs del noroeste
sábado, agosto 18, 2007
Ge en Laberinto, feliz feliz
lunes, agosto 13, 2007
Miscelánea
*
Ahora que regresé de Culiacán (hace rato, de hecho, que regresé de Culiacán: unos 20 días), traje bastante machaca, chilorio y chorizo súper. Ah, y un queso ranchero de El Carrizalejo. Y me he dedicado a cocinar. Una receta que cada vez me queda mejor es el choriqueso con papas. Anoche lo preparé de nuevo y, sí, la diferencia la hace el queso, que cada vez está más bueno, ya no tan fresco.
*
"Eres aglutinante", me dijo mi tarotista personal hace poco. No, digamos, me sentí como el alemán o el náhuatl. Pero se refería a que tiendo a reunir gente dispar. Y he ahí una definición del editor: aglutinar hospitalariamente las voces de los demás, a veces enfrentadas. Esto respondería a la crítica de Letras Libres, en pluma de Noé Cárdenas, a la compilación El hacha puesta en la raíz, que con Verónica Murguía publiqué en Tierra Adentro el año pasado. Por cierto, esta reseña de junio no la comenté en este noblogcito porque se publicó, muy adhocmente, cuando me estaba separando y mudando. Uf, tiempos difíciles. Hoy, más tranquilo. Vivo por un rumbo que me gusta mucho, estoy cocinando seguido, leo y escribo a raudales (no tanto, alas!, como quisiera) y... en fin, me irá mejor aún, espero.
miércoles, agosto 08, 2007
Número 5 de Cuaderno Salmón

La imaginación:
La voz:
La reflexión:
Libros:
La rebaba:
Ilustraciones de Demián Flores.
lunes, agosto 06, 2007
Sobre Prieto
jueves, julio 05, 2007
La doble raíz / Grazia Shapkareva

miércoles, mayo 30, 2007
Martínez Rivas

A través de los siglos se saludan y oímos
encenderse sus voces como gallos remotos
que desde el fondo de la noche se llaman y responden.
y hollaron con sus pies esta tierra. Que supieron tocar algún instrumento.
Que sintieron sobre sus cabezas el aire del mar
y contemplaron las colinas. Que amaron a una muchacha
y a este amor se aferraron al extremo de olvidarse de ellas.
Que todo esto lo escribían hasta muy tarde, corrigiéndolo mucho,
pero un día murieron. Y ya sus voces se encienden en la noche.
Carlos Martínez Rivas, «Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos», en La insurrección solitaria
lunes, mayo 07, 2007
Sobre Nellie

Me cuenta su sobrino Carlos: veinte años después de su muerte, una Nellie invisible vuelve del Más Allá y hace perdidizos expedientes, reúne a personas distantes merced a un azar sospechoso, se obstina en que el número 7 presida siempre las cosas que la atañen —números de oficios, de contratos, de teléfono— y trabaja, paso a paso, contra el olvido que sufre y la brutalidad que la llevó a la muerte.
Nacida en la norteña Villa Ocampo, en Durango, en al parecer 1900, Nellie murió en circunstancias espantosas hacia agosto de 1986. Conocidos suyos se aprovecharon de su confianza y la secuestraron. Para entonces, muchos de sus amigos y parientes habían muerto. Era una figura destacada de la danza mexicana; además, poseía una muy rica colección de arte mexicano. Las versiones señalan que sus captores la mantuvieron alcoholizada y drogada, que la hicieron sufrir de hambre y violencias para que firmara documentos con los cuales entregaba sus bienes. Su muerte no vino a ser conocida y confirmada sino hasta 1999. Aún no se ha castigado a sus secuestradores y asesinos: tampoco han logrado recuperarse sus propiedades.
Pero veinte años después de su muerte, Nellie regresa, también, a la literatura. En 2007 el Fondo de Cultura Económica publica su Obra reunida: Cartucho, su libro mayor (1931), Las manos de Mamá (1937), los Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa (1940), sus poemas y el ensayo autobiográfico que sirvió de prólogo a la edición de Mis libros, de 1960.
Nellie regresa a las letras mexicanas, pero habría que decir, en honor a la exactitud, que escasamente ha estado antes. Nellie es un fantasma en nuestra literatura. Se le ha leído poco debido a que sus apariciones han sido infrecuentes: apenas se le ha publicado. Cartucho, por ejemplo, ha conocido sólo seis ediciones en 75 años. Tan es así que la recopilación canónica de la cultura nacional del siglo XX, Lecturas Mexicanas, no lo incluye —y da pena decirlo— en ninguna de sus cuatro series. Tampoco figura en la nómina de clásicos hispanoamericanos de la colección Archivos.
Ella misma, acaso, contribuyó a su presencia mínima: cedió el terreno muy pronto. Y lo digo porque, si bien hay testimonios de una continuada escritura, ante la recepción pobre de sus dos tomos de narrativa Nellie —luego de la reunión de su obra en Mis libros— ya nunca publicó otro título. No insistió más: y el prólogo a ese volumen de 1960 constituiría no sólo una recapitulación de su escritura sino también, asumo, la última llamada a la crítica y los lectores. Una llamada, no obstante, que se quedó sin respuesta.
Aunque, con todo, demos lugar a un matiz: hubo ciertas voces —digamos: Martín Luis Guzmán, Ermilo Abreu Gómez, Antonio Castro Leal, Emmanuel Carballo— que aplaudieron la dignidad de sus textos, pero esos dictámenes no lograron contravenir finalmente el ayuno editorial.
Ahora, se supone que los buenos libros se defienden solos. ¿Qué sucedió en este caso? ¿Por qué no ingresó la obra de Nellie Campobello al canon reconocido de nuestra literatura? Fernando Tola de Habich habla de ninguneo. Especulo, preciso: a la misoginia —lugar común en la conducta de los escritores— se habría aliado el desinterés del crítico a siquiera hojear la obra de una bailarina célebre que hacía sus pininos, previsiblemente fallidos, en el terreno de las letras, pues el sólo-escritor tiende a desconfiar de la múltiple ambición de un artista del Renacimiento. Quizá, también, el hecho de haber publicado tan poco y luego nada: al abdicar a la constancia en los estantes de las librerías con nuevos títulos, la misma Nellie pudo haber colaborado a que el crítico o el estudioso, sin leerlos, catalogase Cartucho y Las manos de Mamá como pecados de juventud a los que se habrá de compadecer con el olvido.
Pero el tiempo pasa: nuevas generaciones, otras circunstancias exigen periódicamente una redefinición del canon. Y hoy, de mayor pertinencia que discernir por qué la obra de Nellie no interesó en su momento (situación, entiendo, ya no corregible), es volver a sus páginas y examinar la validez de su lectura en los inicios negros de este milenio. ¿Cuál es el lugar de Nellie y, sobre todo, de Cartucho, su obra principal, en la literatura mexicana?




