Bitácora de Geney Beltrán [χe’nɛi bel’tɾan], escritor mexicano (Tamazula, Durango, 1976).
jueves, mayo 11, 2006
Historia
miércoles, mayo 10, 2006
Indignación
Los que mandan, es decir, los grandes empresarios, quieren la «estabilidad social» y el «estado de derecho» que les garanticen la impunidad a sus abusos (evasión fiscal, contaminación del medio ambiente, pisoteo de los derechos laborales, lavado de dinero, etcétera): esa «estabilidad social» y ese «estado de derecho» tan cacareados consisten en que los demás nos callemos, en nuestra indiferencia y nuestro miedo.
Está en marcha la instalación de un Estado fascista en México. Se trata de un Estado policial que protege los privilegios de los ricos. Tienen como lacayos a los gobernantes y los legisladores, y como principales instrumentos a los medios de comunicación, al ejército y a la policía. Sus acciones son la brutalidad policiaca, las violaciones a las mujeres, la tortura «justificada», la demonización en los medios, el uso arbitrario de la administración de la justicia y el acallamiento de cualquier protesta o denuncia.
Hay que detenerlos. Hoy son las mujeres y los hombres de San Salvador Atenco. Mañana, demás está decirlo, será el país entero.
martes, mayo 02, 2006
Que regresen
domingo, abril 30, 2006
El ensayista frustrado
Él desconfía del uso del yo porque desconfía de la postura que indica que la personalidad propia es una construcción definida, delimitable, identificable y precisa. Fernando Vallejo, el colombiano autor de la violenta El desbarrancadero, en varias ocasiones ha criticado el uso del narrador de tercera persona. «Si uno no sabe qué pasa consigo mismo, ¡cómo va a saber qué pasa en la mente de otras personas!» Este argumento, por supuesto, revela que Vallejo no es un tipo empático ni imaginativo. Al contrario, lees sus novelas y encuentras una egolatría (a ratos simpática, eso sí) que excluye la tolerancia y el interés por el otro (mientras no estemos frente a un perro, claro). Sin embargo, la ficción parte de un asumir la perogrullada no sólo de que el narrador no tiene que coincidir milimétricamente con el autor, sino también de que el autor siente una compleja pero cierta e inquietante empatía por sus personajes, los seres imaginarios que usurpan en esa ficción el lugar de los otros, del resto del mundo. En el caso de Fernando Vallejo, parece como que a este escritor sí le importa que quede bastante claro que toda la humanidad, salvo él, es culpable de una estupidez y mezquindad sumas, y de que por lo tanto la única materia de interés y novelable es él mismo, así sea que sus historias no tengan que ser demostrables, quiero decir, que importe un bledo si son ceñidamente autobiográficas o no.
Vallejo parece creer que su personalidad es un ente conocible y definido. Tal vez por esa razón no le interesa ponerse en los zapatos de los demás. A quien no le queda en nada claro que su personalidad sea una construcción finita y redonda, como le sucedía a Fernando Pessoa, le resulta más fácil imaginarse cómo piensa o siente otra persona. Por ejemplo: en sus viajes en el metro de la Ciudad donde vive, al ensayista frustrado lo inmoviliza detenerse a pensar en la vida de un muchachito de doce o trece años, moreno, de cara sucia, ropa rota y ojos asustados, que se sube en la línea verde del metro, como después de las ocho o nueve de la noche, y empieza a pedir una moneda a los viajeros. El ensayista se le queda mirando y apenas sus ojos coinciden con los del chamaco, él se imagina el hambre como una garra en el estómago, la agresión en las miradas de los demás, la certidumbre (no expresada racionalmente sino sentida en la piel misma) de que el futuro es negro y que en todo caso nada pero nada de este pinche mierdesco mundo importa. Se trata de una crispación momentánea: el muchachito se baja en la siguiente estación, pasa al vagón de al lado, y el seudoensayista, con todo y su rabiosa empatía, no fue capaz de darle una, por demás, inútil moneda.
¿Durante esos instantes dejó de ser él mismo, su personalidad se disipó o abrió para convertirse en la del otro, para contagiarse con los miedos y los rencores y el hambre y la desolación del muchachito? ¿Cómo explicar que durante esos segundos se olvidó de su circunstancia, su nombre, su pasado, sus ideas, para asumir en la piel la sensación inmediata, no razonada, de otra persona? ¿Es que acaso la imaginación y la empatía son atributos —o defectos— de quienes no son tan fuertes en el persistente proceso de la pétrea fundación de sí mismos?
Experiencias como ésa le hacen sentir que el yo no tiene importancia más allá de la utilidad de que indica la ubicación momentánea de las circunstancias en los cuerpos. El yo es un accidente de la naturaleza que ha sido institucionalizado por la gramática. ¿Cómo estar seguro de que el suceder de las circunstancias se da en él y no en otra persona? Durante esos instantes en que imagina o siente la circunstancia del niño de la calle que pide limosna en el metro, ¿quién habita el yo de él?
Ahora, esta repulsa al yo le impide escribir en primera persona. En el momento en que habla de sí como de otro, en el momento en que renuncia al arrogante yo, debe asumirse como un desertor del ensayismo. Y ponerse a escribir ficciones.
viernes, abril 28, 2006
Blablablá
Me apena estar en desacuerdo con los promotores de este escrito. El SNCA debe desaparecer, el Estado no debe dar becas ni premios, y los artistas deben olvidarse de esa noción acrítica de que el arte es útil para la sociedad y, por lo tanto, de que el Estado debe apoyar a sus creadores. Es deshonroso plantear siquiera la idea, roughly speaking, de que el arte ayuda a la economía. ¡Qué servil el artista que quiere justificarse ante los tecnócratas! «¡Uy!, sí, mis creaciones son tan importantes para la economía como las exportaciones de jitomates!» No, el arte no tiene por qué ayudar en nada a la sociedad, el pueblo, la nación, ni a ninguna de esas monsergas tomadas del discurso de los políticos. El tiempo de los aedas, los juglares, los tlacuilos y los poetas cortesanos, debe quedar atrás. El arte, cuando mucho, puede servirle al individuo, desde una libertad extrema.
Fuera de eso, es saludable que la sociedad expulse a sus críticos (todo artista lo es) de la nónima. Únicamente de esta forma podrá el arte renegar de su ligazón con su época, desde el rechazo, la confrontación y el desconocimiento.
HACIA UNA REESTRUCTURACIÓN
DEL SISTEMA NACIONAL DE CREADORES
1. Tal y como opera en la actualidad, el Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) presenta una clara insuficiencia: en términos temporales, sólo cubre una mínima parte de la actividad creativa de quienes lo conforman.
2. Desde un punto de vista estructural e ideológico, para pensar en una reestructuración del SNCA no es inapropiado tomar como referencia al Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Es del todo estimable que, en un país con las carencias sociales del nuestro, el Estado impulse la investigación científica. El SNI fue organizado por el Estado mexicano para “premiar” de manera permanente la actividad de investigadores adscritos a universidades y otras instituciones de educación superior, así como a organismos dedicados a la innovación científica y tecnológica. En el caso del SNCA, ese mismo Estado se limita a “apoyar” durante tres años a un conjunto de creadores que se comprometen a realizar determinados proyectos. Cumplido ese lapso, los creadores del caso quedan fuera del sistema y sólo pueden reintegrase a él, parcial y provisionalmente, bajo ciertas condiciones.
- Nada justifica que el Estado mexicano actúe en el terreno de la ciencia y la cultura como si se tratara de una comunidad de primera, integrada por quienes producen ciencia y tecnología, y una de segunda, constituida por quienes generan arte y literatura. Se parte de la certeza de que la investigación científica habrá de redituar utilidades de importancia. En cambio, hay instancias que tienen la seguridad arbitraria –y falsa, en los hechos– de que la elaboración de buenos poemas, dramas, pinturas, fotografías y obras artísticas en general, no genera beneficios que justifiquen inversiones que la alienten y protejan. Al medirlo con la vara única de los rendimientos económicos, para las instancias mencionadas todo el mundo del arte es poco menos que inútil, sin tener en cuenta que la cultura es un bien del más elevado interés nacional.
