miércoles, abril 29, 2015

Ver criaturas y no cosas

La revista Letras Libres de abril publica mi ensayo «Ver criaturas y no cosas», sobre la ficción breve de Fabio Morábito. El enlace está aquí.

lunes, abril 20, 2015

Los hijos no existen

Una reflexión sobre las relaciones familiares en Cien años de soledad, ayer en el suplemento Confabulario: ir a este enlace.

domingo, abril 05, 2015

Los rivales en el inframundo

Escribí un comentario sobre el libro de cuentos El apocalipsis (todo incluido), de Juan Villoro, en el suplemento cultural Confabulario del periódico El Universal. El enlace está aquí.

domingo, marzo 15, 2015

Jesús Ramón Ibarra escribe sobre Cualquier cadáver

El poeta Jesús Ramón Ibarra ha escrito un texto crítico de mi novela Cualquier cadáver para la nueva revista Aldea 21. El enlace está aquí.

Cualquier cadáver
Jesús Ramón Ibarra

¿De qué manera salvaguardar el presente mexicano, ese territorio donde laten el cinismo del poder, la fiesta permanente del crimen, el pueblo ejerciendo su derecho histórico a la dejadez o a la ilusión colectiva encarnada en caudillos, políticos mendaces o mandatarios de catálogo? ¿No ha sido la literatura reciente mexicana el mejor bastión para que esa realidad se disuelva en las posibilidades de un lenguaje transgresivo, un lenguaje que busque sus asideros discursivos en los registros cotidianos, un lenguaje que dimensione la sonoridad de sus propias búsquedas? Imposible narrar el presente con elegancia, con una dimensión clásica de la escritura, con una lírica cuyo andamiaje sea la abstracción vacía.  Se trata, como pide Imre Kertesz, de registrar los últimos estertores.  
Hacia finales del sexenio pasado, bajo una gestión generosa del poeta Jorge Esquinca, salió a la luz el libro colectivo País de sangre y fuego, una colección de poemas cuyo tema central era la patria diezmada, la nación disgregada entre la versión oficial y los rastros de la sangre doméstica. Fue un meritorio ejercicio que impugnaba, a través de textos de diversa factura, la estrategia fallida de Felipe Calderón contra el crimen organizado. Sin embargo, la guerra de Calderón, extendida a lo largo y ancho del país, se concentraba en tres nociones distinguibles: el aparato gubernamental, con sus abusos de poder, sus usted disculpe y sus altos niveles de corrupción; los cárteles de la droga en México, sus disputas, la aniquilación del entorno a golpe de presunción y ejecuciones, sus múltiples caras: la extorsión, el comercio ilegal, el secuestro. La sociedad civil, agazapada, apocada, sierva de un hartazgo no manifiesto que le permite aspirar, cada tres o seis años, a esa entelequia llamada cambio. Se trata de un ciclo eterno. De una gigantesca rueda trituradora cuyos alcances no tienen fin. 
¿Han cambiado las cosas desde entonces? No. Al contrario, se han recrudecido. El crimen organizado es más fuerte. Los homicidios culposos duplican las cifras del sexenio de Calderón; el secuestro, los feminicidios, la violación de los derechos humanos, la relación cruenta del crimen organizado con la política no ha hecho sino perfeccionar el régimen de desconfianza y miedo en el que vivimos nomás rebasamos la puerta de nuestra casa, o entramos en ella. Así pues, esta realidad se ha vuelto más sórdida pero también más frívola. Las redes sociales no han hecho sino reestructurar, a su manera caprichosa, la desinformación, el horror colectivo, la indignación social y la intolerancia. Todos hemos hecho la revolución desde la apacible comodidad del hogar, con un like o un selfie de hastío. 
Así pues, sólo una narrativa elaborada desde la entraña puede asentar sus búsquedas en esos terriorios de la incordia, la desazón, la imposibilidad de sobrevivir a las sútiles formas de barbarie que impone el entorno. Eso hace Geney Beltrán en su valiente novela Cualquier cadáver. 
En primera instancia, nos ofrece un México que sirve como escenario de ejecuciones, crímenes atroces, psicosis social y un sistema político que se ampara en el ominoso poder de los medios de comunicación. Por otro lado, se despliega ante el lector la vida de Emarvi, un escritor en ciernes que trabaja para una editorial pequeña, nativo de Durango, avecindado en Culiacán desde muy chico. La captal sinaloense encarna ese bastión inexpugnable donde los criminales y su entorno navegan sin trámite, de la mano de un corrido, a los niveles de la épica sustantiva. La historia transcurre entre esta ciudad y el DF, una ciudad convulsionada por las marchas y protestas que defienden a un político popular de izquierda, llevado de la mano por los dueños del poder en México, la televisión, a la picota social, acusado de todo tipo de vejaciones. El relato de Geney nos permite ubicarlo, en el tiempo, en una suerte de escenario expandible entre la guerra calderonista y el reposicionamiento de la violencia atroz en la vida doméstica del defeño. 
Emarvi, a pesar de su potencial como intelectual y creador, está al borde de un colapso debido a su incapacidad para vivir rodeado de dudas, descalabros amorosos, culpa soterrada. Es a partir del secuestro de su hijo cuando el personaje se desmadeja, emocionalmente,  hasta fundirse con esas dos realidades que le ofrece ela historia: la Ciudad de México, capaz de ofrecer sus perfiles más retorcidos y siniestros, y Culiacán, la ciudad que adoptaron sus padres y donde su madre quiere llevar a buen puerto una casa nueva, luego del suicidio del jefe de la familia y la muerte de una hija. Culiacán representa la ciudad ignorante, sumida en el fango de esa vida criminal opulenta y visible, capaz de sacralizar a sus próceres narcotraficantes, de salvaguardar sus formas de conducta e imitar sus gustos musicales y estéticos. Emarvi forma parte de esta violencia y la practica. Aunque dentro de él latan ideales que suenan absurdos, en el fondo no es más que una forma de ese paisaje convulsionado que diseñan tanto las malas noticias como la esperanza.
Cualquier cadaver es una novela que concentra, en un primer plano, una escritura vigorosa, sincopada, casi balbuciente que encuentra en el registro coloquial, en la oralidad del lenguaje, en los neologismos, en la proliferación del artículo como un elemento de proximidad lingüística, las mejores armas para desplegarse. En un segundo plano encontramos una escritura reflexiva, concentrada, crítica, puntual, que nos habla de la novela desde la novela y traza su universo narrativo casi en el plano de la consciencia del o los personajes. 
Se trata también de una novela conmovedora, rasgo que acaso corra por cuenta de los apuntes que va dejando Emarvi en un cuaderno, dirigidos a Adrián, su hijo, y que son la única forma de establecer un vínculo afectivo con él. 
El final es trágico, porque Mexico es trágico y los protagonistas de su presente nos movemos como el coro de este gran montaje colectivo.

miércoles, marzo 11, 2015

La violencia interior

Aparece este mes en la Revista de la Universidad de México una entrevista que me hizo Javier Moro Hernández sobre mi novela Cualquier cadáver: el enlace está aquí.

CCXXVI

La lógica del poder exige hacer creer al ciudadano que el único modo de transformar el poder es insertándose en sus estructuras, aceptando sus condiciones. Es decir: renunciando a transformarlo. 

martes, marzo 10, 2015

CCXXV

El poder se afirma mediante los rituales. Y ahora su aspiración es lograr que también nuestra inconformidad tenga la naturaleza simuladora —e intrascendente— de un ritual.

domingo, marzo 08, 2015

Días de bilis negra

Publica hoy el suplemento cultural Confabulario, del periódico El Universal, un texto crítico del admirado Eduardo Antonio Parra sobre mi novela Cualquier cadáver, "una novela madura, ambiciosa, que se define a sí misma y cumple con su intención de llenar de angustia e inquietud a sus lectores. Una apuesta de Geney Beltrán Félix por el realismo brutal como estrategia para reflejar el caos de nuestro tiempo. Un paseo por el infierno muy difícil de olvidar", concluye Parra. También se publica una entrevista que me hizo Gerardo Antonio Martínez sobre algunos aspectos del libro.

viernes, marzo 06, 2015

El coraje de un fantasma

En 2007 publiqué en la revista Cuaderno Salmón un ensayo sobre la escritora mexicana Nellie Campobello, la autora de Cartucho. Ese texto está incluido en mi libro El sueño no es un refugio sino un arma. Lo rescato ahora por el mero gusto de releer a Nellie.

