Bitácora de Geney Beltrán [χe’nɛi bel’tɾan], escritor mexicano (Tamazula, Durango, 1976).
jueves, febrero 17, 2011
Confirmadísimo
lunes, febrero 14, 2011
Por favor, no mande riñones por correspondencia
Por favor, no mande riñones por correspondencia, escrita por Richard Viqueira, Antonio Zúñiga y José Alberto Gallardo, corre temporada en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, del Centro Cultural Universitario, de la UNAM, en la ciudad de México, hasta el 27 de febrero. Las funciones son jueves y viernes a las 8, sábados a las 7 y domingos a las 6 pm. Un banquetazo delirante e hilarante, con un fuerte cuestionamiento y crítica, además. Hay que verla.jueves, febrero 10, 2011
A
miércoles, febrero 09, 2011
lunes, febrero 07, 2011
Martes 8
Iris García Cuevas
sábado, febrero 05, 2011
viernes, febrero 04, 2011
Recuento de una vida
jueves, febrero 03, 2011
miércoles, febrero 02, 2011
La inocencia de los objetos
martes, febrero 01, 2011
No narrarás en el Círculo
lunes, enero 31, 2011
Azulean las jacarandas
Sobre el libro de poesía Negro es su rostro. Simiente, de Esther Seligson, aparece hoy en el periódico Milenio una nota de Mary Carmen S. Ambriz: aquí.
viernes, enero 28, 2011
jueves, enero 27, 2011
Fragmento sobre el polvo y la muerte
martes, enero 25, 2011
lunes, enero 24, 2011
Cartas ajenas
Dice el editor: La existencia monótona de un empleado de correos se ve alterada cuando adquiere el vicio de abrir cartas ajenas. Pronto decide involucrarse con los destinatarios, y así conoce a un editor cuya amante ha muerto en un accidente de aviación, una joven enferma que tiene una relación conflictiva con su pequeña sobrina y un viejo desahuciado que busca recuperar al hijo que no ha visto en treinta años, mientras, como violento trasfondo, un grupo de paramilitares secuestra y asesina ancianos. Lo que Marioralio descubre a través de las cartas lo lleva a planear el estallido de una Nueva Revolución, para cambiar desde raíz tanta injusticia y abuso. Pero antes ha de perder la mano derecha…
Con una prosa veloz y expresiva, esta historia de amores y abandonos retrata un escenario apocalíptico como lo es el de tantas ciudades latinoamericanas, a la vez que finca su territorio imaginario sobre el desasosiego y el imposible afán de rebeldía de una época extrema: la actual.
Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) es editor y escritor. Estudió letras hispánicas en la UNAM y literatura inglesa en la Universidad de Toronto. Fue editor de literatura del FCE. Ha sido becario de la Fundación Lorena Alejandra Gallardo y la Fundación para las Letras Mexicanas. Obtuvo el Premio Nacional José Vasconcelos por el libro El biógrafo de su lector (2003), un ensayo sobre la obra del autor argentino Macedonio Fernández. En 2009 publicó Habla de lo que sabes (relatos) y El sueño no es un refugio sino un arma (ensayos). Ejerce la crítica literaria en revistas y suplementos. Su bitácora virtual reside en www.elgeney.blogspot.com. Actualmente es jefe de redacción de la Revista de la Universidad de México.
sábado, enero 22, 2011
LXVII
viernes, enero 21, 2011
El 8 de febrero
jueves, enero 20, 2011
Uno de los mejores libros publicados en México en 2010
Otra nota sobre Todo aquí es polvo
miércoles, enero 19, 2011
Poesía y violencia, en el ciclo Tertulias
La Casa del Poeta ha organizado el ciclo TERTULIAS, un diálogo sobre el estado actual de la poesía mexicana. Una tertulia de la inteligencia celebrada en un ambiente informal por sus protagonistas.
Tema: Poesía y violencia
Participan: Geney Beltrán Félix, Rodrigo Flores Sánchez y Víctor Manuel Mendiola Jueves 20 a las 19:00 horas en el Café-Bar “Las Hormigas” de la Casa del Poeta Ramón López Velarde. Álvaro Obregón 73, Colonia Roma (entre Córdoba y Mérida), México, D.F.
Fraguas de Tierra Adentro
martes, enero 18, 2011
Febrero de 2011: Anuncio, 6
lunes, enero 17, 2011
Irse
Marina Porcelli escribe un texto crítico sobre el libro Todo aquí es polvo, de Esther Seligson (Bruguera), para el suplemento Laberinto (del periódico Milenio) de este sábado pasado. Aquí va el texto:
Cartografía afectiva
Marina Porcelli
Toda autobiografía instala al “yo” con una postura estética determinada, y aunque esta frase resulte tautológica, sirve de apoyo para enlazar lo que sigue: todo registro de nuestra identidad, del propio “yo”, en suma, implica narrar el entramado concreto entre ese “yo” y “el otro”. Sus diálogos, sus dinámicas, sus contrastes, hasta su intensidad. Para el caso de Todo aquí es polvo, de Esther Seligson, agrego que la muerte de los otros es una de las constantes de la trama. También, claro, el amor; y la libertad. Y quizá esta presencia tan nítida de los otros sea una de las claves más hermosas de la autobiografía, publicada en 2010, corregida y “aumentada” pocas semanas antes de la muerte de la autora.