- Desde la perspectiva de los amplios sectores que se niegan a reducir sus vidas a los límites de la ciencia, la tecnología y la economía, esta posición es inaceptable. Los bienes culturales son imprescindibles en toda sociedad. Pero, en el caso de las formaciones sociales complejas como la nuestra, lo son en un grado mayor, dado que sus repercusiones favorables alcanzan el plano de la economía y el desarrollo social. Diversos organismos internacionales (la UNESCO y el Banco Interamericano de Desarrollo, entre otros), han auspiciado investigaciones donde se demuestra que una actividad cultural seria es un factor determinante para el desarrollo económico y social, en la medida en que la producción editorial, audiovisual y artística favorece la confianza de los capitales, contribuye a la generación de empleo y fomenta las exportaciones.
Este argumento ya es suficiente para demandar a las instancias del caso una reconsideración de la importancia de la cultura en nuestro país y, en consecuencia, un reconocimiento más decidido a quienes la producen con su ingenio y su esfuerzo cotidiano.
- No es difícil constatar que en México, como en toda América Latina, los agentes implicados en la producción de capitales menosprecian la dimensión cultural de la existencia humana, al punto de ignorar sus potencialidades económicas. En el caso de México, estos sectores ratifican así una especie de histórica irresponsabilidad social. Ya desde el siglo XIX, las ambiciones meramente materiales de los principales actores económicos propiciaron un claro protagonismo del Estado en el desarrollo educativo y cultural del país. Pero la globalización en curso, vinculada a la aplicación de políticas neoliberales, actúa como una corriente que pretende arrastrar, incluso al Estado mexicano, hacia la orilla del desinterés y la falta de compromiso con nuestro pasado y nuestro futuro cultural. La avidez de los sectores que controlan los procesos económicos, estimula la creciente desvinculación del Estado respecto al arte y la cultura, tendencia que se puede calificar de suicida, en tanto que, como se ha dicho, sin un desarrollo cultural consistente ni siquiera funciona bien la economía.
- La constitución del SNCA es una de las manifestaciones más significativas del compromiso del Estado con la cultura. Pero algunos de los rasgos que caracterizan a este sistema, así como ciertas iniciativas orientadas a su reordenación, son expresiones de la tendencia opuesta: la propensión al “adelgazamiento” de la presencia cultural del Estado. El escaso reconocimiento que el Estado le otorga a los creadores y, sobre todo, la asimetría respecto al respaldo que le brinda a los investigadores a través del SNI, son una comprobación de lo dicho. Lo son, asimismo, las modificaciones que se han venido introduciendo en el esquema de admisión y permanencia del SNCA, destinadas a hacer rendir al máximo unos recursos empequeñecidos en términos reales.
- Por todo lo anterior, es inaplazable la reconversión del SNCA en un sistema coherente. Sin considerar que este organismo deba ser la copia al calco del SNI, apelamos a los principios de analogía y de simetría relativa. Si existen dos comunidades reconocidas, la de los investigadores y la de los creadores, es razonable esperar que las entidades alentadas por el Estado para estimular y proteger su desarrollo sean iguales en lo esencial. Dicho de manera más precisa, también el SNCA debe incluir de manera permanente a los escritores y artistas cuyas obras lo merezcan, de acuerdo al dictamen de las comisiones evaluadoras correspondientes. El SNCA, sin embargo, debe conservar su carácter de sistema abierto. Todos los creadores que cumplan con los requisitos exigidos deben tener derecho a solicitar su ingreso. El cambio de un sistema de integrantes temporales a uno de miembros permanentes se concretaría dando cabida a todos los creadores que hayan pertenecido a él, para lo cual deben presentar los proyectos del caso y someterlos a la evaluación de la instancia responsable. La admisión al SNCA, así como la permanencia en su seno, deben responder a criterios establecidos y aplicados de forma transparente. Tanto la normativa existente en el SNCA como los organismos que hasta ahora funcionan, se tomarían como antecedente de valor innegable, de modo tal que se aproveche lo que tengan de positivo en la nueva situación y se adopten las novedades del caso.
- La reconversión estructural del SNCA se reclama como un acto de elemental equidad. No es justo que una comunidad –la de los cradores de arte– reciba, por parte de un mismo poder público, un trato social distinto al que se le dispensa a su equivalente. Por supuesto, la nivelación que aquí se demanda jamás debe darse aplicando a los que están mejor las pautas que afectan a los que están peor. A este criterio de justicia por simple equiparación de comunidades equivalentes, se le suma el de la justicia basada en la valoración de un hecho incontrovertible: que los escritores y artistas que nos esforzamos por crear obras de calidad somos parte de las fuerzas que generan la riqueza nacional. Exigimos un reconocimiento suficiente y respetuoso, en el entendido de que ese trato tendrá como contrapartida una labor que fructifique en obras que sigan enriqueciendo el patrimonio cultural del país.
Por último, a las anteriores apelaciones a la justicia se suma otra que va más allá del ámbito inmediato de los creadores. Es harto conocido el hecho de que los recursos públicos del Estado mexicano ha despertado la codicia de grupos económicos trasnacionales, en detrimento de los sectores más necesitados. Los dineros de por sí exiguos que se destinan a la ciencia, la innovación tecnológica y la cultura, han venido siendo canalizados, en proporciones alarmantemente altas, en beneficio de proyectos ajenos al interés nacional. Esta grave realidad debe subsanarse cuanto antes, de manera que áreas parcial e inadecuadamente atendidas por el Estado, como el de la actividad cultural, cuenten con un mayor apoyo efectivo.
9. Un proceso de reestructuración del SNCA se daría mejor en un contexto de redefinición general de la política cultural del Estado. Sin embargo, sería un grave error supeditarlo a esta condición. El SNCA puede y debe reestructurarse sin necesidad de esperar a que se aprueben nuevas normas que regulen la actividad cultural en el país.
México, DF, febrero de 2006
jueves, abril 27, 2006
El valor de Juan Villoro
Con un título igual al de este artículo, una semana atrás Ciro Gómez Leyva publicó en Milenio una “historia en breve” acerca de la definición electoral de Juan Villoro y en donde, a manera de preámbulo, se traza un perfil del personaje como escritor que desde el punto de vista de la crítica literaria —y no en el plano cívico— podría ser discutible, puesto que plantea una “aclamación generalizada” por un talento que “dejó de estar a discusión entre críticos, editores y lectores en México, España y América Latina”, como si cada línea de Villoro generara una ola futbolera celebratoria en las varias gradas de la República de las Letras... cuando a ninguna obra le convendría un recibimiento así.
Lo interesante de los diálogos acerca de libros es que, como en la vida social, suelen plantearse distintas posiciones, e incluso en cuanto a las obras fundamentales (como las de Cervantes, Joyce o Borges, u otras que se propongan) hay la percepción de altibajos: para algunos, las últimas novelas de Carlos Fuentes, por ejemplo, son una sombra hasta involuntariamente cómica de sus narraciones más significativas. Pero Fuentes ha logrado que esto se considere secundario, ya que en el ejercicio social se maneja como un intelectual de prestigio notable, con aclamaciones generalizadas en Europa y América, pese a que sus acrobacias literarias no tienen ya la elasticidad de otros tiempos.
Es decir, el actor se impone al autor. El nombre está más allá de la obra, funciona incluso de manera autónoma. Si un escritor sabe colocarse socialmente, el que sus libros sean malos o buenos no importa, porque llegó a la cima de las figuras indiscutibles (porque “cruzó el umbral del olvido”, dice González Dueñas en Libro de Nadie), a veces por inercia o una cadena de malentendidos, pero también como la feliz conclusión de una estrategia personal bien planeada que implicó compadrazgos con editores y críticos, y el establecimiento de contactos adecuados. A los escritores se les conoce pero no se les lee, o sí pero de manera indirecta, por lo que aparece en la prensa, en artículos propios o a través de entrevistas: no lo que se crea sino lo que se afirma.
Salvador Elizondo lamentaba esto mismo: ser un autor conocido pero no leído. Se ha llegado a un punto en que esa es la máxima aspiración de las nuevas plumas: un estar, no importa cómo, y a sabiendas de que no siempre hay una correspondencia afortunada entre la fama mediática y la obra escrita que apoya esa fama, pero que fue, quizá, un escalón firme o simulado para conquistar, como fin último, el reconocimiento. Lo que descubre de nuevo, en el fondo de esta actitud, el ruego patético de Enoch Soames: “Trate de que sepan que existí”.
