viernes, diciembre 16, 2011

Proyecciones forzadas

La escritora Marina Porcelli publicó un texto crítico del libro El mundo bajo los párpados de Jacobo Siruela (Atalanta) en el número 171 de Tierra Adentro (pp. 111-112). 





Aquí el texto:

Proyecciones forzadas
Marina Porcelli

El tema es atractivo de por sí. Jacobo Siruela —Jacobo Fitz Stuart Martínez de Irujo, conde de Siruela— nació en Madrid en 1954, fundó y dirigió hasta hace pocos años la editorial que lleva su nombre, y ahora coordina el sello Atalanta, que ha publicado su último libro, un ensayo sobre los sueños: El mundo bajo los párpados. Con una prosa prolija, casi impecable, y una edición bellísima, Siruela se propone construir la historicidad y fenomenología del aparato onírico, y digo se propone porque, pese al cuidado de la narración, luego de los primeros dos capítulos, el libro se enquista justamente en ese punto: el de la propuesta, el de la buena intención. Y creo que, quizá, una de las premisas más confusas sobre las que se erige el planteo consiste en embanderarse como reivindicador de los sueños, con el supuesto de que este material —su ontología, sus mecanismos de representación, su capacidad cognitiva— son despreciados actualmente por las humanidades y el arte. Lo que significa negar, de alguna manera, no sólo los tratados vigentes de psicoanálisis, sino también la teoría literaria, los estudios religiosos y antropológicos, y hasta ciertas líneas históricas, amén de casi toda la poesía. Pero esto último dicho al margen. Porque lo que realmente quiero remarcar es que el relato de Jacobo Siruela adolece, por momentos, de cierta confusión teórica, resulta débil en determinadas conceptualizaciones, y recuerda, además, al ensayo de Alan Sokal, Imposturas intelectuales, donde se detalla el abuso de la jerga de las ciencias exactas aplicada a los estudios humanísticos. Concretamente ahora, me refiero a la vaguedad con la que el autor español utiliza términos como fenomenología o historicidad en el libro; al modo arbitrario con el que fundamenta el análisis proyectando analogías; a la imprecisión con la que define otredad; a las falacias que subyacen las citas filosóficas —falacias de autoridad—; y sobre todo, a una conclusión defensora del status quo. Agrego que la ausencia de autores latinoamericanos no es un demérito. O digo mejor: en realidad no lo sería, si no hubiera escritores en el continente americano con propuestas valiosas sobre el campo onírico. Pero los hay. Por lo que la falta total de referencias —sólo cita tres veces a Borges y casi para acotar que no supo leer cabalmente un tratado sobre el tiempo— da cuenta de una perspectiva sesgada, europeizante, que limita el objeto de estudio, lo torna vago y artificial. Así las cosas, resta preguntarse por qué, entonces, El mundo bajo los párpados se ubica entre los primeros puestos de venta en México y España.
Soñar participa de la historia. Esta cita de Benjamin encabeza hermosamente la primera parte del libro, donde se establecen los propósitos teóricos: concebir los sueños dentro y desde de su dimensión histórica. Tanto en el sentido que remite al concepto sueño, o sea, advertir, como asentó Bajtin, que todo término se carga y se descarga de significado de acuerdo a la época —y ahí está el extenso capítulo II para sostener esa idea—; como en el sentido que se cifra en las palabras de George Steiner: los sueños “se convierten en materia de la historia”. Vale decir, cada siglo y cada cultura tiene su propio estilo para soñar. Sin embargo, a pesar de que Siruela subraya “la insólita capacidad de trascender el carácter individual que tiene el onirismo” para convertirse “en una simultánea experiencia colectiva”, no ahonda más que en esta premisa, por lo que estos capítulos resultan, al fin y al cabo, un valioso compendio de datos más que la creación de herramientas y patrones nuevos.
Pero a partir del capítulo III, el libro se desinfla y expone toda su fragilidad. Al indagar cómo funciona el espacio y el tiempo en el sueño, Siruela presenta el ejemplo de Saint-Denys, e introduce la categoría de sueño lúcido, que implica una conciencia despierta capaz de observar el sueño mientras se sueña. Capaz, incluso, de ir modificando lo soñado. Sin embargo, esta hipótesis —conocidísima, verificable— no mostraría fisuras en su enunciación, si el autor no hubiera rematado: “las investigaciones de la física cuántica hallarían en las partículas microscópicas la misma ley, esta vez aplicada a la realidad subatómica…” En este punto, el libro da un giro, se entrampa. Comienza a recurrir a la analogía de las Ciencias Exactas para sostener sus hipótesis e, impunemente, va más allá: establece una oscilación desconcertante en la que la realidad-onírica es proyectada con arbitrariedad sobre la realidad-física, y viceversa. El resultado es una articulación verbal que no alcanza a edificar claramente los problemas matemáticos ni a fundamentar sólidamente las proposiciones oníricas. Por ejemplo: desde la idea de que el tiempo en el sueño es una “dimensión totalmente indeterminada” se concluye que los sueños son premonitorios del mundo real —sin reparar en que toda profecía tiene también puntos de disidencia con la realidad—. O, con esta misma sentencia, se defiende una especie de status quo, la negación de cualquier cambio, ya que todo se encuentra presente en la psiquis. Así, cuando el autor articula conceptos de Schopenhauer, Jung o Pauli parece no importarle más la temática de los sueños: ahora se ha lanzado sobre la relación intrínseca entre mente y materia. El colapso es inevitable. Juicios como “durante muchos años, Jung pudo confirmar psicológicamente la existencia de un puente entre el mundo externo y el interno, pero no se atrevía a sacar una conclusión teórica de ello”; o “aunque suela considerarse que gracias a Freud los sueños tienen un significado fue Jung el que descubrió realmente cuál era su significado” demuestran la fragilidad teórica que referí al comienzo.
Resta decir que otredad, en este libro, a veces refiere al mundo onírico; a veces, a una realidad-desconocida; a veces, como incongruentemente reza la contratapa, a la literatura fantástica; el caso es que si la intención del autor era revalorizar, incorporar al mundo-despierto el campo onírico, dada su inmensa capacidad perceptiva, cognitiva, etcétera, quizá el término otredad no resulte el más adecuado para bautizarlo. Como sea. El mundo bajo los párpados recopila material raro y valioso sobre este tema, pero no articula —ni ensayística, ni filosóficamente— una mirada sólida sobre nuestros sueños, o sobre aquello que hace que las pesadillas narradas en La Ilíada, por ejemplo, también sean hoy nuestras pesadillas.

lunes, diciembre 12, 2011

La Palanca del invierno

El número 19 de la revista La Palanca, cuya versión impresa pronto empezará a distribuirse, viene dedicado al género de la novela. El índice incluye: una entrevista de Alfonso Macedo con el autor argentino Ricardo Piglia; ensayos de Luis Felipe Pérez y Héctor Iván González sobre la novelística del español Juan Marsé y el francés Pierre Michon. Además, cinco escritores mexicanos cuentan cómo escribieron su primera novela: José Mariano Leyva (Imbéciles anónimos, Mondadori), Verónica Murguía (Auliya, Conaculta, Era), Yuri Herrera (Trabajos del reino, Tierra Adentro, Periférica), Eduardo Montagner (Toda esa gran verdad, Alfaguara) y Paulette Jonguitud Acosta (Moho, Tierra Adentro). El arte visual es de Carlos Pérez Bucio, de quien se publica una entrevista con Gonzalo Ortega.