Esther Seligson nació en el Distrito Federal en 1941, residió en Europa y en Asia. Estudió Letras en la UNAM; además de sus ensayos y obra narrativa, fue traductora. Los otros, entonces, serán los puntos de anclaje donde se despliega un relato que, lejos del anecdotario superficial y del chismerío biográfico, articula una suerte de semblanza afectiva que se acerca al ensayo, indagando en la reflexión mística y filosófica. Casi no hay, por tanto, referencias a su escritura de ficción, sí, en cambio, a diarios y cartas nunca enviadas, y sobre todo, a muchísimas lecturas. Las citas de Rilke, de Goethe, de Shakespeare, de Cioran y talmudistas y cabalistas, apuntalan —dialogan— con una prosa que se expande y fluye como agua de la memoria y del olvido, como registro de su espiritualidad. Pero resulta que sustituimos con imaginación la falta de memoria, apunta Seligson, y luego agrega, ya que es falsa la fidelidad a la memoria.
Dividido en cuatro partes, con un tono sostenido, y párrafos de una hermosa tensión poética, el libro se construye sobre núcleos temáticos, no temporales. La crónica es matizada, las ligaduras —afectivas, conceptuales— van dictaminando la narración. Por eso, primeramente, la escritura recorre la muerte de su madre, de su padre, y la figura de su hermana; luego, su propia infancia que se ahonda al hablar de la infancia de sus hijos; después, sus amores y su sexualidad. Y por último, ese otro estará signado por la ciudad: un mosaico de personajes disímiles, intensos, que viven en Jerusalén en 2002, por ejemplo, o en el sur de la India, o Lisboa. Así, el acto de irse tendrá una fuerza avasalladora en la vida de Esther Seligson. Será el motor de lo que busca y de lo que encuentra, será para ella, dolorosamente cada vez, una suerte de purificación. “(…) pues cuando descubrí que ese estado de felicidad me venía de la infancia como un don gratuito”, instala para siempre en su relato, “(…) decidí irme”. Extranjera, nómade, a veces caprichosa, desarmará matrimonios, cambiará ciudades, amará y escribirá. Y vivirá preguntándose: “¿cuál es el punto ciego por donde el Destino entra para cumplirse?”, hasta culminar, paradójica, prolijamente, en su sitio originario, en la Ciudad de México, lugar donde muere el 8 de febrero de 2010.
Una madre severa, aunque entrañable en sus disparates; una hermana cortada, como la propia Esther, por el cuchillo filoso de la crianza, pero tan distintas:
—Mátame, te pedí, mata a la hermana que es tu Esfinge (…) No quiero ser tu espejo, ni tu máscara.
Un padre de profesión orfebre, extraño, indiferente, “que consideraba [que] el Destino, así con mayúsculas, le acomodó una pésima jugada (…), la humillación y la impotencia del exilio, por no hablar de la orfandad en que el Holocausto lo dejó” conforman el mosaico de familia judía en el que transcurre la infancia de la autora. “Instants of being” cifra Seligson —tomando la idea de Virginia Woolf— a los momentos de felicidad, a los instantes en los que, como fósforos encendidos en la penumbra, el mundo no tiene fisuras. Y esto, antes de que su “adolescencia fuera truncada por una maternidad prematura”. El reproche familiar, el “tú siempre te sales con tuya”, la persigue en la primera mitad del libro; después, el corte es tajante: “…porque elegir significó abandonar; romper, desnudarse, significó lo irreversible, lo irreparable”. Significó irse, en suma. La sexualidad con sus amantes, y los aburrimientos y las separaciones de su vida conyugal, los amigos encontrados en Europa, esta cartografía afectiva de Esther Seligson girará, narrativamente, alrededor de una de las escenas más auténticas y desgarradoras del relato: el suicidio de su hijo, de ese muchacho “cuya alma no entraba en su cuerpo”, muchos años antes de que la autora decida regresar a Ciudad de México.
“Sólo el otro es mortal en su ser”, anota Sartre en El ser y la nada, “morimos, pues, por añadidura.” Dolida, hipnotizada por la muerte de los demás, con una prosa firme, se vuelca la fluidez de Todo aquí es polvo. Lo cierto es que si para recordar, es requisito haber olvidado, lo que construye Esther Seligson, con su verbosidad poética y sus evocaciones, resulta un libro hondo y bello.
martes, enero 11, 2011
Febrero de 2011: Anuncio, 5
lunes, enero 10, 2011
2011
viernes, enero 07, 2011
En Nuestra aparente rendición
jueves, enero 06, 2011
La Palanca, 15
miércoles, enero 05, 2011
Febrero de 2011: Anuncio, 4
lunes, enero 03, 2011
El síndrome Seligson

El síndrome Seligson
Mary Carmen S. Ambriz
La voz de Esther Seligson (1941-2010) hurga en esa “nada repleta de secretos y hoyos negros que es la memoria”. Lo hace pacientemente, inmersa en la nostalgia como si realizara un viaje interior, un palimpsesto de las distintas etapas que le tocó presenciar: los orígenes, la familia que formó, su poética y su deambular por el mundo. Ella, acaso pensando en Gaston Bachelard, se definía como una soñadora de palabras escritas.
