El extraordinario pintor mexicano Guillermo Arreola inaugura la exposición Semen el próximo miércoles 14 de abril, a las 7.30 pm, en el Centro de Cultura Casa Lamm (Álvaro Obregón 99, colonia Roma), en la ciudad de México.
Bitácora de Geney Beltrán [χe’nɛi bel’tɾan], escritor mexicano (Tamazula, Durango, 1976).
viernes, marzo 26, 2010
Exposición de Guillermo Arreola en la Casa Lamm de la ciudad de México
El extraordinario pintor mexicano Guillermo Arreola inaugura la exposición Semen el próximo miércoles 14 de abril, a las 7.30 pm, en el Centro de Cultura Casa Lamm (Álvaro Obregón 99, colonia Roma), en la ciudad de México.
miércoles, marzo 24, 2010
Habla de lo que sabes en Aguascalientes
lunes, marzo 22, 2010
En la radio
lunes, marzo 08, 2010
Andaré en Tlaxcala, Mazatlán y Durango, todo en un lapso menor a una semana
Viernes 12 de marzo, de 4 a 8 pm, y sábado 13, de 10 am a 2 pm
Instituto Tlaxcalteca de Cultura
Tlaxcala, Tlaxcala
Presentación del libro de relatos Habla de lo que sabes
Lunes 15 de marzo, 5:00 pm
Feria del Libro y las Artes de Mazatlán, Plazuela Machado, Centro Histórico
Mazatlán, Sinaloa
Presentación del libro de ensayos El sueño no es un refugio sino un arma
Miércoles 17 de marzo, 7:00 pm
Universidad Juárez del Estado de Durango, Aula Laureano Roncal
Durango, Durango
jueves, marzo 04, 2010
Infancia

Aquí, unas líneas de «Mi infancia tiene olor a nata fresca»:
De niña yo miraba dentro de otro mundo, dentro de una realidad “anterior”, como mirar las puertas del país de la sombra cargando un fanal en la mano encendido con la fuerza silenciosa de lo oculto. Habitamos una tierra de nadie donde fluye un río inabordable salvo si apelamos a una embarcación divina, o al poder de una palabra que divida sus aguas para atravesarlo a pie seco, sin olvidar las hierbas aromáticas que habrá que incinerar ofrenda de agradecimiento... El engrudo familiar... La imagen de Adrián chupándose el dedo con el trapito agarrado a la mano esperándome tras la ventana de la sala, ¿podría ser un hilo del cual tirar? Decía que yo nunca estuve cuando él me necesitaba. ¿Por qué no me separé definitivamente entonces y me quedé con mis hijos? ¿Por qué no contarse hoy la historia de otra manera? También él se lo preguntaba años más tarde, cuando ya sabía por propia experiencia, y poco le faltaba para encarar su destino final, la fuerza que se necesita para soportar la desesperanza. Y en cuanto a mí, no tiene remedio: amo las paradojas, la turbulencia del anhelo, de la libertad, de los desafíos del Absoluto, y preñada voy de esa sed que me consume y que cuántas veces no me han reprochado “sólo pasa en tu cabeza”. Por supuesto que me hubiera gustado ser feliz, ni siquiera creo no haberlo sido, por momentos obviamente e incluso por temporadas más o menos largas o cortas, con esa felicidad tanto de plenitud como de una impalpable espera, algo similar a esas tardes muy luminosas de domingo o de fin de día festivo en que todo se alargaba como si el tiempo no existiera y no fuera a caer la noche y acabar con la luz, el silencio, el intervalo de eternidad, la certeza de que alcanzará suficientemente para terminar los juegos, encontrar las búsquedas, regresar una y otra vez a brincar entre las olas —y cuánto cuánto costaba arrancarse a la fascinación del oleaje sólo porque los adultos tenían tantos planes para después de la merienda y les urgía deshacerse lo antes posible de los niños—, no agotar el espectáculo de una bandada de gaviotas desdibujando la línea fija del horizonte con su vuelo fantasioso; tardes de hacer el amor lenta y morosamente, sin nostalgia ninguna, tan presentes en su presente único; tardes de corretear a mis hijos por la casa y el jardín jugando a las escondidillas, a los sustos, igual de niña que ellos; tardes adolescentes de no hacer nada ensoñando con un libro abierto sobre las rodillas, ¿fue eso, es eso, la felicidad?, ¿ese rodar y traspasar los limites imaginarios y reales entre las realidades que habitamos y nos habitan?
miércoles, marzo 03, 2010
Habla de lo que sabes en Luvina

Rescoldos
José Israel Carranza
«Habla de lo que sabes». Es la conminación, terminante, elegida por Geney Beltrán Félix para instalarla al frente de su libro de relatos —cerrado el libro y cuando apenas va reanudándose la ocurrencia del mundo, suspendida definitivamente en las horas tensas de lectura ininterrumpida, es un título que se revela como una sugerencia alarmante: ¿qué es lo que sabe este autor, que ha podido hacer esto?—; es también la conminación que ahora dirige este comentario, y es inapelable. He de hablar de lo que sé, y lo que he llegado a saber con esta lectura es más o menos lo siguiente:
Primero: que, de regresar a ciertos pasajes de los relatos de los que vengo saliendo (uno, pongamos: «Anoche soñé que volaba»), me esperan ahí, y no habrá forma de evitarlo, el estremecimiento y la turbación que, de todos modos, se han impreso indeleblemente en la memoria de lo que fui conociendo: qué ingredientes y en qué proporciones componen la fórmula inmejorable del envilecimiento. Hay esto: un muchacho, cajero en un Superama, tiene una pistola consigo mientras pasa por el lector de la caja los productos que pagan los clientes. Lo que ha ocurrido antes, lo que ocurrirá entonces: la hermana del cajero, desnuda y absorta en el remolino de agua del excusado, el deportivo azul en que el cajero ve alejarse a la joven mujer de ojos verdigrises cuyo nombre obtuvo de la tarjeta bancaria con que le pagó el súper, los viajes en el hastío y la negrura del microbús, la amiguita de la hermana con el arete en la nariz, el mafiosillo del barrio entrando a la habitación de la hermana, los pantalones del cajero en los tobillos, el llanto, la clave para marcar en la caja registradora el precio de las clementinas. Y el resto: la miseria, la vergüenza, el resplandor del televisor, el resplandor del sol de la tarde cerniéndose sobre el aullido de una ambulancia. Etcétera. Lo que sé, en suma —«habla de lo que sabes»— es que no hay atrocidad que no tenga su historia, por arduo que resulte elucidarla, y que llegar a conocer tales historias supone renunciar (cosa que habríamos tenido, ingenuamente, por impensable) a nuestras más trabajadas intransigencias: quiero decir: hay un cajero de un Superama, tiene una pistola, y lo que haya de suceder, y lo que lo llevó a hacerse de la pistola —y de qué modo— nos descubriremos comprendiéndolo. Ignoro si el estremecimiento y la turbación cuenten como méritos literarios: lo que sí sé —«habla de lo que sabes»— es que, sin que me haga falta regresar a la lectura del relato «Anoche soñé que volaba», el estremecimiento y la turbación no tengo manera de disolverlos. (Sí regresaré, claro: porque además está el enigma fascinante de que esto haya sido así).