EL CORAJE DE UN FANTASMA

Nellie Campobello es un fantasma. Literalmente.
Me cuenta su sobrino Carlos: veinte años después de su muerte, una Nellie invisible vuelve del Más Allá y hace perdidizos expedientes, reúne a personas distantes merced a un azar sospechoso, se obstina en que el número 7 presida siempre las cosas que la atañen —números de oficios, de contratos, de teléfono— y trabaja, paso a paso, contra el olvido que sufre y la brutalidad que la llevó a la muerte.
Nacida en la norteña Villa Ocampo, en Durango, en al parecer 1900, Nellie murió en circunstancias espantosas hacia agosto de 1986. Conocidos suyos se aprovecharon de su confianza y la secuestraron. Para entonces, muchos de sus amigos y parientes habían muerto. Era una figura destacada de la danza; además, poseía una muy rica colección de arte mexicano. Las versiones señalan que sus captores la mantuvieron alcoholizada y drogada, que la hicieron sufrir de hambre y violencias para que firmara documentos con los cuales entregaba sus bienes. Su muerte no vino a ser conocida y confirmada sino hasta 1999. Aún no se ha castigado a sus secuestradores y asesinos: tampoco han logrado recuperarse sus propiedades.
Pero veinte años después de su muerte, Nellie regresa, también, a la literatura. En 2007 el Fondo de Cultura Económica publica su Obra reunida: Cartucho, su libro mayor (1931), Las manos de Mamá (1937), los Apuntes sobre la vida smilitar de Francisco Villa (1940), sus poemas y el ensayo autobiográfico que sirvió de prólogo a la edición de Mis libros, de 1960.
Nellie regresa a las letras mexicanas, pero habría que decir, en honor a la exactitud, que escasamente ha estado antes. Nellie es un fantasma en nuestra literatura. Se le ha leído poco debido a que sus apariciones han sido infrecuentes: apenas se le ha publicado. Cartucho, por ejemplo, ha conocido sólo seis ediciones en 75 años. Tan es así que la recopilación canónica de la cultura nacional del siglo XX, Lecturas Mexicanas, no lo incluye —y da pena decirlo— en ninguna de sus cuatro series. Tampoco figura en la nómina de clásicos hispanoamericanos de la colección Archivos.
Ella misma, acaso, contribuyó a su presencia mínima: cedió el terreno muy pronto. Y lo digo porque, si bien hay testimonios de una continuada escritura, ante la recepción pobre de sus dos tomos de narrativa Nellie —luego de la reunión de su obra en Mis libros— ya nunca publicó otro título. No insistió más: y el prólogo a ese volumen de 1960 constituiría no sólo una recapitulación de su escritura sino también, asumo, la última llamada a la crítica y los lectores. Una llamada, no obstante, que se quedó sin respuesta.
Aunque, con todo, demos lugar a un matiz: hubo ciertas voces —digamos: Martín Luis Guzmán, Ermilo Abreu Gómez, Antonio Castro Leal, Emmanuel Carballo— que aplaudieron la dignidad de sus textos, pero esos dictámenes no lograron contravenir finalmente el ayuno editorial.
Ahora, se supone que los buenos libros se defienden solos. ¿Qué sucedió en este caso? ¿Por qué no ingresó la obra de Nellie Campobello al canon reconocido de nuestra literatura? Fernando Tola de Habich habla de ninguneo. Especulo, preciso: a la misoginia —lugar común en la conducta de los escritores— se habría aliado el desinterés del crítico a siquiera hojear la obra de una bailarina célebre que hacía sus pininos, previsiblemente fallidos, en el terreno de las letras, pues el sólo-escritor tiende a desconfiar de la múltiple ambición de un artista del Renacimiento. Quizá, también, el hecho de haber publicado tan poco y luego nada: al abdicar a la constancia en los estantes de las librerías con nuevos títulos, la misma Nellie pudo haber colaborado a que el crítico o el estudioso, sin leerlos, catalogase Cartucho y Las manos de Mamá como pecados de juventud a los que se habrá de compadecer con el olvido.
Pero el tiempo pasa: nuevas generaciones, otras circunstancias exigen periódicamente una redefinición del canon. Y hoy, de mayor pertinencia que discernir por qué la obra de Nellie no interesó en su momento (situación, entiendo, ya no corregible), es volver a sus páginas y examinar la validez de su lectura en los inicios negros de este milenio. ¿Cuál es el lugar de Nellie y, sobre todo, de Cartucho, su obra principal, en la literatura mexicana?

Advocación furiosa del fantasma

La pasión de Nellie fue la danza, cierto; pero hablo de una Nellie de la furia en las letras mexicanas por sus motivaciones vueltas realidad en sus textos: «Mis libros los he escrito para contestar ofensas o para pagar deudas», le dijo, brusca, a Emmanuel Carballo en la entrevista recogida en Protagonistas de la literatura mexicana. Parecería, entonces, como si ella no hubiese escrito por una suerte de vocación integral, no como respuesta a un llamado expresivo íntimo y genético, equivalente al del grafómano para quien la escritura es una adicción compulsiva, o a la del dostoievskiano caído en el dominio expiatorio de la introspección a través de la palabra —no, nada de eso; hablaríamos antes bien de una Nellie obediente a su visceralidad panfletaria contra ciertos hechos de la realidad.
Su aparición en la narrativa, con Cartucho, habla de coraje. Coraje entendido como ira y también como valor: hablemos de Historia. El asesinato de Francisco Villa en 1922 no puso fin a la campaña denostadora de su lucha; al contrario, el triunfo del ejército constitucionalista y el establecimiento del régimen de los presidentes Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles en esa década dieron la pauta para que los villistas siguieran siendo exhibidos en periódicos y libros como bandidos salvajes.
Pero frente a la Historia de los vencedores, Nellie tenía su verdad.
Cartucho relata historias de soldados villistas —fusilamientos, huidas, balaceras: muertes, siempre trágicas— y los presenta como seres humanos, con luces y sombras: valientes, idealistas, tímidos o angustiados, pero también, algunos, sanguinarios y mezquinos. Todos ellos tienen nombre y apellido, al menos un apodo: los hay generales, como el mismo Villa, Tomás Urbina, Rodolfo Fierro, Felipe Ángeles, y otros son muy jóvenes: Pablo López, El Kirilí, Cartucho, José Rodríguez, cuyo papel en la lucha sólo se halla consignado en las páginas de este libro. De ellos se sabe poco: la «biografía» en cada caso llena página y media, a veces dos. El episodio medular es, casi siempre, su muerte.
Colérica, Nellie explicita hacia el final del relato «Nacha Ceniceros» el sustrato panfletario de su prosa: «La red de mentiras que contra el general Villa difundieron los simuladores, los grupos de la calumnia organizada, los creadores de la leyenda negra, irá cayendo como tendrán que caer las estatuas de bronce que se han levantado con los dineros avanzados». Valiente, Nellie no ignoraba que su escritura enfurecida habría de ser vista con repulsa por los enemigos póstumos de Villa. La respuesta fue, entendemos, de indiferencia.
Recapitulo.
Nellie habría escuchado de sus amigos villistas y de su madre las palabras aún no escritas de Edmond Jabès en Le Livre des questions: «Que ta mémoire soit ma maison». Que tu memoria sea mi casa, que mi casa esté en tu memoria. Nellie habría obedecido: obedeció, y escribió primero Cartucho, después Las manos de Mamá, como recintos perennes —el segundo, acaso, un tanto cursi— para sus Dorados y su madre.

...Aunque, claro, la motivación confesada —ese propósito de vengar las injurias— sería por entero fútil y olvidable de no haberse visto trasmutada en una expresión vigorosa.
Y no. No es olvidable ni fútil: en las páginas de Nellie el panfleto se volvió literatura.