En este compendio de recuerdos, bitácora secreta, severa y antisolemne, lúcida y dolorosa, insatisfecha y casual, la escritora se confiesa, reinventa, tropieza, levanta, soporta y entreteje juicios que la ayudan a seguir los principios cabalísticos: “Nombrar a las cosas por su nombre es sacarlas de la oscuridad y elevarlas hacia la luz”.
El título de este libro emerge de una cita que Seligson hace de Geney Beltrán Félix, quien después de editar su libro en el Fondo de Cultura Económica, Toda la luz (2006), se convirtió en su editor de cabecera y agente literario. Se menciona aquí una novela que Esther escribió sobre las diosas madre, cuyo título retoma de un poema de Alejandra Pizarnik, “Del otro lado del río, no de éste sino aquél”; habrá que preguntarle a Beltrán Félix por ese inédito.
Si existe un común denominador en la escritura de Esther Seligson es que fluye en espiral —como ocurre en los antiguos libros de la literatura hindú—, dado que se cuenta y se recuentan las madejas que van tejiendo el tapiz de esta luminosa conciencia. La crónica puntual y envolvente de sus viajes por Israel, España, África, India y Portugal queda aderezada con el Síndrome Seligson, que define como “impaciencia de ser”. En el recuento de los años —y daños—, de forma contumaz y cáustica, a través de la prosa intimista comparte el gozo de esos instants of beigns, resplendores fulgurantes que también fueron parte de Narsia, nombre con el que un sabio cabalista rebautizó a la autora antes de que abandonara Jerusalem.
domingo, enero 02, 2011
jueves, diciembre 30, 2010
En la radio
miércoles, diciembre 29, 2010
Febrero de 2011: Anuncio, 3
domingo, diciembre 26, 2010
LXV
sábado, diciembre 25, 2010
LXIV
jueves, diciembre 23, 2010
LXIII
miércoles, diciembre 22, 2010
Febrero de 2011: Anuncio, 2
viernes, diciembre 17, 2010
jueves, diciembre 16, 2010
LXI
miércoles, diciembre 15, 2010
Febrero de 2011: Anuncio, 1
Es decir, una falsa novela de la (imposible) Revolución.
martes, diciembre 14, 2010
lunes, diciembre 13, 2010
Cuentos anómalos
domingo, diciembre 12, 2010
Después de la indignación
viernes, diciembre 10, 2010
La destrucción del norte
La revista Letras Libres, en su número de este mes (144), incluye mi texto crítico «La destrucción del norte», sobre el libro de relatos La marrana negra de la literatura rosa, de Carlos Velázquez.
miércoles, diciembre 08, 2010
martes, diciembre 07, 2010
Escorpiónica en entrevista con Alejandro Toledo
lunes, diciembre 06, 2010
Una obligada calma
Karla Marrufo escribió un texto crítico titulado "Una obligada calma", sobre mi libro de relatos Habla de lo que sabes. El enlace está en su blog Deseo[s] reciclado[s]: aquí. No sé si por desidia, indiferencia o falta de tiempo, la mirada diaria tiende a conformarse con ese dato pequeño y una versión simplificada de las cosas. Desde luego hay también excepciones, miradas lúcidas que son atenta lectura del mundo y sus complejos universos. En ellas prevalece una obligada calma capaz de anular el tiempo y de comprender el espacio en otras dimensiones.
Los cuentos que conforman Habla de lo que sabes de Geney Beltrán Félix son, en muchos sentidos, una mirada profunda hacia los ámbitos más conflictivos del ser humano, hacia sus facetas más grises y sus resquebrajamientos. Como oportunamente afirma Alejandra Pizarnik, hablar de lo que uno sabe debe remitir al silencio cómplice y duro a que nos obliga aquello que vibra en la médula, al claroscuro que hace residencia en la mirada, al dolor, al vértigo, a la desolación.
Desde un narrador que en la mayoría de los cuentos tiende a erigirse como testigo cercano de ese proceso de meticulosa observación, asistimos a diversos episodios donde la soledad, el desencanto y la incomunicabilidad parecen ser las únicas huellas a seguir en un camino laberíntico y sin regreso. La peculiaridad de este narrador, sin embargo, reside en que, más que describir sucesos ajenos, pareciera una especie de alter ego que se mira a sí mismo desde una imprudente distancia: demasiado adentro de sí como para permanecer impasible, demasiado cerca del espectáculo del propio desasosiego. Quizás por eso las historias se encuentran focalizadas en la trayectoria de un protagonista que de pronto se encuentra solo en una cotidianidad que se vuelve extraordinaria y le conmina a explorar sus sentimientos, pensamientos y temores.