Sé, también, que los relatos de este libro propician una intensificación del silencio en rededor nuestro, van amplificándolo hasta que sólo podemos escuchar las voces de los personajes y quisiéramos —me pasó— tener algo que decirles para salvarlos, si cabe tal candorosa intención. Los padres y sus hijas que buscándose van a perderse, la mujer que espera las patadas de esa noche cuando su esposo y su hijo regresen briagos, la muchacha cuyo pecho sube y baja mínimamente luego del terremoto, el hombre en la jaula suspendida en el vacío, un río que va a desbordarse y un lazo que se aprieta sobre un cuello, un tropel de indeseables que salen y salen del baño, el avión a Londres que estalla antes de haber despegado, una mujer sepultada en la nieve, otra que espera un corazón para que se lo coloquen debajo de las costillas... Supongo que esto no se hace: ir despachando instantes inconexos cuya concurrencia en estas líneas poco o nada dirá a quien pase por ellas. Pero el hecho es que tales instantes —y me detuve a tiempo, espero: me quedan muchos más— son el rescoldo (probablemente inextinguible: lo que hallaré cada que vuelva a la recordación de mi lectura) de la experiencia absolutamente inesperada que fue permanecer en el centro de ese silencio que digo, mientras presenciaba —sin poder decir nada— cómo un puñado de personajes, movidos en última instancia por la pertinacia de sus errores, por la soledad que los había acorralado, porque la vida es un mero pretexto para que tengan lugar el dolor o la infamia, porque querer hallar sentido a nuestros actos es la vía más segura para extraviarse, cómo un puñado de personajes iban siendo fijados por el rencor, la demencia, la pena... Y pienso ahora en Pompeya, en los cuerpos que las cenizas ardientes dejaron detenidos en su gesto y su idea y su movimiento últimos, y pienso que la escritura de Geney Beltrán Félix puede ser como esa ceniza que se abatió sobre las vidas que constan en este libro, y tras la cual queda sólo el silencio temible de quienes así —como se había propuesto Sicrano, el cartero del último cuento— han sobrevivido a su propia muerte.
Sé, también, que he pasado por el libro de un autor obstinado —felizmente obstinado, a contracorriente de toda complacencia y toda facilidad— en su admirable empresa de reformulación del mundo. Sé que podrán pasar los años, muchos, y este libro, y cada uno de sus diez cuentos, y cada uno de sus personajes, serán inolvidables.
martes, marzo 02, 2010
Del otro lado de lo real

A continuación, dos párrafos del texto:
¿Cuál es el lugar de Seligson en la literatura de nuestra lengua? Hasta ahora, uno secreto. Autora de culto, raudamente reducida a sólo “la traductora de Cioran”, Esther Seligson vivió largas temporadas en el extranjero; publicó buena parte de sus títulos en sellos marginales; no se vinculó a grupo literario alguno y tampoco ejerció ningún poder en el circuito de la burocracia cultural o universitaria. Estudiosa, y en serio, de saberes atípicos —la astrología, el tarot, la acupuntura, la gemoterapia, la Cábala y cualquier forma de mitología y religión—, fue también atípica en su ejercicio de la escritura: fuera de sus textos ensayísticos y de crítica teatral, y circunscribiéndonos a la ficción, Seligson es una voz heterodoxa y experimental en la deriva reciente de las letras hispanoamericanas.
Para empezar, hablemos de su estilo. En cualquier página de, por ejemplo, La morada en el tiempo (1981), Sed de mar (1987) e Indicios y quimeras (1988), destaca una escritura absoluta: es el suyo un decir sintácticamente denso (oraciones proustianamente largas, adjetivos y aposiciones que saltan aquí y allá para complicar el matiz) y dotado de un lirismo que, gracias a un fecundo léxico de particular relieve sinestésico, va de lo elusivamente intimista a lo elegantemente revelacional. Si buscamos una estilista en el sentido clásico, no hay sino empezar por estos escritos de Esther Seligson: aquí el lenguaje revela —único protagonista— su ejemplar sabiduría. Que consiste en lo siguiente: no hay conocimiento introspectivo, no hay expedición a la memoria y los sentidos sin una extremada conciencia de nuestra plural naturaleza lingüística.
jueves, febrero 25, 2010
A Tlaxcala de nuevo
miércoles, febrero 24, 2010
Nadia en Minería
No volveré, de Guillermo Arreola, en San Miguel de Allende
martes, febrero 23, 2010
Invitación
lunes, febrero 22, 2010
Resonancias de Minería y de Esther
Texto de David Huerta sobre Esther, en El Universal: aquí el enlace.
Columna de Humberto Musacchio sobre Esther, en Excélsior: ir aquí. (En efecto, Todo aquí es polvo, el título de su inédito libro de memorias, lo tomó Esther de una frase, mas no un verso, de una mi novela igualmente inédita, y de mi relato «Perdonados por quién», que está en Habla de lo que sabes.)