Lo intenta el escritor y lo intentan los críticos, que se están convirtiendo en meros publicistas de los autores y soportan su papel secundario en lo que Manuel Puga y Acal llamó, dos siglos atrás, “sociedad de elogios mutuos”, y que es, por desgracia, un enorme abismo dado que el resorte crítico (cuando es abierto y plural, no sujeto a represiones) puede impulsar al crecimiento de una escritura, y la conformidad o el aplauso unánime producen medianías: autores con porristas pero sin lectores, y quienes con sus primeros balbuceos, antes de haber madurado, consiguen encumbrarse.
Tampoco los premios son buen termómetro para definir el valor literario. Ocurrió hace muy poco en España que de un conjunto de 500 manuscritos entregados bajo seudónimo estricto, la editorial Alfaguara terminó por premiar a un autor de casa, el peruano Santiago Roncagliolo (colaborador del periódico El País, de la empresa Santillana a la que pertenece también Alfaguara), lo que según la ley de las probabilidades podría ser considerado casi como un milagro. Leñero nunca ha escondido que Los albañiles recibió en 1963 el premio Biblioteca Breve por así haber convenido a los intereses de Seix Barral, a la caza del mercado latinoamericano, y que el manuscrito no fue enviado por él y llegó incluso fuera del tiempo de la convocatoria. Lo mismo hace Anagrama: premia a autores con los que tuvo acercamientos previos, o cuyos libros son parte ya del catálogo de la editorial, que es exactamente lo que ocurrió con Villoro y su novela El testigo.
Estos asegunes nos colocan en un sano territorio de dudas, en donde la última palabra no la tiene el “cácaro” (como decía el gag televisivo) sino la lectura atenta, directa, de una obra. En las condiciones actuales de la sociedad cultural no se puede confiar en el crítico porque ejerce labores de publicista, y tampoco en el premio porque es fruto de recomendaciones o acuerdos extraliterarios; y menos en la fama, que es un diseño mediático, fruto además del “lo conozco”, “entiendo que ha recibido algunos reconocimientos”, “me han dicho que es bueno”...
El eslabón último es el lector porque en el diálogo que establezca con el texto no debe haber malos entendidos. Frente a la obra, éste definirá sus valores, los puntos altos y bajos de una escritura. Y cada experiencia será diferente, con lo que tal vez desaparezcan los encumbramientos sin soporte, las aclamaciones generalizadas o las escrituras que dejan de estar a discusión. La de Villoro lo está: es un autor que se mueve de manera extraordinaria en la crónica y el ensayo, pero con problemas serios a la hora de enfrentarse al relato y la novela, géneros en los que no muestra gran solvencia.
Abril 2006
Tomado de Riverrun.
miércoles, abril 26, 2006
El último día
Los dos muchachos se enfilan hacia quién sabe dónde.
miércoles, abril 19, 2006
Hybris y catástrofe
Cuando voy al salón de belleza hojeo revistas que nunca leería en otras circunstancias: ¡Hola!, Tv notas, Kena y cosas por el estilo. Casi siempre, la bobería de los entrevistados combinada con la prosa brutal de los redactores se confabulan para que lo leído se olvide cinco minutos después de cerrar la revista; pero esta semana el destino me deparó leer varios ejemplares de una publicación donde a la mala escritura y la tontera se suman la arrogancia y el cinismo. Muy irritante. La revista es Caras. En ese catálogo de chabacanería pude constatar que la vulgaridad de ciertos sectores de la burguesía mexicana es algo colosal. Sé que generalizar es abusivo, así que subrayo lo de ciertos sectores.
Hay, por ejemplo, una columna dedicada a la corrección del lenguaje, escrita por un tal doctor Protokol, en la que se denuncian "las barbaries lingüísticas que las catacumbas de las clases populares, medias, nuevas ricas y wannabes expresan en su diario y ordinario comunicar". Como yo soy un ejemplar medio de la clase media, me puse a ver qué digo mal, aunque los renglones citados debían haber bastado para advertirme que el doctor Protokol no sabe redactar ni una lista de súper. Al terminar de leer me di cuenta de que el autor trata de ser simpático, pero sólo logra demostrar que no tiene ni la más vaga idea de cómo poner en orden sujeto, verbo y complemento.
Entonces recordé aquella escena de Annie Hall, la película de Woody Allen, en la que aparece Marshall McLuhan poniéndose como chancla a un pelmazo que peroraba sobre él en la fila del cine. Con la revista abierta sobre las rodillas, el pelo mojado y dividido en secciones, me imaginé a Dámaso Alonso haciendo polvo al doctor Protokol, en —tuve que copiar a Woody Allen, pues no se me ocurrió otro espacio donde estos dos personajes pudieran coincidir— la cola del cine. Pero es imposible. No sólo porque Dámaso Alonso murió en 1990; también porque, si la ignorancia del doctor Protokol es tan perfecta como lo demuestra su columna, no sabría qué hacer en una clase de redacción, ni aunque la dictara Dios.
Pero la ignorancia de esta gente es lo de menos. Leer las declaraciones de una señorita que afirma que es tan sociable que "puedo conocer a varios tipos de gente, desde mi chofer hasta quien quieras", o de una pintora que es además "poeta desde los doce años", puede ser divertido. Sólo que la misma impudicia que descubre la estupidez devela la arrogancia, y eso sí es repelente. A saber: el actor de telenovelas Jaime Camil afirma que "me gustaría ser billonario de un emporio así como el Virgin, ser como Richard Branson, porque luego en México hay el típico gato con tres varos que se cree…" (las cursivas y la pregunta son mías: y él, ¿qué se cree?).
Camil dice que su actor favorito después de él mismo —qué ingenioso— es Jeremy Irons. Me imaginé a Irons caracterizado como su personaje en La misión, regañando a Camil por clasista. Después de todo, Irons es patrocinador de una monja llamada Elaine McInnes, que hace trabajo social en las prisiones de Inglaterra y Filipinas. El actor asegura que su interés por la labor de McInnes se originó en conversaciones que sostuvo con ella durante un curso de meditación. ¿Acerca de qué platicaron? Según el Toronto Star, de la responsabilidad de los ricos con los pobres.
Otra perla: cuando le preguntan dónde compra su ropa, la "reportera" Marion Lanz Duret contesta: "Hecali, Electra, Suburbia (risas); no ya, en serio Soho, Nueva York."
Estas personas parecen ignorar dónde viven, y si lo saben, les vale. Lo digo porque en la sección Backstage aparece el ex presidente Salinas en una comida que le ofrecieron en la Hacienda de los Morales para que "platicara de su experiencia como presidente de México". Como si fuera el Benemérito de las Américas.
Hay una expresión griega que me interesa mucho: hybris. Es el exceso, la arrogancia, el pecado más generalizado en las tragedias clásicas, castigado implacablemente por los dioses. Pecado de héroes y de reyes, compartido en este caso con juniors mediocres y mujeres ociosas, combina muy bien con otra palabra que viene del griego: catástrofe, la puesta del mundo al revés.
Así, la señorita Lanz sería convertida en una empleada que desempeñara un trabajo duro en Hecali. Jaime Camil perdería totalmente el dinero que lo arropa, y tendría la obligación de ganarse el pan con su modestia y sensibilidad. O sea, morirse de hambre.
Publicado en La Jornada Semanal el 9 de abril de 2006.
lunes, abril 17, 2006
O Farabeuf o nada
Murió hace poco Salvador Elizondo. ¿Y ahora? Es cierto que su ejemplo de un terquísimo rigor literario para nada era seguido por la gran mayoría de los aspirantes a escritores. Pero servía para insistir en la exigencia: o Farabeuf o nada.
Desde esta privilegiada atalaya de editor sin voz ni voto, lo que yo veo es mucha urgencia por publicar. ¿Tan mal andamos que no hay sentido de autocrítica? ¿Por qué tantos confunden borradores con manuscritos?