El Wolfson crítico sobre el Lizalde novelista

El narrador Gabriel Wolfson publicó recientemente en la revista Crítica un texpo juicioso, argumentado y perspicaz, como es su costumbre, sobre la reedición de la novela Siglo de un día, de Eduardo Lizalde.


domingo, diciembre 11, 2011

Héroe transgresor

Julio Flores publica en la revista virtual Cuadrivio un texto crítico sobre mi novela Cartas ajenas. Aquí un párrafo:

A mitad de la novela uno puede inferir que Marioralio no sólo es el regreso del famoso héroe problemático –que tan bien definido tiene Lukács como aquel que busca valores auténticos en un mundo degradado–, sino que es un héroe transgresor (y, por lo tanto, perverso) no conforme con buscar sus propios valores perdidos sino también los de la sociedad. Él sabe cuál es el padecimiento contemporáneo: «El mal es el mundo: vivir es resignarse de nuestra vileza cotidiana». Esta reflexión inspira al propio Marioralio a imaginarse un mundo nuevo en el que la gente será consciente de los problemas que lo rodean, así decide que la palabra sea ese instrumento revolucionario que despierte al mundo sonámbulo.

sábado, diciembre 10, 2011

Del desencanto a la crítica

La revista Parteaguas en su número reciente incluye la entrevista «Del ensayo a la narrativa: del desencanto a la crítica», que me realizó Roberto Bolaños Godoy en torno a mi novela Cartas ajenas.

lunes, diciembre 05, 2011

El candidato sin Racine

Un hombre que aspira a gobernar la república mexicana publica un libro dizque de su autoría. Viaja a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a presentarlo. Ahí, con su respuesta, deja ver que es un mentiroso: ni acostumbra leer ni podría haber escrito el libro que dice ha escrito. Como consecuencia, muchas personas hacen mofa, en las redes sociales, de la ignorancia del precandidato. Otros, o los mismos, se indignan de lo que se halla por debajo: la simulación de un político a quien los libros le importan un pepino pero que, sabedor de que la cultura letrada alguna pátina otorga de respetabilidad, pretende hacerse pasar por uno de sus practicantes. Pronto, sin embargo, algunos intelectuales afirman que no les importa que Peña Nieto lea o no lea. Que la lectura no garantiza nada en una persona. Que otros temas son más importantes, y no los hábitos lectores de un político. Respetable su derecho de afirmar tal cosa. Pero no me deja de parecer curioso que esa declaración venga de quienes leen: aunque en sus vidas la lectura es fundamental como para darse cuenta de que para los demás puede no serlo, no se percatan de que Peña Nieto no es un ciudadano común y corriente, sino alguien que pretende estar capacitado para tomar decisiones que afectarían a 110 millones de personas: y esas decisiones pueden ser más justas, sensatas e inteligentes, lo sabemos, si quien las toma tiene criterio, conocimiento, imaginación, inteligencia, atributos potenciados por la cultura letrada.  
Habría mucho que decir sobre el tema. No creo que sea un incidente nimio; es sintomático de algo enormemente preocupante. Por ahora, recupero mi ensayo «La ciudad sin Racine», escrito hace algunos años y publicado en la Revista de la Universidad de México y en mi libro El sueño no es un refugio sino un arma

Kindles ajenos

Ya se halla a la venta, en Amazon, la edición para Kindle de mi novela Cartas ajenas. El precio: 8 dólares con 39 centavos. El enlace es éste.

sábado, diciembre 03, 2011

Ciudad Francisco Tario

Aparece hoy en el suplemento Laberinto, del periódico Milenio, mi texto "Ciudad Francisco Tario". 


Aquí un párrafo:

La obra de Tario así no tiene un territorio realista porque dibuja una ciudad de contornos plurales: desesperanzada, existencialmente agónica, cínica y espectral, porosamente voluble en sus mutaciones anímicas y sensibles, y al mismo tiempo con un futuro hedonista: ciudad que, abandonados los dogmas, se entregaría al disfrute de los instantes porque sólo creerá en el cuerpo y en el presente. Así entiendo por qué lo hemos venido leyendo con entusiasmo: sin hablar de los hechos de nuestro tiempo, su ficción traía los mapas de esas movedizas regiones mentales que venimos encontrando ahora. Su obra nos es reconocible porque desde antes de leerla la hemos estado habitando.

"El silencio es mucho más que el lugar donde terminan los sonidos..."

El sitio Descarga Cultura, de la UNAM, incluye la grabación del relato "Eurídice", de Esther Seligson, leído en voz de su autora. El texto apareció en el volumen Indicios y quimeras, de 1989, y está compilado en el tomo Toda la luz, editado por el Fondo de Cultura Económica en 2006. Para escucharlo o descargarlo, sólo hay que darle clic a este enlace y, ahí, buscar el podcast por su título o el nombre de Esther.

viernes, diciembre 02, 2011

Maestro de lo humano

La revista Hermano Cerdo publicó hace poco un texto crítico de Luis Noriega sobre el «libro» Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción, del premiado «escritor» mexicano Jorge Volpi.


Aquí van dos párrafos:

Ningún eslogan es eficaz sin un rival. Y aquí lo tenemos desde la primera línea. Ese rival, por desgracia, es un hombre de paja, un novelista que al recibir un «importante premio» declara que le encantan las novelas porque carecen de finalidad práctica.
El escritor premiado es un hombre de paja no porque sea inexistente (el mundo está lleno de artistas dedicados a producir obras sin otra finalidad práctica que ganar premios, becas, nombramientos) sino porque lo habitual no es despojar al arte de funciones sino atribuírselas en exceso.

lunes, noviembre 28, 2011

Cartas desde una época sin heroísmo

También incluye, la revista Luvina de invierno 2011, un texto crítico de Enrique Padilla sobre mi novela Cartas ajenas
Aquí un breve fragmento:

La primera novela de Beltrán Félix exhibe la pena, el sinsabor de la anarquía institucionalizada; la sensación, tan en boga, de vivir al borde de cualquier anodino abismo. Ésta, una de las mayores apuestas de la novela, se ve ganada con creces, y en los capítulos finales del libro da pie a verdaderos alardes narrativos. 