Texto de Adriana del Moral Espinosa sobre Esther, en La Jornada Semanal: aquí.
Recuento de Angélica Abelleyra sobre el Taller de Sacerdotisas: aquí.
En otro orden de ideas, dejo aquí el link para conocer las actividades del Forca Noroeste en la Feria del Libro de Minería: aquí.
sábado, febrero 20, 2010
HOY: Queremos tanto a Esther
Ex-presentación de Cicatrices, último libro de Esther Seligson (publicado por Páramo), convertida en homenaje a nuestra querida maestra, amiga, autora
Participan: Antonio Crestani, Julieta Egurrola y Saúl Káminer
Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería
Auditorio Dos
viernes, febrero 19, 2010
Un texto de 1996 sobre Hebras, de Esther Seligson, escrito por Alejandro Toledo

Uno de los primeros recursos de la crítica literaria, al intentar describir la obra de Esther Seligson, es apelar a su rareza, su marginalidad. A esto se llega por contraste. Los medios masivos de comunicación han creado el sobreentendido de que lo sencillo es "verdadero", y lo en apariencia difícil se torna "extravagante", es decir: "que se hace o dice fuera del orden o común modo de obrar" (si acudimos al diccionario). A alimentar el lugar común colabora buena parte de los reseñistas: por una confesada flojera profesional se dicen interesados por las obras inclasificables —que sin embargo los obligan a estudiar— pero sobre todo celebran como refrescantes los escritos anecdóticos, ligeros, periodísticos... Los autores se han visto igualmente entrampados en esta doble vía entre lo pensado y lo impensado, y ahora sueñan con escribir "best-sellers cultos", que es como querer invadir un campo militar para convertir en pacifistas a los soldados. Llamar "difíciles" a los libros de Esther Seligson es, por tanto, volverse cómplice de ese gusto por la medianía. José María Espinasa, en el prólogo a Tríptico (1993), apunta: "Por eso [la de Esther Seligson] es una literatura difícil, porque pide ser leída con las mismas exigencias con que fue escrita".
Para seguir leyendo, ir al enlace: aquí.
jueves, febrero 18, 2010
Queremos tanto a Esther
Se han organizado tres homenajes para recordar a nuestra querida Esther Seligson, los tres en la ciudad de México:
Sábado 20, 19:00 horas
Ex-presentación de Cicatrices, su último libro (publicado por Páramo), convertida en homenaje
Participan: Antonio Crestani, Julieta Egurrola y Saúl Káminer
Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería
Auditorio Dos
Domingo 21, 12:00 horas
Toda la luz... Esther Seligson, in memoriam
Lectura: Laura Almela. Concierto de violonchelo: Jimena Jiménez Cacho
Sala Manuel M. Ponce. Palacio de Bellas Artes
Lunes 22, 18:00 horas
Homenaje a Esther Seligson
Centro Universitario de Teatro, UNAM
Foro del CUT
miércoles, febrero 17, 2010
No lo que pasa, lo que permanece: La sonrisa de Esther

En dos horas saldré rumbo al Panteón Israelita. Desde el lunes, incluso antes de recibir la invitación por celular, empecé a escribir estas cuartillas, en mi mente. Pero a la hora del teclado, una y otra vez he venido sintiendo que no es esto lo que quiero, debería, podría decir de Esther. O que todo será poco. Escribí un párrafo:
Una escritora (1941-2010) muere. Hablamos luego entonces de su vida: viajes, lecturas, hijos, alumnos, amoríos y pasiones (la mitología, el teatro, las gemas, el tarot, la astrología, uf: las religiones comparadas, la acupuntura, y siempre el viaje, y en el centro de todo la escritura). ¿Cómo? ¿Disminuirlo todo a un puñado de cuartillas? ¿Rebajar la vida a sólo un orden de palabras? ¿Y qué importancia tiene la vida de un escritor que ya no vive acá? Quiero decir: ¿qué le dirá a quien no la conoció y tal vez tampoco siquiera la ha leído? ¿Para qué un testimonio de amistad y mentorazgo, si lo que hace que los críticos hablen de ella no es la amistad ni el mentorazgo ante pocas o muchas generaciones: sino su escritura?
Hasta ahí el comienzo. Luego venía este párrafo, el elogio que al todavíanolector de sus libros le parecerá sospechoso, exagerado:
Sin embargo, cómo hablar de sus libros. Así, tan de repente. Decir que Esther Seligson es una estilista mayor de la prosa en lengua castellana. Que su obra narrativa un día será puesta al lado de las páginas de Virginia Woolf o Yourcenar o la Lispector. O afirmar que La morada en el tiempo es una de las proezas secretas que ha parido la novela en Hispanoamérica: todo esto, ¿qué? Basta leer cualquier relato de Toda la luz para percatarse: ahí la lengua española entrega capa tras capa de tensión y hondura intimista, una expresividad profunda, cargada de matices y resonancias que va desbordándose hasta obligarnos a ese detenerse que se traduce en: Nadie escribe así. Regresemos, leamos de nueva cuenta este párrafo, esta página, este libro, y los sentidos se concentran al máximo gracias a una escritura ficcional que convoca los sueños, el mito, la emoción, la memoria. No sólo los hechos, no sólo el narrar un incidente tras otro, si no lo que viene después en la sensibilidad del personaje, lo que se suma, a la manera de un eco paciente, en su psique: no lo que sucede (no lo que pasa), sino lo que permanece.
Pero (me dije): no hablar de sus libros, no ahora.
Hablar de su generosidad. Que era impaciente y arbitraria, sí. Que era iconoclasta, detodocriticona, también. Pero era una persona cálida, valiente y sobre todo generosa hasta la ingenuidad. Conocí a Esther Seligson en julio de 2005, cuando entré a trabajar en el Fondo de Cultura Económica como editor de literatura. Era su viaje anual a México, vivía en Jerusalem. Al año siguiente, en junio de 2006, fue a la editorial, hablamos.
—¿Y es bueno el libro?
—Ajá —le dije.
—¿Tienes una copia? ¿Me pasas una copia?