Conozco, no he de negarlo, esta búsqueda urgente por darse a conocer, por publicar un libro pronto, por ser tratado como Escritor. Pero ¡ay! todo es tan falaz. Muchos relacionan su cantidad de libros publicados con el estado de su autoestima. No entiendo. Porque ni siquiera publicar sirve de nada bueno. Provoca, solamente, un sinfín de equívocos. Publicar, sí, debería ser aún más difícil. Es decir, los mismos editores deberían rechazar novelitas conyunturales, ligeras, facilonas, libros de poemas con dos líneas logradas y lo demás paja, y deberían ponerse en plan sangrón de exigir a sus autores: «O Farabeuf o nada».
miércoles, abril 05, 2006
La necesidad de la audacia
Comienzo por los defectos de nuestras letras no éticos sino estéticos. A mi juicio, el más grave es la falta de audacia.
El escritor mexicano tan apegado a escuelas y reglas no se atreve a dar el salto hacia lo desconocido. Y al no darlo, se inhibe en la tarea de romper con el pasado inmediato y las retóricas a la moda. Por ese motivo, sus obras recién salidas de la imprenta dan la sensación, una vez leídas, de que corresponden a etapas superadas de la historia de la literatura. Y una literatura anacrónica, que crea lo ya creado, no consigue el favor de la crítica ni del público lector.
Otros defectos: el mimetismo, el cultivo exacerbado del buen gusto (el buen gusto es la clase media de la literatura) y el santo horror por la cursilería. En su amplio espectro, la cursilería está presente desde las obras maestras de la literatura hasta los productos industriales como radionovelas y telenovelas. Al evitarla, se corre el riesgo de eludir las grandes obras, en las que caben como elementos necesarios y en pequeñas dosis lo ñoño, lo melodramático y lo vulgar.
Sus virtudes son de corta estatura. Las obras de nuestros escritores están bien construidas, su estilo suele ser "correcto" e incluso "elegante" (dos malas palabras en el lenguaje de la auténtica literatura) y, por último, cumplen los propósitos no vanguardistas que éstos se fijan al principar a escribirlas.
En pocas palabras, nuestra literatura carece de genios y tiene una especial capacidad para producir escritores, a escala del idioma, de segunda o tercera categoría. Eso sí, muy diestros en el oficio, muy susceptibles al halago, muy provincianos y muy aburridos.
Nuestros escritores no escriben únicamente para ser famosos sino para que los opulentos los ocupen como amanuenses. Dóciles hasta decir basta, la gran misión de su vida consiste en ser políticos, diplomáticos, funcionarios (de primera, segunda o última), ejecutivos, publicistas, maestros universitarios, gente de cine, radio, televisión y periódicos. Tienen tendencia a convertirse en asalariados y lo que es más grave, están desprovistos de conciencia de clase.
Para ellos la literatura es un trampolín que debe proyectarlos al mundo del éxito, en el cual no es difícil enriquecerse y es casi imposible conservar la autenticidad. Oscuros, maltrechos en su capacidad de creadores, suelen terminar sus días al servicio de las causas menos populares y más perecederas.
En sí misma, la crítica no es una actitud independiente. Ligada estrechamente a la creación (poesía, prosa narrativa, teatro y ensayo) posee las virtudes y defectos de una literatura precisa.
Si nuestra literatura es modesta y en algunos casos confidencial, nuestra crítica es asimismo modesta y confidencial. Existe para elogiar a los amigos y volver imposible la salud de los enemigos.
Se trata de una crítica sorda y ciega, elemental, sin bases ni propósitos, aldeana y picapleitera. Y algo peor, puesta al servicio de algunas editoriales que pagan el elogio y de ciertos grupos que han hecho de la alabanza una provechosa norma de vida.
Resulta curioso anotar que los desafectos a este sistema de valores protesten contra él cuando son jóvenes y desconocidos y lo practiquen y elogien en el momento en que dejan atrás el anonimato y la primera juventud. En literatura, fatalmente, la mayor parte de los escritores pasa de la violencia al conformismo. Si son ambiciosos, su sueño consiste en formar un grupo, y si son modestos, en pertenecer a uno de ellos. Dime a qué grupo perteneces y te diré quién eres.
Publicado en El Universal, 5 de abril de 2006.
jueves, marzo 23, 2006
Dejar la Ciudad
martes, enero 03, 2006
Natalia Ginzburg sobre la escritura
Natalia Ginzburg, «Il mio mestiere», en Le piccole virtú
miércoles, noviembre 09, 2005
La memoria según De Quincey
Thomas de Quincey, Suspiria de Profundis
sábado, octubre 15, 2005
Steiner sobre Flaubert y la moral de la obra literaria
George Steiner, «Eros and Idiom», en On Difficulty and Other Essays
martes, octubre 04, 2005
Y por eso al leer salen deseos de escribir
George Steiner, «Text and context», en On difficulty and other essays
jueves, septiembre 29, 2005
Dejar el blog
Lo fragmentario, lo anécdotico, la fugacidad, la interacción con los internautas, la manía de ir por la calle pensando en términos de «Voy a postear algo sobre tal cosa», la autoedición, el acecho intrigante del lector universal que fortuitamente llegará y puede adentrarse en nuestro blog sin la necesidad de pagar cien o doscientos como sucede en el caso de un libro — todos estos elementos (y otros) del bloguear propician un cambio fundamental en nuestro ejercicio y nuestro acercamiento frente a cualquier otra manifestación de la escritura: los textos narrativos de largo aliento, el diario privado, el ensayo, etcétera.
¿Qué cambio es ése? La Obra no existe. Es siempre un proceso, está en mutación constante y cualquier certidumbre respecto de su totalidad es falsa, se halla sustentada en una noción antigua —válida, fundacional, sí, pero en el fondo inexacta— de la escritura. Cuando mucho, podemos hablar de una sola Obra, un Libro para el Resto de la Vida, el Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio, el diario de Pavese que terminaría el día mismo de su muerte, El Libro de posibilidades mallarmeanas, el registro cotidiano e interminable de la reflexión y la peripecia, la incestuosa fertilidad del fragmento, la libertad y lo fugaz.
No, no hay Obra posible. Hay esbozos, hay aproximaciones, hay, sí, libros en minúscula, importantes, claro, unidades posibles en sí mismas, mundos válidos y siempre latentes, muestras vivas de la intersección entre lugar y tiempo en una mente humana, pero siempre incompletos, jamás realizaciones cabales y absolutas de este desasosegante ejercicio que es la escritura, siempre un hacerse a sí misma y nunca un contemplarse ya hecha frente al espejo de la finitud.
miércoles, septiembre 14, 2005
Primero de julio de 1947
Cesare Pavese, Il mestiere di vivere
27 de junio de 1946
Cesare Pavese, Il mestiere di vivere
martes, septiembre 13, 2005
La discusión del sábado
Conocí a Juan Almela, he ido a su casa dos veces a tratar con él asuntos de mi trabajo. Un escritor que exige de sus lectores una definición estética absoluta, un hombre de 70, 71 años enfermo y cansado, una persona afable y generosa con su conocimiento, condescendiente con la ignorancia de quienes se acercan a él porque no les queda otra, alguien que ha dejado una de las obras literarias más radicales y exasperantes de Hispanoamérica: pues bien, nada lo salva. Ni de la enfermedad, ni de la probable-cercana muerte, ni de la ironía aplicada a sí mismo con una modestia que a ratos, de parecer tan falsa, no puede sino llamarse, sencillamente, resignación.
Porque sí, amigo: de nada sirve escribir, la escritura en nada salva del espectáculo íntimo de nuestra mínima, corrupta, escasa dignidad, en nada salva de la dolida chingadera que significa respirar en esos lúcidos instantes en que no están adormecidos los nervios vitales.
Y sin embargo escribo, escribes.
Sin importar, claro, que a todos nos va a llevar la mierda cualquier día.
martes, septiembre 06, 2005
Literatura y destrucción
Imre Kertész, Yo, otro
jueves, agosto 25, 2005
Personaje de Svevo
Italo Svevo, «Il vecchione»
martes, agosto 23, 2005
Macedonio Fernández o la escritura contra el miedo
Uno de los aspectos más intrigantes en la figura del argentino Macedonio Fernández (1874-1952) consiste en lo que se podría llamar su condición de escritor renegado, antiescritor o escritor contra sí mismo. La suya es una situación paradójica: legó una obra valiosa, compleja y polifacética a pesar de su nulo interés, en vida, por construirse un nombre dentro del canon literario nacional o hispánico –y ya no digamos universal–. A diferencia de su discípulo Jorge Luis Borges o de Octavio Paz, que llegaron a hacer de su nombre casi casi una marca registrada, Macedonio Fernández fue muy descuidado, por decirlo con un eufemismo, en lo que concierne a la publicación y difusión de su obra.