La varia invención de Esther Seligson

La revista Luvina, en su número de invierno 2011, publica un texto crítico de Jezreel Salazar, sobre el libro Escritos a mano, de Esther Seligson. 
Aquí un breve fragmento:

Difícil disociar cada uno de los textos que componen el libro de un universo personal y elíptico: breves relatos que parecieran tener la cualidad del «esbozo», poemas que registran experiencias en fechas o lugares específicos, aforismos que remiten a búsquedas interiores, textos de análisis que no renuncian a la subjetividad, o incluso —y paradigmáticamente— entradas de un diario. Por la manera en que está estructurado el libro, pareciera que estamos ante el cuaderno personal de la autora, en el cual a un fragmento narrativo le sigue un texto lírico, y a éste una anotación ensayística. No obstante, en medio de esa heterogeneidad construida por fragmentos, se mantienen un estilo y una voz que se halla todo el tiempo en búsqueda de la revelación precisa, una revelación que pasa al mismo tiempo por las confesiones y los hallazgos de la escritura. Por decirlo de algún modo, el libro nos recibe con esta consigna: si escribir es exponer el mundo interior y fracturado a ojos espías, leer es buscar en la intimidad ajena el mapa que nos descifra, que pueda otorgarnos sentido, coordenadas.

martes, noviembre 22, 2011

El fabulador en octosílabos

Desde que leí Juguete de nadie, quedé deslumbrado. Me puse a buscar los demás libros de Daniel Sada, y así llegué a Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, una obra prodigiosa. En aquellos tiempos, yo creía querer hacer una maestría. Como originalísimo proyecto de tesis, propuse estudiar la prosa de Guimarães Rosa y Sada, pero aunque fui aprobado, no me quedé más de un semestre en la Universidad. Sin embargo, lo que sí hice fue escribir un ensayo sobre la prosa rítmica de Daniel Sada, a partir de un experimento: analizar estilísticamente la primera página de Albedrío. El texto lo escribí en 2002 y se publicó al año siguiente en la Revista de Literaturas Populares. La liga es ésta.

sábado, noviembre 19, 2011

Hasta siempre, querido maestro

Daniel Sada acaba de morir, luego de una larga enfermedad. Nació en 1953 en Mexicali. Publicó varios de los libros más importantes de la narrativa en lengua española de las últimas décadas, como Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, Casi nunca y Registro de causantes. Y además de un extraordinario escritor, Sada fue un maestro exigente, generoso y siempre divertido. Hasta siempre, querido Daniel.

El cuerpo y sus deformidades

En el más reciente número de la Revista de la Universidad de México, Nadia Villafuerte publica un texto crítico sobre la novela Moho de Paulette Jonguitud Acosta y el libro de cuentos Enfermario de Gabriela Torres Olivares.


miércoles, noviembre 16, 2011

Fraguas

La sección de crítica Fraguas, de la revista Tierra Adentro de octubre-noviembre, incluye textos críticos:
* de Jorge Solís Arenazas, sobre Los poemas de Maximus de Charles Olson (Mangos de Hacha);
* de Roberto Cruz Arzabal, sobre Lugar de residencia de Daniel Bencomo (Tierra Adentro), Crónicas del Minton's Playhouse de Jesús Ramón Ibarra (Conaculta) y Catábasis exvoto de Carla Faesler (Bonobos);
* de Claudina Domingo, sobre Verso y prosa de Luis Rius (FCE);
* de Joaquín Guillén Márquez, sobre Hombre de poca fe de Gilma Luque (Mondadori), Moho de Paulette Jonguitud Acosta (Tierra Adentro) y A ras de vuelo de María Antonieta Mendívil (Tusquets);
* de René López Villamar, sobre La versión de Barney de Mordecai Richler (Sexto Piso);
* de Daniela Tarazona sobre Flaubert, Joyce y Beckett. Los comediantes estoicos de Hugh Kenner (FCE); y
* de Guillermo Espinosa Estrada sobre Mudanza de Verónica Gerber Bicecci (Taller Ditoria).

También hay notas críticas de los libros:
* Antología de la poesía italiana contemporánea, compilación de Emilio Coco (La Cabra/Conaculta/UANL), comentada por Xitlalilt Rodríguez;
* La peste, de Armando González Torres (El Tucán de Virginia/Conaculta), revisado por Daniel Orizaga Doguim;
* La sirvienta y el luchador, de Horacio Castellanos Moya (Tusquets), comentado por Alejandro Gaspar;
* Alas de gigante, de Agustín Cadena (Ediciones B), leído por Elisa Corona Aguilar; y
* Prendida de las lámparas, de Elena Guiochins (Juan Pablos/Conaculta), comentado por Lucía Leonor Enríquez.

viernes, noviembre 11, 2011

En San Cristóbal y Tuxtla

La semana próxima viajaré a Chiapas, uno de los estados más bellos de México, para participar en el Festival Internacional de Letras Jaime Sabines. El lunes 14, a las 17:15, participaré con Víctor Cabrera, Jorge Fernández Granados y Mónica Lavín en una mesa de discusión sobre literatura latinoamericana actual. Esto será en la Sala de Bellas Artes Alberto Domínguez, en San Cristóbal. En ese mismo foro, a las 19:00 horas, habrá una mesa de lectura de obra en la que estarán Nadia Villafuerte, Mónica Lavín, Juan Álvarez, Víctor Cabrera, Yolanda Gómez Fuentes y Mikeas Sánchez.El miércoles 16, a las 17:15, en el Auditorio del Centro Cultural de Chiapas Jaime Sabines, en Tuxtla-Guitérrez, estaré en una mesa de lectura de obra con Víctor Cabrera, Yolanda Gómez Fuentes y Angelina Sayul. A las 18.30 habrá otra mesa de lectura, con Nadia Villafuerte, Enriqueta Lunez, Claudia Posadas y Héctor Cortés Mandujano.
El programa completo: aquí.