El autor de ese manuscrito era becario en la Fundación para las Letras Mexicanas, donde ella esas breves semanas daba un curso sobre Los versos satánicos. Esther había apenas visto dos o tres veces en clase al joven autor. Yo no entendía: ¿quería leer su libro? ¿Una escritora de su talla, interesada por ver cómo escriben los nuevos, los desconocidos y jóvenes? Cool. E inusitado.
—Si me gusta, te escribo una notita apoyando que lo publiquen, como dictamen. Si no me gusta, nadie sabe, nadie supo.
Le di el libro. Era miércoles. El lunes me habló:
—Pues es bueno, ¿eh? Salvo algunas cositas que, si me autorizas, le sugeriré que corrija. ¿Puedo decirle?
Me mandó un texto de una cuartilla hablando favorablemente de La noche caníbal. Este súbito aval, tan generoso y enfático, del libro de un muy joven escritor, Luis Jorge Boone, sirvió de mucho (de todo) a la hora de los comités editoriales.
Ésa, entre muchas, sería una estampa de su generosidad. Yo le debo interminables horas de conversación, por teléfono o en persona, cara a cara o en grupo, en su departamento de la calle Liverpool —donde siempre en sus tertulias nos ofrecía té, café turco, galletitas, dulces, chocolates—, en algún restaurante de la colonia Juárez o la zona rosa. Cada charla con ella era poco menos que una cátedra. Su capacidad para establecer relaciones luminosas entre distintos temas, su gran curiosidad intelectual, su genuino interés por vérselas frente a un interlocutor, no sólo ante un alumno, hacían de sus palabras un hilo continuo de revelaciones y sugerencias. Me regaló libro tras libro, así, liberalmente. Tuvo la liviandad de nombrarme su “agente literario”, de tolerarme como editor de su última obra publicada. Sobre todo, le debo un conocimiento trascendente del que apenas empiezo a tener noción: hizo mi carta astral y descubrió un Mercurio inaspectado en la casa de Escorpión, a algunos grados de un Júpiter igualmente encerrado, aunque él a disgusto, en esa profundidades, a partir de lo cual dieron inicio las informales lecciones de astrología. Es decir, me adoptó como “aprendiz de brujo”. Pues para ella, como para Steiner, una vida no examinada no valía la pena ser vivida: de ahí su introspección permanente, como la astrología moderna, con su enfoque en la psicología traspersonal, fomenta, exige. ¿Y para qué la introspección? Ella tenía la confianza de que la vida, por lo menos la propia, puede ser cambiada, y sólo así puede vivírsela más intensamente. Como ella lo hizo. Se fue serena, en paz. Gina Ogarrio estaba a su izquierda, yo le tenía tomada la mano derecha; cuando sobrevino el paro, su mano se tensó, luego la fue levantando, como extendiéndosela a la Diosa Madre, y después la posó sobre su pecho.
Pero (y no habría de disculparme por cifrar esta emoción) si algo recordaré de ella es su sonrisa. La sonrisa pícara de niña de ocho años cuando se sentaba en el suelo a jugar con mi hija Andrea, de ocho años. O la sonrisa burlona de cuando, hasta la semana pasada, me ponía agujas (era también médico acupunturista) en el pie esguinzado, burlándose de mis muecas de supuesto dolor. La sonrisa de Esther. La sonrisa.
Geney Beltrán Félix
martes, febrero 16, 2010
Descarada promoción de sí mismo
Páramo en Minería

lunes, febrero 15, 2010
Sobre Cicatrices
Aparece hoy en el periódico Milenio el texto crítico «El insominio de la memoria», de Mary Carmen Sánchez Ambriz sobre el libro Cicatrices, de Esther Seligson.Hay que recordar que su obra estaba dispersa y un tanto olvidada en Ediciones Sin Nombre (por lo difícil que resulta distribuir en México los libros de editoriales independientes) hasta que en 2005 el Fondo de Cultura Económica editó la antología de ensayos A campo traviesa, y al año siguiente, Toda la luz, donde recopila varios libros de cuentos y reflexiones. Mucho del camino andado en Toda la luz se halla en estas Cicatrices: la fuerza de una escritura que convoca rigor y erudición, que hurga con pericia en lo onírico y perturbador que puede tener la vida misma, que pone el dedo en la llaga, en los fracasos del ser humano.
El primer relato, “Cuerpos a la deriva”, es un claro homenaje a Marguerite Yourcenar, texto notable al igual que el autobiográfico “Ella, mi madre”. El recurso de la reflexión breve queda acentuado en la segunda parte del libro; aquí se palpa la tendencia de la autora hacia lo fragmenTario y se percibe como devota de Cioran. Porque la literatura de Seligson abarca precisamente vigilias, epitafios, espejismos, fisuras, conjunto de cicatrices que ella define como “concierto de voces insepultas en el insomnio de la memoria”.
Esther Seligson falleció hace una semana. Se sabe que con su agente literario y amigo, Geney Beltrán Félix, dejó una obra inédita (se desconoce si Páramo Ediciones o el FCE la publicarán). Mientras eso ocurre, el lector podrá tener un valioso compendio narrativo que procede de la mejor estirpe literaria.
Seligson probó sin advertirlo las aguas del Leteo que, según cuenta Homero, curan de la razón y del dolor a quien se atreve a beberlas.
Esther Seligson en Laberinto

viernes, febrero 12, 2010
Esther Seligson, por José Ramón Enríquez
Era difícil Esther Seligson. Entrañable pero difícil. Estaba tan acostumbrada a la ignorancia de los jóvenes cuanto dispuesta a vencerla con su palabra, pero no soportaba la necedad ni esa petulancia de quien se siente exento de obligaciones en el terreno de la cultura. Su poesía, sus ensayos, su conversación toda exigían atención e inteligencia. Si para Cioran "un libro debe ser un peligro", para Esther traducir al pensador rumano fue una aventura espiritual de tiempo completo.
Sus investigaciones sobre la Kabbalah no eran el escarceo de una diletante sino la entrega profunda de quien busca la Totalidad. Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que Esther Seligson era una mística con todo lo que la palabra misticismo supone y exige. Hablé con ella suficientemente de Dios como para saberlo y viví cerca de ella momentos de dolor tan profundo y reacción tan genuina como para testificarlo. Alejada de las ortodoxias que se vuelven totalitarias e hipócritas, sabía de la fe y vivía rostro a rostro con la misma Presencia en la que ahora se encuentra idéntica y sonriente.