La desidia editorial de Macedonio provoca el extrañamiento debido a que llega a parecer una irresponsabilidad de parte suya. Digamos: un escritor con la originalidad, tajante claridad e independencia de sus ideas filosóficas y estéticas, con su humor ilógico y sorprendente, su obsesión por el género de la novela y sus profusos 78 años de existencia, podría haber puesto un mayor empeño en domeñar su a ratos afásico estilo y, sobre todo, en promover y vigilar la publicación de sus textos. ¿Qué necesidad había de que el mundo esperase a 1967, 15 años después de su muerte, para conocer la primera edición de Museo de la novela de la Eterna, su obra mayor, la summa de sus inquietudes intelectuales, búsquedas estéticas y temas reiterados? ¿Qué habría pasado si su hijo, Adolfo de Obieta, se hubiese negado a hacerla de Max Brod porteño?
Sabemos que la indiferencia y el escaso reconocimiento amargaron los años de madurez de, por ejemplo, Felisberto Hernández y Luis Cernuda. El prólogo del Persiles revela a un Cervantes no del todo conforme con la imagen de escritor segundón que de sí tenía su época, él que sabía lo que había escrito. Herman Melville e Italo Svevo dejaron el oficio, el uno para siempre y el otro por muchos años, debido al rechazo de los lectores de su tiempo. En el personaje Karmazinov de Los demonios, Dostoievski hace una parodia despiadada de Ivan Turguénev, a quien envidiaba, entre otras muchas cosas, por su éxito de lectores. Incluso Thomas Mann, escritor de precoz fama, llegó a reflexionar en un momento sobre las diferencias que existían entre las obras de los autores que obtienen y en las de los que no obtienen el reconocimiento a lo largo de su vida. Se trata, pues, de un aspecto de no escasa importancia.
En el caso de nuestro raro escritor argentino, como señala Enrique Flores en la primera página de su libro Los tigres del miedo, «esa aparente indiferencia... pesó, sin duda, en el destino ulterior de su obra». Aunque también es cierto otra cosa: los ejemplos de Franz Kafka y Fernando Pessoa, contemporáneos de Macedonio Fernández, enseñan que las obras literarias fundamentales más temprano que tarde llegan a ocupar su sitio canónico en el panorama de la cultura universal, por encima del desinterés de su autor por entregar sus textos en la mejor condición a los lectores probables. Aun así, hemos de aceptar que en el devenir póstumo de los escritos de Macedonio ha imperado una justicia paradójica: su obra ha recibido los elogios y los estudios que, dada la complejidad diríase aristocrática –si no es que autista– de su obra, podrían esperarse. No es un Borges, pues, no es un autor –ni lo será nunca, me aventuro a decirlo sin gran riesgo– central en el canon. Pero su obra presenta elementos de interés y actualidad para la reflexión y la creación literaria. Se trata de un «escritor para escritores»... y gente de esa ralea. Entre ellos, ensayistas de la lucidez y rigor de Enrique Flores.
lunes, agosto 22, 2005
Sobre El biógrafo de su lector
Ayer domingo se publicó en La Jornada Semanal un dossier titulado «Macedonio Fernández contra sí mismo». Uno de los textos es el siguiente, de Miguel Ángel Quemain sobre mi libro El biógrafo de su lector. Lo incluyo aquí, apelando a tu indulgencia, porque he aprendido pronto que todo blog que se respete debe cumplir su papel de egoteca personal. ¡Qué decadencia, pardiez!
Miguel Ángel Quemain
Como en toda buena novela, sea la primera o la última, la ficción crítica de Geney Beltrán Félix (El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández, México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2003) arranca con una advertencia que en pocas palabras condensa y promete el desarrollo de una obra cargada con múltiples registros literarios: estamos frente a un escritor anómalo, secreto, un escritor para escritores, cuyas curiosidades, inclinaciones, perseverancias y variaciones lo colocan como un caso "interesante y contradictorio de la literatura hispanoamericana del siglo XX".
Geney afirma que Macedonio Fernández es un escritor para escritores, es decir, un autor que, queriéndolo o no, es un centinela de la tradición, un transgresor de la tradición, un continuador de la tradición, y es precisamente en ese punto que se torna fascinante la aproximación de Geney, porque la Guía... no sólo orienta al interesado lector, al posible lector, al imposible lector único, sino que también es un mapa en el que se encuentra muy sutilmente trazada la ruta del pensamiento crítico que da origen al libro.
Hay una preocupación constante en el libro: la actualidad y vigencia del pensamiento literario, las indagaciones y la literatura de Macedonio Fernández. Geney afirma:
En cuanto a la actualidad de sus ideas, se puede aseverar que el aspecto más importante de su obra, el cuestionamiento permanente del texto que se vuelve sobre su propia escritura, se halla presente en la novelística posterior a Macedonio de manera innegable: la obstinada conflictividad de los narradores argentinos de la segunda mitad del siglo XX con el género de la novela constituye por sí sola una prueba convincente y provocativa.
Geney lee con claridad que la reflexión macedoniana es una forma de abolir el realismo imperante en su tiempo, y también en el nuestro, ya que "toda copia realista es inexacta o fallida, debido a que la vida posee ya por sí sola una variada riqueza de asuntos que el arte –cualquier arte– jamás lograría igualar".
Cito al autor del ensayo, en líneas que hablan de la novela realista: "su pretendida verosimilitud le hace creer [al lector] que está presenciando la Vida y no una ficción. A este tipo de novela el autor [Macedonio] la llama ‘novela mala’, pues ante ella el lector no necesita hacer ningún esfuerzo intelectual importante y, por lo mismo, no se involucra en la hechura del texto, el cual sólo propicia una identificación sentimental con la historia que relata". Me parece fundamental esta caracterización de la novela realista pues le permitirá al autor cumplir con uno de los propósitos del ensayo, que consiste en mostrarnos la biografía del lector que la lectura de Museo de la novela de la Eterna construye cada vez que es leída y mostrar los procedimientos a través de los cuales la Tradición es asimilada y modificada por un autor de la envergadura de Macedonio Fernández.
Geney no escatima el recuento de los recursos provenientes de la tradición para examinar esta novela y mostrar cómo se afirma una literatura a partir de la negación del realismo novelístico: "la técnica del personaje prestado, la técnica de personajes leyentes, el efecto conciencial en el ‘lector’, el comienzo impedido, el final abierto, la anulación de la verosimilitud ‘alucinatoria’, etcétera". Pero todos estos recursos, como bien acota el ensayista, "ya pueden encontrarse en Cervantes, Sterne, Diderot, Machado de Assis, incluso Unamuno... ¿dónde se halla, entonces la innovación radical de Museo...?" Y Geney responde: "fuera del texto", en el lector, "sin la participación activa, despierta, cooperativa del lector, Museo... no adquiere el menor sentido. El papel central del lector-personaje para seducir la complicidad del lector convierte a Museo... en una ‘biografía del lector’, en la obra en que el lector será por fin leído", y cita a Fernández que escribe:
reconóceme que esta novela por la multitud de sus inconclusiones es la que ha creído más en tu fantasía, en tu capacidad y necesidad de completar y sustituir finales. Exceptuando yo, ningún novelista existió que creyera en tu fantasía. La novela completa, que es la más fácil, la única usada en el pasado, aquella toda del autor, nos tuvo a todos como infantes de darles de comer en la boca. De esta omisión irritante y de pésimo gusto, tomáos libre resarcimiento en la mía.
Es preciso señalar este aporte porque en este cumplimiento se sostiene un aspecto fundamental del libro que consiste en la distinción entre tradición y novedad, continuidad y originalidad.
Por otra parte, hay por momentos un mimetismo de la prosa de Geney Beltrán con la de Macedonio Fernández, una voluntad de apegarse a su sintaxis, a un orden donde las preposiciones, los conectivos, los artículos han sido alterados sin que el significado de las oraciones cambie, pero sí su sentido hacia un viraje poético, altamente sintético. Leo este ejercicio y esta mimesis como una devoción profunda de Geney a su "objeto" de estudio, si es que podemos llamar "objeto" a la literatura de Macedonio Fernández que de tan viva late todavía, como un corazón fresco en las manos del lector del siglo XXI. También lo leo como un enamoramiento de esa prosa que ha sido descifrada y que se convierte en cuerpo, en el cuerpo que anima la mano de Geney que parece escuchar una especie de dictado que procede de "un ponerse en el lugar del otro", como si por momentos fuera el amanuense de un Macedonio que acepta seducido el desafío de reordenar la génesis de su pensamiento literario.