miércoles, noviembre 09, 2011

martes, noviembre 08, 2011

Al norte del absurdo

La revista Letras Libres, en su número de noviembre, incluye mi texto crítico "Al norte del absurdo", sobre la novela A la vista, de Daniel Sada. Aquí dos párrafos:
Quizá no advierto que Sada evoluciona aplicando reglas nuevas, y que ahora sustituye la tensión dramática con el absurdo. En Ese modo que colma (2010), lo inverosímil lucía funcional porque se trataba de cuentos: la distancia corta no exige la resistencia de doscientas páginas. En A la vista, este absurdo se apoyaría en un rasgo temático de toda la obra de Sada: la frialdad de los lazos interpersonales. Tal vez la clave se halle en un episodio: luego de la muerte de su madre, Noemí, la sobrina de Sixto, se muestra insensible y no lleva prisa por notificar a nadie ni hacer ningún trámite: deja durante la noche el cadáver a la intemperie, solo cubierto por cobijas. Su conducta no es regañada, ni siquiera advertida por los demás personajes. Episodios así –no es el único– hablarían de una percepción de lo deshumanizado en los motivos y las acciones individuales, y explicarían la inversión de los tempi narrativos: por qué se da mayor prioridad a asuntos “nimios” y, a cambio, se deja de lado lo que un narrador psicológico o policiaco explotaría de forma principal. Así cobraría sentido ver al de los libros de Sada como el narrador sintomático de la segunda mitad del siglo XX mexicano, la Era de la Pax Priista (que para efectos literarios nomás no llega a su fin): su talante chocarrero es el síntoma de una postura de evasión ante la política, como lo sugiere la monumental Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, novela que empieza con un fraude electoral en un pueblo del norte y que a lo largo de ochocientas páginas va diluyendo la densidad moral de ese episodio –y de la represión posterior– en una disolución hacia lo ficticio, que ilustraría la nulidad del individuo y la sociedad ante la violencia del poder.
La lección: no es que en este país no haya tragedias, es que de nada sirve que se narren. El narrador introyecta la resignación mexicana ante la impunidad de la Historia. En el caso de A la vista, la lectura podría ser no menos perpleja: un homicidio casi gratuito viene seguido por una retahíla de sucesos en sí triviales pero que, en tanto delinean la crónica de lazos afectivos ya inexistentes y de una justicia que no llega –y cuando lo hace viene violenta y arbitraria–, no resultan sino signos explícitos de una época terminal.

sábado, noviembre 05, 2011

CLXXIII

Nuestros bisabuelos tomaron las armas contra una represiva y asfixiante dictadura de ancianos. Nuestros padres marcharon y votaron contra una represiva y corrupta dictablanda de pícaros. Y nosotros apenas vamos entendiendo que nuestra lucha será contra una dizquelibre e ineficaz democracia secuestrada por ineptos.

viernes, noviembre 04, 2011

Tario furioso

Publiqué hace cinco años un texto sobre Aquí abajo, la primera novela de Francisco Tario que, se supone, acaba de ser reeditada por Conaculta, aunque no la he encontrado en librerías. El texto se incluyó en el libro colectivo Dos escritores secretos. Ensayos sobre Efrén Hernández y Francisco Tario (Tierra Adentro), compilado por Alejandro Toledo, y posteriormente en mi libro El sueño no es un refugio sino un arma. Lo recupero aquí, aunque sea un escrito aún bisoño y demasiado enfático.



TARIO FURIOSO

No es un panfleto. Se trata de un manifiesto íntimamente necesario, como es la escritura para los autores de su carácter: los irreductibles, los impetuosos y soliviantados. Son líneas de las más vivas y encolerizadas de la literatura de nuestra lengua. El acaso más perturbador de los escritores mexicanos dejó dicho:
«Y escribiré libros. Libros que paralizarán de terror a los hombres que tanto me odian; que les menguarán el apetito; que les espantarán el sueño; que trastornarán sus facultades y les emponzoñarán la sangre. Libros que expondrán con precisión inigualable lo grotesco de la muerte, lo execrable de la enfermedad, lo risible de la religión, lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquier otra fe o mito. Libros, en fin, que estrangulen las conciencias, que aniquilen la salud, que sepulten los principios y trituren las verdades. Exaltaré la lujuria, el satanismo, la herejía, el vandalismo, la gula, el sacrilegio: todos los excesos y las obsesiones más sombrías, los vicios más abyectos, las aberraciones más tortuosas...»
Se trata del designio expresado por el personaje de un texto de ficción, pero —podríamos convenir en el punto siguiente sin escándalo de nadie— no se encuentra por mero e inofensivo azar en una página del primer libro de Francisco Tario. Como programa estético y vital, ese párrafo de «La noche de los cincuenta libros», del volumen de cuentos La noche (1943), vuelve a Tario —nacido en 1911 y muerto, si tal concepto es tolerable para el caso de un narrador de su aliento vigoroso, en 1977— un autor de nuestra época desencantada e iracunda.
La pregunta sin embargo no es sino una muy simple y a la vez injusta: ¿logró su fin Francisco Tario?
 
Tario en su futuro
 
Durante décadas su obra fue conocida por un puñado de lectores y no es sino hasta los últimos tiempos que críticos fieles lo han rescatado, invitando a las nuevas generaciones a acercarse a sus páginas. Pero hay más: apuesto a que el 2 de diciembre de 2011, al cumplirse el centenario del nacimiento de Francisco Peláez Vega, alias Francisco Tario, la maquinaria cultural de Los Rescatadores y Esculpidores Oficiales de Las Ovejas Negras de la Nación Mexicana se encargará de realizar un marmóreo Homenaje al antimarmóreo autor de Equinoccio (1947). Se harán mesas redondas y ciclos de conferencias en el Palacio de Bellas Artes y se publicarán compilaciones de ensayos críticos en torno de sus textos, además de que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes del gobierno federal mexicano sacará a la luz la convocatoria de la Beca Centenario de Francisco Tario, que se otorgará durante un año al ensayista menor de 35 años que presente «el más interesante proyecto de un libro crítico sobre Tario». Incluso, la Universidad Nacional Autónoma de México en contubernio académico con El Colegio de México perpetrará un simposio donde se leerán —y, ¿puede creerse?, aplaudirán— ponencias con títulos como «Tario y Rulfo, ¿pre-posmodernos negadores/trastocadores de la mexicanidad?», «La cuentística de Tario a la luz de la teoría carnavalesca de Mijaíl Bajtín», «Ecos góticos de Horacio Walpole y Édgar Alán Po en Jardín secreto, de Francisco Tario», además de que el Fondo de Cultura Económica, la editorial veloz del Estado mexicano, pondrá a la venta la voluminosa edición en pasta dura de sus obras completas.
Excesivamente dudaría en afirmar que al escribir sus relatos, novelas, piezas teatrales y aforismos Francisco Tario lo hiciera teniendo en mente o ansiando ese despliegue de incienso póstumo. El hecho de que sus textos se sientan hoy y estén más vivos que los de muchos escritores contemporáneos, suyos y nuestros, que cultivaron y cultivan la vanidad, los premios, las medallas, las publicaciones y los aplausos, podría ser la señal que proclame una realidad digna de difusión más diáfana: que la escritura verdaderamente viva y necesaria a veces tarde y casi nunca temprano conoce su destino fértil en el ánimo de sus lectores, habitantes todos de esa patria ajena, ingrata: el futuro.
Pero entonces la pregunta pervive: ¿ha logrado Tario por fin el propósito enunciado en esa página furiosa de La noche?