Una escritura en el destiempo

Nellie Campobello escribe minificción sobre villistas desde la mirada de una niña, en el momento en que impera la novela naturalista, de connotaciones épicas y óptica masculina, sobre el movimiento revolucionario expoliado por los mismos enemigos de Villa.
A destiempo, Nellie escribe relatos breves que no podrían ser leídos por los escritores nacionalistas de esos años como la expresión de los impulsos de la raza en la Revolución. Sencillos, con un hálito de narración oral, no sólo aparentarían una escasa ambición literaria (¡los contaba la voz de una niña!): también, el panfleto habría saltado bruscamente ante la percepción de sus contemporáneos.
Y peor todavía: al tratarse de retratos fugaces y no de una novela total, la visión de la lucha armada es en Cartucho fragmentaria, casuística, azarosa. Nellie no postula una interpretación ulterior, una mística trascendental del movimiento como un todo, como una fuerza de la Historia. Hay sólo un por qué, no El Para Qué: los villistas en Parral, Chihuahua —donde vivió Nellie su infancia y su adolescencia— peleaban porque estaban hartos de las injusticias del gobierno de los ricos. Punto.
Rehusándose a filosofar sobre La Revolución, Nellie narró de las mujeres y los hombres en la pelea, entre las balas. Al hacerlo, obedecía al dictado de la ficción y no de la metafísica, la historia ni la sociología. «La literatura difunde lo individual, lo particular, las cosas, los colores, los sentidos y lo sensible contra el falso universal que uniformiza y nivela los hombres y contra las abstracciones que los esterilizan», postula Claudio Magris en Utopia e disincanto, con esa dúctil magia suya para darle seductora expresión a un, ciertamente, lugar común de la cultura literaria.
Pero no es sólo la sencillez de una mirada directa y fresca de niña que narra historias particulares. A Nellie, como a todo gran narrador oral, le concierne un dogma: la eficacia. «Y esta visión objetiva, natural, impávida, ha pasado a un estilo breve, ceñido, pintoresco, en cuyas frases cortas y a veces lapidarias hay sentido reconcentrado, concisión popular y emoción cristalizada», afirma Antonio Castro Leal de Cartucho. ¿Cómo le hizo Nellie? ¿De dónde le vino esta sabiduría narrativa?
En su estudio Nellie Campobello: Eros y violencia, Blanca Rodríguez señala una lista de lecturas probables de la adolescente y joven Nellie: la Biblia protestante, Los tres mosqueteros, Las mil y una noches, Heriberto Frías. Es decir: netos, estrictos fabuladores. Observa Rodríguez además en la de Cartucho «una prosa vigorosa y ceñida en su escritura original, gestada en el lenguaje de la conversación». Éste es el punto: si bien se murmura un pulimento estilístico de Martín Luis Guzmán, su editor y amigo, la efectividad literaria del libro se cimienta en su estrategia de narrativa oral. En busca de naturalidad, Nellie recurrió a las dotes discernibles en una contadora de historias, la narradora comunitaria que salvaguarda los secretos necesarios de su tribu.
Los relatos, según acusa su estructura, se sustentan en testimonios: algún personaje presenció una balacera, una emboscada, un fusilamiento, y en los entretiempos apaciguados de la guerra, al pasar a la casa de la madre de Nellie, cuenta las incidencias. En otros casos, Nellie misma fue testigo de un encuentro entre villistas y carrancistas, o se fascina con el espectáculo de un cadáver que ha quedado frente a su ventana después del concierto de las balas.
Esta perspectiva directa, que por cierto impide glorificar a los villistas —pues el de ellos es un retrato múltiple, donde, como he dicho, la valentía no clausura las posibilidades de la mezquindad y la traición—, se fortalece con el aliento lírico de muchas de sus rápidas, sugestivas imágenes: «va blanco por el ansia de la muerte», «Le cayó muy bien la cobija de balas que lo durmió para siempre», «Eran como cristalitos rojos que ya no se volverían hilos calientes de sangre», frases precisas que le dan un ágil robustez a los relatos.
Tenemos entonces: minificción, fragmentismo, mirada infantil, narrativa oral, imaginería concisa. Y, además, villismo. En 1931.
Nellie escribió una obra sustentada en rasgos ausentes de la narrativa naturalista de sus contemporáneos. A destiempo, es decir: hacia el futuro. Jorge Aguilar Mora, en su prólogo a Cartucho en la edición de Era, del año 2000, postula, y no yerra al hacerlo, una descendencia secreta de este libro: la novela publicada en 1955 por Juan Rulfo, en la que fulgurarían con genialidad ciertas virtudes narrativas ya esbozadas en el volumen brutal y luminoso publicado en 1931 por la joven bailarina.

Nellie sería acaso también, entonces, un fantasma rulfiano, no imposible en las páginas de Pedro Páramo. La definirían como personaje literario las incidencias de su vejez y su infancia: su vivencia niña del vendaval violento en la Calle Segunda del Rayo, de Parral, y su cautiverio y muerte inhumanos siete décadas después en la capital de la república. Ambos hechos le habrían exigido el retorno después de morir, su condición de inquieto fantasma que —como me informa su sobrino Carlos, a quien conocí hace un año gracias a las exactas artimañas de Nellie rediviva— distrae expedientes, fomenta encuentros entre desconocidos y, con terquedad, actúa en 2007 contra el olvido.

Nellie entre nosotros

«Una época se juzga no sólo por aquello que produce, sino también, quizá aún más, por aquello que valora y sobre todo que revalora del pasado», señala Mario Praz en Il patto col serpente. De aquí surge la pregunta: más allá de su interés para la historia literaria y las novelas de fantasmas, ¿por qué revalorar a Nellie Campobello?
Es inusual que hablemos hoy de «nuestros escritores». Taine, decimonónico, argüía que la mejor manera de conocer el «genio» vital de un pueblo es adentrándose en su literatura. Sin embargo, de vuelta de un siglo desgarrado por utopías sangrientas, las identidades nacionales no son ya vistas sino como ficciones peligrosas, como máscaras sedientas de sacrificios. Hoy, ¿qué comunidad, la voz profunda de cuál México se encuentra expresado en su producción literaria? ¿Cómo hablar de «nuestros escritores» en 2007, cuando la noción misma de comunidad no casa con la de este país descoyuntado en su médula por la corrupción, la violencia y el visceral desencuentro y en el que, peor aún, la letra no vale nada, no tiene el menor eco en la vida general de cien millones de personas?
No hablemos ya, entonces, de comunidad ninguna. Hablemos de un lector posible. O, incluso, de una secta dedicada a la resistencia intelectual a través de la lectura y reflexión de obras literarias. El solitario lector, integrante de esa cofradía obstinada, se lee a sí mismo, lee su propia época en las obras escogidas de su tradición. Y así, leerá en Cartucho la lección doble de Nellie: belleza y compromiso. Nellie no habló en nombre de ninguna comunidad ni de ninguna abstracción, pero tampoco vaciló en escribir sobre un puñado de villistas conocidos en la casa de su madre —e hizo, insisto, no panfleto sino literatura.
Dotada con la frescura intuitiva de una contadora de historias, relató en Cartucho lo esencial, lo que tiene que ser recordado de sus héroes vulnerables, casi todos ellos muertos en la tormenta revolucionaria. «Escribí en este libro lo que me consta del villismo, no lo que me han contado», explicó Nellie a Carballo. Tradúzcase: no escribía de villistas porque fuese lucrativo, sino que, sin miedo, se identificaba a sí misma contra la corriente, a diferencia de hoy, cuando los Zapatas y Villas son parte del folclor cuasi hollywoodense de nuestras letras. No se engarzaba en profusas empresas novelísticas, en trilogías históricas dirigidas a un dócil público «de darle de comer en la boca», como diría el radical Macedonio Fernández. Más bien, supo volver ficción robusta el testimonio disperso de la lucha revolucionaria en la Chihuahua villista de su adolescencia. Corajuda, no fue sorda a su gente y escribió una obra perdurable.
Porque Cartucho no es sólo «narrativa de la Revolución Mexicana». Con las historias particulares de una treintena de soldados villistas, surge un libro de alcance universal que trata sobre la infancia, la muerte, la crueldad y la sed de justicia. «La historia tiene la realidad atroz de una pesadilla; la grandeza del hombre consiste en hacer obras hermosas y durables con la substancia real de esa pesadilla», escribe Octavio Paz. Nellie Campobello va más allá de su tiempo y logra volver actuales y válidas para el ánimo de esa secta de lectores de nuestra época las desventuras de sus Dorados y su madre. Al lograrlo, al revertir la injuria de los vencedores, Cartucho significa no sólo un logro estético: es también una lección de bravura moral y compromiso.
Que sigue vigente. La lección de Nellie: escribir con eficacia, con aspiraciones recias de literatura, sobre lo que nos consta y nos exige ser contado. Narrar los «cuentos verdaderos», con rabia y a destiempo: contra el presente, hacia el futuro. El futuro: porque la única comunidad viable de un escritor es la que él formará en torno de sus textos.