Las rupturas familiares, la distancia abismal entre padres e hijos, hombre y mujer como pareja; el estar constreñido por una situación económico social particular, la frustración del sueño o el amor no realizado, las múltiples interrogantes inherentes a la creación literaria, se ven atravesadas por decisiones o circunstancias que rayan en la situación límite, en la disolución de las fronteras entre lo real y lo imaginario. En cuentos como “Anoche soñé que volaba”, “La hija” o “Los perseguidos”, la introspección de los protagonistas los satura hasta culminar con el asesinato; mientras que en historias como “La celda en la Ciudad”, “Ese mundo de extraños” y “Hondonada”, la confusión se hace una con el interior de los personajes, posicionándolos en un espacio y un tiempo imprecisos que apelan más a la lógica caótica del sueño y que, por momentos, lindan con lo fantástico.
A modo de eco, la Ciudad (con mayúscula) que contiene a estos personajes, se levanta hostil y desmesurada. Desde el primer cuento, “La celda en la Ciudad” se dispone de un espacio que nada tiene de benévolo, más bien es eso, una prisión en sí misma y una metáfora de los límites que también imponen el matrimonio, la paternidad, el ser hombre, hermano, hijo o simplemente un ser humano con toda su humanidad a cuestas. Las vistas de esta Ciudad son pues escenario y reflejo del ser interior que se aproxima a un punto crítico. En “Perdonados por quién”, por ejemplo, el cuerpo y el pensamiento del protagonista experimentan un derrumbe paralelo al de los edificios en un terremoto, por eso afirma en medio de su malestar que “todo aquí es polvo”, mientras se repite taladrante la pregunta “¿qué es estar vivos?”. En “Anoche soñé que volaba” la Ciudad que se mira desde arriba en sueños es el punto de partida y el destino final de una vida que se modifica rabiosamente, en el pleno centro de la sordidez, la soledad y el desamparo. Cuando llega a estos extremos es contundente, cuando no, la Ciudad-espacio se instala con una extrañeza profunda que desconcierta: no sabemos si así son las cosas o si así se proyectan desde la perspectiva de cada personaje perdido en sí mismo y respecto a los otros. En “Ese mundo de extraños”, la nostalgia es la que atraviesa la ocupación del espacio, del departamento de un hombre (en primera persona), que sin explicación de por medio empieza a encontrar nuevos inquilinos en cada rincón. Como una especie de diálogo con “Casa tomada” de Cortázar, esta historia exhibe en su circunstancia improbable la dureza de la soledad, los recuerdos y el deseo cercenado. En “Hondonada”, la Ciudad es confusión, laberinto y cansancio, búsqueda y espera inútil, nombres absurdos de calles que tal vez cambien de lugar, reiteración de las limitantes que aquejan a Omar.
Nada hay de apacible en estas historias. Todo lo contrario. En Habla de lo que sabes no hay cabida para el contentamiento con el dato pequeño, con la imagen idealizada del núcleo familiar o el amor filial o erótico como certeza a la cual asirse. Cada cuento está dispuesto como una obligada calma para mirar las cosas frontalmente, en todos sus detalles, con toda su violencia.
viernes, diciembre 03, 2010
Imagen de un infante difunto
miércoles, diciembre 01, 2010
martes, noviembre 30, 2010
Se acaba la gira
lunes, noviembre 29, 2010
Los libros de aquel lado
domingo, noviembre 28, 2010
sábado, noviembre 27, 2010
viernes, noviembre 26, 2010
jueves, noviembre 25, 2010
LVI
miércoles, noviembre 24, 2010
martes, noviembre 23, 2010
lunes, noviembre 22, 2010
Todo aquí es polvo, en Bruguera

Todo aquí es polvo es el último libro escrito por Esther Seligson. Originalmente pensada como una novela, esta obra terminó viéndose invadida y dominada por la evocación autobiográfica. De los tiempos de infancia en la ciudad de México de los cuarenta y cincuenta, a los últimos años, vividos en un peregrinar de Lisboa a Jerusalem y de vuelta a su tierra nativa, la autora entrega en estas páginas inolvidables una emotiva narración en que aparecen los perfiles de los padres, judíos emigrados a México, la hermana, las parejas amorosas, los hijos y una azarosa galería de amistades y compañeros de viaje.
Esther Seligson escribió novela, cuento, poesía y ensayo. En Todo aquí es polvo, la escritora mexicana conjuga magistralmente todos sus saberes literarios: la frase de gran riqueza sensorial, la reflexión personalísima de cariz ensayístico, el toque humorístico e irónico de los incidentes, la complejidad dramática y humana de cada personaje. Estamos, pues, ante el milagro literario de una escritura absoluta que, con ejemplar sabiduría, vuelve al lector un cómplice en lo que termina revelándose como una entrañable expedición a la memoria.