Si refiero estos detalles que me llaman tanto la atención es porque en muchos momentos me da la impresión de que la lectura de Geney sobre Macedonio es un lúdico pretexto para llamar la atención sobre las sombras y peligros que acechan el quehacer literario de hoy tan contaminado por la grandilocuencia, los falsos valores y autores hiperinflados por el comercio y la mercadotecnia editorial.
jueves, agosto 11, 2005
De Perorata del apestado
Gesualdo Bufalino, Diceria dell’untore
viernes, agosto 05, 2005
Y este siglo también
Semblent écrits d’avance...
Verlaine, Sagesse, XIII
viernes, julio 29, 2005
De cómo el arte cambia el mundo
Gabriel Zaid, «La ambición de una poesía total», en La poesía en la práctica
miércoles, julio 27, 2005
Cuando Bird quiere matar a su hijo recién nacido
Kenzaburo Oé, Una cuestión personal
martes, julio 26, 2005
Otro choque
viernes, julio 22, 2005
Habla Samdeviátov
Borís Pasternak, El doctor Zhivago
miércoles, julio 20, 2005
Del mejor novelista vivo
J.M Coetzee, Age of Iron
martes, julio 19, 2005
Manifiesto del escritor novato
martes, julio 12, 2005
El racismo mexicano
Por otro lado, me temo que esta reivindicación nacionalista de Memín habla muy poco bien de los mexicanos. La historieta de Memín Pinguín es tan nociva como las telenovelas: anulan la crítica al presentar los problemas sociales en una textura melodramática, clasista y autocomplaciente. Decir que nosotros sí entendemos la historieta de Yolanda Vargas Dulché y que los estadounidenses hacen un juicio apresurado e ignorante, nos lleva de nuevo a esa pretensión absurda de: «los mexicanos somos tan especiales que sólo nosotros nos entendemos a nosotros mismos. Lo que a los demás les parece racismo, nosotros lo vemos como una muestra muy mexicana de la cultura popular, ¡yepa yepa yepa! ¡Hay que defender a Memín de la intolerancia políticamente correcta de los gringos racistas! Se necesita haber leído a Memín de niño para apreciar sus bondades; si no, ni nos critiquen...» ¡Bah!, ¡pamplinas!
Además, el argumento de que «los gringos son racistas, entonces no pueden criticarnos a nosotros», es tan falaz como el precepto evangélico de que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. El racismo lo es en cualquier parte. O aquello de que Yolanda Vargas Dulché, la autora de la historieta, se inspiró en su querida nana negra para el personaje de doña Eufrosina, y de que ella en realidad no era racista, no revelan sino, de nueva cuenta, esa autocomplacencia permisiva hacia una visión conservadora y clasista de la realidad: hay que recordar en todo caso que las intenciones de los escritores son menos importantes que los efectos de sus textos en la sociedad.
Los negros estadounidenses han desarrollado una lucha por la igualdad de derechos como ningún grupo de entre los muchos discriminados en México ha emprendido. A fin de cuentas, el problema es que México nunca se ha planteado la cuestión racial: es decir, una muestra más del racismo no aceptado de la sociedad mexicana está en la alabanza de "nuestros antepasados", los habitantes originales de Mesoamérica, y en las supuestas bondades del mestizaje, tendencias ambas que buscan, sencillamente, esconder nuestra basurita racista bajo la alfombra de la exaltación de una particularidad mexicana, valiosa porque es mexicana, y ¡los demás se callan y nos respetan, carajo!
lunes, julio 04, 2005
Contra Memín
El hecho de que Memín Pinguín haya tenido tanto éxito durante las décadas pasadas no es justificación de nada. La cultura no es inocente, y la corrección política de aplaudir las tradiciones populares no puede olvidar que esas tradiciones populares, en la mayoría de los casos, revelan y festejan patrones sociales (de discriminación contra las minorías) inaceptables para nuestra época.
jueves, junio 30, 2005
Magno Magris, ensayista
Claudio Magris, Danubio
martes, junio 28, 2005
Contra las tesis
¿A poco no es lamentable que las tesis se hayan ganado la imposición de estas fronteras vergonzantes? Es cierto que nadie se pondría a decir que las tesis son un género literario: lamentablemente, las tesis sobre literatura no son literatura, son bibliografía. Pero lo peor de todo es que la gran mayoría de las tesis ni siquiera en su estatus de bibliografía tienen lectores, y las pocas que sí los tienen, como es de esperarse, son leídas y recicladas sólo dentro del condescendiente medio académico, esto es, raramente salen de ese mundo autófago para defenderse solitas ante la crítica más feroz de la arena intelectual abierta.
Son muy pocas las que están escritas con un criterio que conjunte el rigor y la divulgación. ¿No resulta obsceno dedicar tres o cuatro años a escribir una tesis de doctorado que nadie tendrá interés en leer?
lunes, junio 27, 2005
Adiós, vacaciones
viernes, junio 24, 2005
Rechazo conradiano de lo sobrenatural
Joseph Conrad, en el prefacio a The Shadow-Line
viernes, junio 17, 2005
Lo escuché en un sueño anoche
«Pues debes saber que el amor, como la muerte, es una decisión».
jueves, junio 16, 2005
La Generación de la Crisis
miércoles, junio 15, 2005
País de Ibargüengoitias
Mientras tenga algo que decir, claro.
martes, junio 14, 2005
¿El compromiso del escritor?
Ante esas respuestas parciales de la mayoría de los escritores, es necesario apuntar el otro lado de la «doble raíz», la aceptación de las motivaciones «espurias» (el dinero, la gloria, el poder) y –meollo de las reflexiones recientes– de un posible compromiso moral con la época, postura individualísima que, sin embargo, sobre todo a partir de la caída del Muro de Berlín y la debacle de las ideologías, en este país es rechazada o negada por la elite y los acólitos de un medio cultural prejuicioso, inerte, frívolo, parásito, misógino, lambiscón, ninguneador y cínico.
jueves, junio 09, 2005
miércoles, junio 08, 2005
Mi nana Sara
Mis hermanos trataron de localizarme durante el fin de semana. Yo andaba en Cuernavaca y mi celular traía la pila descargada, yo había olvidado en el depa el cargador. Por una serie de circunstancias complicadas, no me enteré sino hasta hoy. Se siente raro, la muerte distante.
Retrato del artista psiquiatra
A. Lobo Antunes, Memória de elefante
martes, junio 07, 2005
Francisco Cervantes, poeta del presente
¿Por qué lusófilo? ¿Por qué no ¡mejor! un afrancesado o un borgeano amante del orbe anglosajón? Es insólito que en diferentes artículos y entrevistas hubiese tenido Cervantes que justificar su lusofilia. Pero se comprende: Portugal y España llevan casi cuatro siglos de estar unidos por la espalda: el primero con los ojos fijos en Inglaterra y la segunda en Francia o en su propio y arrogante ombligo. La cultura mexicana ha heredado el desdén hispánico hacia el universo de habla portuguesa y, lo sabemos bien, Fernando Pessoa y José Saramago –si acaso Rubem Fonseca, recientemente Lobo Antunes– han sido sólo las excepciones que ratifican la costumbre.
Como Alfonso Reyes y Juan Rulfo, fue Cervantes un lusófilo enfático. «Nunca he sido extranjero en un país de esta lengua», proclamó al terminar una charla en el Centro de Estudos Brasileiros de la ciudad de México el 25 de noviembre de 1986. Ante el rechazo o las sonrisitas condescendientes de quienes desconocen la universalidad literaria de Camões y Gil Vicente, de Tomás Antonio Gonzaga y Almeida Garrett, de Eça de Queiroz y Machado de Assis, de Carlos Drummond de Andrade y Jorge de Sena, Clarice Lispector y Sophia de Mello Breyner Andresen, João Guimarães Rosa y Murilo Mendes, ¡uf!, ¡tantos más!, ante esa inconsciente lusofobia –venía diciendo–, Francisco Cervantes se vio precisado a explicar las razones personales de su amor a lo lusobrasileño.