Nos entendíamos bien desde mi fe y la suya. La honestidad y la apuesta por vivir lo que la Vida tiene de inefable superan cualquier frontera teológica, y demuestran que la teoría no es más que la expresión en el lenguaje de una experiencia que lo trasciende todo.
Pícara, carnal, táctil y dulce, para ella el ser humano precisaba del abrazo de un otro, y mucho de la catástrofe que vivimos, individual y colectivamente, se debe a esa carencia de una otredad que nos dé su ternura.
No soportaba la prostitución en el arte, sobre todo en el teatro, que era su pasión, y no perdonaba la superficialidad que llena los escenarios. En El teatro, festín efímero, al ir formulando preguntas fue enumerando los linderos múltiples del teatro para después definirlo:
"El teatro es ¿eterna búsqueda del misterio de la condición humana?, ¿incansable enfrentar los designios de los dioses?, ¿confrontación de modelos culturales y sociales para romper con ellos, perpetuarlos, rescatarlos?, ¿espejo de una identidad, ¿expresión de los dominios invisibles del hombre? Como la de la vida, la esencia del teatro es inapresable, un camino siempre virgen, un encuentro siempre terrible y salvaje con lo divino, porque divino es todo acto creador".
Es decir, Esther veía en el teatro un camino para la santidad y así lo explicaba al hablar de Grotowski: "Se trata de una santidad laica, así como de un teatro que tiende a la sacralidad sin ser necesariamente religioso". Por eso del actor esperaba tanto y por eso fue fundadora y maestra apasionada del Centro Universitario de Teatro de la UNAM. También por eso los chavos del CUT están desolados. Han perdido a quien creía en ellos y les exigía:
"El actor 'santo' no se entrega al mejor postor; no se exhibe, no es autocomplaciente ni narcisista, no acumula trucos ni recetas para actuar, sino que trata de eliminar los obstáculos que su cuerpo opone al desarrollo y a la manifestación de su vida interior, de sus procesos psíquicos; no se conforma con la maestría adquirida sino que está siempre dispuesto a ir tras nuevas posibilidades, a empezar".
Entiendo la desolación de quienes se han quedado sin ella, pero no la comparto. Al igual que cuando hablamos sobre Adrián me dijo, sin retórica, que los dos sabíamos que él no se había ido, y tenía razón, así puedo yo decir a mis posibles lectores, sin retórica alguna, que Esther no se ha ido, y tengo razón.
lunes, febrero 08, 2010
Esther
miércoles, febrero 03, 2010
Sobre Jaspreet Singh
La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, en su número de febrero, publica el texto crítico de Gabriela Conde sobre el libro de relatos Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira, de Jaspreet Singh, publicado por Páramo Ediciones. Aquí el enlace: ir a la página 32.
martes, enero 26, 2010
sábado, enero 23, 2010
Claire en enero

viernes, enero 22, 2010
miércoles, enero 20, 2010
martes, enero 12, 2010
jueves, enero 07, 2010
domingo, enero 03, 2010
Los mejores libros del 2009, según Sergio González Rodríguez
domingo, diciembre 20, 2009
Tierra Adentro

* de Mariño González, sobre Julio Ramón Ribeyro, a 80 años de nacido (Ribeyro, no Mariño);
* de Silvia Peláez, sobre libros de tres dramaturgos jovenes: Martín López Brie, Hugo Alfredo Hinojosa y Jacques Bonnavent;
* de Eduardo Huchín Sosa, ensayista del sur, sobre libros de cinco narradores jóvenes del norte: Julio Pesina, Gabriela Torres Olivares, Vicente Alfonso, Jaime Romero Robledo y Cristina Rascón;
* de Irad Nieto, ensayista del norte, sobre libros de cinco narradores jóvenes del sur: Nadia Villafuerte, J.F. Castillo Baeza, Rafael Ferrer, P.E. Ferrer Franco y Luis Gámez;
* y de Francisco Alcaraz, sobre tres libros de y sobre Octavio Paz: Las palabras y los días, Un sol más vivo y Luz espejeante.
Para cerrar, aparecen notas breves de:
Sergio Loo, sobre Escenas sagradas del Oriente de José Eugenio Sánchez (Almadía) y Caballos en praderas magentas de Ernesto Lumbreras (Aldus);
Jorge Mendoza Romero, sobre Libro del errante de Jorge Boccanera (La Cabra);
Atahualpa Espinosa, sobre Crónica de una década de Odysseas Elytis (Ediciones Sin Nombre);
Paulette Jonguitud Acosta, sobre La casa de cartón de Martín Adán (Textofilia);
Nadia Villafuerte, sobre Mitos, leyendas y cuentos peruanos (Siruela);
Lucía Leonor Enríquez, sobre La tierra de cenizas y diamantes de Eugenio Barba (Escenología);
Mauricio Salvador, sobre Literatura y derecho. Ante la ley, de Claudio Magris (Sexto Piso);
y elgeney, sobre Del crepúsculo de los clérigos de Armando González Torres (Terracota).
El índice completo, aquí.
miércoles, diciembre 16, 2009
martes, diciembre 08, 2009
Rodolfo Obregón escribe sobre el montaje de Iluminaciones
Seligson sobre mi libro de ensayos

El arte del ensayo
Esther Seligson
Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) pertenece a una de las más sobresalientes generaciones de jóvenes creadores mexicanos (Nadia Villafuerte, narradora; Paola Velasco, ensayista; Hugo Alfredo Hinojosa, dramaturgo y cineasta; Mijail Lamas, poeta; Vicente Alfonso, novelista) del interior de la República. Novelista, cuentista, crítico, fue editor de literatura del FCE, becario por dos años consecutivos de la Fundación para las Letras Mexicanas, publicó en 2003 el libro de ensayos El biógrafo de su lector (Premio Nacional José Vasconcelos), su libro de relatos Habla de lo que sabes está por aparecer en la Editorial Jus, tiene una novela aún inédita, y colabora en las más importantes —y escasas— revistas literarias de nuestro país. Con el apoyo de Coinversiones del Conaculta ha fundado Páramo Ediciones. Su más reciente libro de ensayos, El sueño no es un refugio sino un arma, acaba de ver la luz en los Textos de Difusión Cultural de la UNAM.