Esther Seligson nació en la ciudad de México en 1941. Residió en París, Madrid, Bruselas, el sur de la India, Lisboa y Jerusalén. Estudió letras hispánicas y literatura francesa en la UNAM. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (1969-1970) y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2006-2009). Reunió una selección de sus textos ensayísticos, sobre literatura, teatro y pensamiento, en A campo traviesa (2005), otra de su narrativa breve en Toda la luz (2006) y una más de su obra poética, con el título de Negro es su rostro. Simiente (2010), los tres publicados por el FCE. Es autora también de las novelas Otros son los sueños (1973, Premio Xavier Villaurrutia) y La morada en el tiempo (1981, reeditada en 1992 y 2004). Obtuvo el Premio Magda Donato por el libro de relatos Luz de dos (1978). Recopiló sus textos de crítica teatral en Para vivir el teatro (2008). Su último título editado en vida fue el volumen de relatos Cicatrices (2009). Entre muchos otros autores, tradujo a Emmanuel Levinas, E.M. Cioran y Edmond Jabès. Fue maestra en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM desde su fundación. Falleció en la ciudad de México el 8 de febrero de 2010, pocas semanas después de poner punto final a su libro de memorias.
LIII
domingo, noviembre 21, 2010
LII
sábado, noviembre 20, 2010
LI
viernes, noviembre 19, 2010
jueves, noviembre 18, 2010
miércoles, noviembre 17, 2010
martes, noviembre 16, 2010
XLVII
lunes, noviembre 15, 2010
domingo, noviembre 14, 2010
Ya tengo obra traducida al inglés...
Bueno, ejem... se trata de un parrafito. Ahora que hice un viaje en avión, me dio mucho gusto encontrarme la página 144 de la revista Escala, de Aeroméxico, en su número de este mes de noviembre. La fotografía fue tomada por Franc Ross. En esta sección, se le pide a un escritor que comente un libro que ande leyendo por esos mismos días. Y yo en esa ocasión estaba leyendo una antología de cuentos de Chéjov, de la editorial Alba.
XLV
sábado, noviembre 13, 2010
viernes, noviembre 12, 2010
jueves, noviembre 11, 2010
XLII
miércoles, noviembre 10, 2010
martes, noviembre 09, 2010
La ciudad irascible
Aquí va el texto completo:
La ciudad irascible
Nadia Villafuerte
La ficción no tendría por qué ser el lugar donde uno consiga aliviarse de esa pesadilla llamada “realidad”. Tampoco, claro, el sitio donde dicha “realidad”, a menudo decepcionante, se duplique tal como la conocemos: el mundo puede ser otro, debe ser otro, y no necesariamente mejor. Sobre esta materia se construyen los cuentos que conforman el libro Habla de lo que sabes (Jus, 2009), de Geney Beltrán Félix (Sinaloa, 1976).

Si hay una certeza aquí es la del extrañamiento: con una tensión que puede atribuirse al carácter nervioso del lenguaje, pronto nos damos cuenta de que eso que creíamos situarse en terreno realista no es sino el espejismo de un escenario: la Ciudad (a secas, con mayúsculas) donde ocurren las historias, es un horizonte vacío en el que los personajes deambulan sin encontrar nada qué admirar o amar o desear o conservar siquiera. Lo que hay, en cambio, es la coherencia de un planteamiento: las apariencias son lo único que conocen estos seres furibundos que un día amanecen para descubrir que han dejado de ser ellos y ahora caminan de puntillas sobre su propia vida.
El relato “La celda en la Ciudad”, sirve de concisa viñeta para describir la naturaleza opresiva de una urbe que va desmantelando su fealdad ordinaria mientras se la recorre; así, un simple puente de peatones se convierte en una celda que oscurece sus contornos para abrazar al protagonista. La sensación de angustia no deja de repetirse: en otro momento, un adolescente se extravía por las calles de un barrio y ve surgir, en el parpadeo, a otro que ha usurpado su cuerpo y se aleja impune. Tales alteraciones identitarias podrían ser el rasgo desquiciado de quienes buscan huir y a veces no lo consiguen, o lo hacen a medias: en el cuento “La hija”, un profesor escapa de un bombazo en el aeropuerto y dicho acto se convierte en pretexto para abandonar su vida insatisfecha escapando a una peor (en la que al menos deja estallar su ira contenida) pero en la que de todas formas lo acosa eso que descubre de sí mismo y no tiene enmienda: ni profesor ni alcohólico, sólo es un hombre desprovisto de raíz, esto es, una violencia que nace con y desde el miembro sexual.
Que un esposo atisbe la presencia de una “muchacha de aire” tras la rutina del matrimonio; que un inquilino descubra, con un dejo de sensatez y horror, cómo una horda de desconocidos salen de su baño; no pretenden ser —así lo entiendo— tramas sino estados de ánimo de mentes dislocadas: el escapismo se convierte en una vía alterna frente a una existencia monótona cuyo muro sin lustre puede, no obstante, verse acechado por el desconcierto.
