
El número nuevo de la revista Nexos (octubre) incluye mi texto crítico "La prosa que no incomoda a nadie", sobre Ciencias morales de Martín Kohan.
Bitácora de Geney Beltrán [χe’nɛi bel’tɾan], escritor mexicano (Tamazula, Durango, 1976).



En el ciclo Nuevas voces de la literatura mexicana, viene la lectura de los narradores. Será este domingo 24, a las 12:00 horas, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Participan Nadia Villafuerte, Vicente Alfonso, Mayra Inzunza, Édgar Omar Avilés y elgeney. Modera Pablo Soler Frost.
«Con la muerte, Jurek ha visto truncado todo —se dijo—, se ha ido sin tan siquiera sospechar que cuanto hace y decide el hombre de modo consciente no significa nada, mientras que todo lo importante que realizamos a espaldas de nuestra voluntad queda en alguna parte detrás de nosotros, persiguiéndonos, y a veces, en el peor de los casos, somos nosotros quienes lo perseguimos».
La Revista de la Universidad de México publica en su nuevo número (agosto 2008) mi relato «La celda en la Ciudad», en un dossier de literatura joven que incluye también poemas de Francisco Alcaraz, Mijail Lamas y Daniel Saldaña París, ensayos de Enrique Díaz Álvarez, Alejandro García Abreu, Mayra Luna y Paola Velasco y un relato de Vicente Alfonso.
La revista Letras Libres, en su número 116 (agosto de 2008), incluye mi texto de crítica «Lentitud y víscera», sobre la antología Grandes hits, compilada por Tryno Maldonado para la Editorial Almadía.
El número 9 de la revista La Palanca (julio de 2008), dirigida por Diego José y Pablo Mayans, incluye mi texto de narrativa «Sonreía, desde la muerte».


Esta publicación que tanto aprecio, la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, incluye en la página 30 de su número de este mes (julio 2008, núm. 451 ) mi texto crítico «La difícil nostalgia del verano», sobre el libro Contraverano, de Mijail Lamas.


La obra Autopsia a un copo de nieve, de Luis Santillán, codirigida por Richard Viqueira y José Alberto Gallardo, está en el Teatro Santa Catarina de la Dirección de Teatro de la UNAM (Jardín Santa Catarina, Coyoacán, en la ciudad de México). Las funciones son los viernes a las 8:00, los sábados a las 7:00 y los domingos a las 6:00 de la tarde. Actúan Surya Macgrégor, Isabel Piquer y Marijo Fernández.
Mañana jueves, a las 18:30 horas, se presenta la novela Sus ojos son fuego, de Gonzalo Soltero, en el Centro Cultural Bella Época del Fondo de Cultura Económica (Tamaulipas 202, esq. Benjamín Hill, colonia Condesa, en la ciudad de México). Los comentarios serán de Sergio González Rodríguez, Daniela Tarazona y el autor. Modera elgeney.






