miércoles, abril 26, 2006

El último día

Cuando salen del Ministerio, Marialba y Léster levantan la vista. El sol se hunde en el poniente como una bola viscosa y condensada en su cansancio. Abrazados, empiezan a caminar por la acera, hacia la izquierda, y observan los cuerpos de la neogente, inmóviles en definitiva, incapaces de siquiera recordar cómo se camina, cómo se mueve una mano, condenados a morir de hambre en una parálisis como cárcel de sus propios cuerpos. A veces Marialba y Léster deben rodear cuerpos tendidos sobre la banqueta, luego se detienen para mirar las ratas, los gatos, las moscas, los perros que, acaso sorprendidos por la indefensión de los cuerpos ¿ya no vivos?, los rodean, los huelen, algunos los lamen —o gruñen, desconfiantes—. Los autos y los camiones se han quedado inmóviles, sus conductores y pasajeros impulsados sobre el volante o con la cabeza echada hacia atrás en los asientos. Luego de haber caminado tres cuadras desde el Ministerio, hacia el poniente, Marialba se detiene: se hallan frente a una mujer recargada en la pared de un edificio, los ojos abiertos y ausentes, un mínimo hilito de saliva insiste en resbalar de entre sus labios, la blusa azul delata la forma del seno izquierdo que parece, oculto bajo la ropa, un ratón dormido, y entonces la muchacha le pone en las manos, como una ofrenda absurda, el Memorial inútil del Ministro.
Los dos muchachos se enfilan hacia quién sabe dónde.