Mucho más que un fantasma, Nellie es nuestra contemporánea por la vitalidad de su prosa, alianza entre belleza y compromiso. No carece de lógica esperar, entonces, que Nellie Campobello tome finalmente su lugar como uno de... sí, ¿cómo negarlo?: como uno de «nuestros escritores», y permanezca en definitiva en el canon literario de México.

domingo, febrero 22, 2015

De y sobre Esther Seligson

Hoy se publica un texto inédito de Esther Seligson, en el suplemento cultural Confabulario. Se trata de una extensa reflexión de la autora, sobre su novela La morada en el tiempo, a partir de un cuestionario que le envió el estudioso Jacobo Sefami.
Además, el suplemento incluye mi ensayo "Esther Seligson: Una rítmica evasión hacia otros mundos".

jueves, febrero 12, 2015

La Cellule dans la ville

La antología Lectures du Mexique. Nouvelles et microrécits. Auteurs mexicains du XXIe siécle, un proyecto dirigido por Caroline Lepage, incluye la traducción al francés, realizada por Sonia Ferreira, de mi relato «La celda en la Ciudad», que forma parte de mi libro Habla de lo que sabes. El texto se encuentra en este sitio web a partir de la página 393.
Sobre este relato contesté una entrevista de Sonia Ferreira, que se puede leer aquí, en español.

miércoles, enero 28, 2015

Un Monterrey borrado

Este mes de enero se publicó en la revista Letras Libres mi texto crítico "Un Monterrey borrado", sobre el libro Indio borrado, de Luis Felipe Lomelí (Tusquets). El texto se puede leer en este enlace.

sábado, noviembre 22, 2014

Lo que viene después

Ningún hecho violento ocurre sin dejar huella. El periodista puede callar, el político no raramente habrá de buscar entorpecer la difusión del suceso o bloquear el proceder de la justicia, el criminal acaso camine por las calles sin remordimientos. Pero ante cualquier tentativa de silencio, incluso en los escenarios más abusivos de impunidad, algo punzante queda y se aviva con dolor en las personas que tuvieron un lazo con la víctima: los padres, la pareja, los hijos, los amigos, los vecinos. Alguien pregunta, alguien espera y necesita un desagravio —incluso una venganza— para encontrar una forma catártica de religación con la sociedad en que vive. Por eso la violencia, de manera distinta a como ocurre con la muerte causada por un accidente, la enfermedad o la vejez, deja demasiadas historias inconclusas: las que se ponen en marcha debido a la ausencia provocada por un poder humillante e injusto.
Aunque no es un fenómeno exclusivo de los últimos años —la relación de ofensas va desde antes de la Conquista—, sí es posible afirmar que las historias de ese cariz se han vuelto más perentorias y ultrajantes en los tiempos recientes de México. Más allá de las causas, que tendrían que ver (no únicamente) con las formas, ahora más porosas, en que circula la información y con el desarrollo de una agenda progresista internacional de derechos humanos, el grave problema de la criminalidad asociada a las estructuras políticas ha tenido una respuesta indignada en varios sectores ciudadanos. No soy politólogo ni sociólogo, y no tengo los conocimientos ni las intuiciones para especular si esa respuesta podría convertirse en un movimiento cívico que obligue al sistema judicial y político a depurarse y romper los pactos de complicidad que siguen vigentes e impunes. Otra pregunta me inquieta ahora: ¿cómo relatar lo que ocurre en la sensibilidad de quienes viven en una sociedad vulnerada por la más atroz barbarie?
La zona lunar de las comunidades, la vida invisible de los individuos, las franjas interiores en las que no la razón sino el miedo, la rabia o el desánimo dominan, son el territorio de la ficción. Habría que partir de una precisión necesaria: escribir ficción no significa inventar algo falso sino proyectar algo imaginario, es decir, no una mentira sino una posibilidad. El temperamento de quien fabula historias es el propio de quien, como tantos han dicho, ve difícil aceptar la realidad cotidiana con sus usuales términos de rutina, frustración y poquedad de horizontes, y por lo tanto se plantea en la escritura la evasión mediante la sugerencia y la exploración de mundos diferentes.
Sin embargo, existe otro rasgo en ese tipo de temples humanos: no sólo es alguien que buscaría ir por encima de eso real tan limitado que lo rodea, sino que también se vería inclinado a ir más allá de sí, a huir (así sea vicariamente) de su orbe íntimo y fácilmente tendería a la despersonalización: es alguien que puede verse a lo largo de sus días y noches especulando vivamente en torno a las condiciones en que otro individuo recibe la realidad, vive su respirar, conoce su experiencia sensible.
La prospección de sí como otro se halla en el fundamento de la capacidad que han tenido grandes novelistas para crear la psique de personajes notoriamente distintos a su biografía e inclinaciones. Este ejercicio no tiene un atributo de falsedad: consiste en el desarrollo de una habilidad de las neuronas espejo, las que se hallan detrás del registro de la compasión y la empatía, llevado a la indagación de la conducta ajena como una posibilidad elusiva del carácter propio. ¿Cómo dejar de lado el hecho de que, más allá de cualquier rivalidad o por encima incluso de una historia universal de asesinatos interminables generación tras generación desde hace milenios, los seres humanos comparten la conciencia de una similitud, y por lo tanto de una común identidad, uno de cuyos rasgos es la sujeción a un cuerpo mortal y vulnerable al sufrimiento?
¿Qué ocurre en el fabulador que vive en un entorno desmedidamente violento? Toda generalización es injusta, sin duda. Lo que sigue glosa una experiencia personal de los últimos años. Por un lado, es imposible no enterarse de, una tras otra, cada atrocidad a través de los medios de comunicación y las conversaciones, dominadas por el susto, el morbo y la preocupación, de amigos, familiares y conocidos. Hay que insistir en esto: se trata de un imposible aislamiento: las noticias llegan a cualquier sitio e involucran a los oyentes en la percepción de lo endeble que es el convenio social, pues si ese hecho ocurrió en Tamaulipas ayer o en Guerrero esta mañana podría de igual modo ocurrir mañana enfrente de nosotros, o a nosotros mismos. Y ese conocimiento, y las suposiciones que despierta, provocan una alteración: es un fenómeno al principio inconsciente, que se manifiesta a través de una imaginación paranoica y una constante de pesadillas y sueños inquietos, una respuesta a menudo enfermiza ante la realidad, un vertedero de dificultades a la hora de adaptarse de nuevo a los contratos de confianza y seguridad con nuestro entorno inmediato (el edificio, la cuadra, la colonia)… y posteriormente sólo queda una salida (no es una solución ni un remedio): proyectar en un papel esos miedos, darles consistencia de palabras para ver si así, a la luz aparentemente controlada de la escritura, es posible detenerlos, analizarlos, desvestirlos de peligro.
Lo que acabo de glosar no es exclusivo del escritor. Las alteraciones psíquicas y emocionales en quienes viven en una sociedad lastrada por la violencia son situaciones comunes. El último paso (la redacción) tampoco es una propiedad única de quienes nos dedicamos a la literatura. Aunque alguien podría argüir que ya es mucho lo que se publica, sin duda lo que se escribe es muchísimo más, y no conoce fácilmente el tamiz de la edición y la divulgación. La voluntad de pasar a papel o soltar en un teclado la experiencia traumática, vivida o temida, de la violencia, adquiere para muchas personas que quizá nunca han leído un libro un cariz terapéutico; por ello a menudo no pasa de lo confesional, sin dar pie a ningún asidero con las ventajas de la ficción en tanto un ámbito que va mucho más lejos que la consignación de la queja. Sin embargo, no conviene hacer a un lado esa voluntad sin advertirla como la expresión de una necesidad: ya en el testimonio es posible encontrar la raíz (un primer, quizá insuficiente movimiento) de la operación de desdoblarse ante lo real, de distancia crítica ante lo supuestamente ocurrido, que es un fuerte elemento distinguible en cualquier texto de ficción: las palabras no son los hechos pero sin ellas los hechos quedarían en la impunidad del olvido, no como si no hubieren ocurrido sino como si no hubieran dejado una huella de suplicio moral en nadie. Al mismo tiempo, como las palabras no son los hechos, abren la oportunidad para que, más que dejar un relato fiel de lo acontecido, bosquejen el otro lado de lo real, las caras de lo posible.