Extrañamiento, he dicho. Y agrego: conmoción frente a retratos breves de vidas comunes y sin embargo atroces. Una mujer sometida a la cruel domesticidad; los minutos reales (porque se siente el lento transcurrir del tiempo) en que ocurre la demolición en una biblioteca; la relación entre un par de amigos a quienes asedia el fantasma de la locura; el cartero Gabriel Sicrano que prende fuego a las bodegas para que nadie reciba una sola carta; el cajero de una tienda que desenfunda una pistola, todos ellos pasan y nos evocan lo que creíamos saber y re-descubrimos: su ironía, su desdén, sus formas de humillar y humillarse, nos dejan sentir lo áspero de un paisaje nada fotogénico. A los personajes de este libro les corresponde otear sobre esa materia ambigua que implica sobrevivir: el mundo se padece, es verdad, y también se rompe para convencernos de que no puede ser sólo eso que se nos impone y que uno asume como un arriendo, sin protesta. No hay concesiones ni dádivas en la escritura de Beltrán Félix: sus personajes son un tropel de “descastados” incapaces de ocultar su orfandad: agresivos algunos, sumisos otros, uno más arrobado ante la naturaleza hostil de su cuerpo que se empeña en renunciar a los signos de la hombría y que ha buscado “la posibilidad de vivir como si no hubiera un pene en la entrepierna”, todos tienen en común un destino: la desesperación. “¿Qué es ser varón?”, se pregunta en algún momento uno de los personajes, y la respuesta parece hallarse en el transcurrir de estas historias: ser varón es permanecer en franco combate con la naturaleza del género; estar ahí, “enjuto, ajado, pero vivo”.
Discierno una lectura última. Al elegir como telón de fondo una tierra baldía que rumia su hartazgo, el autor propone además una forma exasperada al descubrirla. En Habla de lo que sabes no hay un lenguaje aséptico sino desperfectos, fisuras; no el deseo de llanamente narrar y sí el avance que fluye indócil. La opulencia verbal que forcejea a ratos con los balbuceos en la sintaxis, convierte a los temas y a los personajes en un todo orgánico: no sólo el desasosiego como telón de fondo sino y sobre todo la crisis del sujeto, el delirio de los personajes trasplantado al desorden de una prosa que duda, se retrae, estalla o se detiene, lacónica, cuando uno menos lo imagina (excesos de signos de admiración y puntos suspensivos, palabras carcomidas, frases que se interrumpen, de súbito). Lejos de la corrección política, una prosa que emerge impura, desmedida, inmediata.
Con la escritura de Beltrán Félix el lector no puede permanecer indiferente ante lo que va apareciendo como una sucesión de imágenes demasiado cercanas a nuestros ojos y que nos manchan de intimidad e intemperie ajena. El autor cimbra su operación fabuladora más que con acciones, con intenciones: es decir, su búsqueda es estética pero también moral (el excelente relato “Anoche soñé que volaba” otorga, por ejemplo, la denuncia de una ciudad envilecida). Las historias de Habla de lo que sabes, no anécdotas gratas sino episodios turbios, se escriben porque deben ser escritas, como si al reiterar la materia catastrofista de lo real, la ficción pudiera darnos una tregua: cerrar el libro para sobrevivir de otro modo, pues con todo su pesimismo y acritud, existir aún admite conmovernos frente a una realidad nunca consoladora pero tampoco desesperanzada. Libros como hachazos en la cabeza, pedía Kafka. Aquí uno.
XL
lunes, noviembre 08, 2010
Tierra Adentro, 166
XXXIX
domingo, noviembre 07, 2010
XXXVIII
sábado, noviembre 06, 2010
XXXVII
viernes, noviembre 05, 2010
XXXVI
jueves, noviembre 04, 2010
XXXV
miércoles, noviembre 03, 2010
XXXIV
viernes, octubre 29, 2010
jueves, octubre 28, 2010
miércoles, octubre 27, 2010
martes, octubre 26, 2010
lunes, octubre 25, 2010
69 años de Esther Seligson
Ayer domingo, en el periódico Excélsior (sección Comunidad, página 10), Víctor Manuel Torres publicó una breve nota sobre Todo aquí es polvo, su libro de memorias recientemente publicado por la Editorial Bruguera.
Sobre Habla de lo que sabes
Y aquí el texto completo:
Habla de lo que sabes
Irad Nieto
En un artículo periodístico de reciente publicación el filósofo español Javier Gomá Lanzón hizo una pregunta fundamental: ¿Qué es la vocación literaria? En principio, se respondió, consiste en "una anomalía vital", pues de las mil posibilidades sensatas que la vida ofrece a un joven cuya personalidad se supone compleja y plural, sólo una, una nada más, parece absorberlo en forma tirana. Pudiendo ser dentista, abogado, gerente de una empresa o varias cosas a la vez, es decir, trabajar decentemente, el escritor, de manera espontánea e ineludible, se descubre de pronto volcado hacia una intensa, azarosa y emocionante compulsión: fijar por escrito sus pensamientos, sueños y sentimientos.
La vocación literaria es un incendio íntimo y voraz, a la vez atractivo y aterrador. Para atemperar las llamas expandidas en su interior, el escritor escribe, crea, miente; para avivarlas, vuelve a escribir. Su extraña vocación le obliga a dar una forma perdurable, artística, a ese fuego interno. Habla de lo que sabes, el libro que reúne diez relatos del escritor Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976), se escribió con esta intención: subsistir en la sensibilidad de los lectores, espolearnos y remover en nosotros lo visceral, lo intenso que se oculta debajo de la insípida vida práctica. Habla de lo que sabes nos exige leer detenidamente, releer y exponernos.