Si como narrador Beltrán Félix es dueño de un estilo severo por directo y claro, directo por neto y sin concesiones estilísticas, neto por darle a las palabras el peso de su más pura esencia; como ensayista estas virtudes —severidad, exactitud y claridad— se acentúan enriquecidas por una ironía nada exenta de “crueldad” en la mirada con que enfoca el fenómeno de La Cultura en la actualidad de unas circunstancias que han desvirtuado hasta la más completa banalización todo concepto, contenido y sentido justamente de la cultura, con y sin mayúsculas. Y en tanto devorador de libros, GBF es un agudo lector curioso ávido de Conocimiento (no únicamente de la información actualizada que requiere un crítico), de encuentros insospechados, y seducciones imprevistas.
El sueño no es un refugio sino un arma, título tomado de un verso del poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, constan de 25 ensayos que reflexionan sobre el ensayo y la reflexión (no juego con las palabras, aunque no dejo de guiñarle un ojo al espíritu lúdico subyacente en el libro), la necesidad de una nueva crítica literaria (venturosamente para las artes dentro de cada generación aparece un selecto grupo con esa “inevitable compulsión a expresarse” que lo caracteriza como si antes de él y después de él no existiese más que el Diluvio), la urgencia del rescate de la tradición humanística, de la escritura como agente de transformación personal y social; otros ensayos revaloran presencias literarias “de culto” como Nellie Campobello, Francisco Tario, Efrén Hernández; otros más buscan calar con nueva mirada en las escrituras de Salvador Elizondo, Sergio Pitol, del médico Francisco González Crussí, la dramaturgia de Óscar Liera, sin desdeñar un vistazo hacia la más reciente escritura de provincia, Élmer Mendoza, César López Cuadras, Nadia Villafuerte.
El sueño no es un refugio sino un arma trata, pues, del “retrato intelectual” tanto de su autor como de quienes lo leemos, interlocutores ideales por cuanto nos sitúa en el aquí y ahora del acontecer cultural artístico de nuestro mundo globalizado. A fin de cuentas, en efecto, de lo que es cuestión en un ensayo es de dar testimonio del momento en que vivimos y su entorno histórico específico.
La eterna pregunta “por qué, para qué, para quién escribo”, no tiene hoy como antaño más que una respuesta: se escribe de cara a “Dios” —a ese “trasfondo mítico de toda aventura humana”—, para dialogar con el único Interlocutor posible: la propia palabra, la propia condición humana y, a partir de ahí, con nuestros semejantes, con el Otro (que no soy yo mismo). En esta nuestra época de desencanto y cinismo, de desazón y rabia, Beltrán Félix le exige al escritor (y hace una tajante distinción entre el “escritor artista” y el “escribidor”) un claro compromiso moral ineludible con “lo ético literario”, un imperativo de autenticidad, de honestidad con la Palabra y de ésta con la Escritura: prohibido poner la literatura al servicio de la época (y no insistamos en cómo “la época” ha adelgazado a la palabra a niveles de anorexia pandémica).
Sin embargo, GBF no es un idealista al estilo de la bohemia decimonónica (y que aún subsiste entre los reciclados de 1968), pues acepta que el artista que hoy en día “se muere de hambre” ya no existe. Ahora bien, que El Arte no ha cambiado al mundo es una verdad de Perogrullo. Tampoco la política o la religión lo han hecho (tal vez lo único evidente hoy sea el “cambio climático”), lo cual no obsta para continuar reflexionando, escribiendo, danzando, haciendo música, teatro: creando y recreando, en suma, “ante la falla del mundo”.
Cambiar, no; trastocar, sí. Pues para Beltrán Félix “la escritura es un incendio íntimo del que no es factible salir intacto” (como en El sacrificio de Tarkovski, se me ocurre la asociación), de ahí que a través de la perspectiva interna del escritor sea posible trastocar la visión del mundo del lector y renovarla de manera profunda y auténticamente personal. Bajo el lema “escribir trastoca el mundo” a través y gracias a la lectura, y a la relectura (de los clásicos como base incontrovertible), el ensayista pretende alterar, confundir, la comodidad, el acomodamiento, lo acomodaticio de nuestra actitud de lectores frente al Libro (no en balde GBF es un afanoso lector de George Steiner, por mencionar sólo al crítico más “popular” de entre los muchos que cita en el bagaje de sus nada diletantes lecturas), sin hacerse concesiones a sí mismo al sancionar los vicios de su presente en tanto crítico, ensayista y narrador, el presente de nuestras Letras contemporáneas, las suyas, y del gusto y preferencias de sus lectores.
Pero, “trastocar la idea que el lector tiene del mundo”, ¿no es una utopía? Justamente. Y en eso consiste el compromiso moral que se le pide al escritor artista, al arte. Beltrán Félix no cae en el regodeo de lapidar a la contemporaneidad falaz del best-seller (¿a qué redundar en lo tan obvio?), a la facilidad del consumismo de entretenimiento y enajenación. Señala lo que hay que señalar y pasa a lo sustancial: a buen entendedor pocas palabras. Esa insistencia en “un principio ético de la escritura” busca instaurar al diálogo como desafío al pensamiento pasivo y conformista, subvirtiéndolo. No obstante, y en ello radica la lucidez del ensayista, no me está pidiendo a mí como lector que esté necesariamente de acuerdo con él, de hecho no me pide nada más (ni nada menos) que reflexionar por mi cuenta, un detenerme introspectivo para considerar y reconsiderar, para rumiar y digerir, para ensayar (gustar, catar, saborear, son algunos de los sinónimos que propone Martín Alonso en su añeja e insustituible Ciencias del lenguaje y arte del estilo), analizar mis propias incertidumbres culturales, políticas, sociales, morales.