Primero tiene que ver su raíz gallega, el pasado de su familia en la tierra donde parecen fundirse las diferencias de lo portugués y lo castellano. Segundo, su descubrimiento de Brasil a través de Pepe Carioca, el gracioso loro vestido con los colores de la bandera brasileña en una película de Walt Disney, Los tres caballeros, que a su vez lo llevó a enamorarse de la lusitana Carmen Miranda. Tercero, el azaroso encuentro en su adolescencia de una antología de poesía brasileña preparada por Manuel Bandeira, libro cuya lengua extranjera y sin embargo invitante y posible pareció hablarle de un mundo intuido en su propia sangre. Y cuarto, el amor de una mora, una portuguesa que lo llevó a escribirle fados y cantares de amigo en una mezcla seudoarcaica de castellano, gallego y portugués, la base –dicen algunos– dificultosa o indescifrable de su libro mayor, Cantado para nadie, publicado en 1982 y que le valió el Premio Xavier Villaurrutia:
Quisiera hablar en vuestra lengua
Mas lo que diré no daría matices
Ni su sombra sería de lo deseado.
Decidme entonces qué palabras, tonos,
O la ausencia de ellos servirían.
(«Sustento del olvido», en Cantado para nadie)
Así, en Cantado para nadie, Aulaga en la Maralta (1985), Heridas que se alternan (1985) y Los huesos peregrinos (1986) hay poemas completos, o si no, versos y epígrafes, o sólo títulos en portugués o en gallego. Homenajes a Luís de Camões, Gil Vicente, el rey Don Dinís, el trovador Joan Zorro, Rosalía de Castro, monólogos dramáticos o evocaciones de la vida y hechos de reyes y navegantes portugueses, poemas de saudades a la amada, Galicia, Lisboa y el río Tajo, hacen de este ciclo central (para mí, el más valioso de Francisco Cervantes) un universo entrañable, saudoso e invitante. Difícil no ratificar la propia lusofilia –o caer en su embrujo de una vez y para siempre– luego de recorrer esta región del mundo poético de Francisco Cervantes.
Así, fue en Cervantes la lusofilia una atadura posible del apátrida. Porque, a diferencia de Octavio Paz, que mantuvo con totalizante voracidad la mirada y la palabra en el nombrar y el pensar sobre el aquí y el allá –eso que llamamos México y eso que llaman el mundo–, que supo mezclar la herencia europea y la embrujante ignotez de India y Japón con las raíces mestizas de un nativo de Mixcoac, Francisco Cervantes sólo quiso desmexicanizarse y casi exclusivamente volverse un amante saudoso de Lisboa, un juglar andariego, un trovador gallego del siglo XIII, un secreto heterónimo de Fernando Pessoa. Receloso de que ninguna Patria puede congregar entre sus límites la inasible aspiración de humanidad, Cervantes jaló con perseverancia el extremo del allende, de las raíces antiguas de una época en la cual México no existía ni como brumoso proyecto de Jehová... Pero, ¡ah, caramba!
¿Se puede renunciar a la época?
lunes, junio 06, 2005
La apuesta es personal
Mario González Suárez, el autor de la suprema y escalofriante De la infancia, ataca el realismo porque, considera, es el «género que posee una gran eficacia didáctica y demagógica pues crea la ilusión de que hay una coincidencia entre lo escrito y la realidad. El realismo es —más que una forma— la doctrina que mejor casa con los intereses y objetivos políticos del Estado». Además, González Suárez califica de «ingenuidad» cualquier narrativa realista porque «no se puede dar solución en el espacio textual a problemas que la requieren en los ámbitos social o político».
Ahora, supón el caso siguiente: un joven, una muchacha, un anciano —aquí no importan el sexo ni la edad— se pone a escribir, digamos... una novela. Partiendo de estímulos en un primer momento no del todo claros para sí mismo, poco a poco se da cuenta de que en su narración se delata una rabia visceral ante su mundo y su época; sin embargo, a pesar de que responde a esos estímulos y pulsiones de la realidad —pero que siente como estímulos y pulsiones íntimas porque le importan brutalmente, porque le atosigan el pensamiento, porque lo incomodan y apremian y desea transmitir a la página esa incomodidad y apremio, ese pensamiento atosigado, esas pulsiones brutales que intuye compartidos de alguna inconsciente manera con los demás vivientes de su época—, busca crear un mundo que tenga al mismo tiempo validez literaria. Es decir, aúna el qué de su fuerte y particular exasperación con el cómo de sus lecturas, práctica y reflexiones sobre el acto de escribir.
Y no se trata en su caso de darle solución en un libro de ficción (es decir, lleno de hechos inciertos e imaginarios) a los problemas de la «realidad». Más que nada, escribe, como diría Gombrowicz sobre Rabelais, «lo mismo que un niño hace sus necesidades bajo un arbusto: para aliviarse». La escritura se revela como un proceso íntimo, nacido, sí, de las contradicciones ineluctables con su circunstancia, pero siempre y en definitiva aislado del hacer «práctico» del mundo. Precisamente porque es un libro, porque es escritura, significa una renuncia a priori a lo que se entiende por «acción», al ámbito de lo práctico: pero el estar encerrada o encerrado en su cuarto frente a una hoja de papel o la pantalla de la computadora no es un escapismo hacia la torre de marfil, pues la escritura, al valerse de un lenguaje creado en sociedad, es una forma del actuar en esa sociedad. La suya es, pues, la necesidad de explorar y expresar en el papel y la tinta el desasosiego de su existir en este mundo y esta época, desasosiego tal vez cercano al que sienten aquellos que nunca habrán de tomar una hoja de papel ni se acercarán a un teclado con la perentoria e incomprensible fatalidad de escribir una obra maestra que vivifique los mapas sociales del lenguaje y reconstruya en ciento cincuenta o doscientas páginas el caos insoportable y mirífico del mundo —y no es, claro, el oportunismo y el afán de lucro de los profesionales de la corrección política que defienden maquinalmente la causa de moda por el puro afán de ganar fama y currículum de abajofirmantes y vestirse del hipócrita ropaje de luchadores sociales para que los lectores de izquierdas los lean con benevolencia acrítica.
viernes, junio 03, 2005
Creer
Tan sencillo como recordar que la invención de la escritura hizo nacer la Historia: escribir sí cambia el mundo.
jueves, junio 02, 2005
De la literatura como acción
martes, mayo 31, 2005
Aquiles según Calasso
Roberto Calasso, Le nozze di Cadmo e Armonia
jueves, mayo 26, 2005
Tierra Adentro

Unos van por un sendero recto...
Otros caminan en círculo,
Añoran el regreso a la casa paterna
Y esperan a la amiga de otros tiempos.
Mi camino, en cambio, no es ni recto, ni curvo,
Llevo conmigo el infortunio,
Voy hacia nunca, hacia ninguna parte,
Como un tren sobre el abismo.
Anna Ajmátova
lunes, mayo 23, 2005
Peripecias de un bloguero ingenuo
E. me habló por teléfono: ¿ya viste los comentarios de B. a tu último post?
No, déjame veo -le dije.
Cualquiera habrá de pensar que somos unos desokupados bohemios güevones, pero no: aunque de B. nada sé, de E. tengo entendido que trabaja en una oficina de gobierno, tiene un horario de tiempo completo y de vez en cuando dedica tiempo a flirtear con las muchachas de otros pisos en el mismo edificio donde trabaja.
En fin: el regaño de B. me llevó a decirle a E. que me retiraba del blog colectivo. Apenas me doy abasto con este No Blog, donde pongo lo que me da mi regalada gana, con todo y que mi lector Augusto se pase pitorreando de mi cursilería. Mucho de esto son «palabras de otros», como diría Carlos Oliva Mendoza. Por eso es un No Blog, quiero decir, al menos, un No Blog Literario, porque aquí meto cualquier cosa, sin detenerme a pensar en si literariamente va a satisfacer el exigente criterio de mi seudoamigo Augusto: confesionario de adolescente, ingenuas y rimbombantes declaraciones de un escritor novato, antología de frases y textos ajenos, cartitas personales, fragmentos de mis textos narrativos inéditos, lo que sea, todo lo que me venga en gana. La delicia de ser tu propio editor no tiene límites ni vergüenza.
sábado, mayo 21, 2005
El lenguaje de los poetas
–No, no es eso de ningún modo lo que queréis dar a entender. Es más bien este otro: «Suave, ardiente, aterciopelado sexo».