El primer Tario y su novela imperfecta


De los libros publicados por nuestro autor durante la década del 40 han sido La noche y Equinoccio los depositarios hasta hoy de un miramiento crítico más atento y entusiasta. No lo desmerecen, por supuesto, pero en estas notas dispersas quiero detenerme en el Tario poco apreciado, el de su primera novela: Aquí abajo, salida a la luz el mismo año que La noche. Este acercamiento —original, según entiendo— habrá de permitir una respuesta posible, un porqué tentativo a la pregunta de las líneas previas.
Habría que hacer, antes que nada, una precisión importante: el Tario de los años cuarenta no es siempre, no es de forma cabal un autor fantástico. Al lado de «La noche de La Valse» o «La noche de Margaret Rose», que pueden recibir sin hesitaciones el rótulo clásico de fantásticos, conviven en La noche otros cuentos, tal vez más escalofriantes y logrados, que, salvo por el narrador, son de vena casi realista. «La noche del féretro», «La noche del loco», «La noche del traje», «La noche de la gallina» narran historias enmarcadas en un entorno social reconocible como «realista», pero lo trastocan y representan bajo tonos casi amenazantes debido a que el narrador o no es humano (es un féretro, un traje, una gallina) o no es racional (es un loco). Esta perspectiva distorsionada, casi esperpéntica —y que, ya metidos en la tarea feliz de lanzar etiquetas, podríamos llamar irrealista—, tiene un nexo axiomático con una intención de condena moral de la sociedad, a la manera de las sátiras swiftianas, del Cervantes de El licenciado Vidriera o de El doble dostoievskiano.
En La noche puede repararse en una suerte de, digamos, «antecedente» de Aquí abajo: el relato «La noche del indio», que propone una sediciosa inversión de la narrativa indigenista de esos años posrevolucionarios en México: el indio de este relato es Todos Los Indios, es decir, Ninguno, es decir: El Único; no es un Juan Pérez Jolote —no tiene siquiera nombre ni apellido—, y la profecía del final: «¡La fuerza está en ti, indio!... Es preciso hacer la revolución, amigo...», se cierne sobre el lector como una posibilidad siniestra de violencia.
Aquí abajo podría definirse como el más «realista» de los libros de Tario (y se trata en efecto de un camino que el autor abandonará en definitiva). Si se pidieran equivalencias vagas pero útiles, yo habría de afirmar que Aquí abajo pudo haber sido escrita por un Roberto Arlt con resentimientos sociales menos agudos y un mayor sentido de la irrealidad, un Georges Duhamel más agresivo contra los convencionalismos, un Fernando Vallejo menos egocéntrico en la exhibición de su arrebato o un Kenzaburo Oé menos maduro y sobrio en el dominio de la estructura novelística.
En Aquí abajo, desde el título nace la angustia. Se trata de la historia de la existencia «aquí abajo», sobre la tierra, de Antonino, un pobre diablo casado con una mujer hermosa y sensual, padre de dos hijos pequeños, trabajador responsable pero sin iniciativa. El drama inicial es la indisposición angustiada ante su papel en la sociedad —empleado y padre de familia—, que detona al conocer la infidelidad de su mujer con un primo de ella, un joven militar manco y prepotente. La historia en sí, plagio trasnochado de una Madame Bovary de Peralvillo, es sin embargo menos importante que el tenor de angustia metafísica del personaje. Es una incomodidad radical ya no con su papel en la sociedad, sino con la pasividad que debe caracterizar la aceptación de la existencia, aceptación sentida por el lector incluso más vejatoria por la condición misma de la voz narrativa en tercera persona que, a la manera usual en George Eliot, no tiene empacho en tirar sus netas metafísicas, en última instancia racionalizaciones superiores del estado mental de su personaje. Antonino no encuentra un lugar en el mundo, y el final de la novela no puede ser menos disolvente: su hijo muere, él asesina a un sacerdote y se desentiende (eso asumimos) de su mujer e hija. Al matar a una figura de autoridad y tomar con indiferencia el abandono de su esposa, el «irresponsable» Antonino parece hallar el sosiego finalmente.
Jardín secreto, la segunda y póstuma novela de Tario, es más lograda, con una estructura dramática más tensa y juiciosa y una atmósfera de locura y encierro a la altura de los relatos de Poe. Aquí abajo, por su parte, es un libro desigual, ripioso. Pero en ese carácter un tanto inhábil del narrador encuentro yo la vivacidad de Aquí abajo, un latido más belicoso que el de Jardín secreto y que delata un mundo interior agrio y convulso que, acaso, exigía una expresión artística impaciente, irascible, inevitablemente sucia e imperfecta. Incluso, el retrato de la sociedad mexicana de su tiempo es tan oblicuo e irrealista que se vuelve evidente sólo por la mención de lugares y calles (Iztapalapa, San Ángel, la Alameda, Peralvillo), debido a que el primordial propósito del narrador de esta novela es traducir la distorsionada y agónica percepción de Antonino.
Es éste, pues, un sendero creativo —hablo de la narrativa realista de corte psicológico— nunca retomado por Francisco Tario. Su originalidad y su perfil de ermitaño de las letras le exigieron evitar cualquier cercanía con la tendencia narrativa de esas décadas: el realismo ubicuo de la literatura mexicana que llevó incluso a no caer en la cuenta de que el autor supremo del siglo xx, Juan Rulfo, andaba en 1955 publicando una novela de estricto corte fantástico.
Más allá de eso, podría enunciarse una pregunta concreta: ¿qué sucedió en la vida de Tario que pueda explicar el hecho de que la rabia radical de La noche, Aquí abajo y Equinoccio se haya difuminado y no aparezca en Tapioca Inn ni en Una violeta de más? Esos tres primeros libros nacieron en una coyuntura social de guerra mayúscula en el mundo y de radicalización política en el país a fines de los años treinta y principios de los cuarenta, aunada a posibles circunstancias personales depresivas o exasperadas propias de la juventud. ¿Fueron acaso entonces la llegada de la madurez y el inicio de una vida conyugal y familiar —al parecer feliz en Acapulco— los motivos de que este proto-Céline mexicano se haya vuelto un narrador ya no furibundo, más bien contenido de relatos fantásticos?