Independiente y alejado de las “redes de poder” (¿existen?, ¡vaya ingenuidad!) dentro del medio literario, Geney Beltrán Félix cuenta con la soltura necesaria para decir lo que piensa desde su muy personal criterio (¿y acaso existe otra forma que pensar que no sea personal?) y compromiso único con la Palabra, con la letra escrita, con la Literatura, con el Libro, a partir de su propio compromiso de claridad, de autocuestionamiento (“yo profeso la fe de la duda”), de recapitulación autocrítica de su acervo de “bienes culturales”, y decirlo merced al ensayo de crítica literaria (casi casi como una fatal compulsión a expresarse), instrumento que da “luz sobre el fenómeno de la letra en su nexo con el mundo”. Y reconforta que esta generación (algunos de cuyos principales nombres se mencionaron al inicio de este texto y que igual insisten en el principio ético de la escritura), a través de sus voces más lúcidas, recobre, llamémosla así, la visión mítica—¿mística?— que ha sido desde los Orígenes el objetivo de la Palabra: una mirada omniabarcante presente y eterna, antigua y contemporánea, concreta y polisémica, íntima y universal “que proporciona material para nuevas reflexiones”, pues reflexionar es esencialmente transparentar: la coexistencia —por ejemplo entre otros asuntos de trascendencia— de las incompatibilidades, de las incongruencias, las posibilidades de lo irrepresentable, inarticulable, el silencio de los dioses…
Si el papel editorial de las publicaciones de la UNAM, y de cualquier editorial, es el de la difusión, nunca mejor lugar para que este libro, El sueño no es un refugio sino un arma, “ensaye” su poder para trastocar a los estudiantes que lo lean. Es decir: que si leer es la posibilidad de dejar surgir dentro de uno mismo lo extra-ordinario, aboguemos porque el departamento de distribución de la Dirección de Literatura provea a las librerías con el dicho libro y propicie en sus lectores, por mínima que sea, la semilla de un deseable trastocamiento en su manera de ver el mundo de la cultura que nos tocó vivir. Amén…
lunes, diciembre 07, 2009
Enlace sobre El sueño no es un refugio sino un arma
Esta contradicción que la autora señala entre los ensayos de tono pesimista y el texto final, elogioso del libro de cuentos de una escritora contemporánea, fue una cosa deliberada. Sé, claro, que de nada sirve decirlo fuera del libro, pero contra el desencanto extremo que provoca la contemplación de tanta banalidad ubico el talento de quienes, exigiéndose un compromiso literario igualmente extremo, vienen con obras notables.
viernes, diciembre 04, 2009
Dos enlaces
jueves, diciembre 03, 2009
La FIL sigue, caramba...
miércoles, diciembre 02, 2009
Sobre Evelio Rosero
La revista Nexos de este mes incluye mi texto crítico "El miedo a volverse animal", sobre la novela Los almuerzos, del autor colombiano Evelio Rosero.
lunes, noviembre 30, 2009
Si andas por la FIL de Guadalajara
En la FIL, hoy
jueves, noviembre 26, 2009
El martes crítico
Este martes primero de diciembre, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, participaré, con Christopher Domínguez Michael y Rafael Lemus, en la mesa redonda El estado de la crítica literaria en México, organizada por la revista Letras Libres. Presenta Enrique Krauze. La mesa será a las 6 de la tarde, en el Salón 4 de la Expo.
A Xalapa
viernes, noviembre 20, 2009
Habla de lo que sabes en Jalisco
Anoche soñé que volaba
Cuando el auto se aleja con Elisa, Joaquín vuelve la mirada hacia Natalio y se ríe porque ya lo va viendo más abajo, ya pequeño. La del hombre es una cara pasmada que mira a Joaquín hacia el aire, cada vez a más altura, y Joaquín alcanza a distinguir de nueva cuenta el auto, más chico, el aire sopla en torno suyo, y él ve el techo de la residencia Salvatierra Miller, y ya después se ven albercas, y canchas de tenis, podadoras, autos, de menor tamaño todo. A la derecha está Superama: hay gente afuera, dos patrullas, una ambulancia que parte por Iglesia hacia la clínica de Río Magdalena ahí bien cerca, hubieran mejor ido a pie por el cadáver, ¡a ver de qué les sirve ahora ese güerito!, denle sus pinches vísceras podridas a tanto pobre perro muerto de hambre, ¿a quién le servirán?... Y mientras cada cosa se hace más nimia y él se siente ligerísimo, ve con alegría el sol ponerse como un candado ígneo sobre la Ciudad, todo tiene contornos, todo es real y vive y vibra y brilla y su cuerpo se va disipando y se vuelve polvo, bruma, nada, sólo aire anochecido sobre la Ciudad, esta bella y agria Ciudad sin remedio.
martes, noviembre 17, 2009
Iluminaciones en Culiacán
sábado, noviembre 14, 2009
Sobre el libro de ensayos

"Los textos reunidos en este volumen abarcan diversos temas y autores pero el hilo conductor es la lectura. La génesis literaria, la obsesión de los autores, sus cualidades, exageraciones y defectos y, por qué no, la testarudez de quienes acuden a sus obras y no las dejan hasta agotar su contenido. Juan Rulfo, Marina Tsvietáieva, Emilio Adolfo Westphalen, Robert Musil, Claudio Magris, Nellie Campobello, Alejandro Rossi o Graham Greene son sólo algunas de las figuras que transitan por los 24 ensayos que tienen como fin desmantelar el consenso y la uniformidad de los criterios estéticos, las falacias y los lugares comunes de la literatura de masas y sus héroes transitorios, a través de un recorrido histórico y temperamental por las encuadernaciones y las estanterías sobrepobladas de nombres, temas, géneros y dimensiones."