¿Qué relatar de todo esto, entonces? Sin ánimo de emitir una encíclica, yo me permitiría romper lanzas por la exploración de las secuelas emocionales y psicológicas en quienes han sufrido la violencia en sus personas más cercanas. Se trata de un acontecimiento de gran trascendencia social y que sin embargo los medios de comunicación no recogen, la clase política desoye y que con frecuencia concita el desinterés o incluso el rechazo en el prójimo: a casi nadie interesa ver el sufrimiento ajeno en su suceder, y las víctimas de los últimos años, todas, han dejado huérfanos, padres, amigos, parejas sin una respuesta. Nadie sabe qué hacer, cómo vivir eso que viene después de un suceso violento. La ficción puede tomar ese cometido: más que fabular las leyendas de los sicarios, los judiciales, los capos o los gobernantes vinculados con la génesis de este entorno tan desastrado, habría que volver la vista hacia la mayoría, esos individuos que acaso nunca trafiquen con droga ni secuestren a nadie ni jalen un gatillo, pero a quienes este presente nuestro tan destruido por la impunidad y la injusticia les ha trastocado en profundidad y quizá para siempre su vida interior. 

[Publiqué este ensayo en la revista Timonel, número 15, noviembre de 2014, páginas 10-11. La revista completa se puede leer aquí.]

miércoles, octubre 29, 2014

CCXXV

Antes, el escritor aspiraba a la obra maestra. Hoy lo que ansía es un diploma de superioridad moral.

Leer sobre la violencia en medio de la violencia

Atenea Cruz comenta mi novela Cualquier cadáver para Frontal, gaceta digital de crítica literaria: el enlace está aquí.

martes, octubre 28, 2014

domingo, octubre 19, 2014

Sobre Cualquier cadáver

Diego José publicó ayer sábado un texto crítico de mi novela Cualquier cadáver en el suplemento cultural Laberinto. Aquí el texto:


Cuando la literatura importa
Diego José

La difícil mixtura entre fatalidad, culpa y conciencia, aunados a un contexto histórico convulsionado y a una visión muy precisa de la complejidad humana, produjeron personajes literarios inolvidables como Kurtz, Stupen o Meursault. El crítico Geney Beltrán Félix —a quien vale la tarea de leer— ha expuesto en reiterados ensayos sus intereses como lector en la búsqueda de una literatura que enfrente la realidad sin atavismos estetizantes, desde las inmediaciones de una postura reflexiva del escritor: «el novelista tiene la obligación de identificar ‘posibles nuevos horizontes de la conciencia’ para entender por qué actuamos como actuamos y cuáles son nuestros límites y contradicciones».

            Su postura ataca, tanto a una literatura pensada desde la superficie como a una narrativa artificiosamente difícil que desemboca en lo intrascendente. No habla de temas elusivos o necesarios, no exige «la gran novela» de nuestra época que pueda descifrar los orígenes de la corrupción nacional ni la verdad última de los conflictos sociales, más bien, demanda una visión honesta que constituya el epicentro de la novela como aportación del escritor con su tiempo. Los temas coyunturales, gratuitos o falsamente comprometidos han ocupado el blanco de su mordacidad crítica: «Literatura que no es crítica de la vida en su sentido más amplio es literatura muerta».

            En el caso de Geney Beltrán, el crítico y el narrador son indivisibles, y esto se confirma en su reciente novela: Cualquier cadáver. Más allá del tremendismo retratado en la historia que relata, el personaje, enervante por el límite al que ha sido expuesto, desarrolla un cuestionamiento de hondura en distintos aspectos cruciales: la condición de las víctimas, la conciencia individual trastocada y las posibilidades de la escritura. Para Emarvi, la dificultad no estriba solo en la aceptación de los hechos (el secuestro y el asesinato de su hijo) sino en la responsabilidad del abandono, en su fracaso como padre e hijo, en su deserción a toda forma de compromiso con la realidad.

Primo Levi observa y analiza con una objetividad pasmosa el proceder de uno de sus compañeros en La tregua, y concluye: «Contemplar el comportamiento de quien actúa no de acuerdo con la razón sino según sus impulsos más profundos, es un espectáculo de interés extraordinario, semejante al que disfruta el naturalista que estudia las actividades de un animal de instintos complejos». ¿No es este el sentido último de imaginar al ser humano en sus propios límites, uno de los argumentos en favor de la literatura?

            Los temas centrales de Cualquier cadáver son la fatalidad, la culpa y la conciencia de la desgracia. Cada uno de los sucesos padecidos por el personaje Emarvi implican el trazado de un destino donde lo improbable se torna posible en la ficción; el personaje no emprende una lucha contra la injusticia ni contra el inmerecido dolor, sino que azuza contra sí toda la inclemencia de que ha sido sujeto. El desbordamiento de la realidad: lo intolerable, aquello que Simone Weil sentencia: «La desgracia obliga a reconocer como real aquello que no creemos posible».

¿Puede la novela, como arte, es decir, como una creación imaginaria, restaurar al individuo, frente a la violencia real del mundo?  Vuelvo al crítico: «La apuesta, el riesgo, la ambición consiste en cambiar el mundo, cambiando a través de la escritura la idea que el lector tiene del mundo».

Cualquier cadáver toma el riesgo de orientar su excesiva aspereza temática, verbal y sintáctica para confrontar al lector; también para desechar tanta narrativa autocomplaciente que usa la violencia mediatizada como moda. El acento, más allá de las circunstancias en que se inscribe la novela, está en las inquietantes preguntas que Emarvi descubre: ¿es posible comunicar el dolor?, ¿puede la escritura hablar sobre la desgracia?, ¿qué significa novelar? Las respuestas crean una cerradura: ética y estética. No ideológica ni estilística, sino vinculada con el carácter y el espíritu de una obra que asume de manera crítica, tanto la herencia lingüística, literaria e histórica, como su propia visión del mundo.

El planteamiento sugiere que una novela como Cualquier cadáver aspira a diferenciarse del periodismo amarillista (aún cuando su lenguaje alude a una sobreexposición de los horrores registrados por los medios), de la corrección social y de los clichés pesimistas que abogan por el sinsentido del mundo en un período fácilmente denominado de «post-ética». Otra vez, la respuesta y la restauración la propone Simone Weil: «Decir que el mundo no vale nada, que esta vida no vale nada, y poner como prueba el mal, es absurdo, porque si esto no vale nada, ¿de qué nos priva entonces el mal?».

Geney Beltrán Félix entrega con Cualquier cadáver una novela en contrasentido a la negación de esta posibilidad reivindicativa de la ética del escritor (no tanto como intelectual sino como creador de historias que desmenuzan la belleza y el horror humanos) como lo han venido haciendo sus maestros: Kertész, Oé, Coetzee, Jelinek, Müller. Le toca al lector asumir el riesgo de la lectura, aceptarla, procesarla y dictaminar si este trabajo cumple, primero con las exigencia e intenciones del escritor —un escritor distinto— y después, si al estremecerlo puede proporcionarle una mirada distinta del mundo, no necesariamente mejor sino auténticamente distinta.

viernes, octubre 17, 2014

Una guerra conversada

La revista Letras Libres de este mes ha publicado mi texto crítico «Una guerra conversada», sobre el libro Nosotros caminamos en sueños, de Patricio Pron. El enlace está aquí.

miércoles, octubre 15, 2014

Cuando se cambian los papeles de la víctima y el culpable

Molte mascalzonate e violente prevaricazioni nascono quando si pasticcia la grammatica e la sintasi e si mette il soggetto all'accusativo o il complemento oggeto al nominativo, ingarbugliando le carte e scambiando i ruoli tra vittime e colpevoli, alterando l'ordine delle cose e attribuendo eventi a cause o a promotori diversi da quelli effettivi, abolendo distinzioni e gerarchie in una truffaldina ammucchiata di concetti e sentimenti, deformando la verità.

Claudio Magris, Microcosmi

miércoles, octubre 08, 2014

José de la Colina

Este sábado 11 participaré en una charla sobre la obra literaria de José de la Colina en la Feria de Libro en el Zócalo de la ciudad de México. La actividad es a las 3 de la tarde en el Foro José Emilio Pacheco. Comparto la mesa con Gabriel Bernal Granados y José Luis Martínez S. Yo me centraré en la primera y notable época de De la Colina como cuentista, cuando publica textos como "Nocturno del viajero", "Balada del joven enfermo", "La lucha con la pantera" y "La tumba india".

domingo, septiembre 14, 2014

Desgracia y dolor al límite

En la sección cultural del periódico La Jornada publica Édgar Daniel González Delgadillo un comentario de mi novela Cualquier cadáver: ir aquí.

jueves, agosto 28, 2014

En el nombre del hijo

Guillermo Vega Zaragoza comenta mi novela Cualquier cadáver en el número de agosto de la Revista de la Universidad de México. El enlace está aquí.

lunes, agosto 18, 2014

Perspectiva general de la literatura

Leí el intercambio sobre nueva narrativa mexicana entre los escritores Julián Herbert y Antonio Ortuño en la revista Letras Libres
En algún punto de la conversación Herbert dice de mi trabajo crítico:

Lo que me sucede con sus críticas, más allá de si estoy de acuerdo o no con una reseña específica, es que de pronto no entiendo cuál es su perspectiva general de la literatura.