La rabia como categoría estética

Aquí abajo no ha sido reeditada desde su publicación, hace ya casi 63 años (el colofón habla de noviembre de 1943). La recuperación de esta novela permitiría, vaya si no, tener otra perspectiva de la primera etapa literaria de nuestro autor. Más todavía: pienso que una revaloración de este volumen duro y agitado habría de autorizar un acercamiento diferente al párrafo de «La noche de los cincuenta libros» con que inicié este ensayo. En efecto, Aquí abajo fue una de las creaciones con las que el escritor Tario buscó avanzar en su estrategia de guerra contra las convenciones del mundo —familia, religión, patriotismo, piedad—; fracasó, por supuesto, pues el libro sigue a la espera de sus lectores y, por su parte, el mundo... bueno, del mundo qué podemos decir.
Podría decirse, sin embargo, que Tario tuvo también la virtud de no perpetuarse en la púber exhibición de la rabia. «Tario fue consecuente consigo mismo y supo callar en su momento, además de que no aceptó tomarse en serio sus libros», escribe Esther Seligson. Quizá el endulzamiento de su prosa fantástica, perceptible en Tapioca Inn y Una violeta de más, haya tenido como razón la necesidad de no insistir en un combate perdido de antemano, es decir, en una disputa que ya no tendría que ser luchada por él sino por sus lectores jóvenes, cuando quiera que éstos llegasen, quizá incluso 30 años después de su muerte. Seligson conjetura: «Quizá Tario sabía que no es menester traicionarse a sí mismo pues el libro es un ente vivo cuya trascendencia... depende... de la fidelidad y pasión de sus lectores».
La hora del Tario radical y rabioso ha llegado. Una causa por la que Tario se ha vuelto un escritor emblemático para la nueva generación de lectores se debe en mucho a su exploración fecunda de lo fantástico en una tierra literaria, se supone, poco acostumbrada a divorciarse enfáticamente del realismo coyuntural y político. Me atrevo a sugerir ahora otro motivo, uno que se volvería evidente en caso de una revaloración del primer Tario y de Aquí abajo: la identificación de los lectores jóvenes con la expresión literaria de la angustia, la rabia y el desencanto perceptibles en aquellos primeros libros del autor treintañero.
«Facit indignatio versum», escribió Juvenal en su sátira primera. Contrariamente, en Sobre el estilo, Demetrio el desparpajado señalaba con particular naïveté: «la indignación no necesita del arte, sino es preciso que en tales invectivas las palabras sean en cierto modo espontáneas y simples». En cualquier sentido, podemos decir que no es, por supuesto, la furia —como la legible en Aquí abajo un valor estético necesariamente superior o siquiera indispensable para conferirle mérito a una obra. Pero si me interesa resaltarlo se debe a que cada lector se encuentra a sí mismo en los libros que lo apasionan e intrigan. El caso de quien esto escribe ha sido el de una relectura embrujada de los textos del primer Tario. Esto se debe (acaso) en mucho a que la circunstancia mía y casi genérica de los lectores jóvenes de principios del siglo xxi en este país tan lleno de ubicua mierda podría definirse como la de un visceral desaliento y desasosiego, frutos del rechazo ante la falsedad insostenible de toda convención, fe, discurso, dogma o mito, sean éstos de índole social, política, religiosa, intelectual e incluso estrictamente personal. ¿...Qué tenemos realmente?
Un caos. Y la desesperanza.
Pues la desaparición del Estado nacional, el entorno de pobreza, violencia e injusticia, el desmoronamiento de las nociones de comunidad y familia y la exhibición ecuménica del descaro, la corrupción y el abuso en el orbe público vuelven la prosa inicial de Tario un lugar reconocible, un espejo exacto y obligatorio para los lectores impacientes de 2006.
El primer Tario está vivo porque transcribió en sus textos la realidad de su futuro, este hoy nuestro ennegrecido por la barbarie, la irrealidad y la zozobra. Pienso que Tario habrá de cumplir una y otra vez, nunca de forma definitiva y sin embargo siempre fértilmente, su propósito de guerra moral contra el mundo, sus imposturas y sus dogmas, cuando los lectores de estas generaciones desengañadas del oscuro nuevo milenio se acerquen por fin a su primera y aún viva y muy poderosa —si bien imperfecta— novela Aquí abajo.

jueves, noviembre 03, 2011

Francisco Tario cumple cien años


El raro de raros, el marginal de marginales, el olvidado de olvidados. Francisco Tario, el extraordinario autor de La noche, Equinoccio y Una violeta de más, cumple cien años. Participaré este domingo, a las 12 del día, en una mesa de discusión en torno de su obra, con Alejandro Toledo y Alberto Chimal, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México.

miércoles, noviembre 02, 2011

CLXXII

Los muertos regresan, sí, pero no visitan sino a quien ya trae dentro de sí un cementerio. Es decir, a casi todos.

lunes, octubre 31, 2011

domingo, octubre 30, 2011

CLXX

Desconfía de quien prestamente ofrece el perdón a quien no se lo ha solicitado. Lo está pidiendo para sí, por un delito que no le hemos descubierto.

sábado, octubre 29, 2011

CLXIX

Siempre llega un tiempo en que lo mejor es replegarse para sólo contemplar, como si fuera un espectáculo ajeno, la cobardía de un amigo.

viernes, octubre 28, 2011

CLXVIII

La adversidad económica, para el artista, no es sino un desafío muy menor si se le compara con el mayor peligro: la felicidad amorosa.

jueves, octubre 27, 2011

Enrique Romo

Acaba de morir un generoso y emprendedor funcionario de la cultura: Enrique Romo, quien fue director del Programa Tierra Adentro entre 2001 y 2006. Enrique tenía un gran interés en la producción literaria de las nuevas generaciones. Lo conocí cuando mi libro El biógrafo de su lector obtuvo el Premio José Vasconcelos, premio creado y organizado por él y su equipo. Tierra Adentro programaba cada año un encuentro de autores jóvenes en Ciudad Juárez. Fui invitado a participar en uno luego de que se publicó mi libro. A partir de esa experiencia, y viendo que poetas y narradores tomaban con numerosa frivolidad la discusión literaria (tal fue mi percepción), junto con Carlos Oliva le propuse a Enrique concretar un encuentro de ensayistas. Enrique apreció la idea, la llevó a la práctica y el encuentro ha seguido realizándose, cada año en una ciudad diferente. Lo anterior para decir que Enrique no sólo tenía un plan propio de trabajo, sino que además era una funcionario abierto a las palabras de los otros, por más bisoños que fueran. Cito aquí lo escrito por la poeta María Rivera en su muro de Facebook, para recordar a Enrique:

Fue Enrique quien le dio al Premio Elías Nandino la verdadera dimensión de premio nacional, consideró que los libros debían reeditarse, presentarse en todo el país, reunir a los escritores en encuentros, hacer mesas polémicas, crear otros premios. Era un buen funcionario porque tenía también tolerancia a la crítica. Lo conocí enviándole una carta donde me quejaba de ya no me acuerdo qué. Me escuchó y corrigió lo que consideró pertinente. Nunca tomó como personal las críticas y si encontraba un escritor belicoso y crítico rápidamente lo incorporaba a la discusión. Fue así como nos conocimos Heriberto Yépez, Luis Vicente de Aguinaga, José Israel Carranza, Vivian Abenshushan, Carmen Galán Benítez, entre otros. Participó con los jóvenes más como un amigo que como un funcionario inepto e ignorante. Charlábamos de poesía y puedo decir que a Enrique Romo le interesaban sinceramente los libros de los jóvenes: le entusiasmaban, los defendía y los críticaba. Hizo muy buenos números de la Revista. Gracias a los encuentros que organizaba fui a Creel cuando este país no era un baño de sangre y sus carreteras eran transitables... aunque el huevo de la violencia estallaba en cualquier plato. Por supuesto que todo esto lo hizo Enrique con Epigmenio León. Eran una dupla que funcionaba muy bien. Lo guardaré en mi memoria sonriente y siempre dispuesto para el trabajo, es decir, echar para delante, como se dice a los jóvenes. Gracias Enrique.