La Palanca, revista editada por Diego José y Pablo Mayans, publica en su número 8 mi texto de narrativa «El Libro de Gabriel». El número circula desde diciembre. Aquí los primeros párrafos del texto:En el exterior de los sobres se veía el nombre de ella, la destinataria: María Aspettani, luego la dirección. Cada día él recargaba la bicicleta en la verja, sacaba la carta del morral y se la extendía, sin verla a los ojos. Ella estaba ahí con una expresión cansada y un poco (también) expectante. Sin sorpresa, como si se tratara de un ritual exacto, María tomaba la carta, con los ojos lanzaba un «Gracias» mudo que para Sicrano equivaldría a un Cualquier carta, cualquiera me basta, y cruzaba el jardín hacia la puerta mientras rompía con ávido descuido el sobre, y él proseguía su ruta, sintiéndose, al principio, sagaz, satisfecho tal vez —y ya después débil, tembloroso sin duda.
Y pasaban los días: y pasaron los meses.
Luego de varias semanas había aceptado Sicrano su imposibilidad de hablarle a María Aspettani. Durante muchos días se planteó, como una inquietud recurrente y pecaminosa, lanzarle una pregunta, matar sin miedo este silencio cómplice e invencido que los separaba con mayores hierros que la verja negra. Deseaba saber más de ella, si estaba enferma, de qué sufría, sobre todo qué pensaba de su Libro, y en el mismo instante en que cruzaba la calle, sabía que nada saldría de sus labios, se imponía callar, mejor no hablarle, no tender hacia ella ni siquiera una sonrisa por el temor obtuso a causarle daño, a que a través de la verja sus labios con sus palabras vivas y llenas del afecto o la preocupación lo hicieran lastimarla.
Por lo demás durante las primeras semanas llegó a aceptar Sicrano ante sí mismo que su mudo nexo con María Aspettani era una ficción débil, un absurdo vulnerable. Muchas otras jovencitas podrían tener el mismo parecido con su personaje Marialba, quien a su vez no era sino —y él lo aceptaba— la refracción posible de sus hijas muertas en un solo cuerpo del presente, pero él entendía que esa vez de finales de marzo lo que vio en María fue, más que solamente el físico: fue la expresión enferma de Marialba en uno de los pasajes que algún día, más adelante, escribiría de su Libro pero que ya bullía en su mente: cuando el heredero Léster sube a buscarla a la Sala de Extracción del Ministerio... Eso había sido.
En todo caso, ¿cuál era su propia relación con la María Aspettani verdadera —la de carne y hueso, que habría de tener parientes, amigos, una historia tras de sí—, no con la figurilla esbelta de la muchacha silenciosa de todos los mediodías? ¿Qué era ella para él, más allá de la similitud escabrosa con su personaje? ¿Había tal vez exagerado al pensar que, más que de una enfermedad, de lo que ella sufría era de un estado de indolencia o depresión protosuicida?
Cualquiera podría pensar (llegó a decirse) que todo esto se trataría más bien del asedio de un viejillo calenturiento que se hace ilusiones con una chamaquita: Mete hilo —sus cartitas— para ya luego sacar hebra: echársela un buen día. No, eso no: era ridículo. Además, sería casi el incesto. Si bien el ejercicio diario en la bicicleta había logrado mantenerlo con una sana fortaleza, era su senil, sombría mente la que lo hacía sentir por dentro casi un moribundo. Y como tal, había renunciado al sexo. Y además, ¡no, María no! ¿Qué sentía por ella? ¿Cómo sentir algo genuino por alguien de quien se ignora todo, o casi todo? ¿Cómo alegar afectos —sí— filiales por una persona a quien no le hablas? Y sin embargo con las semanas llegó a ver el cartero en María Aspettani a una especie de hija, sobrina por lo menos. Debía protegerla. Quizá exageraba. ¿Qué podía hacer? Su impotencia ante sí mismo, su imposibilidad para hablarle era una suerte de barrera instintiva. ¿O acaso repetía con ella la frialdad distante de su padre, cuando él era niño, y su propio no-estar-nunca-cerca de sus hijas, antes de que ellas muriesen? ¡Pero cuánto era ya de eso!
Aun así, a menudo se imaginaba Gabriel Sicrano que la muchacha —ella— habría por fin de interrogarlo. Entre el temor y la alegría posible, trataba de no levantar los ojos al momento de extenderle el sobre, si bien a veces llegaba a hacer una mínima pausa antes de dar media vuelta y subirse de nuevo a la bicicleta, en silencio inviolado. Ella le podría preguntar —pensaba el buen cartero— no las cosas lógicas de ¿Por qué me escribe a mí todo esto? o ¿Qué quiere, qué busca en mí con tanta página ficticia?, sino, ya más profundo: ¿Cuál es su necesidad, la suya, la íntima, la ineludible, de narrar estas historias, no importa si es a mí o a quien usted desee? ¿Por qué escribe...? Y él no habría sabido entonces responderle, ¿cómo podría explicar tan fácilmente, ahí sobre la acera, que no hay razón ninguna que sustente o justifique el necio luchar diario con la inútil escritura, o que en todo caso ese Libro lo había venido escribiendo desde hacía ya seis años sin saber quién lo leería, que nunca se planteó siquiera —como ahora— que podría estar cerca de terminarlo? Lo había visto, sin decírselo del todo, como un Libro para el Resto de su Vida, una escritura sin fin que se confundiese con su propia existencia, su pensar, su piel, su cuerpo, lo que sea... ¿Para qué escribir? No, no era ésa una pregunta aceptable en ningún mundo. Quizá tan sólo su respuesta —parcial, injusta, escasa— sería que él buscaba imaginarse que así fuese una persona —una sola, ¿qué importaba?— quien leyera sus historias todavía inconclusas, ya él no habría de morir cuando muriese...
Nada más eso.
Este mes se publica en la revista Nexos un texto mío sobre Sergio Pitol, con motivo de la publicación reciente de su antología Ícaro. Hace dos días se le hizo un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México, por sus 75 años. No sé si me equivoque, pero Pitol se ha convertido en el escritor mexicano vivo más valorado por las nuevas generaciones, por lo menos entre los ensayistas y narradores.


No he tenido mucho tiempo libre los últimos tiempos (la novela avanza muy bien, y la editorial lanza sus primeros dos libros en abril), pero sí he leído parte del dossier Operación Bolaño que, ideado por Vivian Abenshushan, aparece en el número doble 149-150 de la revista Tierra Adentro. Jóvenes narradores fueron invitados a ponerle final a algunos relatos inconclusos de El secreto del mal, del autor chileno. Acabo de leer el de Berenice Vázquez a "El secreto del mal" y creo que da fe de una escritora con un temperamento literario vigoroso: en vez de hacer el pastiche de la veloz prosa bolañiana, Vázquez se destila por la morosidad y la concentración emocional. Al apropiarse con independencia de una historia ajena, Vázquez hace el mayor homenaje posible a un autor: no el dócil seguimiento de un estilo ajeno, si no el riesgo de engarzar su voz propia con el fin de proseguir el interrumpido concierto de un clásico.