La literatura es así.
Francisco Tario, Equinoccio
martes, mayo 17, 2005
Escribir porque
La respuesta será siempre, como quería Marina Tsvietáieva: «¿Para qué escribo? Escribo porque no puedo no escribir. A una pregunta sobre la finalidad - una respuesta sobre el motivo, no puede haber otra».

lunes, mayo 16, 2005
El biógrafo de su lector, en palabras de Socorro Venegas
Socorro Venegas
Percibir a Macedonio Fernández, en palabras de Borges, puede ser tan simple y complejo como percibir “un sabor o como un dolor; si el otro no ha visto ese color, si el otro no ha percibido ese sabor, las definiciones son inútiles”. Por ello resulta oportuno y particularmente valioso el estudio de Geney Beltrán Félix: El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández. Nos llega este libro, pues, de primerísima mano, es decir, de alguien que ha logrado percibir al gran Macedonio.
El autor, que se define a sí mismo como “un joven crítico que por su solo y tan raro nombre de pila” bien podría ser personaje de alguna novela de Macedonio Fernández, se ocupa en este libro de este personaje singular de las letras hispanoamericanas. Analiza fundamentalmente dos de sus obras: No toda es vigilia la de los ojos abiertos y Museo de la novela de la Eterna, que, como explica Geney Beltrán en su “único y serio prólogo”, fueron escritas en la “semioscuridad de una vida desarreglada y bohemia”.
Podría decirse que Macedonio, en sus obras, propuso a un lector muy activo, un poco quizás a imagen y semejanza suya: si, como dice Geney, Macedonio era más un “pensador que escribe” que un “escritor que piensa”, paradójicamente el lector ideal para la literatura de Macedonio es un lector que piensa, más que un lector que lee. De hecho, asienta Geney, a Macedonio no le interesaba mucho ser leído, no guardaba sus borradores o las servilletas donde escribía alguna idea ni perseguía editores. No: era más una mano etérea tanteando en lo invisible que una mano de escritor.

Borges también alude a este afán de Macedonio por permanecer apócrifo, como Sócrates, Pitágoras o Buda, y remata: “¡Qué raro! La gente que ha influido más en la humanidad ha sido la gente que ha conversado y no ha gente que ha escrito”.
La obra de Macedonio es lúdica, y uno de sus juegos más divertidos es el metaliterario. Dice Geney Beltrán, refiriéndose a Museo: “La Novela es un personaje que lee la novela: se lee a sí misma”. Así, Macedonio dialoga: con su lector, con sus personajes, con su obra en el momento en que está creándola. Y el análisis de estas y otras peculiaridades es presentado con un estilo muy claro y fresco por el ensayista. No son cualidades menores, pues El biógrafo de su lector está muy lejos de ser uno de esos inaccesibles ensayos para especialistas, se trata por el contrario de una obra que invita amablemente a leer a Macedonio Fernández. Geney Beltrán logra presentarnos a este complejo autor, revela y descifra claves imprescindibles para comprender a Macedonio y a su obra: “Sólo con el conocimiento de sus ideas metafísicas se ilumina ventajosamente la comprensión de sus ideas estéticas y de su exigente literatura”, dice Geney Beltrán.
Además, el ensayista constantemente se dirige al probable lector con guiños que consiguen mantener vigente el interés por continuar la lectura. Así, resulta que Geney Beltrán también dialoga, con cierto acento lúdico, con su lector, en un ejercicio que lo aproxima aun más a Macedonio.
Este libro, merecedor por cierto del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2002, nos sumerge en ese universo excepcional de Macedonio, donde todo parece estarse creando y mirando por primera vez en el instante en que es nombrado. Es bueno recordar que Borges comparó a Adán con dos hombres. Uno era Whitman. El otro, desde luego, Macedonio Fernández.
viernes, mayo 13, 2005
De la víctima como cómplice de su verdugo
Kôbô Abe, El rostro ajeno
jueves, mayo 12, 2005
Refutación del ensayo literario
Si de por sí escribir (ficción, poesía, drama) ya es una ociosidad o, mejor aún, una inutilidad, escribir sobre inutilidades ociosas es doblemente ocioso e inútil. Los ensayos literarios salen sobrando en la existencia del mundo. Frecuentemente son sólo ajustes de cuentas entre mafias de escritores o alabanzas a compañeros de equipo y de ruta.
Y sin embargo el deseo está ahí: hablar de literatura, la pasión solitaria más inútil del mundo.
miércoles, mayo 11, 2005
Personaje de Kertész
Imre Kertész, Kaddish por el hijo no nacido
martes, mayo 10, 2005
Ensayistas brasileños

Esta antología, Ensayistas brasileños. Literatura, cultura y sociedad, acaba de ser publicada por la UNAM. Los compiladores son Regina Crespo y Rodolfo Mata. Incluye textos de escritores de los siglos XIX y XX, como José Veríssimo, Euclides da Cunha, Lima Barreto, Monteiro Lobato, Oswald y Mário de Andrade, Gilberto Freyre, Carlos Drummond de Andrade, João Cabral de Melo Neto, Antonio Candido, Haroldo de Campos, etcétera. Es una selección cuidadosa, amplia y polifacética de la literatura de ideas en Brasil. Los traductores son varios (entre ellos, tu servilleta).
viernes, mayo 06, 2005
Carta a Loulou, 3
"Eres libre", ella me dijo.
"No, la libertad no existe. La existencia es ya una esclavitud".
Mariana y Daniel me recomendaron ayer la película La casa de los cuchillos. Pensé en ir hoy, pero la abulia me detiene. A las 7 debo estar (debo, ¿entiendes?) en La Guadalupana de Coyoacán. Veré a Zamná, Marco, Elena, algunos otros del ya extinto Club del Tobi Renegado. Invité a Augusto, pero no me ha respondido.
Nada sucede. Sí, sí ha sucedido ya: volveré al pasado. Esta vez, no obstante, se llamará futuro, es decir, presente.
miércoles, mayo 04, 2005
Libro de la quincena: La conquista de México-Tenochtitlan, de Jaime Montell
Montell es el primer historiador mexicano desde Alfredo Chavero (que en 1884 publicó su Historia antigua y de la Conquista) en dedicarse a la escritura de una versión ambiciosa, completa y analítica de la Conquista. Frente al desdén que gran parte de los historiadores académicos mexicanos muestra hacia la divulgación, Jaime Montell se ha esmerado por ofrecer en La conquista de México-Tenochtitlan un resumen riguroso y amplio, pero sustancioso y ágil de la Conquista, dirigido no a públicos especializados sino al lector común.
Esta hazaña no es menor ni desdeñable, pues Montell no forma parte de la academia universitaria: se trata de un ranchero apicultor del norte de Veracruz, un lector voraz que durante muchos años, con cargo a su propio bolsillo, se dedicó a recopilar y estudiar toda la información documental existente sobre la Conquista. Mientras la historiografía académica mexicana, como ha señalado Enrique Florescano, se mantiene divorciada de la “memoria nacional”, Montell, quizá gracias a su propio distanciamiento del cenáculo universitario, en su acercamiento al tema de la Conquista ha logrado conjugar un sólido rigor documental con una capacidad narrativa muy vivaz y agradecible.
martes, mayo 03, 2005
Carta a Loulou, 2
Por lo demás, acepto que hay más dudas que certidumbres. Probablemente, al final no haré nada. Dirás en todo caso que cometería una estupidez si vuelvo al pasado, pero ¿has visto que el 101 por ciento de las cosas que hago pueden recibir ese nombre? El amor nunca es desinteresado. ¿No son el miedo a la soledad y el deseo sexual los motivos normales para crearse esa ficción real que llaman amor? ¿Qué hay de malo en aceptarlo? Lo otro es que, no, el amor quizá no sea un acto de la voluntad. O, por lo menos, la voluntad humana no es enteramente racional. Participan en ella impulsos que van más allá de nuestra conciencia y conocimiento.
Loulou, sonríe. Mucha suerte a Caro en sus clases.