CLXVII

El mundo no se deshabita cuando alguien muere, pues el lugar que un cuerpo ocupaba es tomado por el remordimiento. 

miércoles, octubre 26, 2011

martes, octubre 25, 2011

Todo aquí es polvo, reconocido como el mejor libro de narrativa de 2010

Todo aquí es polvo, de Esther Seligson, acaba de obtener el Premio Bellas Artes-Colima al mejor libro de narrativa publicado en México en 2010. El jurado estuvo integrado por los escritores Bernardo Fernández, Nicolás Cabral y Juan José Rodríguez. En este enlace se lee la noticia.


El premio, aunque póstumo, llega en un momento muy simbólico. Esther Seligson habría cumplido, hoy, 70 años de edad. Nació el 25 de octubre de 1941 y murió el 8 de febrero de 2010 en la ciudad de México. Pocas semanas antes había revisado por última vez Todo aquí es polvo, su emotivo y bellísimo libro de memorias, que sería publicado por el sello Bruguera de Ediciones B México en octubre siguiente y que habría de ser considerado por el periódico La Razón como uno de los mejores libros del 2010. 
Dejo a continuación algunos enlaces de interés:
Un fragmento de Todo aquí es polvo aparecido pocos días después de la muerte de Esther en el suplemento Laberinto, en cuya edición se incluyó también un texto mío en que recuerdo la enorme, infatigable generosidad de esta escritora genial y entrañable amiga. Al mes siguiente, en marzo, la revista Letras Libres editó en sus páginas una breve semblanza biográfico-crítica sobre Esther, también escrita por mí. 
Otro fragmento de la misma obra, publicado éste en el número de marzo de 2010 de la Revista de la Universidad de México.
Un fragmento más, incluido en el número 14 (verano de 2010) de la revista La Palanca, pp. 24-32.
Textos críticos de Fabienne Bradu, en la revista Letras Libres de enero de 2011; de Mary Carmen S. Ambriz en la sección cultural del diario Milenio el día 3 de ese mes; de Marina Porcelli, en Laberinto del día 15 siguiente; y de David Olguín, en la Revista de la Universidad de México de junio pasado. 
De la misma Seligson, a lo largo de este 2011 han aparecido sus también póstumos Escritos a mano (Editorial Jus/UANL) y Escritos a máquina (UNAM), así como la reedición de su segunda novela, La morada en el tiempo (Conaculta). 

lunes, octubre 24, 2011

CLXV

El esnobismo no es una debilidad del intelecto sino un problema de autoestima.

jueves, octubre 20, 2011

domingo, octubre 16, 2011

La inocencia, en rigor, forma parte de las sombras

Antonio Moreno Montero publica en la revista La Otra un texto crítico sobre mi libro de relatos Habla de lo que sabes. Aquí un fragmento:
En el cuento “El cuerpo de Sicrano”, que es apabullante, la gema de la corona de este libro, se insiste en el tema de la comunicación nuevamente, estableciéndose sobre todo una filiación metafórica entre la figura del escritor y su lector idóneo. 
El cuento es desafiante y provocativo, todavía más por el exquisito bordado de la trama y la manera de ejercer el trabajo creativo de Beltrán Félix. Se constituye de seis elementos: dos protagonistas (Gabriel Sicrano, viudo, hombre entrado en años y de oficio cartero; María Aspettani, huérfana, perceptiva, de clase media y que por su dolencia, una enfermedad cardiaca severa, en espera de un trasplante de corazón, nos evoca a los enfermos de Thomas Mann), algunas cartas y postales, un manuscrito, y finalmente el cuerpo de Gabriel —que nos hace recordar al personaje célebre de Elías Canetti— convertido en las páginas de un libro. Como un fantasma que declina materializarse, Gabriel escribe desde las sombras una suerte de diario personal.
En cierto modo Sicrano escribe de lo que sabe… Cuando él transcribe el contenido de su manuscrito dividiéndolo en fragmentos que hará llegar a la enferma, metidos en sobres como si fuesen cartas personales (o cuentos por entregas), y que ella los lee con avidez y extrañeza, asistimos a un homenaje —porque deriva en eso— al escritor y sus lectores invisibles.

sábado, octubre 15, 2011

La década de 2010

La indignación es apenas el comienzo. De una nueva era. Pero, ¿cómo verán nuestros nietos los tiempos que ahora vivimos: como nosotros vemos la década de 1930 o la de 1960? ¿Antesala de guerra o de liberación?

jueves, octubre 13, 2011

miércoles, octubre 12, 2011

CLXII

El que mucho te amenaza, miedo tiene hasta en el culo.

¿Qué es?

¿Qué es?, de Amaranta Leyva, es un extraordinario montaje teatral de la compañía Marionetas de la Esquina dirigido a niños a partir de dos años de edad, y que corre temporada en el Teatro Orientación, del Centro Cultural del Bosque (atrás del Auditorio Nacional), en la ciudad de México, hasta el 11 de diciembre. Las funciones son sábados y domingos, a las 12.30 horas.


martes, octubre 11, 2011

La vida ajena

La revista Letras Libres de octubre incluye mi texto crítico "La vida ajena", sobre la novela Missing (una investigación), de Alberto Fuguet.
Aquí los dos primeros párrafos:

Un escritor chileno de nombre Alberto Fuguet decide buscar a su tío Carlos, emigrante y exconvicto que dejó de tener contacto, desde un lejano día de los años ochenta, con su familia establecida en California. Missing es, así, la historia de la búsqueda no de un desaparecido por la dictadura de Pinochet, como el título y la nacionalidad de su autor podrían hacer creer, sino de un hombre libre que decidió perderse en la multitudinaria geografía de Estados Unidos.
Sergio Gómez y Alberto Fuguet publicaron hace quince años la antología McOndo, en la que planteaban el disgusto generacional ante el predominio del realismo mágico, aunque otro aspecto discernible era extraliterario: el hartazgo por la circunstancia de que el mercado editorial se rehusaba a las novelas de temas urbanos o globalizados. El cambio de la escenografía (donde decía campesino, escribir adolescente con walkman, o en vez de parcela poner aeropuerto) no habría tenido resonancia si no viniese de la mano, en la escritura, de una exigencia, de entrada no inferior a la de las figuras del boom, a la hora de trabajar con los elementos trascendentes de la ficción: la estructura, el estilo. La pregunta hoy no sería por los rasgos cosmopolitas o las referencias a la cultura pop estadounidense, sino por el hecho de si en sus narraciones Fuguet ha creado -o no- objetos verbales poderosos.

lunes, octubre 10, 2011

La Palanca del otoño

La revista La Palanca publica su nuevo número, el de otoño. Incluye poemas de Javier Acosta, Ricardo Venegas, Mijail Lamas, Eduardo Estala Rojas, Lorena Ventura, Roxana Elvridge-Thomas, Pablo Molinet, Rogelio Guedea, Alfonso Valencia, Jeanne Karen y Antonio Cienfuegos.