Y digo exponernos porque en los relatos de Geney Beltrán el sosiego no tiene lugar. No hay paz. Por el contrario, campean la intranquilidad y hasta la paranoia. La Ciudad, como un animal que acecha permanentemente, es aquí el personaje principal que atraviesa todo el libro. "Telaraña vial de pavimento sin fin", la Ciudad es un todo que nos amenaza y nos aprisiona en una atmósfera cada vez más inhabitable, transitada por peatones o automovilistas desesperados, "malignos, "irracionales". Por eso el título del primer cuento: "La celda en la Ciudad", porque el personaje, un contador sensible y trastornado, arrastra su propio encierro en la Ciudad; a través de sus miedos, lo prolonga y lo interioriza: "¿Es todo una trampa? Tal vez lo quieran secuestrar"; el cielo es "una capa de vómito gris"; "los automóviles son hormigas cansadas que ruedan"; un puente peatonal adquiere la forma temible de una jaula soldada en el aire.
En "Perdonados por quién", cuento en el que la Ciudad se desploma por un sismo, el autor describe, escenifica, la ridícula vulnerabilidad de los seres humanos, hacinados en la Ciudad como una plaga de roedores incorregibles y malolientes. El tono es un tanto apocalíptico, no por ello irreal: "Lo que sucede", dice el narrador, "lo que vendrá: son cuerpos aplastados bajo los escombros o asfixiados en el metro y rostros que agonizan en las camas de un hospital y ratas y perros mordiendo cadáveres y fosas comunes desbordadas por extremidades huesudas". Es la demolición de la Ciudad.
Solitarios, paranoicos, aparentemente vacíos, como si siempre representaran la parte accidentada de eso que se llama ser humano, así son los personajes que habitan este universo literario: personifican el fracaso de una pretendida integridad moral y sicológica. Un contador, un matrimonio, un profesor, un cajero frustrado, la hija o el padre, por mencionar a unos cuantos personajes, son una muestra de que a pesar de la buena voluntad se fracasa rotundamente, aquí y ahora. Esto los hace más vivos y más reales a los ojos y emociones del lector. Constituyen además una metáfora de la soledad urbana.
Como narrador, Geney es pesimista y visceral, es decir, un hombre sensato. Lo que más puede admirarse y disfrutarse en estos relatos es que el autor indaga sensiblemente la vida interior de sus personajes y la horada a través de una escritura penetrante, radicalmente introspectiva, onírica, a veces experimental. Mediante el discurso narrativo nuestro escritor explora desde el fondo las comarcas agrestes, milenarias, de la condición humana: los miedos, los deseos, el rencor, la paternidad, la vejez, la muerte, las pulsiones sexuales, la fantasía del incesto. Sus relatos nos instalan ante una escritura íntima pero incendiaria, una imaginación provechosamente maliciosa, a ratos maligna. Habla de lo que sabes es el resultado de esta anomalía vital.
sábado, octubre 23, 2010
viernes, octubre 22, 2010
XXVII
lunes, octubre 18, 2010
En San Miguel de Allende
domingo, octubre 17, 2010
XV
XXIII
sábado, octubre 16, 2010
viernes, octubre 15, 2010
jueves, octubre 14, 2010
XX
miércoles, octubre 13, 2010
XIX
martes, octubre 12, 2010
XVIII
lunes, octubre 11, 2010
URGENTE: Nuestra aparente rendición

domingo, octubre 10, 2010
XVI
sábado, octubre 09, 2010
XV
viernes, octubre 08, 2010
XIV
jueves, octubre 07, 2010
En su desnuda pobreza, fragmento
el mar nos sobrepasa
el amor, el llanto mismo
no reposa una ola tras
otra
tupido a ras del agua las crestas se abisman
y el mundo se inclina
ante las mareas
Vivir es un dolor constante
sosegado
cuántas veces mudo
imperceptible su vaivén
a fuerza de goteo
miércoles, octubre 06, 2010
XIII
martes, octubre 05, 2010
Laboratorio de escritura en Mérida
lunes, octubre 04, 2010
Mandala
sábado, octubre 02, 2010
XII
Verónica Bujeiro
viernes, octubre 01, 2010
Gabriela Torres Olivares
Aún no tengo un ejemplar en mis manos, pero como lo leí cuando era un manuscrito, me permito recomendar muy entusiastamente el libro Enfermario, de Gabriela Torres Olivares, que acaba de salir en el Fondo Tierra Adentro. Es una prosa fuerte, con una mirada inusitada, hurgadora en las esquinas y los rostros que nadie ve. Guau.
jueves, septiembre 30, 2010
martes, septiembre 28, 2010
lunes, septiembre 27, 2010
VIII
jueves, septiembre 23, 2010
Sobre Los insensatos
Olga Harmony comenta en el periódico La Jornada el montaje de Los insensatos, escrita y dirigida por David Olguín. Ir aquí.
miércoles, septiembre 22, 2010
martes, septiembre 21, 2010
La celda en un círculo

lunes, septiembre 20, 2010
domingo, septiembre 19, 2010
viernes, septiembre 10, 2010
domingo, septiembre 05, 2010
La dignidad del desamparo
Verónica Murguía publica en el suplemento La Jornada Semanal de hoy un texto crítico sobre mi libro de cuentos Habla de lo que sabes. Aquí va:"Conoció las mixtas emociones de la escritura: la incertidumbre, la impaciencia, el odio frustrante de sí mismo, el desaliento al luchar con las palabras y sentir que se negaban a hablar con la voz suya.” Con este tono lacónico y puntual describe Geney Beltrán Félix el precario trabajo del escritor en la narración “El cuerpo de Sicrano”, con el que cierra el libro Habla de lo que sabes (Editorial JUS, 2009), su primer volumen de cuentos.