Lo comento aquí porque al parecer Herbert se ha quedado con una visión inexacta de lo que he escrito en el campo de la crítica. Esa perspectiva general de la literatura se encuentra en varios ensayos de mi libro El sueño no es un refugio sino un arma, publicado en 2009 por la UNAM, como «No narrarás»,  «La novela de conocimiento después de Musil», «Para qué la crítica en tiempos del ultraje», «Steiner o la tradición como disidencia» o «La ciudad sin Racine», ensayos que en sus versiones originales se publicaron en revistas de circulación nacional. 
Esa visión sobre la narrativa también se lee en varios textos reflexivos que forman parte de mi reciente novela, Cualquier cadáver y, yendo más lejos, en el capítulo final de mi primer libro de ensayo crítico, El biógrafo de su lector.
Ahora bien, aunque es inevitable que uno lea desde una perspectiva particular, no puedo decir que yo comparta el modelo del escritor militante que utiliza cada reseña que publica para exigirle a los libros comentados el cumplimiento con los puntos medulares de su estética. Al ser más un narrador que escribe crítica antes que un crítico profesional, leo fijándome en los elementos estilísticos y estructurales que considero intrínsecos y de mayor peso en la construcción narrativa, y a partir de los cuales me parece más factible sacar conclusiones extraliterarias, de índole social o político.
Por eso confío en el close reading, en el acercamiento preciso a los textos, pues se ha abusado de la crítica como una herramienta para instaurar, de cara a la comunidad intelectual, un discurso literario que legitime la creación propia o del grupo al que se pertenece, y se ha descuidado la exégesis directa que favorezca la conversación con el lector común.

sábado, agosto 16, 2014

Nada le falta al cadáver

Sergio González Rodríguez, quien obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo con su estremecedor libro Campo de guerra este año, comenta la novela Nada me falta, de Gonzalo Soltero, y mi Cualquier cadáver, en un texto publicado hoy en Reforma. Aquí un enlace y aquí el texto original:

martes, agosto 12, 2014

jueves, agosto 07, 2014

El México de hoy en la literatura

Gabriel Díaz me entrevistó en torno a mi novela Cualquier cadáver y a las relaciones de la ficción literaria con la violencia para el programa El Nuevo México, del canal televisivo Azteca Trece. Aquí está el enlace.

viernes, agosto 01, 2014

miércoles, junio 25, 2014

Cómo la violencia deja secuelas sicológicas y morales

Aparece hoy en el periódico La Jornada una entrevista que me hizo Éricka Montaño Garfias sobre mi novela, Cualquier cadáver: el enlace está aquí.

Sacudida con Cualquier cadáver

Mi querida amiga Daphne comenta mi novela Cualquier cadáver: ir aquí.

lunes, junio 23, 2014

Una cosa tan irracional como la sangre

El novelista y cuentista Vicente Alfonso comenta mi novela Cualquier cadáver para El Siglo de Torreón: ir aquí.

viernes, junio 20, 2014

Sobre las víctimas

Aparece hoy en Sin Embargo una entrevista que me hizo Mónica Maristain sobre Cualquier cadáver: aquí.

jueves, junio 05, 2014

Sobre la paternidad

Conversé con Daniel Rodríguez Barrón sobre el tema de la paternidad en mi novela Cualquier cadáver, para el programa Noticias 22, de Canal 22. Aquí se puede ir al enlace de la entrevista.

jueves, mayo 29, 2014

CCXXIV

¿Y si eso que llamas artificios o prosa barroca no es afectación ni exquisitez sino un temperamento más poroso y perceptivo ante la realidad?

viernes, mayo 23, 2014

CCXXIII

¿...Que si tiene sentido fotografiar un fantasma? Es tan necesario como insultar una piedra o esperar callado el fin del mundo...

domingo, mayo 18, 2014

CCXXII

Distinguir la línea que separa la justicia de la venganza es tan arduo como advertir la diferencia entre los llamados de la memoria y las exigencias del rencor.

viernes, mayo 16, 2014

CCXXI

Cree que amar a alguien consiste en atiborrarlo de lo que él mismo más ha carecido y que desde siempre ha venido ansiando.

viernes, mayo 02, 2014

Página escrita en los infiernos

Escribí un texto crítico sobre el libro Plegaria por un papa envenenado, del escritor colombiano Evelio Rosero. Apareció en abril en la revista Letras Libres
Según creo, el notable autor de Los infiernos y En el lejero entregó ahora una obra fallida, que si se salva será únicamente debido a una poderosa imagen sobre el ejercicio de la escritura.

Cualquier cadáver


Acaba de aparecer mi segunda novela, titulada Cualquier cadáver. Aquí, más información.

lunes, abril 07, 2014

¿Dinero de la CIA para Juan Rulfo?

Entrevisté para Confabulario al historiador Patrick Iber, sobre el supuesto financiamiento de la CIA al Centro Mexicano de Escritores y el apoyo que habría recibido Juan Rulfo: aquí

sábado, abril 05, 2014

CCXX

Ese es el problema: querer comprenderlo, querer explicarlo todo. Lo que está ahí desde siempre no es la razón. Son los sentidos. ¿Y si ese es el doloroso destino del pensamiento, su tarea final: explicar los términos de su derrota ante el predominio evolutivo de las vísceras?

viernes, abril 04, 2014

CCXIX

El demasiado ruido sólo existe para quien, más que oídos muy abiertos, tiene demasiada impaciencia por ser escuchado.

domingo, marzo 23, 2014

El caso Colosio

¿Por qué no se ha publicado la gran novela sobre la muerte de Luis Donaldo Colosio? Ahora que se cumplen 20 años del asesinato del candidato presidencial del PRI para la elección federal de 1994, escribí este ensayo: "El día que mataron a Colosio no pasó nada", para el suplemento Confabulario de El Universal.

domingo, marzo 16, 2014

Los padres, los hijos, las parejas

Hoy se publica en el suplemento Confabulario, del periódico El Universal, un ensayo mío sobre las relaciones con los padres, los hijos y las parejas en la ficción de la escritora canadiense Alice Munro: pásele por aquí.

domingo, marzo 02, 2014

No debes olvidar quién eres

El suplemento Confabulario, en su edición de hoy, está dedicado a revisar algunos aspectos del funcionamiento del Fonca, a sus 25 años. En la sección de crítica de artes, se publica mi comentario «No debes olvidar quién eres», sobre la película Lore, de Cate Shortland.

sábado, marzo 01, 2014

¿Cuáles son las grandes novelas mexicanas del siglo XXI?

Mañana domingo termina el ciclo Los Críticos Recomiendan, de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en la ciudad de México con la mesa ¿Cuáles son las grandes novelas mexicanas del siglo XXI? Participarán Alejandro de la Garza, Guillermo Núñez Jáuregui y Oswaldo Zavala. La mesa será en el Salón El Caballito, a las 16.00 horas.

viernes, febrero 28, 2014

Los críticos recomiendan poesía y teatro para niños

La cuarta mesa del ciclo Los Críticos Recomiendan, de la Feria del Libro de Minería, será mañana sábado, a las 7 pm, en el Auditorio Seis, y tendrá la participación de Amaranta Leyva, Eleonora Luna y Luis Téllez. 

Hablarán de César López Cuadras

Mañana, a la 1 pm, en el Auditorio Cinco de la Feria del Libro de Minería, habrá una mesa de comentarios sobre la obra narrativa del escritor César López Cuadras, quien falleció en abril pasado. Participarán Eduardo Antonio Parra, Oswaldo Zavala y Francisco Alcaraz. 

miércoles, febrero 26, 2014

Los críticos recomiendan literatura juvenil

El ciclo Los Críticos Recomiendan de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en la ciudad de México, continúa este viernes 28, a las 5 pm, con la mesa dedicada a literatura juvenil, en la que participarán Gabriela Damián, Juana Inés Dehesa y Verónica Murguía. Esto será en el Auditorio Seis.

lunes, febrero 24, 2014

Sobre la obra de Cantú Toscano

La Revista de la Universidad de México, en su número de febrero, incluye mi texto crítico «Ahorita sólo nos queda equivocarnos», sobre la dramaturgia de Mario Cantú Toscano.

domingo, febrero 23, 2014

¿Hay algo que esté fuera de la vida?