domingo, octubre 09, 2011

Peligros, secretos, remordimientos y odios

Gerardo Bustamante Bermúdez escribe un comentario sobre mi novela Cartas ajenas, en el suplemento La Jornada Semanal de hoy. Aquí unas líneas:
La buhardilla de Marioralio sirve para indagar en las vivencias de otros e incluso completa o fabula sus historias. Este lugar se convierte en el depositario de secretos; destinatarios y remitentes se convierten en su familia, pues el sentimiento de orfandad caracteriza la vida de este personaje. A través de la escritura de los otros, el protagonista ingresa a la intimidad de una gama de personajes grises, seres de la realidad cotidiana, envueltos por peligros, secretos, remordimientos y odios. 

sábado, octubre 08, 2011

La última y nos vemos (o: De lo útil de reconocer el uso de la anáfora)

En un breve comentario publicado en el sitio web de la revista Letras Libres, Jorge Téllez afirma lo siguiente sobre la novela Formas de volver a casa, del autor chileno Alejandro Zambra: 
Los excesos autoconscientes del libro, sin embargo, se equilibran con el estilo sobrio característico en la obra de Zambra. En sus libros no hay frases huecas parecidas a “en una suave pendiente, ahora a su izquierda, potros de brillante pelambre se revolcaban en el pasto” (por citar una novela que estoy leyendo) porque, en este caso, Zambra escribiría simplemente: “había caballos”. La brevedad de sus libros no es una consecuencia de este estilo, sino un presupuesto: frente a la acumulación, la obra de Zambra propone economía.
Creo que Téllez se equivoca. Primero, suena a prejuicio que denomine frases huecas al recurso de la descripción. Segundo, me temo que no ha examinado con detenimiento la prosa de Zambra. Algo curioso de este autor es que sus libros son breves pero su escritura es repetitiva. Es económica por otras razones (la falta de imaginación, los pocos recursos estilísticos, la incapacidad para desarrollar trama y conflicto). Pero descansa, como comenté en otro lado, de forma casi exclusiva en la anáfora (en menor grado en la catáfora), lo que me parece una muestra de pobreza retórica. Un ejemplo, que cité en ese mismo texto, y que procede de la misma novela que Téllez también comenta:
Pero hay momentos en que no podemos, no sabemos perdernos. Hay temporadas en que por más que lo intentemos descubrimos que no sabemos, que no podemos perdernos. Y también añoramos el tiempo en que podíamos perdernos.
Fragmentos de ese tenor abundan en los tres libros de ficción publicados por Zambra hasta la fecha. Así, es falso que Zambra escribiría simplemente "había caballos". No. Escribiría (especulo) algo como esto:
Entonces vi que a lo lejos había caballos. Porque cuando volví la vista pude comprobar, pude percatarme de que en la pendiente por fin había caballos. Y entendí que lo que estaba descubriendo, lo que miraba a lo lejos, es que había caballos.

jueves, octubre 06, 2011

Descaradísima promoción de geneymismo

Mañana saldrá una entrevista que me hicieron los chicos del programa La Casa del Escritor, de TV Mexiquense (canal 34). El programa se transmite a las 19:30 horas, tiempo del centro. Y vuelve a pasar el domingo a las 16:30. Hablamos de ficción, crítica, autores, etcétera.

sábado, octubre 01, 2011

Antes del rostro, de Saúl Kaminer, en San Luis Potosí


"Una de las más descarnadas, feroces y originales novelas de cuantas han escrito los autores nacidos en los años setenta"

Por el lado salvaje, la primera novela de Nadia Villafuerte, sigue recibiendo elogios. Alejandro de la Garza escribe un texto crítico en la revista Nexos de octubre. Aquí dos párrafos:

Para decirlo de una vez: la primera novela de Nadia Villafuerte (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1978) es una de las más descarnadas, feroces y originales de cuantas han escrito los autores nacidos en los años setenta. Por el lado salvaje narra una historia de quemante temperatura emocional ubicada en el contexto de la migración centroamericana, una trama compleja siempre en desplazamiento como agitada road novel. Sus personajes son memorables por razones canallas: su adicción al desencanto y la infelicidad, la desesperación de su huida, el ejercicio de la humillación y la degradación como fortalecimiento de su espíritu inquebrantable. Personajes de un contundente realismo en la brutalidad de sus vidas violentas, en su emergencia desde las goteras de la sociedad en pos de revancha por la pobreza y la marginalidad, y remedio para su escaldado sufrimiento.
La novela seduce por su lenguaje: su prosa respira, palpita, se agita con vida propia a cada párrafo; atraen su tono aforístico y sentencioso, su evasión del lugar común, la búsqueda de metáforas propias, la vibrante fuerza narrativa expresada por todos los personajes, la tensión pulsante de su adjetivación. Una escritura con una estoica o cínica manera de relatar y aceptar el mundo como es: violento, injusto, desesperanzado, criminal. Y de hacerlo sin el consuelo de la moral, la indulgencia o la mala conciencia.

Cartas ajenas: manéjese cuidadosamente

Héctor Iván González publica un texto crítico de mi novela Cartas ajenas en la revista Crítica, número 145 (septiembre-octubre).

Aquí un párrafo:


Cartas ajenas es atractiva y arriesgada, incluso, puede ser demasiado arriesgada para ciertos lectores, aquéllos que buscan algo que Daniel Sada llama, la “escritura mema”, porque Geney se va por el nocaut y juega en el último tramo de la novela con sus propias reglas –escribo ‘juega’ en tanto que trampea, engaña y busca concesiones– cuyo resultado es la deliberada descomposición de la realidad. Es decir, a medida que su personaje va tocando el fondo de la experiencia, y a la vez de un estado mental, el lector puede presentir una suerte de desquiciamiento, una corrosión del lenguaje que se amalgama con la oxidación de la trama. Hay en las últimas páginas una descomposición o desvirtuación que se percibe en algunos momentos. Pensaría un poco en logros del Sabato más osado, de un Onetti rodeado de jeringas de mezcalina o de un Dostoievsky desdoblándose y percibiendo el divorcio entre su versión de la realidad y la realidad misma, tal y como debieron sentir Althusser al aflojar la corbata que le arrancó el aliento a Hélène o el restallar del cuerpo de Celan al sentir la brevísima resistencia de las aguas del Sena. Y se me ocurre que la intromisión de Marioralio en las correspondencias ajenas es debido al mismo móvil que mueve al lector contemporáneo a adquirir y leer los epistolarios de sus autores, la cual radica en una profunda soledad y a la terrible acedia que contiene la vida, lo cual se respira en las páginas de esta primera novela de Geney Beltrán Félix. Por lo que solamente diría, como en los depósitos radiactivos: Cartas ajenas es material inflamable: manéjese cuidadosamente.