El enlace, aquí.
jueves, noviembre 12, 2009
En Los Mochis
miércoles, noviembre 11, 2009
Sobre Liera
Este sábado 14 empieza la XXX Muestra Nacional de Teatro, en Culiacán, Sinaloa. El viernes 13 habrá un coloquio sobre su obra, en que participaré leyendo un texto crítico. El coloquio empieza a las 4 de la tarde y tendrá lugar en el Archivo Histórico General (Antonio Rosales 256 poniente, entre Morelos y Rubí). Ahí nos vemos.
lunes, noviembre 09, 2009
Los perseguidos en La Nave
Mientras él proseguía en su contemplación, me quedé pensando en el interés de Moreno Flores por el destino de Porfirio. ¿Qué indicaciones eran ésas? Creo recordar que me dije: «No entiendo». Me sentí estremecido, feliz. Porfirio se sentó a mi lado y me habló: pasó su brazo de púber por mi espalda y acurrucó su cabeza, tan menuda, sobre mis piernas. Su largo cabello rubio, su melena me hacía sentir dichoso. Me llegó el significado de este regocijo. Sin temer otras retaliaciones, descubrí la manera de arrancarlo de la turbia arena en que boqueaba. Como si me rebelase ante otra voz, me decidí a borrarle el miedo.
miércoles, noviembre 04, 2009
Habla de lo que sabes
Aquí dejo el texto de contraportada:
Habla de lo que sabes se titula el esperado primer libro de narrativa de Beltrán Félix, uno de los más brillantes ensayistas mexicanos de la nueva generación. Estas historias escarban de forma perturbadora en los conflictos de la paternidad, la vejez, las frustraciones de la juventud, la creación artística y el desamor, en el marco de una Ciudad que insiste en revelarse como un agresivo espejismo. Con un estilo dotado de visceralidad y fuerza, el autor desarrolla una incisiva introspección dramática de la rabia, el miedo y el delirio, ejes de la violencia interior de nuestros días. En un tiempo de narrativas complacientes, Habla de lo que sabes se manifiesta como un desafío vehemente de la imaginación en resistencia: una ficción que se exige ser la expresión profunda de su época.
Hondonada
El nuevo número, y cuarto, de la revista los perros del alba, editada por Anuar Jalife y David Ortiz Celestino, incluye, entre muchos otros materiales de mayor interés, mi relato «Hondonada». Aquí, unas líneas:Doblaba calle tras calle y los peatones que le salían al paso se deslizaban con la mirada reconcentrada o el gesto huraño, llenos de prisa o reconcomio, de modo que nunca se animó a pedirle a nadie que lo orientara en su búsqueda de Hondonada. Aquí y allá se fue encontrando algunos perros, además de automóviles estacionados, puertas y rejas inmutables. Por un momento, creyó ver cómo una silueta gorda —¡Montivont es gordo!— se escabullía en una esquina. Corrió para alcanzarlo pero le nació un dolor en el costado. Era el café, supuso. Cortó sus pasos, respiró mientras arqueaba el cuerpo; se sentó en el borde de la banqueta. No le gustaba nada todo esto. Se levantó. ¿Había pagado el café?, se dijo entonces, al tiempo que se daba una palmada en la frente. ¡Qué vergüenza! ¡Qué habrá pensado esa muchacha! Sacó la cartera, vio sus billetes. Tengo que regresar y.
Pronto olvidó eso también.
martes, noviembre 03, 2009
La insuficiencia de quien delira
La revista Letras Libres de este mes publica un mi texto crítico sobre la novela Los puentes de Königsberg de David Toscana. Aquí dos párrafos del texto:En su ir y venir entre distintos planos narrativos, Los puentes de Königsberg dejaría ver que el desquiciamiento (ese escapismo que finge una realización ritual) esconde una verdad novelística. Ésta consistiría en lo siguiente: la realidad decepciona; la ficción entusiasma porque, aunque inútil para reparar los desaguisados de aquella, al hacer patente la naturaleza reiterable de todo hecho, termina por hacer factible la identidad de tiempos y lugares. No es sólo un juego lingüístico: Königsberg (temporal, insuficientemente) es Monterrey.
Un tema de Toscana es la violencia sexual: en la extraordinaria Duelo por Miguel Pruneda (2002) y en El último lector (2005), sus personajes se inmiscuyen en una elucubración, entre morbosa y compasiva, sobre el destino de niñas desaparecidas y muertas. En esta nueva obra, Floro y Blasco fabulan sobre el secuestro de seis chicas adolescentes, forzadas para el quizá deleite de políticos pedófilos, mientras un alumno y su maestra ven las calles y puentes de la ciudad alemana usurpar el trazado urbano de la capital norteña. En otra manifestación de la sensibilidad catastrofista de nuestro tiempo, esta Königsberg americana sufre la destrucción europea de 1945, y lo que sigue: “La guerra ha terminado... Nadie diga que escuchó un grito de mujer. Dejen que ellas paguen la derrota de sus hombres”. Este desborde igualitario de la violencia en Prusia y Nuevo León admite entonces una lectura de índole moral. Es ésta: los lugares y hechos pueden repetirse; las personas no.
miércoles, octubre 28, 2009
lunes, octubre 26, 2009
Cicatrices, el gran regreso de Esther Seligson a la ficción

Páramo Ediciones despierta de tan difíciles circunstancias recientemente, publicando Cicatrices, el nuevo libro de relatos de la extraordinaria escritora Esther Seligson. Aquí va el texto de la contraportada:
Es una autora de culto poseedora de una voz de plurales registros: ha recorrido las páginas de la novela, el cuento, el ensayo, la poesía, la crítica teatral y la traducción. Mediante la reescritura introspectiva del mito y la historia antigua y el trazo memorioso de las ciudades íntimas, ha hecho de su personalísima escritura un despliegue de exigencia formal y profunda sabiduría vital. Desde su primer libro, publicado en 1969, ha distinguido su prosa narrativa con una rica y matizada exploración de lo sensorial, lo onírico, lo emotivo: el envés de la existencia diaria, la huella secreta de los hechos.
Es una estilista mayor de la prosa en lengua española. Con Cicatrices, su nuevo libro de relatos, nos hallamos ante un mosaico gozoso e inquietante de sus voces, temas e intuiciones. He aquí, luego de casi una década, el gran regreso de Esther Seligson a la ficción.

(Fotografía de la autora: Rogelio Cuéllar, por supuesto.)