Esther Seligson falleció hace cuatro años, el 8 de febrero de 2010. Escribí un ensayo sobre dos de sus relatos, y sobre lo que de ellos se desprende, para el suplemento Confabulario.

sábado, febrero 22, 2014

¿Cuáles son los grandes poemarios mexicanos del siglo XXI?


El gustado ciclo Los Críticos Recomiendan continuará mañana domingo en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en la ciudad de México, a las 4 de la tarde en el Salón Manuel Tolsá. La segunda sesión se titula: ¿Cuáles son los grandes poemarios mexicanos del siglo XXI? Paticiparán Juan Domingo Argüelles, Armando González Torres y Mijail Lamas. 

viernes, febrero 21, 2014

Los críticos recomiendan literatura infantil

Hoy empieza el ciclo Los Críticos Recomiendan, en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería de la ciudad de México. La primera mesa es sobre literatura infantil. Participan Perla Holguín, Eduardo Huchín Sosa y Glafira Rocha. Esto será en el Salón de Firmas, a las 6 pm.

domingo, febrero 16, 2014

La cruzada Tsvietáieva

Y, ya que estamos tan rusófilos, también entrevisté a la traductora mexicana Selma Ancira sobre su trabajo vertiendo al español la prosa de Marina Tsvietáieva, Marina la grande: La cruzada Tsvietáieva.

La ideología y las pasiones

Publiqué hoy en el suplemento Confabulario un breve ensayo sobre las dos novelas mayores del gran escritor ruso Andréi Platónov: La ideología y las pasiones.

lunes, febrero 10, 2014

No expliques los sueños

Publiqué ayer en el suplemento Confabulario mi reporte crítico de varias películas nórdicas que vi en el pasado Festival Internacional de Cine de Gotemburgo: aquí.

viernes, febrero 07, 2014

Los críticos recomiendan en Minería

Ya está por empezar la más antigua feria del libro en el país, la del Palacio de Minería, en la ciudad de México, y el gustado ciclo de consultorios literarios Los críticos recomiendan incluye este año cinco mesas con quince críticos y escritores.



domingo, enero 26, 2014

La paternidad que vino del bosque

Escribí un ensayo sobre la obra de Kenzaburo Oé, en especial sobre su tratamiento del tema de la paternidad a través de la narrativa autobiográfica en M/T y la historia de las maravillas del bosque. Se publicó hoy en el suplemento preferido de América: Confabulario.

domingo, enero 19, 2014

Dos

Entrevisté a Enrique Serna a propósito de su nuevo libro de ensayo, Genealogía de la soberbia intelectual: ir a este enlace.
También para Confabulario escribí un comentario de la película La esposa prometida, dirigida por Rama Burshtein: aquí.

viernes, enero 17, 2014

Ahora todo tiene sentido

Publiqué el domingo pasado un comentario sobre la película De tal padre tal hijo, dirigida por Hirokazu Koreeda: aquí.

jueves, diciembre 26, 2013

STC

"...it is peculiar to original genius to become less and less striking, in proportion to its success in improving the taste and judgment of its contemporaries..."
Samuel Taylor Coleridge, Biographia literaria

martes, noviembre 12, 2013

NGD

Las perfecciones de quien amamos no son ficciones del amor. Amar es, al contrario, el privilegio de advertir una perfección invisible a otros ojos.
Nicolás Gómez Dávila


miércoles, octubre 16, 2013

Una entrevista

Pongo aquí el enlace a una entrevista que hace tiempo me hizo el poeta Jesús Ramón Ibarra.

lunes, julio 22, 2013

Adriana González Mateos disertará sobre la obra de Seligson

Este miércoles 24, a las 7 pm, en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México, la escritora Adriana González Mateos dará una charla sobre la obra literaria de Esther Seligson, en el ciclo Una Habitación Propia organizado por la Dirección de Literatura del INBA.

domingo, julio 21, 2013

El país de los tres lectores

El suplemento Confabulario, del periódico El Universal, publica hoy mi artículo de crítica de la vida cultural "El país de los tres lectores", sobre las fallas que detecto en la promoción de la lectura literaria realizada por las instituciones culturales del país.

jueves, julio 11, 2013

martes, junio 25, 2013

El arte crítico de Esther Seligson

Irad Nieto ha publicado un texto crítico sobre el libro Escritos a máquina. Ensayos y reflexiones, de Esther Seligson (Dirección de Literatura de la UNAM). El enlace, aquí.

martes, junio 11, 2013

¿Habrá suficientes críticos en Zimbabwe?

El domingo pasado se publicó, en el suplemento Confabulario del periódico El Universal, mi artículo de crítica de la vida cultural titulado «¿Habrá suficientes críticos en Zimbabwe?», sobre las polémicas que rodean el sistema de mecenazgo estatal a la literatura en México, y una propuesta concreta para dar mayor peso y validez a las decisiones que toman los jurados en las convocatorias de becas.

martes, junio 04, 2013

En Puebla

Estaré en Puebla, Puebla, el viernes 21 y sábado 22 próximos, a impartir un taller sui géneris: la crítica literaria como herramienta de lectura. Esto será en la Profética Casa de Lectura, por las tardes. Más información, aquí.

viernes, mayo 31, 2013

CCXVIII

«No tenerle miedo a las palabras» no significa solapar su uso torpe, irreflexivo o carente de sustancia.

miércoles, mayo 29, 2013

Un fragmento

Creo necesario insistir en un principio ético de la escritura. Anota un personaje de Enrique Vila-Matas: «La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia». Durante un buen rato se ha visto con desprecio la noción del compromiso moral. Claro: la discusión del compromiso ideológico está superada. Pero esa derrota merecida de los defensores de Stalin y Fidel Castro no puede volverse ardid para el cinismo. La sinrazón existe, el escritor vive en el mundo, el lenguaje es un hecho social: la literatura puede hacer confluir la exactitud de esas tres realidades y dar a luz obras críticas y disolventes de toda preconcepción en quien las lea. Gombrowicz en su Diario: «nosotros, el arte, somos la realidad. El arte es un hecho y no un comentario añadido al hecho».
Hablo de una postura ética y expresable, así, por la letra artística. Asumo, primero que nada, que el cliché wildeano de: «Literatura sólo hay mala o buena» esconde una imprecisión peligrosa y, para nuestro tiempo, ya desvergonzada: la mala literatura no es para estos efectos ni siquiera literatura-a-secas, y la imbricación del compromiso moral con la palabra literaria ha tenido exponentes que no pueden soslayarse: el primero es Cervantes, uno muy próximo J.M. Coetzee. El compromiso moral no debe tampoco entenderse como una apología edulcorada de los credos contemporáneos de la corrección política o, como diría Rafael Sánchez Ferlosio: de lo socialmente correcto. Juan Goytisolo expresa en una página de En los reinos de taifa: «Dar forma narrativa o poética a las ideas comunes de la época —libertad, justicia, progreso, igualdad de razas y sexos, etc.— carece de interés artístico si el autor, al hacerlo, no les tiende simultáneamente una trampa, no las ceba con pólvora o dinamita: todas las ideas, aun las más respetables, son moneda de dos caras y el escritor que no lo advierte en vez de actuar en la realidad opera en su fotografía». El compromiso moral es un compromiso con la época y sus incertidumbres, no con sus dogmas.
Pienso así que, en aras de una experimentación obligada, no podemos desentendernos del narrar porque en el narrar se cifra la expresión posible de los conflictos de la Condición Humana. Sé que estas dos palabras despiertan sospechas ante lo grandilocuentes que suenan y lo mucho que se han utilizado para no decir nada. Pero quien escribe como respuesta a una necesidad de las vísceras —y no sólo porque puede hacerlo, porque tiene oficio, dinero, internet y un cuarto propio—, quien conoce el examen quisquilloso de un mundo interior —conflictos de la herencia y la sangre, la vivencia de la furia y el desencanto, autobiografías mentales de raigambre en la perplejidad— sabe de qué se habla al decir Condición Humana.
Explico: hay dilemas morales que hoy, como ayer, son expresables por la concernida mirada del narrador. La sensibilidad ha venido mutando, sin dejar de ser fiel a su vertedero de contradicciones, a como se han transformado las relaciones sociales y las estructuras políticas. Los nuevos roles familiares y de género, la migración, los fundamentalismos y el laicismo nihilista, los modos vigentes de la violencia, el fracaso de las democracias y la relatividad ética del mercado, entre otros, dan pie, sin ánimo miserabilista ni cronístico, a la consideración de facetas propias de la condición humana —el desarraigo, la alienación, el coraje, el remordimiento, la impotencia, el miedo— y que sugieren una tentación inquietada para la verdad novelesca. ¿De cuándo acá la narrativa tiene que dejar de ser, si lo ha venido siendo desde Cervantes, dicción de una individualidad en conflicto con su tiempo? Esas realidades no son exteriores al escritor: las comparte en tanto perfiles de un aquí y un ahora que una sensibilidad imantada no puede sino compartir. Y lo humano, por supuesto, no es un lastre para el narrador. Es su veta. Hablo de la narrativa como La Saga de Adentro.
[...] La apuesta, el riesgo, la ambición consiste en cambiar el mundo, cambiando a través de la escritura la idea que el lector tiene del mundo.