No es casual que alguien que se enfrenta así al lenguaje, en este caso el cartero Sicrano, termine convertido en la materia viva en la que se registra la anécdota; no es coincidencia que en el universo que se despliega en Habla de lo que sabes, Sicrano encarne, literalmente, su historia. Y es que una de las preocupaciones de Beltrán Félix es una línea divisoria: esa frontera porosa que separa al escritor de sus materiales: el lenguaje y el mundo. Para retratar la realidad –por lo menos la de la ciudad y el México vislumbrados por Beltrán Félix– con la abundancia de matices que interesan a este autor, no bastan un registro o un punto de vista: por eso, la escritura en este libro no utiliza solamente el tono austero del párrafo citado: si algo distingue estas páginas es un estilo que se asienta en el ejercicio del contrapunto para crear un sistema de contrastes y reflejos.
A lo largo del libro, Beltrán Félix alterna la prosa elaborada y elegante con el diálogo brusco y natural, que consigna con buen oído los varios idiolectos que se escuchan por las calles de esta ciudad. También turna el ritmo fluido con una cadencia entrecortada en la que el narrador nos detiene, con el uso de paréntesis, para examinar con nosotros lo que considera digno de atención, la parte de la frase que a él le interesa más.
Sicrano escribe, a pesar de que está convencido de la futilidad de la escritura, de la debilidad de los puentes que ésta tiende entre el escritor y quien lo lee. Escribe porque no le queda más remedio. Como otros personajes de este libro, el destino –en su caso convertirse en escritor– se le revela cuando ya no creía en sí mismo y pensaba que la vida era sólo una sucesión de anécdotas banales o terribles.
Los personajes de Habla de lo que sabes viven sus ásperas epifanías en una ciudad tumultuosa, en medio de la pobreza y la indiferencia, resignados a “olvidarse de que el futuro ahí viene, múltiple siempre y presente, nunca”. Porque este es un libro en el que Beltrán Félix, sin temor a revelar preocupaciones de orden ético y social, describe minuciosamente el aire de Apocalipsis que reina en México y sus efectos en el alma. Esto es de agradecerse en estos tiempos, en los que los narradores suelen dibujar las miserias de este país con más temor a mostrar una preocupación ética que a escribir con faltas de ortografía.
Esta minuciosidad, casi naturalista, no está exenta de fantasía: Habla de lo que sabes no es sólo un retrato de nuestras fatigas, nuestras cóleras o nuestras desesperanzas, pues fiel a su talante ensayístico, Beltrán Félix elabora conjeturas, hipótesis que nos comunica, no a través de párrafos discursivos, sino mostrándonos los hechos y acciones de los protagonistas, los inesperados alcances de sus apetitos e indolencias. En algunos casos, estas situaciones llevadas al paroxismo se convierten en historias de fantasmas (“Keppel Croft”), agridulces anécdotas kafkianas (“Este mundo de extraños”) o inquietantes alegorías (“Los perseguidos.”)
El impulso que obliga al autor a ver aquello que los personajes prefieren ocultarse hace que el dibujo de los instantes que preceden a la brutalidad en “Anoche soñé que volaba”, o en “Sara antes del fuego”, sean de una tensión tal, que la violencia final se sienta como una catarsis. Estos cuentos terminan, el primero con suerte de contrariada elegía a la ciudad, “esta bella y agria Ciudad sin remedio”, y el segundo con una oración brevísima que encuentra, como una serpiente que se muerde la cola, su complemento en el título mismo de la historia.
La violencia individual o colectiva, descrita sin adornos. La tristeza y la soledad redimidas por el poder del lenguaje. La dignidad del desamparo, de la soledad, la vejez. La puerta entreabierta de la comunicación. Esta es la apuesta narrativa de Beltrán Félix, un lance en el que el futuro, el que él desea, nace como posibilidad gracias, como él mismo diría, a los poderes del sueño y la imaginación.
II
De la gente vienen las palabras. No son sólo registros de una lengua en uso. Vienen con vida pero latiendo duras y descorazonadas por violencias, dando así, carcomidas de agravios, testimonio de la gran lastimadura que sigue impune y peor aún: vigente. El escritor ha de juntarlas para armar con el arte de su eco dinamita. La escritura sólo es un pasatiempo para los tibios.
I
Pides silencio mientras escribes en la biblioteca, pero las paredes que rodean los anaqueles están siendo derribadas a bazukazos.
viernes, septiembre 03, 2010
Negro es su rostro y Simiente
La ilustración de la portada es obra del pintor Guillermo Arreola. El sello editor es el Fondo de Cultura Económica. Este volumen es el primero de los, si todo resulta bien, tres libros de Esther que se publicarían este año.



