Geney Beltrán Félix, de «No narrarás», en El sueño no es un refugio sino un arma, 2009.

Hay una mentira

La mentira —ingenua, cínica o pesimista— es que escribir no sirve para nada. Voltaire decía que con sus libros un escritor no logrará ni cambiar siquiera las costumbres de su vecino: hoy podría argumentarse que a pesar de milenios de gran literatura, la humanidad sigue conociendo la guerra, la pobreza y la injusticia. Entonces, ¿callar? No, ante la falla del mundo el silencio no será jamás la opción. No hay manera de afirmar que escribir no cambia el mundo sino hasta después de haber escrito, y quizá ni siquiera entonces: quizá nunca. ¿Acaso no han sido nada en la lucha por la igualdad de los derechos de la mujer los textos literarios de Virginia Woolf, Hannah Arendt, Simone De Beauvoir, sor Juana...? La literatura, afirma Gottfried Benn, «no mejora las cosas, pero hace de lo que sea algo más decisivo: las modifica... Su acción se ejercita sobre los genes, sobre la masa hereditaria, sobre la sustancia —un largo camino interior». ¿Cómo estar seguros de que no incidieron en la mentalidad de por lo menos algunos pocos de sus contemporáneos y no han importado en el devenir de las sociedades humanas los libros —no hablo de la actividad política ni de los pronunciamientos explícitos— de Voltaire, Dickens, Erasmo, de Cervantes, Balzac, Goethe, Dostoievski, Shakespeare, Lord Byron, Tolstói... tantos más? «Creer en los libros como medios de acción o no creer es ante todo eso: creer o no creer», escribe Gabriel Zaid. Pues bien: la elección del escritor novato es creer. Porque, como escribió el peruano Emilio Adolfo Westphalen: «El sueño no es un refugio sino un arma».
Tan sencillo como recordar que la invención de la escritura hizo nacer la Historia: para bien y para mal, tarde o temprano, escribir trastoca el mundo.

Geney Beltrán Félix, «La doble raíz» (2007), en El sueño no es un refugio sino un arma, 2009.

El país asfixiante

Lo que ya habían intuido literariamente Tario y Rulfo resultó la experiencia real para las generaciones nacidas a partir de finales de la década de 1960, que heredaron la nada de un país pesadillesco y terrible, con los problemas asediantes del fin del siglo: la explosión demográfica, la falta de democracia, la corrupción, la discriminación, la pobreza y la desigualdad, la violación a los derechos humanos, el crimen y la impunidad. Se trataba de un país multitudinario y asfixiante, corrompido hasta en sus actos más nimios por una casta —política, empresarial, delincuencial— y por una colectividad trepadora, injusta y cínica, una tierra y un futuro propiedad de unos pocos, un mundo sin más oportunidades para la mayoría que irse de mojados al patio vecino o ser empleados de Elektra, Wal-Mart o McDonald’s, ciudades donde tantas mujeres son violadas y asesinadas, los niños secuestrados por las redes de pornografía, prostitución y tráfico de órganos y los viejos abandonados a la indiferencia, el maltrato y la miseria a través de jubilaciones vergonzosas.
Ahora sí, por fin y sin folclorismos: un país donde la vida no vale nada.
Sólo queda esperar, si no el desmembramiento geográfico, sí la degradación social incesante.

Geney Beltrán Félix, «Historias para un país inexistente» (2004), en El sueño no es un refugio sino un arma, 2009.

lunes, mayo 27, 2013

Un viejo incidente con Heriberto Yépez

Creo recordar que el escritor Heriberto Yépez ha defendido más de una vez la libertad que dan las redes sociales para ejercer la crítica literaria. Excepto, al parecer, cuando la crítica se ejerce sobre su escritura: entonces lo toma muy mal.
A partir de un comentario en Twitter que intercambié con el escritor Rogelio Guedea, el viernes pasado, Yépez y yo empezamos una discusión. Mis argumentos se referían a sus columnas semanales en el suplemento Laberinto del periódico Milenio. Él nunca dio una respuesta concreta, ni una explicación precisa a mis cuestionamientos. Hoy, luego de no internetear el fin de semana, he visto que Yépez borró todas sus intervenciones en esa discusión.
Lo comenté así hoy en un tuit. Y volvimos a discutir.
Como no pudo defender sus columnas de mis críticas, Yépez decidió hoy desacreditarme en mi persona, resucitando un viejo incidente.
Cuando yo era editor de literatura del FCE, hace ya casi una década, tomé la iniciativa, que gradualmente habían tomado editores anteriores, de invitar a escritores jóvenes a presentar manuscritos. Como no era dictaminador, ni integrante del Comité Editorial, yo no tenía manera de incidir en la decisión de publicar tal o cual libro. Las tareas estrictamente editoriales de ese puesto son muy numerosas, de índole técnico. Pero yo sí creía posible abrir la puerta para que más manuscritos de autores más jóvenes llegaran: tenía la impresión de que el medio literario de los nuevos veía al FCE como una editorial donde publicaban sólo autores muertos o con una muy larga trayectoria. (Eso mismo he hecho en otros espacios donde en algún momento he cumplido funciones editoriales, como el Fondo Tierra Adentro o Ediciones B.)
Había sabido de Heriberto Yépez por una reseña de Christopher Domínguez, y posteriormente me encontré textos suyos. Como hice con muchos otros escritores jóvenes, incluso con algunos de quienes no había leído nada, a él (a quien no conocía y no conozco aún en persona) también le invité a enviar un manuscrito. No había en ningún aspecto el menor compromiso de publicarlo: era, sólo, que el libro en cuestión se incorporara al proceso de selección.
Sucedió que por esos mismos días recibí un ejemplar de la revista Textos, de la Universidad Autónoma de Sinaloa, dirigida por Enrique Martínez y editada por Francisco Alcaraz. Venía ahí un ensayo de Yépez titulado "Muerte crítica de la poesía en México" o algo parecido (no tengo el número a la mano). Lo leí. Fue decepcionante.
Uno de los errores de Yépez, considero, es buscar la desacreditación moral de la persona del escritor para así desacreditar los valores estrictamente literarios de sus textos. Acaso esté equivocado yo en defender la postura de que lo que nos congrega en el espacio literario es que escribimos y publicamos libros, y que sólo por ellos hemos de ser juzgados; en todo caso, a diferencia de Yépez, no considero tener la verdad última de las cosas. Pero respeto los argumentos, aunque lleguen a conclusiones con las que discrepe. Ese texto de Yépez no tenía, a mi parecer, argumentos sólidos; por decir lo menos, era arbitrario. Por decir lo más: me pareció pésimo.
Sin embargo, no tenía la confianza con Yépez para decirle abiertamente que sus argumentos sobre Paz los veía sin sustento. Le propuse que en el libro que presentara se abstuviera de anexar ensayos sobre Paz, autor de la casa. No le dije que era en realidad porque sabía yo muy bien que un dictaminador serio y exigente entregaría una opinión negativa sobre un libro con textos como "Muerte crítica". Y, sin esa opinión positiva, el libro se habría de rechazar.
Aunque ahora, que no ha tenido forma de responder a mis cuestionamientos a las fallas de sus columnas en Laberinto, acusa ese incidente como un acto de "censura", Yépez se equivoca. Esa fue una recomendación. Él en cambio está acostumbrado a no aceptar recomendaciones ni a respetar el criterio de los editores, y a considerar cualquier señalamiento que un editor le haga sobre un texto, como censura. Así hizo hace pocos años con la editora de la revista Tierra Adentro. Está equivocado. Como también está equivocado, según pienso, al rebajar la crítica literaria a la descalificación moral. Y en esas trampas que su ceguera ante sus fallas le está poniendo a su inteligencia, acaso perderemos lo que a la literatura mexicana del futuro le podría haber dado su inteligencia.